Sobre brujas y guerra

Los hijos de perra de Agota Kristof

Una novela donde dos hermanos gemelos son abandonados por su madre en tiempos de guerra y criados por una abuela despótica. Lo mejor de Agota Kristof.

Agota Kristof
Agota Kristof (foto Ulf Andersen)

Durante años Agota Kristof firmó sus obras de teatro con los seudónimos Zaïk, Zaïk Kristof o Kristof Zaïk. Su nombre no era conocido y siempre estaba el riesgo de ser confundido con el de Agatha Christie, que sí lo era. Esas piezas teatrales tampoco se hicieron famosas, excepto para el núcleo de oyentes de Radio Suiza Francófona, donde se interpretaban. Pero en 1986 esa suerte cambió cuando Éditions du Seuil se arriesgó a publicar un libro hiriente e impar: El gran cuaderno. Su asunto principal era la posguerra y faltaban tres años para que empezara a caer el Muro de Berlín, emblema de la Cortina de Hierro. La novela se convirtió en un éxito aplastante y se tradujo a una treintena de idiomas. Agota Kristof, que había nacido en 1935 en un ignoto pueblo de la frontera austro húngara (Csikvánd), que en 1956 durante el régimen prosoviético huyó con su primer esposo y su primera hija a Suiza, que había trabajado en una fábrica de relojes y escrito en su segunda lengua, el francés, en las horas libres, pasó a ser reconocida y admirada.

Decir, sin embargo, que su suerte cambió, es exagerado. En sus propias palabras, Kristof se parecía a su escritura: “seca, negativa, desesperanzada”. Escribió dos novelas más que convirtieron ese suceso en una trilogía y luego publicó Ayer (1995), una novela (anti) sentimental, el autobiográfico La analfabeta (2004), la colección de relatos No importa (2005) y algún otro libro menor. En 2007 declaró que no le interesaba la literatura, dicen que se dedicó a mirar televisión. Murió en 2011 en Neuchâtel en el mismo piso en el que había vivido desde que llegó a Suiza.

Ejercicios

La trilogía está integrada por El gran cuaderno, La prueba (1988) y La tercera mentira (1991), pero solo la primera funciona con independencia. A pesar de ser en sí misma una rareza, la historia cortante y áspera de dos hermanos gemelos abandonados por su madre en tiempos de guerra y criados por una abuela despótica, tiene una cohesión interna formidable. Como novela de aprendizaje o iniciación El gran cuaderno tiene la particularidad de estar narrada en una primera persona del plural y de carecer de nombres propios (los gemelos son “hijos de perra”, la abuela es la “bruja”, una vecina es “Cara de Liebre”). Todo lo que ocurre es cruento, por mínimo que sea, sin respiro. Los niños —que en las novelas siguientes serán llamados Claus y Lucas— aprenden a sobrevivir en un contexto hostil de privación y castigo, y lo soportan y lo dominan imponiéndose a sí mismos los ejercicios de pasar hambre, frío, silencio, dolor físico y soledad. Sin embargo se autoeducan con un diccionario, la Biblia y cuadernos y lápices que les proporciona un librero. Capaces tanto de actos de bondad como de una crueldad psicopática, actúan en base a ecuaciones de necesidad y resiliencia. No tienen el alma del pícaro sino la del combatiente, y su frialdad emocional se traspasa al relato: “Pasamos las manos por encima de una llama. Nos cortamos con un cuchillo el muslo, el brazo, el pecho, y nos echamos alcohol en las heridas. Cada vez nos decimos: —No ha dolido. Al cabo de cierto tiempo, efectivamente, ya no sentimos nada”.

Kristof no ahorra detalles escabrosos. En las sesenta y dos microunidades que componen la novela desfila todo el repertorio imaginable de bajezas humanas, y no por nada dos de los episodios cruciales (“Nuestra madre” y “Nuestro padre”) se resuelven con estallidos: todo en El gran cuaderno gira en torno a la guerra, y el destino de los dos hermanos —la separación, la confusión, el enfrentamiento— es también el destino de un pueblo. No se dice cuál, y aunque Kristof maneje la Revolución húngara de 1956 como referencia, la validez del relato es universal.

El antibelicismo se tiñe de género en varios pasajes, por ejemplo aquel en el que un hombre ordena callar a una mujer porque no ha visto nada de la guerra y ella responde: “Nosotras hacemos todo el trabajo, tenemos todas las preocupaciones: alimentar a los niños, cuidar a los heridos… Vosotros, una vez que acaba la guerra, sois todos unos héroes. Muertos: héroes. Supervivientes: héroes. Mutilados: héroes. Y por eso habéis inventado la guerra vosotros, los hombres. Es vuestra guerra. Vosotros la habéis querido, ¡así que hacedla, héroes de mierda!”.

Trampas

El gran cuaderno impacta por su asepsia y economía narrativa, volcadas al asunto desbordante y barroco de la guerra. Los niños lo explicitan y así transmiten el credo de Kristof: “Las palabras que definen los sentimientos son muy vagas; es mejor evitarlas y atenerse a la descripción de los objetos, de los seres humanos y de uno mismo, es decir, a la descripción fiel de los hechos”. Pero, y esto también es el credo de una apóstata, el resto de la trilogía desmiente cualquier promesa de fidelidad. Si la primera novela se “entendía” y la redacción seguía la sencilla regla de la verdad, como pedían sus protagonistas, La prueba vulnera ese principio y La tercera mentira lo aniquila.

Lucas es el hermano que se queda cuando Claus cruza la frontera y es el que sigue escribiendo la historia en La prueba. Juega ajedrez con el cura, bebe en las tabernas, forma una “familia” con una mujer y el pequeño hijo de esta, la engaña con otra, se vincula con gente del Partido, etc. El relato ingresa historias de terceros, mayormente sórdidas, pero comienzan a gestarse grietas —nadie recuerda al otro hermano— que desembocan en auténticos agujeros negros cuando la historia da un salto temporal de cuarenta años y el hermano regresa. Quién regresa y quién permanece es el nudo de La tercera mentira, narrada en primera persona y dividida en dos partes; una corresponde a Claus, y otra a Lucas. El muro ha caído, pero quién es quién y qué de lo que cuenta es verdad, es difícil de determinar. Como cierre a una trilogía que habla de dramas colectivos es brillante.

Leemos: la guerra divide hermanos, quita identidad, lo destruye todo y todos somos culpables. Como relato que queremos atrapar, un narrador poco fiable siempre deja un sabor equívoco. Da la impresión de que Kristof hiló a marchas forzadas el desenlace hasta lograr el peso simbólico adecuado, pero en el camino enredó tanto la trama que la llevó por derroteros sentimentales de los que la primera parte renegaba ampliamente. Si eso es tropiezo, genialidad, divertimento con los clichés o burla cómplice de Kristof con el trabajo literario, queda a cargo del lector establecerlo. Toda escritura que se expande contiene algo de inercia y quizá Kristof no pudo llevar al límite su premisa de dar “lo justo, sin relleno, sin grasa”, que es exacto lo que dio en el primer libro y por el que vale la pena la trilogía entera.

CLAUS Y LUCAS, de Agota Kristof. Libros del Asteroide, 2019. Tr. de Ana Herrera y Roser Berdagué. Barcelona, 464 págs. Distribuye Gussi.

Claus y Lucas
Claus y Lucas, de Agota Kristof
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