Los otros

FEDERICO FELLINI

Jorge Luis Borges

BORGES me comunica siempre una singular exaltación pacificadora a causa de su prodigiosa vocación de aprisionar, aunque sólo sea por un instante, entidades tan ambiguas y enrarecidas como el tiempo, el destino, la muerte, los sueños, en operaciones mentales poderosas y refinadas, en mecanismos conceptuales poderosamente simplificados, libres de los oropeles de la lógica, de los juegos de equilibrio de la dialéctica. Sobre todo, para un hombre de cine, Borges es un autor particularmente estimulante en cuanto lo excepcional de su literatura consiste en ser muy parecida al sueño, como una extraordinaria visión onírica al evocar del subconsciente imágenes intactas donde la cosa y su significado coexisten simultáneamente, exactamente como en una película. Y justamente como en los sueños, también lo incongruente en Borges, lo absurdo, lo contradictorio, lo arcaico, lo repetitivo, aun conservando toda su virulenta carga fantástica, son igualmente iluminados como los rigurosos detalles de un dibujo más amplio e ignorado, son los elementos impecables de un mosaico atrozmente perfecto e indiferente. También la extraña fragmentariedad de la producción de Borges, me hace pensar en un flujo onírico discontinuo, y la heterogeneidad de esta misma producción -relatos, ensayos, poesías- prefiero imaginármela, no como el fruto de los múltiples resortes de un talento ávido e impaciente, sino más bien como el signo indescifrable de una metamorfosis infatigable.

Pablo Picasso

HE SOÑADO tres veces con Picasso. En el primer sueño -atravesaba por aquel entonces un período de grave depresión, de inseguridad total- recuerdo que estábamos en una cocina, era claramente la cocina de su casa, una enorme cocina repleta de comida, de cuadros, de colores. Hablamos toda la noche. La segunda vez -también en esta ocasión atravesaba un momento de gran confusión e incertidumbre- soñé que él iba a caballo, al galope, y saltaba los obstáculos con una ligereza increíble, con una elegancia y gracia infinitas. Volví a soñar puntualmente con él en otro momento de profundo desaliento. Esta vez había un mar enorme que me recordaba al que se ve desde el puerto de Rímini: un cielo oscuro, tormentoso, verdes olas, lívidas, encrespadas y espumosas como en los días de temporal. Delante de mí un hombre nadaba a grandes brazadas, su calva surgía del agua, apenas se apreciaba una ligera pelusa blanca en su nuca. De repente el hombre se dio la vuelta hacia mí: era Picasso y me hacía señas de que le siguiera hacia un lugar donde podríamos encontrar un pescado excelente.

No es necesario ser psicoanalista para comprender que he identificado a Picasso con una especie de numen tutelar, una presencia carismática, un genio en el sentido mitológico de la palabra, protector, enriquecedor, vital. Picasso representa para mí la eterna encarnación del arquetipo de la creatividad, una creatividad propia, sin otro móvil y fin que sí misma, impetuosa, indiscutible, alegre.

A Picasso solo le vi una vez en Cannes, en la época de Le Notti di Cabiria. Iba vestido con ese estilo tan suyo, boina, chaquetón de pana naranja, camiseta de algodón, pantalones cortos. Alguien quiso presentarnos pero en medio del bullicio no conseguimos hablar.

Carl Gustav Jung

SIENTO una total confianza y admiración por Jung. Introductor incomparable de su pensamiento ha sido para mí Ernst Bernard, un psicoanalista que vivía en Roma y que tuve la suerte de conocer. Hablando brevemente de Jung, tengo la impresión de disminuir, de limitar inevitablemente la profundidad de la experiencia, la meta tan importante que supuso para mí este encuentro. ¿Qué más puedo decir? Ha sido como si hubiesen abierto ante mí panoramas hasta entonces desconocidos, el descubrimiento de unas perspectivas con las que poder observar la vida, la posibilidad de disfrutar de sus experiencias de una forma más valerosa, más amplia, de recuperar tantas energías y tantos materiales enterrados bajo escombros de temores, inconsciencias, heridas descuidadas. Lo que admiro sin límites en Jung es el haber sabido hallar un punto de encuentro entre la ciencia y la magia, entre lo racional y lo fantástico; el consentirnos pasar por la vida abandonándonos a la seducción del misterio con el consuelo de saberlo asimilable a la razón. Es la admiración que se siente por el hermano mayor, por el que sabe más que tú y te lo enseña. Es la admiración que se debe a uno de los grandes compañeros de viaje de este siglo: el científico vidente.

Alberto Moravia

EN UN PAÍS como el nuestro tan condicionado por la superstición, por el sentimentalismo, por el individualismo inepto y pasional, siempre expuesto a emociones desvencijadas, infantiles, en el mejor de los casos ceremoniosas, pero de todas formas siempre propensas a distorsionar, a aumentar visceralmente datos y hechos de la realidad, una mente que intenta permanecer fría, lúcida y ordenadora como la de Moravia, siempre dispuesta a darle un sentido a las cosas o a establecer una dialéctica humanamente utilizable, me parece una presencia alentadora, tranquilizadora.

Me gusta de Moravia su vocación de sugerir puntos de vista, realidades, hipótesis más adultas y autónomas, de formular una más madura y provechosa clasificación de la experiencia. Indaga con actitud de biólogo e incluso la conserva cuando habla de sí mismo y reconoce esta fuerza suya, esta lucidez suya como una limitación. De vez en cuando, en el planteamiento tenaz y riguroso de su búsqueda, surge una nota de melancolía, un recelo de nostalgias por abandonos más oscuros y liberadores y es este acento, creo, el que convierte la elección de Moravia en un compromiso muy humano y atento, un desafío conmovedor al engaño y a la imperfección del sentimiento y de la fantasía.

El autor

FEDERICO FELLINI nació en Rímini, el 20 de enero de 1920. Murió en Roma el 31de octubre de 1993.

Los textos de esta página fueron extraídos del libro Fellini por Fellini. (Fundamentos. Madrid. 1978). En tapa de este número de El País Cultural se publica una nota sobre la biografía del cineasta italiano escrita por el crítico Tullio Kesich.

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