JACQUELINE LACASA
POCAS VECES un pintor que recorre la ciudad y se detiene ante una plaza, un barco atracado en el puerto o la silueta de las casas en una calle cualquiera, consigue comunicar una atmósfera cercana, casi naturalista, con el empecinado trabajo de la materia amasada con los dedos o con la espátula. Un caso es el del pintor Alfredo De Simone, cuya obra remite a espacios conocidos o estados cotidianos y conduce a comprender que la imagen es una construcción con múltiples capas, que se vincula con la materia y con la esencia del ser. La memoria parece inundar el personal relato del mundo que elaboró este artista, encabalgado entre el planismo y el informalismo de la primera mitad del siglo XX.
Conocer su vida es uno de los medios para develar cómo se fue creando la particular producción de este pintor, que si bien hace tiempo es admirado por especialistas del ambiente plástico uruguayo, solo recientemente ha consolidado un nivel de consagración general, como lo confirmó la última muestra retrospectiva (Alfredo De Simone. El maestro y el otro), presentada en el Centro Cultural de España de Montevideo entre agosto y octubre de 2006, con curaduría del artista Mario Sagradini y textos compartidos con Carlos Terzaghi.
UNA MARCA. De Simone nació en 1892 en Lattarico (Italia); pasó a residir desde muy pequeño con su familia en Uruguay, formando parte de la fuerte corriente inmigratoria que procedía de Italia y España. De niño había sufrido un grave accidente, quedando con una semiparálisis del lado izquierdo de su cuerpo que marcó su vida y el desarrollo de su obra. No alcanzó a completar la educación primaria, y siendo menor comenzó a trabajar de "canillita", vendiendo diarios para colaborar con su hogar. Luego, en su adolescencia, fue mandadero en la antigua y conocida librería Monteverde de la Ciudad Vieja. Como broma al hombre cándido que fue, allí lo apodaron "el Doctor", porque al parecer demostraba intereses diversos y deseaba ser maestro.
Entre 1917 y 1919, después de una breve incursión por el teatro, decidió finalmente dedicarse a las artes plásticas. Ingresó al Círculo de Bellas Artes, dirigido por Pedro Blanes Viale, lugar que nucleaba a varios maestros de la pintura uruguaya como Guillermo Laborde, Vicente Puig y Carmelo de Arzadun, quienes fueron docentes de De Simone, una etapa de vital importancia para el desarrollo del artista.
LA LEGITIMACIÓN. A mediados de la década del 20 y hasta entrados los años 40, De Simone participó de tertulias en el café Tupí Nambá y fue también asiduo asistente al Café Ateneo, donde encontró un importante grupo de referencia.
Su obra comenzó a ser valorada e impulsada por sus colegas. Expuso en diferentes espacios prestigiosos como el Tercer Salón de Otoño de agosto de 1929 y la Exposición Iberoamericana de Sevilla de 1930, donde recibió medalla de plata por su obra Mis amigas y por una naturaleza muerta. Más tarde lo hizo también en la Exposición Nacional de Bellas Artes del Centenario, donde recibió junto a otros colegas medalla de bronce. Mientras continuaba exponiendo, tanto en Uruguay como en Argentina, existían sin embargo voces de críticos que asentaban reparos al comentar su obra. En el Salón Municipal de 1940 De Simone fue premiado por Atardecer en un suburbio. El crítico argentino Jorge Romero Brest, quien visitaba con frecuencia Uruguay y participaba activamente de la producción y reflexión crítica, escribió: "También los paisajes de Alfredo De Simone deben ser incluidos dentro de este aparato. No podría negársele vena lírica a este pintor, pues la expresión emana de sus cuadros con fuerza sugestiva, lo que ya es mucho. No obstante no resisten el análisis severo demostrando que aquella fuerza no alcanza a penetrar en el espíritu del espectador tan hondamente, acaso como lo concibe el pintor" (...) "ni su color, ni su materia han alcanzado el grado necesario de individualización, para que pueda abordar ese género de creación con éxito y eficacia sostenida. Son sus telas momentos agradables, nada más por ahora". (Citado por Mario Sagradini en el catálogo de la muestra El maestro y el Otro).
VER Y ESTIMAR. Las pinturas de Alfredo De Simone aún son un desafío a explorar. El empaste generado en cada una de sus obras marca el ritmo de su pulsión y de su tiempo histórico. En la década de 1920 surgen tres obras importantes que denotan un estilo propio. Retrato de una madre representa a su madre, una inmigrante italiana como tantas otras que supieron poblar y trabajar en el Plata. La luz en esta pintura, el color y los contrastes surgen de la utilización del óleo empastado en pequeñas zonas, cosa que años más tarde se extenderá a toda la tela en capas gruesas. Lo mismo puede apreciarse en Las negras, donde el color y la proporción de las mujeres juegan en un equilibrio tímido y retraído acompañando la composición general de la obra. Lluvia es otra de las pinturas en las que el artista crea una atmósfera de contemplación y soledad, un espacio espejado para la ciudad y un transeúnte. Ambas escalas, la humana y la edilicia, contrastan con el vacío; la paleta de rosas, celestes y grises reflejada entre las nubes después de la tormenta acerca un estado de profunda reflexión.
En los años 30 y durante la dictadura de Terra, el pintor se afilió al Partido Socialista, y de ahí en adelante su pintura aparece marcando un perfil particular, tanto a nivel técnico como expresivo, con obras referidas a la condición de la clase obrera, a los barrios y poblaciones más pobres.
En la década del 40 la singularidad de sus obras cobró fuerza en la acumulación de pinceladas que definen la figura y el fondo. Ejerce esta acción hasta alcanzar la definición de obras tales como Puerto, Vista de la ciudad, Café del barrio sur y Proa. Esta última anticipa cierta tendencia a lo que fue después la corriente informalista en Uruguay.
Hay obras que pueden resultar de gran importancia para reconocer las coordenadas en que trabajó el pintor. Por ejemplo el Retrato del Dr. Emilio Frugoni, pintado con una sutil alusión a Karl Marx, como ha señalado el crítico Nelson Di Maggio. O sus Autorretratos, que muestran la relación entre el artista, su cuerpo y el mundo. Y también el Gasómetro, pintura que representa un icono de la Rambla Sur. El paisaje de los montevideanos. Su paisaje.
Desimoneando
ERNESTO VILA
ROMPIÓ las marcas de sus maestros y sus influencias. Zafó del planismo con respeto y fijó su búsqueda donde consideró necesario. Mezcló materia bruta con ajustes tonales finísimos obteniendo resultados rústicos y sutiles, informales y figurativos, colocando y descolocando a su lector en una cadena de asociaciones indeterminadas. No se dejó seducir por el material que él mismo hacía ni por su invento. Fue algo más allá de su propia teoría y con eso le bastó. No deberíamos inquietarnos si uno de esos días de tiza nos sorprendemos registrando una imagen desde su mirada pero con nuestros propios ojos.
El empaste como grifa
DISTINTAS opiniones estampadas en libros de especialistas permiten complementar la apreciación de la obra de Alfredo De Simone.
Fernando García Esteban, uno de los más importantes críticos uruguayos, en su ensayo Panorama de la pintura uruguaya contemporánea escribió -en 1965- que De Simone era uno de los artistas que con "mayor originalidad, volcó en su pintura de abundante empaste, fuertemente sensorial, la intensa carga sentimental que exaltara un aislamiento que, en él, va haciéndose enfermizo. No se ajusta a los principios recibidos de tratamiento plástico y adelanta en muchos sentidos, las posibilidades del informalismo" (...) "por su fuerte personalidad, por la potencia dramática de su enfoque y solución figurativos, es uno de los artistas de más destacada importancia en el balance estimativo de la pintura uruguaya".
Décadas más tarde, Gabriel Peluffo Linari, en su investigación Historia de la pintura uruguaya 1930-1960, plantea una visión particular sobre la vida y obra de De Simone analizando que "la pintura de este artista pone el acento expresivo en la propia acción física de pintar: en el ´gesto`, en la materialidad bruta de la pasta, como testimonio de una lucha, de una dialéctica entre voluntad y adversidad, por lo general hasta entonces cuidadosamente disimulada". De esta forma desmitifica tanto la pulcritud en la concreción material de la obra (incluyendo un tratamiento especial al marco) como la selección de la temática que transgrede el decorativismo culto. El artista Mario Sagradini cuestiona y da por tierra con "una extendida/repetida imagen de Alfredo De Simone: aquella que lo comprende como un pobre bohemio minusválido física y casi-casi mental, tosco, y huraño que creaba pinturas como respiraba sin un aparato teórico o al menos, un discurrir intelectual que lo justificara, pues era, finalmente, alguien que no pensaba: pintaba, sufría y pintaba. Una especie de bichito sensible e irracional".