Un cine diferente

La directora de cine cuyo máximo anhelo en el arte y en la vida es que las cosas cambien

Libro de Lucrecia Martel que recopila entrevistas y conferencias

LUCRECIA MARTEL
Lucrecia Martel
(foto Félix Ingaruca Abad/ EL COMERCIO - GDA)

por Mercedes Estramil
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Una de las leyes de los talleres de escritura narrativa y del guionizado cinematográfico, tiene que ver con la presunción de que lo que llamamos “conflicto” es fundamental. El personaje tiene que tener un deseo o una meta, y a eso debe oponérsele algo. El argumento se juega en términos de lucha para conseguir o no ese cambio (o esa permanencia). La cineasta argentina Lucrecia Martel viene a proponer otro modo de mirar y de pensar el asunto. Su premisa es esta: cuando vemos una película (cuando leemos un libro) comentar el argumento o la anécdota es un camino que se agota enseguida. Es como ver la sinopsis o el cartel promocional. Si después de eso la película no nos lleva a hablar de algo más, a profundizar en lo humano que acompaña o trasciende al arte, ahí acaba todo. Martel dirigió películas que no pueden resumirse en párrafos que de verdad den cuenta de ellas. Es el caso de La ciénaga, La niña santa, La mujer sin cabeza o incluso Zama, con base en la novela de Antonio Di Benedetto. No se resuelve diciendo la obviedad de que la experiencia cinematográfica hay que vivirla o que el cine de Martel no es el típico de la oferta comercial. Para entender de qué va y hacia dónde va su propuesta está bueno leer Un destino común, donde Martel pone en palabras —conferencias, entrevistas, conversaciones con cineastas y escritores— su misión o su anhelo de que las cosas, en el arte y en la vida, cambien.

Mirada extraterrestre. Lucrecia Martel (Salta, 1966) tiene un humor exquisito que hace que aunque no se esté de acuerdo con muchas de sus expresiones (la defensa del lenguaje inclusivo, por ejemplo), nos detengamos a pensar en ellas. Puede autoincluirse en el grupo de las personas privilegiadas que “hacemos dos estupideces y salimos en los diarios”. A veces se siente como un “pastor evangélico”. Quizá la época la necesita. Ve la desazón de un presente de la humanidad en el que el humano va siendo desplazado por la máquina; la IAG es el más reciente eslabón. Ve la manipulación empresarial de los datos privados a nivel estratosférico. Ve la homologación colectiva y acrítica de términos (ej.: facho o zurdo) que no ayudan a elaborar con empatía un “destino común”. Ve la mansedumbre ciega con la que el mundo se entregó a un encierro pandémico. Frente a este innegable estado de cosas, Martel se pregunta cómo el artista puede encarar el futuro, el que lo contenga y el que lo exceda cuando ya no esté. Cómo generar expectativa y tensión a partir de otra cosa que no sea un argumento basado en el esquema bélico del conflicto. No tiene ni propone una fórmula. Pero da algunos piques.

Podrían resumirse en uno fundacional: tratar de no ver lo mismo de siempre con los ojos de siempre. Ver con ojos de extraterrestre recién llegado al planeta, dice ella. Dicho de otro modo: huir del clisé, de los convencionalismos, de lo ya hecho y probado. En términos prácticos: generar “una profunda curiosidad que supere cualquier moral (…) Esa curiosidad de la infancia, cuando no teníamos ningún problema en ir a espiar cualquier situación y lo único que temíamos era ser descubiertos”; y proponerle al espectador no una historia o un argumento o un guion filmado, sino una circunstancia de percepción que lo lleve a pensar fuera del cine. Por supuesto, eso ya se hace, pero no es estadísticamente influyente. No abunda el cine a la manera de Tarkovsky, Lynch, John Cassavetes, Apichatpong Weerasethakul, Wenders o Martel, por citar algunos.

Una de sus mayores inquietudes tiene que ver con cómo el cine aprovecha o no el sonido. Por un lado, revalorizar el idioma propio, el habla de la comarca, de los vecinos. Desprestigiado frente a la imagen, el sonido es lo único que el espectador no puede “cancelar”. No hay párpados en los oídos que se puedan cerrar para no oír. Si uno visiona La ciénaga (2001) ve hasta dónde la autora defendió su tesis mostrando que la naturalidad del habla (voces que se solapan, se interrumpen, se oyen mal) le gana ampliamente a esa claridad sui generis de las conversaciones bien orquestadas, definidas y audibles cien por ciento (que son la norma de un cine previsible y tranquilizador).

Asumir el costo. Cada parte de Un destino común, sea una conversación con Leila Guerriero o con César González o una charla magistral de Martel en solitario, provoca e interpela. Dice: “La cancelación nos ha vuelto impotentes, también la apropiación cultural. Les vengo a dar una buena noticia: pueden hacer lo que se les dé la gana. No tengan miedo a la apropiación cultural, porque la cultura es para apropiársela. Es otra cosa lo que se discute cuando se dice eso. Por ejemplo, ahora estoy haciendo una película sobre un conflicto indígena (se refiere a Nuestra tierra, documental, 2025), y asumo todos los riesgos y metidas de pata, pero no voy a dejar de decir lo que pienso. Está bien asumir el costo histórico en vez de andar con miedo e intentando quedar bien con todo el mundo (...) Así no se llega a ningún lugar”. O se llega al lugar común, al eufemismo y el tedio. Desde luego, el artista que piensa así asume un costo; capaz filma menos, demora más, tiene que trabajar en oficios conexos para pagar la luz, qué importa.

Martel predica contra el supremacismo moral, y a favor de mirar realmente y conversar con quien piensa distinto para tratar de entenderlo sin creerse superior. Ni inferior. En ese sentido, sus críticas (contra la industria cinematográfica, por ejemplo) no son ofensivas ni particularizan en un nombre, y también va a lo pequeño, a lo que parece insignificante. En la charla sin desperdicio que mantiene con Leila Guerriero en Cinemateca Uruguaya (coordinada por María José Santacreu) las dos comentan algo habitual: que alguien te dé un guion o un texto propio para que lo leas, de onda nomás. Y las dos son categóricas. Leer lleva tiempo y es trabajo, y el trabajo se paga. Y, no solo, pero también porque se paga es que hay que hacerlo lo mejor posible, tratando de descubrir e inventar más allá de lo obvio.

UN DESTINO COMÚN, de Lucrecia Martel. Caja Negra, 2025. Buenos Aires, 218 págs.

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