Gran literatura judía

Andrea Blanqué

LA HISTORIA de Henry Roth remueve una serie de misterios perturbadores de la literatura: ¿a cuántos grandes escritores se los ha tragado el tiempo y la nada? ¿Por qué algunos escritores pese a su talento pasan desapercibidos? ¿Por qué hay escritores que escriben un gran libro y luego se detienen y ya no escriben más?

Actualmente Henry Roth es considerado un maestro y padre de una tradición literaria judeo-norteamericana que integran nombres célebres como Saúl Bellow y Philip Roth. Pero pudo haber sucedido con él lo que las anteriores preguntas plantean. Pudo haber sucedido que nadie lo leyera nunca más.

Nacido en 1906 en Hungría, en la Galitzia austro-húngara, emigró en su infancia a Nueva York en brazos de sus padres, a bordo de esos barcos que trasladaron a tantos miles de judíos. Siendo un joven de veintiocho años publicó en plena depresión económica, en 1934, Llámalo sueño, una primera (y a punto de ser última) novela.

Sus casi setecientas páginas pasaron inadvertidas en el momento de su publicación. Era un libro que hablaba con ferocidad de guetos, de emigrantes, de violencia familiar.

Durante décadas Henry Roth no volvió a publicar. En una entrevista, cuando ya era un anciano, confiesa refiriéndose a esos años de vacío: "entré en una especie de sopor que duró desde 1934 hasta 1973, cuando empecé a escribir de nuevo. Hasta entonces no tenía fe en lo que hacía. Es muy raro, se empieza, se siente uno entusiasmado, se escribe durante unas semanas y de pronto se acaban las ideas. Ése es el problema, y entonces se para".

Sin embargo, la suerte de este escritor que parecía haber dejado de serlo, ya había pegado un giro rocambolesco. En 1964, aquella olvidada primera novela de ese "frustrado" autor, se reeditó y tuvo un éxito inesperado: un millón de ejemplares vendidos y la conversión de Henry Roth en un nombre de referencia.

Pero la extraña historia no termina aquí. Ya pasados los ochenta años, Roth comenzó a sacar manuscritos de sus cajones. Y a escribir. Entonces fue como si un volcán que hubiese estado adormecido durante mucho tiempo comenzara toda su actividad. Así, se publicaron sucesivamente los volúmenes de una saga titulada A merced de una corriente salvaje y que se dividió en cuatro volúmenes: Una estrella brilla sobre Mount Morris Park, Un trampolín de piedra sobre el Hudson, Redención y Réquiem por Harlem.

Murió en 1995 en Nuevo México, casi a los noventa años. La longevidad le permitió burlar el destino de escritor fracasado y convertirse en una referencia de lo que hoy se considera narrativa judía.

A diferencia del protagonista de la mencionada saga —un anciano llamado Ira Stigman— en Llámalo sueño la perspectiva del mundo se adopta a partir de los ojos de un niño, David Schearl. En efecto, salvo escasísimos pasajes en donde el chico no está presente, el punto de vista del narrador es el de ese niño que al comienzo sólo tiene un año y poco, y luego, a lo largo de nutridas páginas, va creciendo hasta alcanzar la pubertad.

La conciencia del chico va absorbiendo el insólito mosaico multicultural y multilingüístico que constituye la Nueva York de comienzos del siglo XX. Justamente, uno de los rasgos más fecundos de esta novela, que muchos consideran fundacional, es el esfuerzo por incorporar el balbuceo del emigrante, la mixtura de lenguas: inglés con yidish, inglés con italiano, inglés con hebreo, inglés con polaco. (Es muy difícil llevar esto a la traducción: lamentablemente ese estadio efímero en donde las lenguas de los emigrantes aun no se han olvidado y todavía no se ha aprendido del todo el inglés, no consigue ser vertido al español por el traductor de esta edición de Llámalo sueño).

Uno de los aspectos más interesantes del libro es la polarización entre un mundo en vertiginosa construcción, completamente heterogéneo, como es el de Nueva York de los albores del siglo XX, y el mundo opresivo y asfixiante del gueto. Las dos fuerzas atraen contradictoriamente a este pequeño judío que posee una sensibilidad extraordinaria, y por momentos es tanta la violencia de las tensiones , que el lector teme constantemente por la vida de su personaje: espera que alguien lo mate a golpes —por ejemplo, su padre—, que muera en un accidente de tranvía o de tren, o que se suicide.

La dualidad en la que se debate este niño se traslada también al espacio enrarecido de una familia disfuncional llena de secretos que van desde un embarazo clandestino hasta un parricidio. El niño adora a esa madre judía omnipresente, bella y con un regazo mullido y dulce, adonde siempre puede refugiarse. Teme por sobre todas las cosas a ese gran padre terrible, una suerte de Yavé en sus más duros momentos del Antiguo Testamento, que además de ser un tirano es un obrero como cualquier otro.

Pero sobre todo la gran oposición que debe sufrir este niño frágil es la de ser judío/ser goy. En esa personita sometida a tantos desgarros el escritor hace sentir la palpitante eterna pregunta: "¿qué es ser judío?".

Es fascinante también la descripción que realiza Roth de aquella Nueva York proletaria de hace cien años, a la que aún no le habían crecido rascacielos como las Torres Gemelas pero que ya tenía su estatua de la Libertad.

Produce vértigo y seducción pensar que de ese gentío miserable que bajaba de los barcos surgiera también el país más poderoso del mundo.

LLÁMALO SUEÑO, de Henry Roth, Editorial Alfaguara, Buenos Aires, 2004. Distribuye Santillana. 676 págs.

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