NITO, EL NARRADOR protagonista, nace el mismo día que muere Juan Domingo Perón. La coincidencia tiene un resultado beneficioso para él: los pocos que acudieron ese día a conocerlo eran los realmente interesados ya que el resto prefirió asistir al velatorio del general. Para colmo, solo por burla a la situación, el recién nacido recibirá el nombre de Juan Domingo, aunque en el futuro nadie lo llame así.
Este discurso irónico, con sabor de picaresca, de historia contada desde la conciencia de un niño, con un humor a veces desopilante, es lo que hace deleitable el comienzo de la novela. Nito crecerá junto a su madre, sin hermanos, arropado entre teleteatros y series de televisión que está obligado a recordar. Siendo escolar se percata de la ausencia de su padre, un misterio que no halla respuesta inmediata porque se le oculta toda información y porque en su lugar tiene a Beto, pareja de su madre. Será éste quien lo lleve a escuchar el discurso de Galtieri en la Casa Rosada cuando el ejército argentino invada las Malvinas, en un episodio de antología, que prefigura al resto de la obra.
Todo cambia a partir de la muerte de su abuelo. Para entonces, y como consecuencia de ello, saber sobre su padre se transforma en una obsesión. La posibilidad de que se trate de un desaparecido por la dictadura crea una falsa expectativa. La respuesta es más simple: murió en un siniestro de tránsito cuando él tenía dos años. Enterado de quién fue su involuntario matador, Nito le escribirá una carta anónima prediciéndole el día exacto de su muerte y detalles de cómo acontecerá. Es el primer paso en la transformación del protagonista y también de la novela que, a partir de allí, asumirá un tono dramático. Poseído del don de la palabra y de una desbordante imaginación, Nito se une a un predicador religioso de origen brasileño, deseoso de captar fieles y diezmos. A todo el que se digna escucharlo, el joven le adivina cómo ha de morir, en qué circunstancias, con morboso detallismo. Luego, como por casualidad, llega el predicador ofreciendo su consuelo espiritual. Es una etapa de entrenamiento en la vida de Nito, de seguridad en sí mismo, que hallará su techo de fama cuando conozca a Carpanta, un artista bohemio y trashumante cuya ambición es difundir una estética transgresora donde muertos y vivos quedan unidos para siempre o, mejor dicho, donde los muertos "viven" (los "living").
UNA NOVELA ARGENTINA. La juventud del personaje transcurre durante los diez años del gobierno de Carlos Menem. Como telón de fondo al relato, el humo de los piquetes y los continuos saqueos subrayan el caos en que agoniza el país. Con ese gran marco transcurre esta telemaquia criolla, esta descarrilada búsqueda del padre y de la propia identidad que conduce al personaje a un estado de inconsciencia donde la muerte se encumbra como un atractivo espectáculo, el miedo predispone a la fácil credulidad y la locura puede ser una forma de arte.
Tras obtener el último Premio Herralde por su novela, Caparrós ha negado en sucesivas entrevistas una intención alegórica en ella. Es indudable, por otra parte, que la narración está encauzada en pos de múltiples significados. Sin embargo, los obsesivos juegos con la muerte, la manipulación de multitudes desorientadas, el temor, el timo y el delirio cotidianos, invitan a pensar en una metáfora de la historia argentina anterior al kirchnerismo. Tratándose de un escritor como Caparrós, que ha revisado la historia de la militancia peronista con los tres tomos de La voluntad y que ha incursionado en el tema de la represión y los desaparecidos de su país con A quien corresponda, la asociación se torna inevitable.
Sí ha admitido el autor que se está ante una obra "argentina, porque al principio parece una cosa y termina siendo otra, lo cual es un síndrome bien argentino". Más allá de su subjetiva interpretación de la idiosincrasia nacional, la construcción del personaje, el retorcido camino que encuentra para su vida y la extraña visión del mundo que surge como consecuencia de ello, son también razones válidas para una clara inserción de la novela en la literatura de su país. Diseñada como una farsa esperpéntica, la hábil combinación de lo lúdico y lo fatal permite recordar tanto a Roberto Arlt como a Julio Cortázar. Hay algo del espíritu de Augusto Remo Erdosain, el protagonista de Los siete locos y Los lanzallamas, en ese Nito cuyo padre determina su vida, que padece desde niño el rechazo social y que se reafirma y a la vez se envilece en su desesperado egotismo, en su masturbación narcisista. Sentía "cada vez más miedo de que, tanto jugar con la muerte, algo se me pegara", piensa Nito, intuyendo que la muerte de otros puede desembocar en la suya propia, como sucede en más de un cuento de Cortázar. Si existe un auténtico "grotesco latinoamericano, y especialmente argentino", como alguna vez dijo el dramaturgo Osvaldo Dragún, Los living puede ser un magnífico ejemplo de ello. LOS LIVING, de Martín Caparrós. Anagrama, 2011. Barcelona, 431 págs. Distribuye Gussi.
La guerra feliz
DE A RATOS la guerra era un embole. En la guerra había señores con carritos que vendían cocacolas, cubanitos, gorros y otras cosas que se necesitaban. Había muchos policías, también, pero el resto de las personas los saludaban con sonrisas, no como solía ser, que los veían y apartaban la mirada. Había señores y señoras con carteles que decían viva la patria, muerte a los ingleses, muerte a los piratas, las malvinas son argentinas, y todos saludaban como si se conocieran o, mejor dicho, como si fueran amigos que llevaban semanas sin verse; había un señor disfrazado de pirata y cuando pasaba todos lo silbaban y le gritaban puteadas y él sonreía satisfecho porque estaba haciendo algo bueno, ayudando en esto de la guerra. Un grupito de chicos y chicas tenían una bandera azul y roja y trataban de prenderle fuego. Beto me dijo que mirara, que era una bandera inglesa y que por eso estaban por quemarla… Al final después de varios intentos, pudieron encenderla… la gente alrededor primero aplaudió y después gritó Argentina Argentina, y mientras gritaban de pronto gritaron mucho más porque una voz, por los altoparlantes, había dicho argentinos y argentinas. Yo no lo veía: todos gritaban más, agitaban lo que podían, saltaban, levantaban los brazos. Yo también estaba feliz, como todos, pero me pasaba algo más: ese señor que hablaba me daba mucha envidia. Yo pensé que alguna vez yo quería hablar y que muchos saltaran, que yo quería ser uno que hace saltar a las personas… Estaban todos tan felices que me atacó una idea: pensé que mi padre, en ese lugar donde estaba, también debía estar feliz, ahora mismo, por la misma causa -y que por primera vez hacíamos algo juntos. Entonces terminé de entender que la guerra era lo mejor que nos podía haber pasado.
(Fragmento de Los living)