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Poéticas de Milán

Lo curioso en poesía es que la quietud se da al amparo de lo que se podría llamar discurso irracional

Cuando el desbordamiento se produce como rebelión ante el despliegue totalizante de la razón

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Eduardo Milán
(foto Leonardo Mainé/Archivo El País)

por Eduardo Milán
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Se vive en poesía entre dos aguas. La primera agua es la de la crisis. La segunda agua es la del estancamiento. Si uno dice que todo esto arranca de la Ilustración del siglo XVIII no está completamente en lo cierto. La Ilustración significó el triunfo de la Razón —y su implantación dominante— en el ámbito contradictorio y globalizante de la modernidad del siglo XIX. Pero esta agua crítica que se plantea a raíz de ese dominio en el horizonte romántico a partir de 1800 no transcurre por un cauce “apaciblemente crítico” (para traducir el enfrentamiento en oxímoron). Hay momentos de quietud y de desbordamiento. Lo curioso en poesía es que la quietud se da al amparo de lo que podríamos llamar discurso irracional, al amparo del mito, uno de los enemigos de la razón. Y el desbordamiento se produce como rebelión ante el despliegue omnívoro y totalizante de la razón. Los ejemplos son tan contundentes que paran el tráfico de la especulación: Hölderlin, Kleist, Shelley, Keats, en un primer envío del romanticismo “loco y duro”. Seguidos muy de cerca por la trilogía de la crisis: Baudelaire, Rimbaud y Mallarmé, sin mencionar a algunos Gloriosos de “segunda fila” mitad sangre uruguaya como Jules Laforgue. Ezra Pound, nada menos, dice en un pasaje de “The Cantos”, uno de los mayores poemas del siglo XX: “Yo aprendí más con Jules/Jules Laforgue”, para citar la traducción de Vázquez Amaral y no citar en inglés como aconseja la buena pedantería. Todo esto, se sabe bien, estalla con las vanguardias estético-históricas de los primeros años del siglo XX. Luego de las vanguardias uno esperaría un desenlace tan dramático como las vanguardias mismas en su momento Dadá de aparición, entre la primera y la segunda década del XX: el silencio. O, para seguir con el discurso, lo que trascendió desde el siglo XIX con el nombre de “la muerte del arte”. Pero la capacidad de rehacerse del arte es tan grandiosa que es capaz de navegar entre dos aguas. De lo que se duda a esta altura es de las características del barco: no se sabe a ciencia cierta si se trata de un honorable transatlántico o de una discontinua red de regatas sueltas de la mano de Dios.

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