por Eduardo Milán
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La escena de Mallarmé es la de la descomposición y síntesis. Se descompone un mundo del poema mientras se sintetiza lo aprendido de la experiencia acumulada. Pero lo que es sólo intuición, lo que se presume y se abre como una incógnita es lo que vendrá. ¿Cómo será? Se abre el espacio-mundo de la gran tentativa. 1887: se está acabando el siglo XIX, un siglo que parecía haber acabado con el pasado. La figura del mito entra a jugar fuerte, el mito es un apostador duro, de grandes cantidades a calcular luego, después de la jugada. No se desaparece el mito. Se transforma. Grandes signos ocupan el espacio de grandes formas mitológicas. La grafía, la diferencia entre grafías de “El golpe de dados” es un misterio que se aclara si se hace aparecer ese mundo diferencial. En un solo envío Mallarmé pone en jaque la tradición de la poesía occidental desde el Renacimiento. ¿Por qué la fachada del poema tiene que ser neutral? Es decir, ¿no supone jugar todo el efecto —la significación, en realidad— del poema a su dimensión semántica, a la esfera de lo que llamamos “el significado”, prescindir de las formas de los signos, eso que los formalistas llaman la “materialidad del signo”? Mallarmé pone el dedo en la llaga porque cargarle la mano al “contenido” del poema es restarle dimensión objetual, esto es, considerarlo como un organismo vivo. Eso no significa que fuera ciego al significado también formal del contenido. Significa que quiere balancear valores. Luego de las excepciones formales, incluso “nadistas” de la poesía provenzal (Guilleum de Peitieu escribió Farey un vers de dreyt nien, “Hice un poema sobre nada”) entre fines del siglo XI y comienzos del siguiente. La nada ya estaba bien planteada cuando Mallarmé escribe “El golpe de dados”. Sin embargo, la poesía occidental se carga luego de la poesía provenzal de un enorme, desmesurado, desequilibrante amor por el contenido. Hasta, claro, el simbolismo. Es ahí donde la conciencia crítica florece en el poema. Los simbolistas actúan distinto: Baudelaire acusa al poema de ser un acto de hipocresía, Rimbaud manda literalmente la poesía al demonio y Mallarmé ve al poema como una constelación —eso dice que es el poema en el texto mismo—, algo muy distinto a la tradición occidental, sobre todo por la distancia visual, la materialidad, eso que en poesía lírica hace pasar del corazón al ojo.
(Leonardo Mainé/Archivo El País)
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