La cámara espía

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Mariángel Solomita

ALGUNOS OJOS atentos ya habían puesto su atención en el trabajo de Celina Murga antes de que Martin Scorsese la eligiera como discípula, y en 2008 la sumara al rodaje de La isla siniestra. Nacida en Paraná hace 37 años, Murga ya cuenta con dos películas estrenadas, otra en pre-producción y un lugar asegurado entre los realizadores más personales de la nueva generación de cineastas argentinos.

En 2003 filmó Ana y los otros, que circuló durante dos años por festivales prestigiosos, sumando reconocimientos y alertando a la crítica mundial, que la comparó con directores como Abbas Kiarostami y Eric Rohmer. Había un tratamiento finísimo en la historia de una joven que vuelve a su ciudad natal y deambula entre viejos amigos en busca de un ex novio. El tono revelaba la incomodidad de la protagonista en un lugar que la define pero que ya no le pertenece.

En su segunda película, Una semana solos (2009), la acción describe a un grupo de niños que se desplaza dentro del espacio hermético de un country, en la afueras de Buenos Aires. "Es interesante hablar del mundo que los rodea a través del punto de vista de los chicos. Es una manera indirecta de hablar del mundo adulto y, a la vez, abordar coyunturas puntuales sobre la adolescencia y la infancia, que son etapas muy ricas y complejas".

DINÁMICA GRUPAL. Sobre el desafío de pensar en grupo la puesta en escena y la narración, Murga afirma que "fue algo deliberado desde el inicio de la escritura del guión. Yo venía de hacer Ana y los otros, que es una película de un solo personaje donde el punto de vista es el de la protagonista. La cámara nunca la abandona, está muy concentrada en ella. A partir de la idea de mostrar la vida de un grupo de chicos dentro de un country, la dinámica protagónica es de grupo."

El lugar de la cámara fue clave para mantener la tensión de vigilancia permanente sobre los comportamientos de los niños en esa jaula dorada. Sin juzgarlos, a veces más móvil, sigue a uno y a otro, generando la sensación de estarlos espiando. La directora filma juegos, conversaciones, flirteos, y así aparecen las consecuencias que produce ese estilo de barrios privados, ajenos al mundo exterior, aunque irónicamente del otro lado de las barreras haya calles transitadas y asentamientos.

La segregación social se inserta con la llegada de un adolescente de Entre Ríos. Como ubicada en un agujero de la pared, la cámara muestra con sutileza cómo en ese mundo prefabricado y supuestamente menos hostil, las conductas son tan agresivas como las del otro lado. "Es raro para mí plantear una cámara que se independiza de la acción y de los personajes, porque eso genera una artificialidad que no me surge naturalmente. Sí estaba la idea de que la cámara observara un mundo que existe independientemente de ella, y eso me parece que agrega tensión y misterio", explica la directora. Las conductas surgen de la cotidianeidad de esos chicos, de su convivencia.

A la par de la capacidad de Murga está la habilidad del elenco. "Sabíamos que de la búsqueda de los protagonistas dependería un porcentaje muy alto del éxito de la película. Yo tenía claro que el tono debía ser naturalista, las acciones debían construirse a partir de pequeños gestos. Fuimos a buscar chicos a escuelas de teatro, tratando de llegar a quienes no tuvieran una forma de actuar muy marcada".

Después del casting, vino un período de dos meses de lo que ella llama "entrenamiento", en el que se definieron los personajes y los conflictos manifiestos y latentes. "Era muy importante lograr ese vínculo de hermanos y de primos muy intenso, y darles las herramientas de pararse frente a una cámara. Sirvió para entrenarlos en la dinámica y en cómo son los roles dentro de un rodaje." Permanece la (in)comodidad de ser testigos de los niños, de aburrirse con ellos, de extrañar y de estallar.

La crisis se agrava cuando lo que comienza como un juego se convierte en delito, y los mismos niños destrozan una de las casas que visitan con un salvajismo sinónimo de descarga. Nuevamente la directora propone un final abierto, pero señalando que en ese juego participaron todos, los de adentro y los de afuera, y en esa comprensión ellos mismos tiran una barrera.

JUNTO AL MAESTRO. En 2008, Murga fue seleccionada por el programa de becas Rolex como discípula de Scorsese. "Es una persona muy cinéfila y tiene clara la diversidad en el cine. Le interesa apoyar a las cinematografías locales. En una de las primeras charlas que tuvimos él aún no había visto mis películas y me pidió que le describiera mi estilo. Yo le hablaba de esa cuestión más interna, de personajes introvertidos, y él me dijo: `Bueno, eso es exactamente lo opuesto a lo que yo hago, porque yo soy extrovertido, expansivo, y es interesante ver qué pasa en esta suma`."

El próximo film de Murga, a rodarse en setiembre de 2011, se llamará La tercera orilla y, como el anterior, contará con el aval de "Martin Scorsese Presents". El tratamiento del guión coincidió con la beca, lo que le permitió trabajar en la historia consultando a Scorsese. "Es un verdadero maestro. Siempre estuvo abierto y dispuesto a escucharme, y se cuidó de no imponer su punto de vista o su forma narrativa sobre la mía. Todos sus aportes iban en el sentido de mi estilo, y no en el suyo. Estuvo muy atento a eso."

Mucho más que un guión.

-¿Sentiste una influencia en el momento de la escritura?

-Desde el inicio, el guión trató sobre la relación entre un padre y un hijo. Fue muy enriquecedor hablar con él a la hora de construir los personajes, de construir la historia. Siempre admiré su forma de observar a sus personajes. No los juzga e intenta observarlos desde su complejidad, aún a los personajes más tremendos. Eso era un desafío a lograr con el personaje del padre de este guión, que es el que podría ser más cuestionable.

-¿Se puede decir que en tu filmografía la intensidad dramática va en aumento?

-El guión surge a partir de un caso real. Me di cuenta de que lo que me interesaba no era el asesinato sino el vínculo conflictivo de padre e hijo, y hasta qué punto uno, como hijo, tiene que de alguna manera traicionar a los padres para crecer y constituirse como ser humano independiente. Eso, que es un proyecto natural que todos hacemos, decidimos ponerlo en una relación más tensa y dramática. Es un padre muy fuerte con una actitud muy dominante, que pretende moldear a su hijo como él seguramente fue moldeado por su padre y hacer que su hijo siga con una vida que es la propia. Es algo que observo en las provincias, en Paraná.

-En Una semana solos trabajaste con Juan Villegas (Los suicidas, Ocio) y este guión lo escribiste junto a Gabriel Medina (Los paranoicos). ¿Cómo es trabajar con otros realizadores en un proyecto propio?

-Me enriquece trabajar los guiones con alguien. Si bien el guión de Ana y los otros lo escribí sola, la mirada de otro a la hora de escribir me resulta muy nutritiva y disfruto más el proceso. Y creo en los guiones cuando tienen la mirada de un director. No me gustan los guiones académicos, que responden a una lógica única. Necesito que la persona que escribe conmigo también entienda que una película es mucho más que un guión y que a veces hay que hasta traicionar cuestiones "académicas" para llegar a una buena película o a una buena escena.

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