La mujer invisible

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Osvaldo Aguirre

(desde Buenos Aires)

EN EL MICROCENTRO de Buenos Aires Leila Guerriero (n.1967) está sentada en la confitería La Ópera, en la esquina de Callao y Corrientes. En un rato tendrá una charla con estudiantes de periodismo, a los que probablemente exhortará a abandonar la carrera, a desconfiar de lo que han aprendido, a pensar que la formación de un periodista también supone leer literatura y ver cine de ficción. Acaba de salir la edición argentina de Frutos extraños, una recopilación de sus crónicas, y se la nota contenta. "Hace rato que quería publicar este libro", dice.

Guerriero no sólo se destaca por sus investigaciones, sino por la forma en que las escribe. Suscribe lo que llama "la teoría del iceberg": un texto dice una pequeña parte de lo que el cronista sabe, y aquello que permanece oculto es lo que sostiene al relato. Una lección de despojamiento y eficacia, que la ha convertido en una de las mejores narradoras argentinas. La misma figura, además, podría aplicarse al conjunto de sus crónicas. Guerriero lleva un cuaderno donde apunta las historias que quiere contar. Una mínima cantidad de esas ideas tienen su investigación, su tiempo de escritura, su medio de publicación. Y una parte aún menor es la que puede hallarse en Frutos extraños, libro en el que cada pieza parece irremplazable: desde la crónica sobre el Equipo Argentino de Antropología Forense hasta la investigación en torno a la venta directa de cosméticos, desde el perfil de Homero Alsina Thevenet hasta el del supermercadista chino de la esquina de su casa.

La iniciación periodística de Guerriero transcurre entre dos escenas protagonizadas por editores. En 1992 trabajaba como cajera en un supermercado de Junín, su ciudad natal, en la provincia de Buenos Aires. Dejó un cuento en la recepción del diario Página/12 y el director del diario, Jorge Lanata, además de publicarlo, le propuso trabajar como periodista. Siendo ya redactora del mensuario Página/30, el editor le pidió una nota sobre el caos del tránsito en Buenos Aires y le recomendó que leyera Crash, de J. G. Ballard, para dar con el tono del artículo. Ella desoyó la sugerencia, porque ya había leído la novela y le parecía una referencia obvia para ocuparse del tema.

Frutos extraños es su segundo libro, después de Los suicidas del fin del mundo (2005, ver El País Cultural Nº 837), donde investigó una serie de suicidios en la ciudad de Las Heras, provincia de Santa Cruz. Además de una selección de crónicas, en su mayoría publicadas fuera de Argentina, la obra incorpora reflexiones sobre el oficio -donde reivindica su carácter de autodidacta y se define como una "periodista salvaje"- y notas de opinión. Actualmente Leila Guerriero es redactora de la revista del diario La Nación.

-Frutos extraños incluye textos publicados a partir de 2001, aunque comenzaste a trabajar en periodismo desde 1993. ¿Cómo surgió ese recorte?

-Cuando reviso un trabajo siempre me pasa que de cinco años para atrás no hay nada para rescatar. Tengo la sensación de que ya no escribo así y cualquier cosa que se vuelva a publicar, pienso, no me representa. Antes escribía con mucho bordadito, mucha puntillita. Después de Los suicidas del fin del mundo empecé a escribir con más despojamiento, empecé a perder cosas por el camino más que a sumar recursos y fuegos de artificio. Desde 2001 empecé a trabajar para el extranjero. La idea del libro era reunir material que estaba disperso en publicaciones de Colombia, Chile, México, Venezuela, Uruguay.

-Además de que la mayoría de los textos se publicó fuera de Argentina, el libro apareció primero en Colombia. ¿Por qué?

-La propuesta llegó de Pilar Reyes, en ese momento editora de Santillana en Colombia. Viajé muchas veces a Colombia a dar conferencias y talleres, y a la Feria del Libro de Bogotá. Me pareció una cosa rara, y un poco alarmante publicar primero afuera: viste que está lleno de autores argentinos que dicen "yo soy más reconocido afuera que en mi país" y son espantosos. Yo voy por el mismo camino, o sea pésimo (risas). Bueno, en otros países hay más revistas donde publicar crónicas. En Colombia está El Malpensante, estuvo Gatopardo en su momento; en España, la revista del diario El País de Madrid. En Colombia ellos tenían sólo un diario nacional, El Tiempo, hasta que el año pasado empezó a salir El Espectador. A lo mejor ese espacio fue ocupado por las revistas, por lo que tienen una tradición muy larga y rica. La revista SoHo puede mandar un cronista seis meses a vivir como un operario de una fábrica de Medellín y hacer que después vuelva y cuente su historia. El Malpensante puede levantar toda su edición y dedicarla al diario de una médica de Médicos Sin Fronteras. Ellos hacen esas cosas, hay editores arriesgados, gente que apuesta. En cambio, en Argentina la crónica es una cosa que se declama pero que no se refleja en la realidad.

MIRANDO DE CERCA.

-En tus textos los personajes aparecen siempre en primer plano. Ya sea una crónica como la de los integrantes del Equipo Argentino de Antropología Forense, o un perfil como el del empresario ganadero Alberto Samid.

-Lo que la gente hace es producto de lo que la gente es. El pequeño detalle de que ninguna de las mujeres del equipo forense haya formado una familia y haya tenido hijos dice algo de esas formas de vida, de un trabajo con alto impacto en la vida privada. Samid era todo lo que se decía de él y también un padre de familia que se desvivía por sus hijos, con una vida cotidiana rutinaria que yo podía reconocer en muchos personajes de mi pueblo, en el funcionamiento que él tenía de caudillo. El acercamiento te permite una visión distinta; nadie es miserable del todo, ni magnífico del todo. Si te quedás a la distancia te perdés gran parte de lo que una persona es. Incluso los forenses, que parecen trabajar con el lado bueno, sienten muchas cosas que no tienen que ver con esa bondad absoluta. Cuanto más cerca estás más aristas, más grietas podés ver.

-¿Ese acercamiento depende del tiempo dedicado a cada crónica?

-Sí. Y también de lograr que el otro se olvide de que estás ahí. El punto es en principio cuando alguien te recibe y le explicás que vas a estar mucho tiempo con él. La gente no se imagina cómo es, en general piensan "es mentira, esta mina se va a cansar". Pero después hasta se engolosinan con esa curiosidad extrema que uno deposita en ellos. Cuando yo estoy con alguien estoy completamente interesado en su vida. No me importa nada más, puedo andar con 60 grados de fiebre, estar muerta de cansancio, a las puteadas y con ganas de irme a mi casa, hasta que toco el timbre. Cuando entro, eso se transforma en curiosidad serial, asesina. Y quiero saberlo todo, todo lo que el otro me quiera contar. Cuando el otro te dice, suponte, "el sábado a las diez de la noche la invito a ir con mi mujer a tal lugar" y vas, aunque tenías el cumpleaños de tu hermano, y cuando te dice, después, a las cinco de la mañana, completamente borracho, "mañana a las diez de la mañana vamos a repartir panfletos" y estás al otro día con la resaca y cinco genioles, el tipo ve que no era joda, que le estabas hablando de verdad, ofreciendo tu agenda para que él organizara los días y los horarios en que te podía ver. Entonces respeta lo que estás haciendo. Y esa insistencia permanente empieza a hacer, por erosión, que uno comience a volverse invisible. El otro está tan habituado a verte como una especie de cosa puesta ahí, "esa mina que viene todos los viernes", que ya no te ve, ya no estás ahí. Además como mi apuesta es a largo plazo, no tengo ningún problema en hacer las preguntas incómodas al final. Porque voy a seguir yendo. Si la gente no me quiere hablar de algo siento que en algún momento lo va a hacer porque tengo todo el tiempo del mundo.

-En el libro El periodista y el asesino, Janet Malcolm decía que el periodista gana la confianza de sus entrevistados para traicionarlos sin remordimientos. ¿Que te parece esa observación?

-Una estupidez. Ahí se confunden algunas cosas. Uno no está con un entrevistado para hacer su biografía. Y no tiene que estar todo el tiempo aclarándolo: por un lado, una persona te recibe, y es una persona adulta. Además yo siempre dejo prendido el grabador sobre la mesa, aclaro que todo lo que vaya a ver en principio va a formar parte de la nota y pido que me avisen si hay algo que no quieren que escriba, porque en principio yo pongo todo lo que escucho. Pero como periodista no sos distinto de cómo sos en tanto persona. Si un entrevistado me cuenta la historia íntima que tiene con una mujer yo no lo voy a andar contando. Después no hay ninguna traición, sino un pacto claro. Yo voy a contar una historia y mi deber es con la historia, no con el entrevistado. Entonces tengo que buscar todas las maneras de contar esa historia de una manera eficaz y que al lector le termine gustando. Con el entrevistado no tengo ningún compromiso, no debo hacerlo quedar bien ni mal. La gente confunde ser subjetivo con ser una mierda humana. Si voy yo, vas vos o va Martín Caparrós a ver a Samid los tres vamos a ver cosas distintas, y eso no quiere decir que alguna de esas sea una mirada vil. La subjetividad no implica miserabilidad.

-Con frecuencia mencionás las "sugerencias para periodistas modestos" de Homero Alsina Thevenet. ¿Qué te parece su oposición al uso de la primera persona, tan en contra de la crónica moderna?

-Cuando recibí sus indicaciones a colaboradores, las debo haber leído con temor. Ahora las doy en talleres y encuentro algunas cosas un poco exageradas, un poco talibán, como era Homero, tan buen periodista, y tan duro en algunas cosas, que decías "lo voy a matar, lo voy a matar". Conmigo siempre fue un tipo encantador. Lo encuentro muy certero en casi todas las cosas que dice y coincido plenamente en que la primera persona, como él decía, debe ser utilizada en caso de experiencias intransferibles de otro modo. Hay mucho cronista moderno que cree que ser cronista es decir "me siento en la confitería, pido un café, veo llegar a mi entrevistada". "Yo-yo-yo", dicen y aportan poco al texto. El cronista tiene que pensar -y utilizar o no la primera persona- en función de lo que el texto necesita. Yo sé de editores que encargan una nota y dicen "debe estar escrita en primera persona". En principio las cosas deben estar escritas como deben estar escritas. En Los suicidas… la primera persona me dio un pudor terrible, hablamos mucho con Jordi Carrión al respecto y al final decidí que sí, venía a cuento, iba a ser la voz de un personaje que era como un extranjero, una mirada entre cálida y qué onda este pueblo. La primera persona distrae mucho, es un recurso muy fuerte, es como estar mirando una película llena de primeros planos todo el tiempo. Hay que tener cuidado. Cuando uno es joven, cronista y latinoamericano corre el riesgo de pensar que no hay nada más interesante que uno mismo y en realidad el arte de escribir crónicas es desaparecer. La protagonista es la historia.

MIRAR Y ESCRIBIR.

-Con frecuencia te ocupás de historias que han sido contadas y "tienen todo para decir". Por ejemplo la del basquetbolista Jorge González, "el gigante". ¿Cómo trabajás en esos casos?

-Había visto la historia del gigante publicada en las páginas de deportes de los diarios. Pero los periodistas aceptan lo que la gente dice sin cuestionamientos. Yo veía cinco cambios de situación en su vida y no había un nexo claro. Un jugador de la selección nacional, a punto de entrar en la NBA, se dedica de pronto a la lucha libre: ahí hay por lo menos un salto inexplicable. Y después de tres años termina solo en El Colorado, Formosa. Cuando empecé a hablar con él descubrí muchas contradicciones y ocultamientos, para él mismo, por ejemplo una relación traumática con la madre. Salieron muchas cosas que no estaban contadas, y era un personaje que había estado en los programas de Mirta Legrand, de Susana Giménez. Esos personajes son mirados a veces desde el prejuicio, bueno o malo. Los acercamientos prejuiciosos van en detrimento de la historia. Con el Equipo Argentino de Antropología Forense me cansé de leer en los diarios sobre sus descubrimientos. ¿Pero quiénes eran esos tipos? Las crónicas son entonces miradas más a fondo sobre historias que estaban ahí y sólo necesitaban eso, mirar un poco más allá, ser atravesadas por la curiosidad con la mirada de un periodista que no sabe lo que va a contar sino que duda. ¿Será tan bueno ese tipo como dicen? ¿Será tan asesina Yiya Murano? ¿Será tan verdadero lo que cuenta Facundo Cabral de su vida?

-¿Por qué te definís como una periodista salvaje?

-Por no haber estudiado periodismo.

-Y sin embargo te convocan para tener charlas con estudiantes.

-Les digo que no estudien periodismo. Una vez me pasó eso en Uruguay, en la ORT. Empecé a hablar y en un momento, yo veía que la gente de la ORT me hacía caras como diciendo "bueno, bueno, ya está". Con que un estudiante renuncie y se vaya, me quedo conforme (risas).

-¿Qué hace falta para ser periodista?

-Para escribir en gráfica basta con que tengas muchas ganas de contar. Leer mucho, y sobre todo ficción. No puedo creer que algunos periodistas digan que sólo leen el diario. ¿Qué podés aprender leyendo el diario? Andá a leer a Nabokov, pero no me digas que leés el suplemento cultural del New York Times para aprender a escribir, porque los tipos que escriben en el New York Times leen otras cosas. Hay que desarrollar una mirada. Y escribir, escribir, escribir. Si tenés una mirada, tenés todo. En Gatopardo me ha tocado editar a gente que no escribía tan bien y que cada cinco frases escritas con los tobillos descargaba un jeringazo de adrenalina con la mirada y decís "eso es". Cuando tenés una mirada. Es más que poner un sujeto y un predicado. Conozco gente que sale de la escuela de periodismo sin la menor idea de quiénes fueron Martí o Mansilla o a la que le hablás de literatura y te preguntan para qué. No puedo creer que los suplementos deportivos sean las partes más aburridas de los diarios. Eso debería ser maravilloso, es como el último circo romano, con gladiadores, gente que se mata por una pelota, y todo escrito por tipos que parecen futbolistas frustrados o hinchas esforzándose por no parecerlo demasiado, periodistas que preguntan (cambia la voz): "¿Qué sentiste cuando hiciste el gol?". Esa mirada es la única que enseñan las escuelas de periodismo. Por eso es mejor desaprender un poco. Total... a contar el cuento no te va a enseñar nadie, lo tenés que aprender solo.

-Además de las entrevistas, en tus crónicas hay mucha lectura sobre los temas y los personajes implicados en la historia. ¿Cómo funcionan esas referencias al escribir?

-Uno tiene que ser un mini especialista cuando va a tratar un tema y a la hora de escribir olvidarse un poco, porque la sobre-información te puede agobiar. Cuando bailás no estás pensando en lo que vas a hacer. Escribir es un poco lo mismo. Mi teoría es la del iceberg. Sabés todo lo que hay que saber y de ese todo mostrás el cinco por ciento, pero ese cinco por ciento flota porque abajo hay un 95 por ciento sólido. Entonces nadie se atreve a cuestionarte. Pero no podés estar todo el tiempo superconsciente de lo que estás escribiendo, aunque detrás haya un control férreo de cada frase.

Conciencia del trabajo

O. A.

LOS 25 TEXTOS DE Frutos extraños están ordenados en cuatro secciones. El cuerpo central está constituido por "Crónicas y perfiles", donde Leila Guerriero compila relatos publicados en distintos medios de España y América Latina, entre ellos El País Cultural. Luego siguen "Discusiones", artículos orientados hacia la opinión y el ensayo; "Sobre el periodismo", ponencias e intervenciones en foros internacionales, y una "Coda" que vuelve sobre el oficio de hacer periodismo con una reflexión mínima y sutil.

La particularidad de estas crónicas no consiste en proponer una agenda diferente de la del periodismo común. Guerriero vuelve sobre historias y personajes que se hicieron conocidos a través de las noticias policiales y de política. Entre otros, Romina Tejerina, la joven jujeña que mató a su bebé, producto de una violación; Yiya Murano, la mujer que envenenó a tres amigas para no devolverles el dinero que le habían prestado, y el caso Poblete, que fundamentó la inconstitucionalidad de las leyes de obediencia debida y punto final. En otros textos se ocupa de figuras del espectáculo (el cantante Facundo Cabral, el mago René Lavand) y de artistas bizarros que también fueron objeto de investigaciones previas (el grupo Reynols, y una banda que hace covers de Queen).

Pero la crónica es para Guerriero lo opuesto de una noticia. En la base de su escritura se advierte una combinación de entrevistas exhaustivas y diversas, trabajo de campo e investigación bibliográfica. Hay un plus de información que es utilizado a los fines de la narración. La disquisición sobre las amputaciones y el síndrome del miembro fantasma introducen así al lector en la historia de Lavand (quien perdió una mano a los 9 años, episodio decisivo en su vida). La descripción pormenorizada de los efectos del cianuro en el cuerpo humano proporciona otro notable golpe de efecto a propósito de Yiya Murano. El trabajo rinde en la medida en que la crónica permite observar por primera vez a sus protagonistas, no porque ponga entre paréntesis lo que se ha escrito sobre ellos sino porque descubre aspectos descuidados y relatos estereotipados.

El modo de abordar un tema también resulta inesperado. En "El amigo chino" Guerriero explora el fenómeno de los inmigrantes orientales en la Argentina a través de una serie de entrevistas con el supermercadista al que le hace las compras. Lo más importante de la crónica es lo que no está dicho, lo que no logra averiguar y sin embargo aporta el sentido más importante: la resistencia del personaje al acoso periodístico, su manejo del español y sus silencios retratan la inserción equívoca y a veces conflictiva de su comunidad en el país y terminan por plantear una paradoja: "Conoce mi nombre, mi número de documento, mi profesión, el nombre del periódico donde trabajo, la dirección exacta de mi casa y la cantidad de gaseosa y pasta dental que consumo por semana", escribe Guerriero. "En cambio yo (…) todavía no sé -nunca sabré- nada de él". En "El clon de Freddy Mercury" el foco está puesto en otro personaje notable, un médico fanático del cantante de Queen, y en el contraste entre su devoción y su carácter machista y homófobo.

Más que la mirada, principio básico del género en sus últimas versiones, lo que cohesiona a los textos es una forma de escritura. Las crónicas de Guerriero están tramadas como relatos fragmentarios, en base a una sucesión discontinua de escenas. "Es una forma tomada del cine documental", explica. "Pensar las cosas como corte y a otra cosa, corte y a otra cosa, va generando un clima por acumulación de silencios y de espacios. Por eso me enferma cuando en las ediciones on line, donde la diagramación tiene un cuidado completamente distinto, sacan los asteriscos que yo pongo: el texto queda pegoteado y no se entiende, parece una nota escrita por un oligofrénico".

La composición asume además un carácter coral, a través del conjunto de voces que se asocian en el relato (los empleados del teatro Colón en "El hombre del telón", los integrantes del Equipo Argentino de Antropología Forense en "La voz de los huesos", las mujeres que se dedican a la venta directa de cosméticos en "El mundo feliz: venta directa", en cada caso un universo con un idioma propio que la crónica registra y analiza).

El cuidado en la construcción es particularmente visible en la apertura de los relatos -no necesariamente impactante en términos anecdóticos pero sí formales, con el objetivo de capturar de inmediato el interés del lector- y en la atención hacia temas secundarios y detalles que no tendrían lugar en un artículo común y aquí se articulan en una red bien ajustada, como el insistente silencio que mantiene el empresario Alberto Samid sobre la cantidad de ganado que posee o la obsesión de Alsina Thevenet por los datos precisos y concretos, en "Vida del señor sombrero".

No se trata entonces tanto de "escribir una crónica que pueda leerse como una novela", según la fórmula de Martín Caparrós, sino de escribirla de la forma en que se escribe una novela, con la máxima conciencia del trabajo con el lenguaje y los procedimientos narrativos, una conciencia enriquecida con los requerimientos creativos del oficio periodístico: la curiosidad, la atención permanente hacia aquello que está a la vista y aún no ha sido percibido en toda su magnitud.

FRUTOS EXTRAÑOS, de Leila Guerriero. Aguilar, Buenos Aires, 2009. Aún no distribuido en Uruguay. 400 págs.

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