Letras polémicas

Louis-Ferdinand Céline, talentoso y nazi: como provocador, un modelo para el troll contemporáneo

Sus novelas todavía cautivan, pero es bueno saber por qué

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Louis-Ferdinand Céline

por László Erdélyi
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El escritor francés Louis-Ferdinand Céline (1894-1961) sigue dando que hablar, por talentoso y por nazi. La reunión de ambos datos pone nervioso a más de uno, generando amargos debates entre celinistas y anticelinistas que llegan hasta hoy. La publicación de un inédito suyo en castellano, Guerra (2023, Anagrama) reveló que el interés por su obra persiste. Es que Viaje al fin de la noche (1932), su novela más famosa, sigue proyectando su encanto. Trata de forma más o menos autobiográfica la vida desgraciada de un médico tras el espanto de la Primera Guerra, el asco que era la África colonial, y la soledad tanto en América como en un sórdido barrio parisino. Es un inventario de sufrimientos, abandonos, traiciones a la humanidad, odios y resentimientos. Fue publicada en una época de crisis, pobreza y desazón en Europa, que los populismos aprovecharon. El lenguaje de la novela, crudo, grotesco, obsceno y pueril, le permitió resaltar la inmundicia. Remover emociones primarias. Y arrasó. Cuando lo emocional está a flor de piel, no solo los políticos deshonestos abrevan; ciertos escritores también.

Hoy el siglo XXI está viviendo un clima similar al que vivió Céline, pleno de manipulación, mentiras y narrativas falsas. Por eso vale la pena releer el libro El arte de Céline y su tiempo, del francés Michel Bounan (2012, Pepitas de calabaza). En él, el autor entiende que no se puede separar al artista del nazi, admirador de Hitler y las SS. Porque Céline era un provocador en toda la regla.

Para Bounan la tragedia del siglo XX está determinada por tres complots: primero, el que consagró a “Los protocolos de los sabios de Sión” a principios del siglo, obra de la inteligencia zarista que instaló la idea de un complot judío para dominar a la Humanidad; el segundo, la obra de Céline en los años 30 y 40; y por último, ya en la posguerra, el trabajo del revisionista Paul Rassinier, considerado el padre del negacionismo del Holocausto. Más allá de compartir o no este esquema, lo que resulta sorprendente es que en las tres etapas actuaron provocadores que se parecen demasiado a los trolls actuales, esos que inundan la comunicación y las redes sociales. Son operadores ardorosos a la hora de señalar alguna injusticia o un delito particular del sistema, excluyendo todo lo demás. Simplifican la realidad, ocultando, oscureciendo, instalando la niebla. Incitan al odio, a explotar pasiones con diversos fines, nunca a contextualizar o a informar. Lo hacen con fines de lucro, o por convicción. Cuando lo hacen políticos, es con agenda, y con resultados letales.

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