Ma. DE LOS ÁNGELES GONZÁLEZ
JORGE LUIS Borges (1899-1986) y Ernesto Sábato (1911) se conocieron a comienzos de la década del cuarenta, en las tertulias de la revista Sur, en casa de Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo. Al parecer, muchas cosas los unían entonces, como la amistad y admiración por el pintor Xul Solar o las preferencias literarias anglosajonas. Las posiciones políticas los fueron distanciando y cuando cayó Perón, en 1955, tuvieron una polémica en la revista Ficción.
Muchos años después, aprovechando la amabilidad de un encuentro casual en una librería porteña, el entonces joven escritor Orlando Barone concibió la idea de enfrentarlos en varios encuentros sin guión previo, aunque con algunas condiciones. Ese extenso diálogo, ocurrido entre diciembre de 1974 y marzo de 1975, fue publicado un año más tarde y reeditado en 1996. Aparece ahora precedido de los dos prólogos anteriores de Barone, no sólo responsable de concretar los encuentros sino también, por momentos, de encauzar tibia y discretamente el derrotero de las conversaciones. El compaginador interviene además con pequeños textos que ubican las circunstancias de las citas, intentan transmitir una atmósfera y a veces evaluar situaciones, abriendo o cerrando los capítulos.
En 1974, Borges había publicado casi toda su obra y ejercía un magisterio decisivo. Sábato ya había dado a conocer El túnel (1948), Sobre héroes y tumbas (1961) y Abaddón el Exterminador (1974), sus más importantes libros de ficción, y estaba en la cima de su carrera. Se pretendía un diálogo entre pares, pero era difícil igualar a Borges, que sonaba como candidato al Premio Nobel, gozaba de gran estima internacional y se perfilaba como uno de los mayores escritores del siglo. Esa disparidad de entonces -que se ahondó aún más con el tiempo- pesa en pocos momentos, gracias a algunas cortesías de Borges y a los esfuerzos de Sábato por estar a la altura de su inalcanzable interlocutor en todos los temas. En 2007, los Diálogos permiten una lectura renovada, adquieren un valor arqueológico que habilita la recuperación de un mundo cultural y un trato intelectual -caballeresco, digresivo y tanteador- que resultan arcaicos, y quizá por eso más atractivos. La única censura respecto a los temas vino de parte de Borges: no se hablaría del peronismo, ni de la actualidad política. Aun así, la aguda realidad política que vivía Argentina a fines de 1974 se cuela entre líneas, en la tensión elegante con que se evitan ciertas cuestiones bordeadas en el derrotero de la conversación, en algunos silencios difíciles, aunque ni se mencionen las circunstancias concretas: Perón había muerto tres meses antes; los restos del general Aramburu habían sido robados del cementerio de La Recoleta para negociar el retorno del cadáver de Eva Duarte; Silvio Frondizi había sido asesinado por la organización terrorista Triple A y la amenaza militar crecía.
La omisión expresa del entorno, el cuidado con que se evita ofender, aunque se filtre alguna ironía en los dos discursos, la posterior corrección que se permitió a ambos del texto fijado por escrito, dan al conjunto un efecto artificial, libresco. Pocos momentos alcanzan el ritmo de la oralidad. No llegan nunca a la polémica y están lejos de ser amigos. Frente a la posibilidad de la discrepancia, siempre hay uno que cede y consiente. También se hace evidente que hay muchas coincidencias en la visión universalista de la cultura, en la concepción del escritor como un curioso insaciable. Se opina sobre la literatura y el cine, los sueños, las religiones como relatos de ficción, las lenguas y su imposible traducción, las sentencias y el barroquismo y, por sobre todo, sobre libros y autores. Borges se aferra más al pasado, pero los dos gustan de hablar de la infancia, de la antigua Buenos Aires, más provinciana y menos pretenciosa, cuando las vidrieras del centro podían lucir un cartel que rezara, para promocionar un producto: "Argentino, pero bueno". El resultado del cruce Borges/Sábato es productivo para satisfacer la avidez de conocer algo más de cada uno de ellos, aristas menos transitadas en entrevistas y porque todo encuentro genera un territorio nuevo, sólo posible gracias a él.
DIÁLOGOS JORGE LUIS BORGES, ERNESTO SÁBATO. Compaginados por Orlando Barone. Emecé Editores, Buenos Aires, 2007. Distribuye Planeta. 218 págs.