H.A.T.
László Erdélyi
MIES VAN DER ROHE. Cuando el nazismo los corrió de Alemania, los de la Bauhaus aterrizaron donde pudieron. Era la década del treinta y a Hitler eso le sonaba a arquitectura comunista, con viviendas simples y despojadas para obreros. Lo paradójico fue que esa arquitectura de visos socialistas, en su huída, saltó a la fama mundial en la cuna del capitalismo. Los norteamericanos cayeron a los pies del Gran Dios Blanco de la Bauhaus, Mies van der Rohe (1886-1969), quien en pocos años metió a media Norteamérica en cubos de cemento y acero, sobre todo en la bella Chicago.
Es que el skyline actual de Chicago no se podría explicar sin Mies van der Rohe (¡perdón Sullivan!). Edificios como los de Lake Shore Drive o el Federal Center, entre otros, resultan emblemáticos. Por esta razón la editorial alemana Birkhauser ha venido dedicando libros monográficos a varias de sus obras de la zona como el Crown Hall, el IIT Campus, la Farnsworth House y los propios apartamentos de Lake Shore Drive. El último libro de la serie, bilingüe inglés-alemán, se llama Federal Center Chicago, escrito por Werner Blaser y con fotografías del propio Blaser, quien fuera discípulo de Alvar Aalto y del mismo van der Rohe. Su fotografía es poética; alcanza con ver el diálogo establecido entre el elegante edificio de vidrio y acero, rectilíneo, perfecto, con la escultura de Calder instalada en su frente, cuyas formas orgánicas humanizan los excesos racionales.
ALBERT EINSTEIN EN 1905. Fue un año muy importante para él, pero también para la historia y para el futuro de la ciencia. Es que en un período de seis meses publicó cinco papers que cambiarían para siempre la forma cómo los hombres entienden la naturaleza. Pero no eran esos típicos escritos de revista científica, vacuos, formales, y aburridos. "Los papers de Einstein podían ser formales, quizá algo sosos en apariencia, pero para nada aburridos. Detrás del lenguaje formal en su primera frase del texto del mes de mayo había una feroz imagen mental basada en una suposición que él daba por cierta, pero que no era más que una suposición. Allí establecía que la materia estaba compuesta de átomos o moléculas individuales. Einstein creía eso. Su imagen mental era la de un líquido llenando un envase. Pero poco le preocupaba la serenidad exterior, le interesaba el caos interior. El veía un caldero hirviente de moléculas moviéndose rápidamente en todas direcciones, golpeándose entre sí y chocando contra las paredes del envase".
Esta frase es una buena muestra de cómo el autor John S. Rigden explica no sólo lo que hizo Einstein en 1905, sino cómo lo hizo, y cómo lo procesó su cabeza. Su libro Einstein 1905, The Standard of Greatness (Harvard) es un gran ejemplo de periodismo científico, de física cuántica llevada a un lenguaje accesible, y de los mecanismos psicológicos que rigen una mente brillante.
DIVAS DEL CINE. Cuando Billy Wilder terminó su Sunset Boulevard (1949) y lo mostró en función especial a la industria, el veterano productor Louis B. Mayer se mostró muy enojado. Acusó a Wilder de burlarse de un cine que le había dado un medio de vida, por lo cual debía ser alquitranado, emplumado y expulsado de Hollywood. Pero Wilder tenía razón. Aquellas divas, especialmente durante la época muda (hasta 1929) fueron parte importante de la historia del cine, aunque en perspectiva deban ser vistas hoy con una mezcla de ironía y compasión.
El amplio panorama de las divas aparece recreado por el escritor David W. Menefee en The First Female Stars (Las primeras estrellas femeninas, ed. Praeger), que acumula en orden alfabético las carreras de quince actrices del cine mudo. En esa historia existieron primeros pasos importantes. Así la llamada Biograph Girl de 1909, que era anónima, quedó identificada después como Florence Lawrence cuando cambió de empresa y pasó a ser la primera estrella cinematográfica homenajeada por una publicidad personal. En la historia figuró también Sarah Bernhardt, aunque de manera lateral. En 1912, su Reine Elisabeth fue importada de Francia por Adolph Zukor, innovando con una película larga (cuatro rollos) en las normas de una exhibición que hasta entonces se conformaba con cortos de uno o dos rollos.
El libro de Menefee no incluye la curiosa carrera de Florence Lawrence, que terminó con su suicidio en 1938, ni tampoco la de divas mayores como Mary Pickford, Gloria Swanson y Lillian Gish, quienes justificarían libros separados por su abundancia. Pero aquí está la supervampiresa Theda Bara, que hizo Carmen, La serpiente, Camille, Cleopatra, Madame Dubarry, Salomé y otras mujeres fatales de la historia. Está Carol Dempster, una de las actrices creadas por D.W. Griffith, que se retiró del cine en 1926 y nada quiso saber con otros directores. Está Janet Gaynor, que llegó a hacer diez películas junto al galán Charles Farrell y fue la primera actriz premiada por la Academia de Hollywood (1927-1928) por tres películas, que fueron Amanecer (Murnau), Séptimo cielo (Borzage) y Angel de la calle (también Borzage).
Un modelo para la Norma Desmond que pintó Wilder fue seguramente Mae Murray (1889-1965) que se portaba como gran diva y estaba en pose a toda hora. Hizo 44 películas y el autor Menefee no muestra gran estima por su labor como actriz, pero hace una excepción con La viuda alegre (1925), donde el director Erich von Stroheim se peleó con ella en el set y le arrancó sin embargo una interpretación "de una profundidad y sinceridad que, si hubiera existido la Academia en 1925, la habría incluido entre las candidatas del año". Después cita a la escritora Frances Marion, que en sus memorias de 1972 dedica un largo párrafo a Mae Murray. La actriz había sido alojada en el hogar de ancianos que albergaba a la gente de cine. Creía ser la Princesa Mdivani, preguntaba por los fotógrafos, las luces, las flores y la música, porque ya había perdido la razón y su mente sólo estaba al tanto de "su lamentable vanidad".
En las biografías figuran también Pauline Frederick, Dorothy Gish, Mae Marsh, Alla Nazimova, las hermanas Constance y Norma Talmadge. Laurette Taylor y la singular Pearl White de infinitas aventuras, cuya carrera entre 1910 y 1924 incluyó docenas de títulos. En cada caso el autor ha trabajado con esmero, rastreando biografía personal y remotos antecedentes profesionales. Agregó en cada capítulo la lista de películas de esas actrices, dando una información dificil de encontrar en otras fuentes. Esas listas se limitan a los títulos mudos, aunque varias de las divas (Frederick, Nazimova, Gaynor, las Talmadge) llegaron a actuar en el cine sonoro. l