Obituario

La partida de Lobo Antunes, el escritor portugués que nunca retornó de su guerra colonial africana

Eterno candidato al Nobel, como Borges, como Nooteboom, dejó tras su fallecimiento una obra enorme, profundamente portuguesa y crítica del colonialismo decadente de su país

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António Lobo Antunez
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por Ioram Melcer, desde Lisboa
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Falleció Antonio Lobo Antunes. Murió el hombre en el que habitaba el escritor portugués. Queda la obra de gran extensión y significado. Treinta dos es el número de sus novelas publicadas, seis son los tomos de sus crónicas. Otros textos han de aparecer, ahora, con la desaparición del autor. Lobo Antunes, que cultivó una imagen de gran Señor de la cultura de su país mientras se regocijaba de ser su enfant terrible, era profundamente portugués en su apego tanto al país como a su historia y sociedad. De hecho, esos mismos objetos de apego era los molinos contra los cuales nunca se cansó de lanzarse a todo dar.
Nacido en 1942, ALA, como se lo conocía entre los letrados, sirvió de médico en la guerra colonial portuguesa en África, luego especializándose en psiquiatría. Descubrió su vocación literaria en la adolescencia, lo que lo llevó a practicar ambas actividades, la literaria y la medicina, a lo largo de toda su vida. Y lo hizo obsesivamente, sin cesar, sin darse un respiro, siempre sobrecargando sus pulmones del interminable humo de los cigarrillos que fumaba continuamente, como si estuviese observando una competición de alto riesgo entre la tinta y el tabaco. Al final, ganó el tabaco, porque ALA, desde hace unos años ya solo fumaba. Su mente cedió a las enfermedades, a la demencia.
Profundamente arraigado en sus temas, ALA describió mejor que nadie la sociedad portuguesa en su empecinada decadencia y auto-ilusión. Comenzando por la última década de Salazar, por cierto fatal, patética y destructiva, siguió desmenuzando a Portugal, a los portugueses y aquello que causó el colonialismo fatídico con sus estragos y secuelas claramente presentes en la gente, las mentes y la identidad nacional. De hecho, ALA fue un autor que sedujo a sus lectores con gran magia, para luego destrozarlos sin piedad. Esto no es fácil de encontrar en sus novelas, que no dejan ni una piedra sin dar vuelta en el edificio de los rituales, las costumbres, los conceptos y la mentalidad de los portugueses.
De ahí surgen dos vertientes esenciales en la obra de Lobo Antunes. Por un lado, su profunda crítica, que emana de un conocimiento absoluto de sus temas, así como su avasalladora descripción, analíticamente exacta, que lo posicionan, paradójicamente, como elemento inseparable del panorama que pinta. La mirada externa se subsume en su profunda pertenencia al objeto que está observando. Para ALA, no se trata de “ellos”, aunque evite confundirse en un “nosotros” pantanoso. Por otro lado, aunque silenciosamente consciente de la paradoja, ALA escogió una vía eficaz para profundizar su labor y no recaer en lo sociológico como elemento fundacional de su obra. Usó la lengua portuguesa como objeto de exploración, haciéndola su cómplice, la Sancho Panza del lúcido Quijote lusitano, otro de clara visión.
ALA comenzó a traspasarse de los límites de la lengua portuguesa, irónicamente cumpliendo el criterio de Fernando Pessoa en El Libro del Desasosiego, donde habla de aquel emperador romano que se consideró “supra grammaticam”, o sea alguien que estaba por sobre la gramática. La ironía está en el sabido rechazo de ALA hacia Pessoa, a quien consideraba inferior, o por lo menos poco digno de ser leído. Sea como fuere, ALA pulió y perfeccionó una asombrosa sintaxis de un portugués sin igual, aprovechando de manera brillante las posibilidades estructurales de su lengua, un universo lingüístico que el gran autor dominaba como si fuese su isla privada, quizás contraviniendo la famosa afirmación pessoana “A minha pátria é a língua portuguesa” y hasta invirtiéndola en un “a minha lingual portuguesa é a minha pátria”. Los críticos lo atacaban desde un purismo que reflejaba exactamente todo aquello que ALA atacaba con desprecio y vehemencia de la mentalidad de sus compatriotas. Sus textos, partiendo de una marcada influencia de Faulkner, tomaron un carácter bíblico, tanto en su temática como en las herramientas narrativas, reflejadas en la sintaxis. Un claro resultado de ello se nota en la influencia que ejerció en una generación de escritores más jóvenes (destaca en este contexto la obra de Dulce María Cardoso). La sonoridad ineludible de las últimas diez o quince novelas, la fragmentación, la repetición, el sentido de urgencia y de tedio lusitano, entrelazados hasta casi asfixiarnos, no rinde pleitesía a lectores de la Era de lo Inmediato, pero cumple el requerimiento esencial de lo que es el Arte en mayúscula. Cuestiona, se opone, abre brechas en la mente y el corazón del lector, lo confunde, lo lleva a extremos, lo llena y luego lo exprime hasta dejarlo seco, para luego retomar la batalla, quizás un reflejo de la guerra de la cual el hombre António Lobo Antunes nunca había retornado.
Ya no está. Acaba hoy su guerra colonial, acaban todas sus guerras y batallas. Queda la obra, que no descansará en paz.

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