por Gera Ferreira
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El argumento de Te escribo para decirte, última novela de Fidel Sclavo (Tacuarembó, 1960), en apariencia resulta sencillo: Emilio tiene una cita con Paula en un bar. No se conocen en persona aún, y lo único que sabemos de arranque es que él está llegando tarde. La narración transcurre durante ese está llegando —perífrasis verbal que indica una acción ocurrida en el momento del habla y que se encuentra en progreso— y es intervenida/organizada por un narrador/escritor omnisciente, conversador y expuesto, que con visión cenital diseña la trama.
El encuentro es, en rigor, el centro del libro, que no solo cuenta una historia de (des)amor, sino que la infiltra con la potencia de los recuerdos, las decisiones equivocadas y la herencia silenciosa de los pasados que nos constituyen. A partir de este plan, el texto se reparte en una serie de capítulos, que en realidad se comportan como minisecciones sin titulillos. Se trata de pequeños bloques con información personal sobre Emilio y Paula que nos llegan curados, mixeados por el creador, que cuidadosamente los intercala —sin un patrón definido—, como si fuera el borrador de un diario personal que ha resistido un proceso de edición. De esta manera se gesta un proyecto mixto elaborado a dúo (o mejor, a trío).
Pista falsa. Los fragmentos anecdóticos de Emilio y Paula también podrían confundirse con estados de Facebook u otro tipo de bitácora virtual, si bien rige sobre ellos el distanciamiento que propone la tercera persona, y funcionan como estaciones de llegada y de partida para el lector, ya que activan el paisaje emocional de cada personaje. Estos, como es de esperar, cargan con una batería de vivencias: abandonos amorosos, fantasmas del autoestima y la fragilidad de la ilusión que toda historia de amor tiene cuando empieza. El narrador también queda al descubierto cuando pisa el margen de la página y entra en zona metaficcional: “Hay cosas que escribo aquí y a veces no tienen que ver necesariamente con Emilio ni con Paula. Quizá en algunos casos ni siquiera tienen que ver con este libro y sean una suerte de pista falsa, como para que quien lea lo haga pensando que algo de eso será revelador”.
Antes de ir al encuentro con Paula, nos enteramos que desde hacía por lo menos quince días Emilio había empezado a escribir una novela, en un archivo minimizado que “mantenía abierto en su computadora, sin saber cómo seguir. (...) Lo esperaba de manera callada. Si hacía clic, el archivo crecía, ocupaba la pantalla entera y podía leerse lo que sigue: Hoy se murió mi madre”.
A continuación de este segmento, en el universo paralelo que supone cada vida, Paula “revisa su Instagram, piensa si debería borrar algunas fotos del pasado, que no tiene que ver con su vida de ahora”. Este personaje, además de ofrecer una focalización distinta a la de Emilio, en términos de impulso y ritmo vital, agrega un notorio contrapeso estilístico, aportando un registro de escritura uncreative con el que Sclavo trabaja a destajo. Así, deja entrever una capa discursiva de vital interés para comprender ya no una novela, o un texto en particular (éste), sino una forma de hacer, una poética, cuyo inmediato antecedente puede rastrearse en el proyecto anterior del autor, Yo soy el que no está (2019).
En este contexto de escritura experimental, vemos a Paula confeccionar listas de 100 cosas que van cambiando según el día: “Algunas refieren a situaciones que deberían sucederle, le gustaría experimentar o ver en algún momento de su vida futura. Otras son simplemente objetos”: listas parodiando los 82 consejos que George Gurdjieff dio a su hija para vivir libremente (cuya autoría original corresponde en realidad a Alejandro Jodorowsky, El maestro y las magas, 2006); enumeraciones random en lugares que visita o en situaciones de espera; pensamientos de diez en diez; listados de diez cosas verdes; listados de diez cosas rojas; listados de diez canciones de Bob Dylan, y así.
Lo interesante es que en la escritura de Sclavo nunca se pierde de vista una contradicción humana fundamental: somos quienes somos gracias a lo que nos marcó, pero ese mismo legado puede volverse una limitación invisible en la posibilidad de ser otros. Paula y Emilio, en su cita —esperanzada y temerosa a la vez— encarnan ese cruce de caminos que es, también, un campo de tensiones culturales y existenciales. La novela, por momentos, se lee como un diálogo interior prolongado, donde la voz narrativa alterna entre lo confesional y lo meditativo.
Habitar los personajes. En una entrevista para El País Cultural, Sclavo afirmaba que en su arte “lo vacuo termina siendo fundamental” y que lo importante no es la materia sino “el hueco, el vacío que habla”. Esa poética de lo mínimo —de lo que parece no ser— también opera en Te escribo para decirte, donde más allá de lo dicho, respira aquello que no se dice. Aquí, como en su obra visual, el sentido ocurre en el intersticio: “Yo debería saber más cosas de Paula, ya que soy el que escribe esto, que aparentemente trata sobre los dos. Y un poco más conozco, es cierto, aunque tampoco tanto más, o no todo lo que debería. Pero un poco más sí, que en adelante agregaré para completar. Por ahora, con esto es suficiente. Muchas veces es mejor imaginar y no tanto saber. La ilusión se basa en eso. El resto es cotidianeidad y teléfono, y panadería y noticiero y vereda”.
Este lugar donde lo íntimo se encuentra con lo universal es una de las virtudes del libro: la forma en que acompaña al lector a habitar la experiencia de sus personajes sin juzgar (o haciéndolo con total libertad o desparpajo, como amo y señor de sus creaciones), sin caer en una psicología meramente explicativa, complaciente o telenovelesca. Paula y Emilio no son arquetipos sino presencias complejas, con contradicciones. Sclavo cristaliza a través de ellos una pregunta que atraviesa gran parte de esta obra: cuánto estamos disponibles al otro sin traicionarnos a nosotros mismos.
TE ESCRIBO PARA DECIRTE, de Fidel Sclavo. Banda Oriental, 2024. Montevideo, 185 págs.