La pasión de un funcionario

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Oscar Larroca

MERCEDES ESTRAMIL

ENTRA LA literatura de Kafka en el liceo, por su puerta más convencional: La Metamorfosis. Ver a Gregor Samsa convertido en insecto gigante y preocupado por faltar al trabajo, daba una suma extraña de fantástico y surrealismo tan difícil de digerir como el relato "El almohadón de plumas" de Horacio Quiroga. Por supuesto, confundí el universo de Kafka con el escenario de esa nouvelle exitosa, y compré sin cuestionar la mitología asociada a su autor: un gris funcionario judío de Praga, introvertido, pesimista, salvado del olvido por Max Brod, el amigo que no quemó sus manuscritos, como él le pidió, sino que incluso se apuró a publicarlos. Franz Kafka, que nació un 3 de julio de 1883 en Praga y murió en Viena un 3 de junio de 1924, con apenas cuarenta años y once meses, me parecía menos un ser de carne y hueso que el origen de un concepto trillado: "lo kafkiano", un lugar donde el error es norma y el castigo destino, tan oscuro y letal que era mejor no cruzárselo. Naturalmente, lo kafkiano está demasiado cerca como para no cruzárselo.

Kafka se quejó alguna vez de la estrechez de su mundo, en el sentido literal biográfico -era el típico individuo que va de la casa al trabajo y viceversa-, y la trasladó a su obra, donde cada personaje se siente "sin salida". A los lectores nos ocurre lo mismo: sus historias tienen apariencia de simplicidad y contienen laberintos; "salir" de Kafka con una interpretación segura en las manos es una pretensión absurda. Parece increíble, porque una de las características "arquitectónicas" de su literatura es que está llena de puertas.

NUEVAS TRADUCCIONES. La baja autoestima de Kafka, rastreable en sus Diarios y en su correspondencia, no le dejó soñar con la posteridad. Su tuberculosis se diagnosticó en 1917 y aunque siguió escribiendo hasta su muerte dejó sus novelas sin terminar y una orden de destrucción casi total de sus manuscritos. Suficiente para ser uno de esos escritores del NO que Enrique Vila-Matas clasifica y reúne en Bartleby y compañía (2000). Curiosamente, la inconclusión, fragmentarismo, pereza, miedo y forzada tenacidad de Kafka hicieron que Occidente lo recibiera con los brazos abiertos, como a un hijo hecho a su imagen y semejanza.

Hoy, las ediciones DeBolsillo de Galaxia Gutenberg, armadas por Jordi Llovet, están revisando los criterios con que se lo venía traduciendo y adoptaron varias modificaciones. La Metamorfosis pasa a titularse La transformación, considerando que Kafka no usó el término griego sino un vocablo tan común y corriente en alemán como "transformación" en español, y que además este vocablo minimiza una vieja interpretación de corte fantástico y sobrenatural que hoy ya es resistida. La novela América, que Brod bautizó así porque Kafka se refería a ella como su "novela americana", tendrá el título original que su autor le asignó: El desaparecido. Las nuevas traducciones siguen además la presentación compacta y en bloque que Kafka hacía en sus escritos, colocando comillas en vez de guiones para los diálogos; y respetan su prosa concisa, nada barroca y poco rica en sinónimos. Hay que recordar que Kafka -igual que el suizo Robert Walser o el búlgaro Elías Canetti- escribió su obra en alemán, el idioma oficial del Imperio Austro-húngaro, pero en una época en que dicho idioma estaba relegado al circuito administrativo, mientras que la mayoría de la población habitualmente hablaba checo, incluso como parte de un sentimiento nacionalista.

UN PADRE TIRANO. Entre el 4 y el 20 de noviembre de 1919 Kafka escribió un documento fundamental de su obra y de su vida: una carta a su padre, que nunca fue enviada, ni leída por éste. Por esa época Kafka ya tenía bastante redondeada la idea de su derrota. No era lo que más había deseado ser: un Escritor. Ese rango en plenitud le fue otorgado después de su muerte, luego de que Max Brod publicara el grueso de su obra, de que la Gestapo confiscara parte de la misma, y de que la crítica y el público la leyeran como una profecía involuntaria de las atrocidades del siglo veinte. Pero en 1919 Kafka era apenas el autor de un puñado de cuentos, de dos novelas sin concluir (faltaba una tercera aún), y del extraño relato sobre el hombre insecto. Muy poco para las pretensiones que lo mantenían despierto noches enteras y le hacían indigerible cualquier otro trabajo, ya fuera el de la Compañía de Seguros o el de la fábrica de asbestos de su cuñado.

Tampoco había sido un hijo modélico. Su familia la constituían sus padres, Hermann Kafka y Julie Löwy, y tres hermanas (dos varones anteriores a Franz murieron de chicos); no era descabellado suponer que él se ocuparía del comercio familiar, una especie de mercería con la que sus padres esperaban prosperar económicamente e insertarse como judíos en la cristiana sociedad praguense. Pero no fue así. Kafka estudió Derecho y lo ejerció sin verdadera vocación hasta internarse, como tanto escritor no profesional, en las redes del funcionariado público.

Tampoco en su vida sentimental logró la independencia deseada (o por lo menos proclamada a viva voz en sus diarios y cartas). Dos veces se comprometió y anuló el compromiso con Felice Bauer, por razones que puede explicar el miedo pero también el cálculo; anuló también el compromiso con Julie Wohryzek; tuvo un cálido romance epistolar con una mujer casada, Milena Jesenská; y convivió los meses anteriores a su muerte con la joven Dora Diamant. A todas las llevó a la fama pero a ninguna al matrimonio: "soy mentalmente incapaz de casarme" escribió.

Por último, ni siquiera como judío Kafka pudo proyectarse un futuro. Aunque metaforizó en varios cuentos su pertenencia a la colectividad ("Investigaciones de un perro", "Informe para una Academia"), la suya no fue una religiosidad ortodoxa ni apasionada.

Para todos estos fracasos Kafka se inventó un juez, alguien cuya "sentencia desfavorable" era previa a cualquier acción que emprendiera: su padre. En la Carta al padre le pasa a su progenitor facturas tardías que no le puede cobrar y que en definitiva son escritas como una confesión o un autoanálisis. Hermann aparece como el abnegado trabajador que se sacrifica por el bienestar económico de la familia, pero falla en sus métodos educativos, faltos de comprensión y amor. Desde su madurez sin hijos, Kafka le reprocha episodios en los que el padre ponía de manifiesto su autoritarismo, su ordinariez, falta de tacto y falsa seguridad: "adquiriste a mis ojos el carácter enigmático de todos los tiranos, cuya infalibilidad emana de su persona, no de su pensamiento". La reflexión de Kafka es la de tanto hijo que fracasó por temor: "si te hubiera obedecido menos, seguro que estarías mucho más satisfecho de mí". Si bien Hermann dejó a Kafka en libertad para no seguir el negocio familiar y dedicarse a lo que quisiera, todo hijo de comerciante con vocación literaria sabe lo que esa "libertad" demanda: una exigencia de triunfo. Heredero de esa carga e incapaz de triunfar en términos visibles, Kafka labró minuciosamente su fracaso, si bien tuvo la intuición genial de escribirlo y con ello redimirse (no a sus ojos, sino a los nuestros). Cuando le escribe al padre "la imposibilidad de tratar contigo de manera apacible tuvo otra consecuencia, desde luego muy natural: perdí el habla", se refiere, mucho más que a un episodio puntual, a una existencial condena de silencio, en el sentido profundo de no hallar el discurso propio.

EL BUEN HIJO. El mismo espíritu de reproche y autovictimización de la carta al padre, ya estaba elaborado desde años atrás, cuando escribió en 1912 La transformación, publicada en 1915. Gregor Samsa era el viajante de comercio descontento de su trabajo, que una mañana se despierta convertido en un "bicho monstruoso". Encerrado en su habitación y en un cuerpo extraño, Gregor minimiza la transformación y se adapta a ella, sin perder la lucidez de humano: se preocupa por el futuro económico de su familia; padre, madre y hermana que dependen de sus ingresos. Tolera y hasta le busca la vuelta positiva a su mutación, excepto por la incomunicabilidad en que lo sume y el asco que produce en los demás. La transformación ha sido leída como una respuesta fulminante a la crisis de valores de la sociedad burguesa, donde cualquier individuo sensible puede terminar alienado una vez que pierde su puesto en la cadena de producción. Es leída, sobre todo, como una parábola moderna de la condición del artista, alienado y autoexpulsado de la normalidad. Condición que no puede evitar aunque lo arrastre a la inanición y el insomnio, como al protagonista de "Un artista del hambre", relato que Kafka escribió en 1922 sobre un ayunador que ofrece su espectáculo hasta morir, perfeccionándolo cada día aunque no interese a nadie.

"Mi principio fundamental es éste: la culpa es siempre indudable" le dice el oficial de "En la colonia penitenciaria" (1914) al explorador que va a ver y tratar de entender la ejecución de un sentenciado. El relato, que describe con minucia un ingenioso aparato de tortura, es uno de los más crueles de Kafka y contiene algunas de sus claves narrativas: la insignificancia del individuo ante el mundo, los designios secretos del Poder, la idea de que no se admite la inocencia y la sentencia de cada uno está escrita. La cárcel, la jaula o en definitiva la tumba es el destino que espera a sus personajes, independientemente de que traten de evadirse impacientes o, como Gregor, se entreguen a esperar. Uno de los aforismos más citados de Kafka tiene que ver con ese "todo llega" que convierte en inútil todo movimiento: "no es necesario que salgas de casa. Quédate sentado a tu mesa y escucha atentamente. No escuches siquiera, limítate a esperar. Ni siquiera esperes, simplemente quédate callado y solo. El mundo se te ofrecerá para que lo desenmascares, no puede evitarlo; extasiado, se contoneará ante ti".

EMPLEADOS DEL IMPERIO. No todos los personajes de Kafka siguieron ese consejo. Los protagonistas de sus tres novelas inconclusas no dejaron de moverse. El desaparecido fue escrita entre setiembre de 1912 y enero de 1913, y publicada por Max Brod en 1927 (como América). Karl Rossmann es un chico de 16 años enviado a Estados Unidos por sus padres, para evitarle el compromiso con una criada que tuvo un hijo suyo. En principio América lo recibe bien y todo el mundo parece dispuesto a ayudarlo, pero pronto Rossmann sufre en su cuerpo la humillación de ser extranjero, joven y pobre, y termina siendo esquilmado de distintas maneras en episodios que recuerdan mecanismos de la picaresca. Por una u otra razón, a Rossmann se le complican las funciones más simples como comer o dormir; está "solo" pero rodeado de gente molesta y de ruidos.

En 1914 Kafka comienza a escribir El proceso, novela que casi termina y que Brod publicó póstuma en 1925. El protagonista ni siquiera tiene un nombre completo: Josef K es un trabajador bancario, acusado, detenido y juzgado de un modo extraño. No sabrá nunca qué crimen se le imputa, no será propiamente "detenido" sino que en apariencia podrá seguir con su vida normal (ir al trabajo, seducir o ser seducido por chicas, verse con sus parientes), y será juzgado por tribunales que operan en los desvanes y cuyos libros de leyes contienen imágenes pornográficas. La única cosa "normal" que le ocurre será la muerte (aunque muere acuchillado). Develar estas instancias no tiene mayor importancia; lo sustancial de la novela y a la vez lo elíptico de la misma es el proceso mismo. Igual que el personaje, los lectores sólo sentimos el peso ciego, la impotencia, el absurdo, la ausencia de sentido. En la quinta parte de El arte de la novela (1986) el checo Milan Kundera compara la situación de Raskolnikov (Crimen y castigo, de Dostoievski) que sabiéndose culpable busca el castigo, con la de Josef K, que viéndose castigado busca la falta.

Josef K no tiene sólo el proverbial parecido de nombre entre Kafka y todos sus protagonistas. Su derrotero culpable y nervioso se puede igualar al del escritor. Los caminos de salvación que se le ofrecen a Josef K -todos abortados- vienen de la mano de personajes que evocan los caminos que Kafka mismo tenía a mano para "salvarse": un abogado (carrera que estudió sin dedicarse luego), un comerciante (trabajo familiar que detestó), un artista (irónicamente, sumido en la pobreza y sin intimidad, pero con la mente clara: el camino de sacrificio que Kafka no ensayó a fondo), y un sacerdote (representante de una salvación espiritual y también hermenéutica, es el personaje que le cuenta a Josef K la parábola "Ante la ley"). En esa parábola que Kafka ya había publicado en vida, un hombre se acerca a la puerta de la Ley y un guardián le prohíbe el paso. El hombre respeta la prohibición durante toda su vida. A punto de morir le extraña que nadie más haya querido entrar. El guardián le explica que la puerta era sólo para él y que ahora debe cerrarla.

Elías Canetti leyó El proceso como una respuesta literaria de Kafka a su situación amorosa con Felice Bauer, dos veces su prometida abandonada, una lectura que parecen abonar frases como ésta: "Sobre todo no detenerse a mitad de camino; eso era lo más insensato, no solo en los negocios sino siempre y en todas partes".

La tercera gran novela que Kafka dejó sin terminar es El castillo, escrita alrededor de 1922, en la época de su relación con Milena. El protagonista es K, un treintañero que deja una innominada ciudad, esposa e hijo para viajar a un lejano castillo donde unos desconocidos Señores lo contratan como agrimensor. Mientras espera que el cargo se efectivice va conociendo a los pobladores (taberneros, posaderas, maestros, alumnos, sirvientas) y hace amante suya a Frieda, una ex amante de un superior. Pero su mayor deseo -llegar al Castillo, conocer a los Señores- se posterga indefinidamente. No sólo su cargo no es confirmado ni desempeñado jamás, a pesar de que le son asignados dos insoportables ayudantes, sino que su contratación es producto de un error burocrático. Una vez más, igual que Gregor, Karl Rossmann y Josef K, el personaje no puede salir de una situación de la que no parece responsable y de un universo que parecía simple y se vuelve caótico. La vida privada de K es invadida por las ramificaciones de un Poder inasible del que él sin quererlo también forma parte. En las tres novelas, la fugaz aparición de niños ruidosos rodeando a los protagonistas ofrece un marginal hilo conductor, no tanto de inocencia como de perversidad polimorfa, una señal ominosa de que lo que viene no será mejor.

Kundera acepta en su análisis sobre Kafka que éste hablaba del porvenir (el nazismo, el estalinismo, las democracias burocratizadas) pero sin saberlo, sin pretensiones de vidente: "Kafka no profetizó. Vio únicamente lo que estaba "ahí detrás". No sabía que su visión era también una pre-visión. No tenía la intención de desenmascarar un sistema social. Sacó a la luz los mecanismos que conocía por la práctica íntima y microsocial del hombre, sin sospechar que la evolución ulterior de la Historia los pondría en movimiento en su gran escenario".

EL FEROZ COMEDIANTE. David Lynch, cuyo universo fílmico es totalmente "kafkiano", considera a Kafka un comediante genial. Max Brod habló de la hilaridad que provocaban sus relatos más siniestros cuando eran leídos. El humor flemático y cínico de Kafka es el de una derrota salvadora, protectora, que se ríe de sí misma y de sus elaboradas instancias de calvario. Es el humor de quien no puede atacar al Poder con otra arma que una pistola de agua. Apenas entrevistos o de apariencia engañosa, los poderosos (el padre, los jefes, los jueces, un senador, o los Señores de un Castillo) son tan torpes, mezquinos y ridículos como sus jerarquías inferiores. En sus obras el poder se transmite y ejecuta a través de una cadena degradante, bufonesca.

Imposible no soltar una risita irónica cuando vemos de qué manera se complican las buenas intenciones del ingenuo Karl Rossmann. O cuando la débil familia de Gregor Samsa, que tanto parecía depender de él, se reconstruye mientras lo deja morir y comienza a elaborar pragmáticos planes de futuro, como el casamiento de la hermana. O cuando el comerciante de "El topo gigante", empeñado en ayudar a un maestro de escuela que no pidió su ayuda, entiende demasiado tarde que el comedido siempre pierde.

Hoy Kafka tiene dimensión de leyenda viva, y su grisura no deja de girar hacia la luz. Ignorado durante el socialismo real, las manifestaciones antitotalitarias de la Primavera de Praga (1968), la Revolución de Terciopelo (comenzada en 1989), y la asunción como presidente de la República Checa del dramaturgo Václav Havel, sacaron a Kafka del ostracismo nacional. Pero aún antes de que el merchandising explotara su figura, miles de turistas fueron a Praga sin duda para caminar las calles que caminó él. La literatura del siglo XX, con Borges a la cabeza, hizo de Kafka una estación de tránsito obligada. El escritor danés Henrik Stangerup (1937-1998) hizo un "proceso" a la inversa en El hombre que quería ser culpable (1973), donde el protagonista lucha por probar su culpabilidad en el asesinato de su esposa a una sociedad del bienestar empeñada en perdonarlo y recuperarlo. También la literatura del albanés Ismaíl Kadaré (El palacio de los sueños, El firmán de la ceguera) abreva directo en Kafka con su burocrático orden de pesadilla.

Desde 1983 un pequeño asteroide lleva su nombre: el dato haría sonreír al autor, ubicándolo al fin en un lugar seguro, fuera de la tierra.

Kafka en cine

EL PROCESO, filmada por Orson Welles en 1963, sigue siendo el gran título del séptimo arte sobre Kafka. Bien porque Welles es Welles, como por los valores intrínsecos de una adaptación que captó la atmósfera de miedo y siniestralidad; que colocó como personaje central al atormentado Anthony Perkins, ya con las credenciales de psicópata que Hitchcock sabría apreciar; y que fue fiel al texto y al lenguaje cinematográfico. Recién en 1991 llegó Steven Soderbergh (Sexo, mentiras y video, Traffic) con otra propuesta radical: mezclar biografía y personajes del escritor en Kafka, rodada en blanco y negro y en color. Jeremy Irons daba la talla de Kafka: elegancia, hermetismo y dolor. En 1993 el cineasta David Hugh Jones vuelve a adaptar El proceso, también en blanco y negro y con guión de Harold Pinter, con Kyle MacLachlan componiendo un Josef K más tranquilo y paciente.

Una muy incompleta lista seguiría con: La colonia penal (1970), del chileno Raoul Ruiz; Los amores de Kafka (1988) del español Beda DoCampo Feijóo, con un insólito elenco argentino; Amerika (1994) del checo Vladimir Michalek; las versiones sobre El castillo que hicieron Rudolph Noelte en 1968 (The Castle, protagonizada por Maximilian Schell), el ruso Aleksei Balabanov en 1994 (Zamok) y Michael Haneke (el de La profesora de piano y Caché) en 1996 (Das Schlosß); o el largo del iraní Shoja Azari, K (2002).

Por otra parte, algo demasiado kafkiano ronda filmes que no lo citan explícitamente: Brazil (1985) y 12 Monos (1995) de Terry Gilliam; Pi (1998) de Darren Aronofsky; o ¿Quieres ser John Malkovich? (1999) de Spike Jonze.

En bolsillo

LA EDITORIAL Galaxia Gutenberg (distribuye Sudamericana) publica en su Colección DeBolsillo la obra completa de Kafka. Todos los volúmenes tienen prólogo y/o notas de Jordi Llovet. Hasta ahora se han editado:

LA TRANSFORMACIÓN, Buenos Aires, 2006. Trad. de Juan José del Solar. 122 págs.

CARTA AL PADRE, Barcelona, 2004. Trad. de Joan Parra. 117 págs.

AFORISMOS, Barcelona, 2006. Trad. de Adan Kovacsics, Joan Parra y Andrés Sánchez Pascual. 122 págs.

EL CASTILLO, Barcelona, 2004. Trad. de Miguel Sáenz. 365 págs.

EL PROCESO, Barcelona, 2003. Tr. de Miguel Sáenz. 257 págs.

EL DESAPARECIDO, Bs. As., 2005. Tr. de Miguel Sáenz. 290 págs.

DIARIOS, Barcelona, 2006. Trad. de Joan Parra y Andrés Sánchez Pascual. 847 págs.

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