Hammer, una productora de terror

Silvio Galizzi Flores

HUBO UNA VEZ un tiempo en que vampiros, zombies, momias, hombres lobo y otros seres monstruosos inundaron los cines del planeta. La responsable de semejante invasión fue una pequeña productora inglesa nacida en los años treinta del pasado siglo: la Hammer Films Productions Limited.

Aunque de origen británico, la productora tuvo como uno de sus fundadores a un inmigrante español, Enrique Carreras, quien llegó a ser propietario de una cadena de cines. Eso lo llevó a formar una distribuidora, a fin de tener el control sobre el material que exhibía. Surgió así Christened Exclusive Films, germen de lo que luego sería la Hammer. En 1932 Carreras conoce al actor William Hinds y juntos crean la nueva Exclusive, con el propósito de distribuir la producción de British Lion Pictures. Dos años después Hinds, quien utilizaba el seudónimo de William Hammer, forma su propio estudio, al que denomina Hammer ("martillo", en inglés). Finalmente, en 1947, las familias Carreras y Hinds, crean la Hammer Film Production Limited. Al no poder darse el lujo de contratar estrellas, su filosofía fue desde el principio producir películas rentables al menor costo posible. En 1955 deciden adaptar a la pantalla grande una serie de ciencia ficción que venía siendo un éxito televisivo de la BBC. El experimento del Dr. Quatermass (1955) y El experimento del Dr. Quatermass 2 (1957) cosecharon un éxito tan inesperado como bienvenido. En 1967 las siguió la excelente Una tumba en la eternidad, completando así una trilogía. El protagonista de la misma era un rudo científico que debía lidiar con distintos tipos de extraterrestres, cuyo propósito, obviamente, era dominar la Tierra.

GRUPO DE TALENTOS. Estas producciones dieron inicio a una fructífera relación con el músico James Bernard, quien marcaría un estilo sonoro único, componiendo 23 bandas sonoras para la productora. Su sello lo constituían los repetitivos e hipnóticos riffs, a base de metal, percusión y teclados, que iban subiendo poco a poco de tono, complementándose de la mejor manera con lo que ocurría en la pantalla.

La Hammer tuvo el privilegio de contar con un núcleo de gran talento, constituido, además de Bernard, por el director Terence Fisher, el guionista Jimmy Sangster y sobre todo, los actores Christopher Lee y Peter Cushing.

Jimmy Sangster fue uno de los grandes pilares en que se asentó el éxito de la productora. Sus guiones imaginativos remodelaron los mitos góticos, agregándoles una fuerte dosis de violencia explícita y sexo soterrado. Para ello, tomó tres de los íconos más notables de ese universo: Frankenstein, Drácula y La Momia.

Todo el talento que Sangster volcó en su escritura fue singularmente aprovechado por Terence Fisher, director responsable de los títulos mayores de la productora. Fisher le aportó al cine de la Hammer un estilo de narración visual sobrio y realista, pero por sobre todo, le otorgó protagonismo a la sexualidad, hasta entonces ausente en el cine de terror. También agregó mayores dosis de truculencia que las acostumbradas para la época.

Pero las figuras emblemáticas de la productora fueron sin duda los actores Christopher Lee y Peter Cushing. Este último, un oscuro actor de teatro nacido en Inglaterra en 1913, alcanzaría el reconocimiento universal gracias al cine de terror. Su discreta carrera previa a su ingreso a la Hammer, realizada principalmente en Estados Unidos, adonde había emigrado en busca de nuevos horizontes actorales, no permitía vislumbrar el reconocimiento que alcanzó luego. En la segunda mitad de los 50, gracias a personajes como el obstinado cazador de vampiros Van Helsing, el cruel científico Frankenstein y el sagaz detective Sherlock Holmes, demostró ser un actor notable.

Christopher Lee fue la otra gran estrella del estudio, gracias al carisma inigualable que le otorgaba su presencia física. Alto, delgado, de aspecto aristocrático, Lee, de ascendencia italiana (su verdadero apellido es Carradini y se afirma que su familia desciende de Carlomagno), nació en Londres en 1922. El actor dio vida a una galería de villanos paradigmáticos del cine de terror: Drácula, la Momia, el monstruo de Frankenstein, Jekyll y Hyde, Fu Manchú, etc. Su Drácula constituye un hito, un antes y un después del personaje. "El vampiro de Murnau era una sombra(...); el vampiro de Browning era un personaje de opereta, un excéntrico que se pasea por Londres (...); el vampiro de Fisher es una criatura real, sólida y que, sobre todo, detenta un poderoso atractivo sexual. Christopher Lee es un Drácula poderoso, majestuoso y cruel, atractivo y repulsivo a un tiempo", afirma Carlos Díaz Marotto en su libro Cine de vampiros: una aproximación.

Ambos actores trabajarían a las órdenes de George Lucas en la saga La Guerra de las Galaxias, aunque por desgracia no actuaron juntos. Cushing lo hizo en 1977, en el primer film de la serie, en tanto Lee participó como el conde Doku (un papel que constituía un indisimulado homenaje a Drácula) en la segunda trilogía, veinte años más tarde. Asimismo interpretó al malvado mago Saruman en El Señor de los Anillos, de Peter Jackson.

DESFILE DE MONSTRUOS. En 1957, alentada por el suceso de Quatermass —película que le señalaría el camino hasta situarse como la productora más redituable en la historia del cine inglés—la Hammer dobló la apuesta. Así nació La Maldición de Frankenstein que además de lograr un éxito cinematográfico aún mayor, significó un audaz paso adelante en lo que a cine fantástico se refiere. Y así comenzaron los problemas con la crítica y la censura.

En efecto, la relectura que Sangster efectuó de la novela de Mary Shelley resultó mucho más fiel al original que la famosa película de la Universal con Boris Karloff, pero generó una gran polémica. El guionista, a diferencia de lo que ocurría en la película de James Whale, le dio en este caso el protagonismo al propio barón Frankenstein. Las películas previas de la Universal habían generado una confusión en la mayoría del público, que abandonaba la sala convencido de que Frankenstein era la criatura y no su creador.

El presupuesto fue de 70.000 libras, cifra que permitió por primera vez la utilización del color en una producción de terror inglesa. El uso del color, sobre todo el rojo brillante de la sangre, fue otra de las características de la Hammer, que así daba comienzo a una nueva era.

Los primeros problemas a los que se enfrentó la producción fueron legales. Si bien los derechos de la novela se encontraban libres, no lo estaba la apariencia del monstruo, creación de los maquilladores de la Universal. Hubo que realizar pues, un nuevo diseño para la caracterización de Christopher Lee, quien interpretaría a la criatura.

El impacto de la película fue mucho mayor al esperado. El cine de horror previo, influenciado por el expresionismo alemán, era proclive a lo sugerente, a la creación de climas levemente inquietantes, no a la violencia y al terror explícitos. La reacción de la pacata crítica inglesa no se hizo esperar: "Solo para sádicos", "Repugnante y nauseabunda", "Entre la media docena de filmes más repugnantes que he visto", fueron solo algunas de las "sutilezas" utilizadas para referirse al film. La respuesta de la productora no se hizo esperar y fue brutalmente sincera: "La opinión de la crítica no nos preocupa lo más mínimo. Juzgamos nuestras películas por su rendimiento en taquilla". Tampoco Christopher Lee permaneció silencioso ante las imputaciones: "En tres minutos de un filme de James Bond hay más violencia, sadismo y obscena bestialidad entre líneas, que juntando la de veinte películas de la Hammer", declaró.

CENSURA Y COLMILLOS. El año siguiente la reacción de la crítica fue peor. La compañía no se arredró y respondió a los comentarios que los acusaban de sádicos y sanguinolentos, con sangre aún más roja, escotes más generosos y un vampiro fuertemente erótico, con los colmillos al desnudo y los ojos inyectados en sangre. Drácula se estrenó en 1958 y fue no solo el segundo mito gótico revisitado por el estudio, sino la mejor versión del Conde que se vio en el cine hasta el presente. La dirección fue nuevamente confiada a Fisher, el guión a Sangster, la banda sonora a Bernard y por supuesto que los protagónicos corrieron por cuenta de Lee (Drácula) y Cushing (Van Helsing). Todo el dream team en acción.

La rebeldía ante las críticas queda ya de manifiesto desde el mismo comienzo de la película: luego de uno de los espectaculares travellings de Fisher, la cámara llega hasta un sepulcro de piedra donde se lee el nombre de Drácula inscripto en la losa. De pronto, un chorro de sangre salta a la pantalla, al son de la música de Bernard.

Esta adaptación respetó mucho más la novela de Bram Stoker, sobre todo su espíritu, poniendo de manifiesto el profundo simbolismo erótico del vampirismo. Fisher consigue dotarlo de toda su carga de carnalidad, no escatimando explícitos besos-mordedura, ni abundantes empalamientos con estacas, ni ahorrándose tampoco primeros planos de los colmillos, totalmente ausentes en la versión de Browning. El primer plano de una vampira a punto de morder a su víctima, resaltando los rojos labios y los afilados colmillos, resulta aún hoy impactante.

El éxito de la película, tal como había ocurrido con La maldición de Frankenstein motivó una serie de secuelas, entre ellas dos nuevos clásicos: Las novias de Drácula (1960) y Drácula, Príncipe de las Tinieblas (1966), ambas dirigidas por Fisher. Christopher Lee se negó a participar en la primera, alegando que no deseaba ser encasillado en el personaje. El papel del vampiro recayó entonces en un joven y rubio actor británico, David Peel, quien dotó al personaje de un aire afeminado, muy lejano por cierto de la imagen viril de Lee. La Hammer se atrevió aquí con otro tema tabú: una implícita, pero no menos evidente relación incestuosa entre el Barón Meinster (Peel) y su madre.

Lee reapareció a regañadientes en la segunda, pero como estaba en desacuerdo con el guión, que juzgaba mediocre, insistió y logró no pronunciar ni una sola palabra en toda la película. Drácula, Príncipe de las Tinieblas es la verdadera continuación de Drácula, y comienza con el final de ésta. La productora embiste una vez más contra la timorata moral victoriana con una escena que constituye una evidente metáfora de violación sexual: la muerte de una vampira (la actriz Barbara Shelley) a manos de una horda de monjes encabezada por el padre Sandor (Andrew Keir). Mientras dos monjes le separan las piernas a la mujer, Sandor, que suplantó a Van Helsing como el enemigo mortal del Conde, le clava una estaca en el pecho.

A pesar de su inicial reticencia, Lee volvió a protagonizar al vampiro en no menos de diez películas. El propio actor reconocería: "El papel del Conde Drácula ha sido una de las grandes oportunidades que se me han presentado en mi carrera, y me ha dado fama mundial. Es uno de los más grandes personajes que se ha creado nunca, de los más famosos y fantásticos. Ningún actor puede pedir más".

La Maldición del Hombre Lobo (1960), solitaria incursión de la Hammer en el mito de la licantropía, fue la película más censurada en la historia de la productora. Basada en la obra del francés Guy Endore, se diferenciaba de la novela en que la trama transcurría en España y no en París. Ello motivó que el film fuera prohibido en España durante el franquismo.

Pero también tuvo serios encontronazos con la censura británica, una de las más duras del mundo. El guión, esta vez a cargo de Anthony Hinds, proponía entre otras cosas, una violación demasiado explícita para la sensibilidad de los censores, quienes además pretendían la supresión de por lo menos quince escenas, entre ellas la visión de las peludas extremidades del hombre lobo, interpretado por Oliver Reed. El magnífico maquillaje del actor, notoriamente inspirado en la bestia de La belle et la bête de Jean Cocteau, mereció también la desaprobación de la censura. Hinds reescribió varias páginas de su guión, pero el censor John Trevelyan insistía, exigiendo en esta ocasión que fuera eliminado el personaje del mendigo. Según cuenta Homero Alsina Thevenet en su Segunda Enciclopedia de Datos Inútiles, Trevelyan era el mas famoso de los censores ingleses y un profundo conocedor de su oficio: "Nos pagan para que tengamos mentes sucias", admitió en una ocasión.

La realización peligraba, pero luego de nueve meses del primer envío, finalmente la película obtuvo luz verde, no sin antes perder varios minutos de metraje, aunque logrando mantener al mendigo y a la violación. Pero una toma en que el malvado marqués atisba desde un ventanuco al mendigo violando a la muchacha muda fue eliminada. Recién en 1992 se pudo estrenar la versión original sin cortes, en la que se restauró también el último plano de la muerte del hombre lobo, donde una lágrima se deslizaba desde el ojo de la bestia.

DESPUÉS DE LA CENTENA. Considerada oficialmente como la película número cien de la Hammer, Un millón de años antes de Cristo (1966) cambia a los monstruos clásicos o mitológicos por dinosaurios. Merece ser recordada porque sus efectos especiales estuvieron a cargo de un especialista: el maestro Ray Harryhausen. También por su protagonista, la curvilínea Raquel Welch, que se paseaba por la prehistoria con una escueta vestimenta.

Al director Roy Ward Baker se le deben algunas joyitas. Además de Una tumba en la eternidad (1967), en 1970 dirigió Amores de Vampiros, adaptación de la nouvelle Carmilla de Sheridan Le Fanu, antecedente del Drácula de Stoker. Fue también la primera aparición de un ícono femenino de la productora: la escultural actriz Ingrid Pitt, en el personaje de Mircalla Karnstein. El lesbianismo implícito en la obra de Le Fanu se torna aquí explícito, con abundancia de desnudos femeninos.

Baker dirigió también una insólita mezcla de cine de vampiros con karate: La Leyenda de los Siete Vampiros de Oro (1974), que con inocultable vocación de exploitation (justo es reconocer que a lo largo de su existencia, la Hammer no disimuló nunca su interés comercial), quiso aprovechar el auge de Bruce Lee y de la serie Kung Fu, con David Carradine. En España, la intención quedó aún más expuesta: el film se presentó como Kung Fu contra los siete vampiros de oro (1974). Un dato curioso es que la película fue prohibida por la censura argentina de mediados de los ’70. El director rodó también una de las últimas secuelas de Drácula (Las Cicatrices de Drácula, 1970), recordable por sus toques de sadismo, donde el Conde se complace en castigar con un látigo a su deforme criado.

Después de realizar casi 200 películas, la productora avizora su final. En 1979, luego de una serie de fracasos comerciales, Michael Carreras (hijo de Enrique Carreras) produce una remake de La dama desaparece (1938) de Alfred Hitchcock, la que resultó un nuevo desastre económico. Fue el último golpe del mítico "Martillo".

Sin embargo, su legado se puede apreciar aún hoy, a través de ejemplos como La leyenda del Jinete sin Cabeza (Tim Burton, 1999), homenaje y recreación tanto del estilo gótico como de la estética hammeriana. La aparición de Christopher Lee como un draconiano magistrado agrega un plus de disfrute para los fanáticos.

De algún modo la Hammer no ha muerto. Como Drácula, aguarda aletargada el momento propicio para resucitar.

10 clásicos

—La Maldición de Frankenstein (The Curse of Frankenstein, Terence Fisher, 1957).

—Drácula (Horror of Dracula, Terence Fisher, 1958).

—El sabueso de los Baskerville (The Hound of the Baskervilles, Terence Fisher, 1959).

—Las novias de Drácula (The Brides of Dracula, Terence Fisher, 1960).

—La Maldición del Hombre Lobo ( The Curse of the Werewolf, Terence Fisher, 1961).

—El castillo de la Gorgona ( The Gorgon, Terence Fisher, 1964).

—El Reptil (The Reptile, John Gilling, 1966).

—La Plaga de los Zombies (The Plague of the Zombies, John Gilling, 1966).

—Una Tumba en la Eternidad (Quatermass and the Pit, Roy Ward Baker, 1967).

— Amores de Vampiros (The Vampire Lovers, Roy Ward Baker, 1970).

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