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Comparsas originarias

La calle Ansina, el conventillo, sus tambores y los valores antiguos del Carnaval montevideano

Dicen los negros viejos que si el tambor chico atrasa, todos llegan tarde. Es el reloj de la cuerda de tambores.

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Calle Ansina
La calle Ansina y sus casas, antes de ser demolidas en 1977
(foto Archivo El País)

por Daniel Morena
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Todo empezó en una cuadra. Una calle de una cuadra llamada en sus orígenes Particular. Una calle que atravesaba un conventillo que era la mar de música, de voces, de gentes de acá y de allá. Descendientes de africanos, italianos, criollos y todas las cruzas que te imagines. Cada tanto un irlandés, un polaco, un judío pobre, cada uno en su pieza, con sus dioses, o en el patio, compartiendo, y en el almacén, y en el barrio. Es la historia de cualquier pobrerío latino, una rapsodia humana en la surgente de las mezclas que no se dio con frecuencia en la América nórdica, mitad segregacionista. Una diversidad hija de la diáspora que no se legisla desde la butaca del parlamento o en los catálogos de la Unesco. La diversidad espontánea y cuyo resultado es el crisol. Una calle de sólo una cuadra, desde San Salvador a Isla de Flores. La calle Ansina. Allí empezó todo, a fines del siglo XIX, como el jazz, como el tango, cuándo no, en un conventillo.

Revisión y tributo. El nombre de Ansina es por lo menos plural. Ya en la interpretación histórica ha tenido su propio devenir, volviéndose proteico, o como dicen los especialistas, polisémico. Lo que los primeros historiadores de la patria daban por un fiel cebador de mates de Artigas, tuvo una relectura en los años 90 a partir de la perspectiva de Abella, Caula, Miraldi, Izquierdo. En el marco de la historia de las sensibilidades, dieron a conocer la faceta de payador y guerrero de Joaquín Lencinas, o sea un Ansina presupuesto de carne y hueso, y más allá de la letra. Hay sendos trabajos al respecto, que a veces intensifican el entusiasmo y llevan la historia de la subjetividad —así protestaba Gellner— a una histeria de la subjetividad (lo postulan escriba, guía religioso, líder militar, etc.). Pero en la razón popular, el nombre Ansina (y la palabra vive) evoca nada más y nada menos que los tambores. Sale Ansina, quiere decir, salen los tambores, y ese es el mayor tributo.

El paisaje humano. Lo más atrás que vi (hasta ahí llegué) se llamaba Washington Ocampo, formidable tambor repique. Se dice que tuvo una pelea legendaria con uno de los hermanos Silva, de la vieja guardia de Cuareim, se dice que fue el primero en subir a la chimenea de la Ancap, a inaugurar la llama que aún flamea en la refinería. Hacia el 2000, Ocampo tendría cerca de noventa años. Era un hombre bajito, fornido, de negra calva reluciente. Su apretón de mano —y cuando lo cometía te miraba fijo— era sólido hasta el dolor. Vivía en un ranchito perdido por La Teja y a diario miraba el fuego en la altura subido por él. Lo conocí a través de sus sobrinos, los hermanos Oviedo, Gustavo y Edison (el Palo) y a ellos los retrata Jaime Roos en su canción “Pirucho”: “Gustavo no puede más/ el del acento más africano/ junto a su hermano/ los dueños del milongón.” Han sido (son) junto a Fernando Silva (Repique chico, lente, sonrisa/ es una fija, porque le dicen Hurón; Idem.) la cuerda de tambores con mayor repercusión en la música popular uruguaya, y no sólo afro. Saltaron al ruedo en el célebre disco de Rodolfo Morandi, Por el color de mi piel, y de allí en más grabaron con Jaime, El Sabalero, Nasser, Schellemberg, y el célebre Trío de Ansina (un milagro musical) del disco Antología del candombe, además de acompañar cantantes de comparsa, sobre todo en Concierto Lubolo, comparsa de Ansina.

De Ansina son también los músicos que elige Jorginho Gularte para La Tambora y AlmaZen, sus discos principales. Malumba, Alvaro Salas, el Hurón (y el Nego Haedo, que no es de Ansina pero siempre está “ahí”) son convocados para acompañar en la formación clave de sus bandas. La decisión de Jorginho —vinculado por el lado de Martha Gularte a Barrio Sur (Cuareim)— responde a su proyecto estético de vanguardia, y encuentra el eco que busca en el riesgo de los tamborileros de Ansina, que si bien son tradicionales, han ido siempre (y antes que todos) un paso más.

De Ansina es la cuerda que acompañó durante años a Eduardo Da Luz (Cacho Giménez al frente, maestro de pianos), y a Ansina están dedicadas sus canciones más sentidas. En Ansina encuentra Ruben Galloza la base para su grupo Negrocán (Cheché Santos sic.), y de Ansina es también el gran Pedro Ferreira, quien merecería un capítulo aparte. La comparsa Fantasía Negra, la Cubanacán y su abundante obra dan cuenta de uno de los pilares básicos del candombe, si no el principal. Hasta hoy se canta en Palermo “Se va la comparsa” como un himno que reúne y convoca, o simplemente recuerda y emociona. Cada vez que lo escucho, la vibración está a nivel de la himnosis, pero en la plaza inaugurada en su nombre no hay energía que lo recobre. Apenas lo refiere una reseña correctamente redactada, y de una tibieza demoledora (Plaza Pedro Ferreira, en Palermo; calle La Cumparsita).

Una forma de tocar. Eso es Ansina. También Cuareim es una forma de tocar (que ha variado sustancialmente los últimos años con la aparición de C1080 —comparsa lubola creada en 1999— a través de artificios que en la antigua comparsa Morenada Juan Ángel Silva difícilmente soslayara; algo análogo sucede en Ansina con la nueva comparsa Valores y los “viejos valores” de origen). De cualquier manera, Ansina y Cuareim tradicionales, de los barrios Palermo y Sur, son los toques matriz que han polinizado la vasta ramificación del candombe por todo el país. El toque de Gaboto, incluso, según han dicho los Pintos viejos, fue tomado de Palermo. Les gustaba el sonido Ansina y se lo llevaron para el Cordón, al conventillo de Gaboto, y le apuraron un poco el tempo. Los pianos, dicen, suenan más aguerridos (esta diáspora interna de la matriz del candombe lleva a algunas cuerdas a distinguirse por la mixtura de uno y otro toque, dando origen a híbridos en los que a menudo se pierde la referencia clara del origen. Así, todo se resignifica, a veces con errores memorables, a veces inocuos, casi siempre sin peligro de honor).

Una nota esencial del sonido Ansina es el fraseo del tambor piano, una especie de diálogo que se inicia saltando de un compás a otro, donde el piano (muchas veces en respuesta al repique) yuxtapone notas sincopadas del compás que viene ejecutando al siguiente, hasta que llega la respuesta de otro piano, al cual le contesta otro (o reincide el mismo que llamara) amplificando la señal por toda la cuerda. A ese fraseo suele llamársele repique de piano, y termina siendo una conversa literal entre los instrumentos de registro grave. Otro rasgo saliente de Ansina es que el tambor repique juega el golpe del palo de forma más libre respecto a la mano (Sergio Ortuño), aunque de ningún modo este recurso constituye una generalidad. Perico Gularte es un claro contraejemplo. La mano de Perico —en jerga, “la galleta”— es un emblema en Palermo, y se la escucha a lo lejos, y se la reconoce, y se agradece.

El chico es el tambor de toque menos diferenciado, en cualquier cuerda. Es el reloj de los tambores, y dicen los negros viejos que si atrasa, todos llegan tarde. Se toca con un golpe de la mano y dos del palo. Una sutileza que puede pasar desapercibida es un posible tercer golpe con el palo, casi en sordina, a la manera Mariano Barroso, uno de sus mayores exponentes (acompañó a Jaime Roos varias temporadas, generalmente, a repique). El juego de muñeca para efectuar este golpe por varias cuadras, a la velocidad constante del candombe en la calle, es un prodigio. Prácticamente, hay que ir una milésima antes del tiempo musical, pero sin que se note, como una magia de quietud. Según decía, Mariano Barroso aprendió a tocar con un italiano del conventillo, un tal Silicasto del cual sólo queda hoy el recuerdo que lo invoca.

El desalojo. En dictadura y antes, el candombe era el alma del conventillo, y en la comparsa pasaba de todo. Bailarines del Sodre, actrices, hippies, putas, ladrones, música de la mejor, balcones a punto de caer. Era una mini belle époque arrabalera, en un barrio con mucho de cualquier barrio, y con muy poco de la intensidad común. El gobierno militar lo cerró y los desalojados fueron llevados a los galpones de la fábrica Martínez Reina, en 1978. Algunos prefirieron seguir afincados cerca, sobreviviendo en el Palermo sentido propio y que hoy es base de oficinas, casas gourmet y reciclajes en loft. Las casas grandes antes lindas son ahora conventillos modernos, civilizados, donde todo lo del vecino se escucha no a través de paredes a la cal pulverizadas sino de tenues mezclas de cartón yeso. La mayoría de los desalojados tuvieron como destino final (después de los galpones) los asentamientos de Cerro Norte, y cuando se abrió un llamado por parte de la Intendencia para los realojos, seguramente ni se enteraron.
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“Ahora, en Ansina viven maestros” dice un vecino de siempre. “Antes, no”.

Isla de Flores. El fuego, templar la cuerda, el tambor al hombro, hacer madera, caminar tocando, la botella común, todo una liturgia en el templo errante de la calle. También, esa especie de tocar en trance que es un diálogo permanente, para algunos, incluso con los muertos. Hablo de una procesión íntima del tamborilero con sus antepasados, y no de los muertos de las casas fúnebres (un nicho comercial que abunda en la calle Isla de Flores) y a cuyo paso los deudos miran sin comprender: la gente que baila, los niños que saltan, la botella que va y viene… Pero lo cierto es que los tambores datan de mucho antes, mucho antes que alguna institución cristiana, mucho antes de los centros evangélicos que hoy brotan como hongos por el barrio. El tambor es la música del nacimiento, del cumpleaños, de la boda, y también en algún funeral la despedida ha sido dicha con tambores, evocando el credo de un fuego que no se apaga.

Lo que vendrá. Hacia el siglo XIX, cuando los tambores se cruzaban por la calle, el duelo entre escoberos (en una danza mitad ritual) podía terminar en una trifulca descomunal, con público y cuerpo de baile incluido. Hoy Palermo y Sur —rivales y hermanos— comparten familia y los linajes se suceden. Jonatan Suárez Gularte ilustra claramente esta sinergia. Hijo del mayor tambor piano del momento, Héctor Manuel Suárez, de Ansina, y de Florencia Gularte, célebre bailarina de Cuareim, sus canciones, su baile, su toque, y su Nueva Escuela, hacen escuela a partir de nuevas y promisorias fusiones.
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Nota. Daniel Morena condujo el programa radial Raíces Negras. Escribió guiones para la comparsa Sinfonía de Ansina. Tamborilero aficionado, ex activista de causas afro y corresponsal en Sudáfrica tras la asunción de Nelson Mandela (1995).

 

Pedro Ferreira
Pedro Ferreira
(foto Archivo El País)

El capítulo aparte: Pedro Ferreira. Compositor, músico, cantor y arreglador, Pedro Ferreira es el gran referente de la música afrouruguaya. Dicen que hacia 1950 salían caravanas de los bailes donde se presentaba con la Cubanacán, y lo seguían toda la noche. Según Ruben Rada y Eduardo Da Luz, que integraron comparsas y orquestas, ha sido la gran fuente de inspiración. Trajo un nuevo sonido a la música negra tradicional, enriqueciéndola con diversas fusiones de ritmos afro del Caribe, y sobre todo en la inclusión de vientos. En 2019 se recobró un disco con 19 canciones en versión original, grabadas entre 1957 y 1962 (Ayuí/Tacuabé).

Viviendas Covireus
La calle Ansina hoy
(Estefanía Leal/Archivo El País)
Concierto Lubolo, comparsa de Ansina.jpg
Concierto Lubolo, comparsa de Ansina
(Foto Daniel Morena)

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