La herencia intelectual

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GLORIA SALBARREY

LA ESCRITORA Sylvia Lago pertenece a una rama disidente y venida a menos de una extensa familia "patricia", emparentada con Basilio Pereyra de La Luz, con el Dr. Manuel Quintela (que dio su nombre al Hospital de Clínicas), y con otros notables como la profesora Elda Lago, que legó su vivienda a la Facultad de Humanidades. Sylvia llegó a vivir "por temporadas" en esa casa de sus abuelos, donde el abogado Juan María Lago reunía a sus clientes y amigos, integrantes de la generación del 900, en medio de las "reliquias artísticas" de un "un verdadero museo", entre ellas el escritorio de taracea que le envió Rodó desde Italia. Pese al yugo matriarcal "nadie se opuso" a que la niña se adentrara en las bibliotecas masculinas de esas "casas enormes, recargadas, con habitaciones inmensas donde uno se perdía"*. Hasta la dictadura no tuvo inconvenientes para estudiar, desarrollar la carrera docente, y publicar la obra "contestataria", que prolonga el rol dirigente de sus antepasados en los círculos letrados, a los que también pertenecieron su primer y su segundo esposo.

En su entorno no hubo apremios económicos pero tampoco holguras. Para la clase media, "era una época en que costaba menos vivir", e incluso alternar con las amistades y familiares de "las clases más altas". Desde esa posición social fronteriza, ilustrada y bienpensante, la escritora fue madurando una voz punzante que retrata y critica a la burguesía desde adentro.

LAS COSAS Y LAS BESTIAS SOÑADAS. Los padres de la escritora se casaron siendo adolescentes y vivieron junto a la madre de la esposa en "viejas y grandes casonas de Pocitos, con jardín, árboles y animalitos domésticos", que se vislumbran en los relatos de Sylvia junto con las obras de arte, cuadros, bibliotecas, porcelanas y otros refinamientos típicos de las residencias de los Lago.

En una de esas casa-quintas ambientó los comienzos de Trajano, la historia del perro con nombre de emperador, contada por el hijo varón de una lavandera del Buceo. Después de esta primera incursión en la vida de una empleada doméstica, en general Sylvia prefirió explorar personajes y ambientes más próximos a su experiencia personal.

En cambio los animalitos son una constante que jalona la transformación poética de su narrativa. A la mascota humanizada por el niño, siguió la fauna feroz de "Los días dorados de la señora Pieldediamante". El cuento atrevido e innovador publicado por Ángel Rama en La mitad del amor contada por seis mujeres (1965) practica un furor lingüístico hiriente, irónico y satírico, que animaliza a los personajes desde el rencor femenino. El marido Linceagudo, el amante Picorreal, la Granmofeta madre, otros "animalejos con rostros humanos y hombres con cara de animal", más una serie de bestias fabulosas, mitológicas y prehistóricas pueblan el "gallinero cloqueante" donde Laura se ve a sí misma como una "garza real" o como "un armadillo que se alimenta de insectos y lombrices y que empieza a experimentar en sus entrañas el principio de su descomposición definitiva".

En los cuentos más maduros esas figuras pierden el aspecto caricaturesco e iracundo y se convierten en símbolos sublimes y abyectos, que fusionan la crítica social con las pasiones familiares más tiernas y contradictorias. Varias especies de garzas con nombres sofisticados y sonoros se identifican con las pulsiones alucinadas del inconsciente ("El corazón de la noche"); mientras los insectos que se debaten patas arriba representan la miseria humana ("Vida retirada").

DE GARZAS BRUJAS Y NICTICORAS. Los rasgos de los seres queridos, enmascarados tras anécdotas ficticias, se asoman en los cuentos más conmovedores - "El corazón de la noche"; "Manos de príncipe"; "Aros de niebla"-. Al espectro de Milka, la hermana mayor, y de Sylvita, la hija fallecida, se suma la figura de la "abuela materna, viuda, religiosa, contadora de historias, muy querida y también temida", que dominaba "un familión", formado por tíos, hermanos, primos y criados de toda la vida.

La educación religiosa corría por cuenta de la abuela, que la llevaba a la iglesia de Pocitos, a escondidas del padre que era ateo y la había mandado a la escuela pública laica. El violento anticlericalismo de muchos cuentos responde a esa marca contradictoria inculcada por la abuela que "era tenaz" y tiranizaba la marcha del hogar, dejando pocas obligaciones para su hija, "un ama de casa posesiva y cariñosa", cuyos requerimientos también ahogaban a la niña. En ese entorno prejuiciado y rígido, "una criada adorable y dulce" que después la ayudó a criar sus propios hijos se hizo "inolvidable".

Del padre, que ella quería enormemente, recuerda a "un hombre joven, bastante triste, con una carga familiar difícil", que le leía los cuentos de Las mil y una noches y era su aliado en el amor por la poesía.

La imagen del "huerto-cerrado", "jardín-sellado" (El corazón de la noche), tomada de una oración, simboliza mucho más que la virginidad, todo el mundo femenino clausurado y custodiado por las mujeres. La rebelión contra estas guardianas terribles y contra los tabúes atraviesa una primera etapa crispada por la indignación, en la que hablar de sexo con inteligencia y libertad forma parte de la venganza.

LA RESISTENCIA A LA OPRESIÓN. En 1966 la escritora declaró a la periodista María Esther Gilio que la Sra Pieldediamante "es la representante de una clase que de por sí está condenada al fracaso; alta clase media." En la misma entrevista agregó que el amor sería más libre, más gozoso y auténtico "en una sociedad de tipo marxista". Sin embargo, como narradora, escribe bastante libre de filosofías, teorías y de fanatismos panfletarios, conquistando una química especial cuando el compromiso político se expresa en relatos que enlazan lo público y lo privado.

La historia del médico, perseguido por su vinculación con la guerrilla, que se suicidó ("Manos de príncipe"), y la del hijo de un militar, que lo envió al exterior para evitar la deshonra ("Aros de niebla"), son tragedias del amor fraternal y de la resistencia a la dictadura contados por una hermana inocente y casi incestuosa.

La última novela, Saltos mortales, fue un desafío poético mayor narrado a tres voces, por el poeta Leopoldo Lugones; por Leopoldo Lugones hijo, el Torturador, y por su hija Pirí, "el coaticito de La Sierra", la guerrillera desaparecida igual que su ex-esposo Rodolfo Walsh.

BALANCE FINAL. Sylvia Lago se encuentra trabajando en una nueva novela, de la que ha escogido un fragmento ("Obras de caridad") para integrar la Antología personal de sus cuentos más representativos, cuyo broche final son los capítulos extraídos de Trajano y de Saltos mortales. La solapa, la contratapa, los epígrafes y el prólogo de la autora ofician de "paratextos" explicativos, resultando elogiosos, al igual que la recepción periodística, cuya calidez evoca años de docencia y talleres literarios.

Mucho más severo es el autorretrato de Nora, la narradora principal de "Ronda", un cuento de 1996, en el que la semejanza con la experiencia personal de la autora se vuelve borrosa a causa de las pistas falsas de la fantasía y la ficción.

Nora -a quien la vida, sin ser hostil, no ha dado grandes alegrías salvo los "triunfos relativos" de escritora- se declara "una mujer opaca", si se quiere mediocre, reprimida y atrincherada detrás de las apariencias, igual que la mayoría de la gente. "Los relumbres de mi madurez no dejan de ser bastante ficticios; apuesto mi apacible sabiduría a los muchos libros leídos…" -dice, completando el balance autocrítico de la insatisfacción femenina.

Para Sylvia Lago, que parece haber sufrido más, leer y escribir también ha sido el modo de dar rienda suelta a los deseos y a la imaginación, que la hizo recibir el aliento cómplice de Onetti, un entusiasta de su primera novela (Trajano).

LA ADOPCIÓN Y OTROS RELATOS. Antología personal de Sylvia Lago. AE&I. Planeta. Montevideo. 2007. Dist. Planeta. 325 págs.

*Entrevista inédita (6-12-07) contestada por escrito.

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