PARA MUCHOS lectores rioplatenses que hoy andan por los cuarenta y pico o los cincuenta y poco, la narrativa de Ray Bradbury (Waukegan, Illinois, USA, 1920), es parte no menor de la educación, más que literaria, sentimental. La novela Fahrenheit 451 fue publicada en 1953. Esto implica que lo nuevo para las generaciones de lectores aquí aludidas, tenía ya dos décadas de escrito, si bien resultaba actualizado por la versión fílmica de 1966, de Francois Truffaut, protagonizada por Julie Christie y Oskar Werner.
El título de la novela se refiere a la temperatura a la que arde el papel (algo más de 232 º C). La acción transcurre en unos Estados Unidos en los que, salvo imprescindibles textos técnicos, está prohibido leer. La gente se entretiene con la televisión interactiva del tamaño de la pared y el sueño del ama de casa es tener TV de cuatro paredes. Con casas protegidas contra fuego, los bomberos se dedican a quemar libros, cuya posesión es un crimen (la versión oficial es que el cuerpo de bomberos ha sido fundado en 1790 por Benjamin Franklin, para quemar los libros pro británicos). La novela narra la conversión de Guy Montag, un bombero que empieza a guardar libros en su casa. Busca en ellos el sentido que ha descubierto que su vida "feliz y normal" no tiene. De guardián del orden pasará a criminal perseguido, pero por el camino hallará la salvación.
Cuatro personajes y un entorno inciden en ese proceso. El entorno es la guerra nuclear inminente, que estalla al final de la novela. Los personajes son Clarisse (una adolescente que cruza la vida de Montag de modo fugaz, antes de morir atropellada, pero le muestra un modo diferente de pensar y sentir), Faber (un profesor en retiro que orienta al bombero en su nuevo camino), Mildred (su esposa, atrapada por la TV, que terminará denunciando al marido loco que le arruina la vida) y Beatty, el capitán de bomberos, que ha leído, pero usa lo que aprendió para defender la ignorancia y el conformismo. Estos personajes se enfrentan dos a dos aunque no lleguen a conocerse: Mildred y Beatty, por un lado, son el presente seguro y conocido que trata de retener a Montag, mientras que Clarisse y Faber representan un futuro tentador, riesgoso, e incierto, con mucho de retorno al pasado.
El peso de lo audiovisual en nuestra vida cotidiana, el ritmo vertiginoso al que se vive, el consumismo y el riesgo de extinción humana (atómico, aunque no se recuerde tras el fin de la Guerra Fría, pero sobre todo ecológico) nos ubican casi en el futuro de Fahrenheit 451. Los bomberos aún no queman libros, pero ese es sólo un ingrediente de la sociedad que muestra Bradbury, vistoso, pero no determinante.
EL BUEN CONSERVADOR. Clarisse, "diecisiete años y loca", como ella misma se define, es la tentación de otro futuro a la vez que la voz de un pasado no sólo muy distinto, sino inexistente para la historia oficial. Un pasado con familias charlando, comida casera y muchachas que miraban la luna. Con bomberos que apagaban incendios y libros que podían leerse.
Se ha señalado, a propósito no sólo de Fahrenheit 451, sino como una constante, que en la narrativa de este autor se conjugan la advertencia acerca de un exceso de tecnología que, al sumirnos en la comodidad y aislarnos unos de otros, terminaría debilitándonos y destruyéndonos, y la evocación nostálgica de los ambientes pueblerinos de sus años de infancia. Esto ha llevado a algunos críticos a etiquetarlo como conservador. Y lo es: quiere conservar ciertos valores humanos básicos sin los que siente que, por mejor tecnología que tuviésemos, dejaríamos de ser humanos. O empezaríamos a serlo de un modo más horrible aún que el que hemos venido usando hasta aquí.
Pero no es conservadurismo político. Esta novela se publicó en el auge del macartismo, en plena caza de brujas, cuando cualquier escritor o intelectual que cuestionase algún aspecto de la vida estadounidense era acusado de antinorteamericano y comunista. Asimismo, cuando los Estados Unidos eran los defensores de la democracia que acababa de frenar al Comunismo en Corea, presentar al país perdiendo una guerra nuclear y mereciendo perderla, debe haber requerido coraje.
TECNOLOGÍA SÍ. TECNOLOGÍA NO. Se ha usado esta novela como argumento para un rechazo fundamentalista de la tecnología, en especial de los medios audiovisuales y, más recientemente, de la informática. Es una perversión de las ideas de Bradbury.
Lo que el autor denuncia de la tecnología es su uso. Cuando el exceso de tecnología aturde, daña. Así, por ejemplo, el Profesor Faber tiene televisor, pero es una pantalla pequeña, manejable. Más aún, el mismo Faber le explica a Montag que lo que le falta para ser feliz está en la vida, que los libros no son imprescindibles para hallarlo. Claro que tienen la ventaja de resumir y ordenar muchas experiencias y conocimientos necesarios que, por la brevedad de nuestra existencia, nos sería imposible experimentar en carne propia en su totalidad. De lo que se sigue que los libros, más allá de si están impresos en papel o presentados en otros soportes, son una tecnología de lo más eficiente. También tecnología, respetuosa: es mucho más fácil cerrar un libro que apagar el televisor.
En el campo. Sentido y tradición es lo que halla Montag al final de la novela, en el campo, tras escapar de la policía, pocas horas antes de que estalle la guerra y los bombarderos arrasen su ciudad.
La clave que propone Bradbury es simple: vivir de modo que dejemos una huella personal, reconocible al menos para los seres queridos que nos sobrevivan. Y que cada generación legue a la siguiente el saber acumulado por las anteriores, acrecentado por sus propios hallazgos, con la esperanza de poco a poco ser algo menos estúpidos, algo menos feroces, algo menos vanos. Una propuesta necesaria en nuestro tiempo, y con más urgencia que cuando fue publicada la novela.
FAHRENHEIT 451, de Ray Bradbury. Debolsillo, Buenos Aires, 2008. Distribuye Sudamericana. 176 págs.
Zonas oscuras
ENCASILLADO COMO narrador de ciencia ficción, Bradbury ha transitado, desde el principio de su carrera literaria, muchos otros caminos. Ha escrito textos en los que evoca la vida tal como era en su infancia pueblerina, antes de la Gran Depresión. También ha ambientado muchos de sus relatos entre mexicanos o irlandeses, pueblos a los que ha aprendido a querer por convivir con ellos y en los que encuentra la calma, la autenticidad y la sencillez que no encuentra en las grandes ciudades de su país. Y narraciones policiales.
Los quince cuentos de Memoria de crímenes fueron escritos en la década del 40, cuando el autor daba los primeros pasos como escritor profesional, tratando de vender sus cuentos a diferentes revistas. Logró publicarlos en Detective Tales, Dime Mystery Magazine y otras revistas del género, en auge entonces.
Son cuentos atípicos, pues en ellos aparecen algunos de los temas que signarán la obra ulterior, como por ejemplo el de la maldad infantil en "El pequeño asesino", donde una madre es asesinada por su bebé. En otros es inusual la perspectiva: en "Me quema" la historia del crimen es contada por el cadáver.
Bradbury construye, como en muchos de sus cuentos posteriores, personajes ambiguos, seres queribles que de pronto revelan una zona oscura, como Tomás, el viejo torero mexicano de "La calavera de azúcar", o Peter, el bobo del pueblo que en "No soy tan tonto" logra resolver un crimen, y algo más.
La marca de estilo fundamental es el trabajo de las metáforas. Ya en estos cuentos iniciales, Bradbury se muestra capaz de introducir en el texto imágenes que emocionan al lector y lo hacen reflexionar, pero sin detener el ritmo del relato, dando un aire poético a estas historias criminales.
MEMORIA DE CRÍMENES, de Ray Bradbury. Debolsillo, Buenos Aires, 2006. Distribuye Sudamericana. 256 págs.