Oscar Brando
La partida de nacimiento contradice lo que siempre se afirmó: Oliverio Girondo nació en Buenos Aires (en una manzana de la calle Lavalle demolida para la construcción de la 9 de julio) en 1890 y no en 1891. Puede creerse que el error, que se mantuvo hasta hoy, haya sido involuntario. Más sospechoso, por ejemplo, era el añito que se quitaba Norah Lange, su compañera de toda la vida. Norah, que había nacido en 1905 dijo siempre haberlo hecho en el seis. Esta picardía podía formar parte de la habitual infantilización que la mirada masculina imponía sobre las mujeres y que estas aceptaban. Los versos de esa niña de 15 años, dijo Borges cuando Norah, a los 20, publicó su primer libro.
Aunque Girondo repitiera a veces la manida frase de que los poetas no tenían edad, el simulacro era, sobre todo, un juego femenino. Los poetas, al contrario, podían querer parecer, a veces, mayores de lo que eran. Norah se había quejado de que un Borges veinteañero escribiera versos tan adultos.
Cuando Oliverio publicó su primer libro, Veinte poemas para ser leídos en el tranvía, tenía 31 o 32 años: nadie podía confundirlo con un joven principiante. En 1922 Girondo ya había hecho varios viajes, había estrenado una comedia, dirigido un periódico teatral, formado parte de tertulias prestigiosas y llevaba cuadernos de apuntes en los que dominaba su preocupación por la pintura y la escultura. Hijo de una familia acaudalada, Oliverio había cumplido el pedido de su padre de estudiar abogacía a cambio de viajes anuales. Estos le permitieron estar cerca de las vanguardias estéticas europeas en sus lugares de origen, aunque el modernismo tardío, el arte y la arqueología fueran el bagaje que más abultó las mochilas del joven viajero.
Biología y biografía. Norah Lange ha despertado el interés de más de un biógrafo. De sus libros, Cuaderno de infancia ha sido el más sostenidamente apreciado. Puede deducirse entonces que de Norah interesó más la vida que la obra.
Oliverio, con sorpresa, no tiene biógrafo. Ni siquiera existe un "Genio y figura" de aquellos que encargaba Eudeba. Los estudiosos de su obra (Jorge Schwartz es el más importante) han hecho referencias indolentes a la vida del escritor. Las escasas páginas, muy incompletas, de Ramón Gómez de la Serna siguen siendo una de las fuentes predilectas. Algún reportaje, como el que le realizara Francisco Urondo en 1962, agrega datos valiosos. Otra parte de los testimonios fiables lo han dejado los poetas que lo trataron: Molina, Pellegrini, Bayley. La investigadora de la Universidad de Buenos Aires, Patricia Artundo, es quien más ha trabajado el archivo Girondo en los últimos años. Sus estudios y aproximaciones tal vez desemboquen en esa esperada biografía.
Edgar Bayley escribió sobre Girondo: "Como poeta ejerció una solvencia de palabra, afín, correlativa de su modo de vivir hacia adentro y hacia afuera". Así pensado, tal como la vida de Norah absorbió su obra, en Girondo ocurrió lo opuesto: la obra se tragó la vida y la representó. Viajes y fobias, melancolías y obsesiones, mitologías, alegrías y desencantos tuvieron palabras que las escribieran. Todo estuvo en ellas y así Girondo fue cumpliendo un programa: ser, de manera absoluta, un poeta.
Optó por no tener hijos, según se ha dicho. En su lugar acometieron, con Norah, el cuidado de otras criaturas que crecieron sin pausas: sus respectivas obras. También impulsaron revistas (Proa, Martín Fierro, Sur) y apoyaron el nacimiento de nuevas editoriales (Sudamericana, Losada). Adoptaron y protegieron a otros poetas que encontraron en Noroliverio un hogar acogedor y comprensivo.
Raúl Antelo, que coordinó la edición crítica de la Obra completa (1999) de Girondo, recogió de uno de los cuadernos que guarda la sobrina de Norah, Susana Lange, la siguiente anécdota : "Una noche que mi abuelo (Tatata como le decíamos nosotros) se encontraba indispuesto la llama a mi abuela (mamá Pepa) que se encontraba en el cuarto contiguo y cuando se le acerca a la cama le pregunta: ¿Mearé o tomaré agua?". Este fragmento de un cuaderno que se titula precisamente "Anécdotas" está fechado el 11 de mayo de 1918. Antelo deduce que se trata de "una auténtica escena primaria de la escritura de Oliverio". A partir de esta psicolectura Antelo extrema una interpretación histórica: "Se trata de una disyuntiva, un dilema, estructura agónica de una modernidad periférica. Esa alternativa de dos puntas oscila entre expulsar e incorporar. (…) Son, si se quiere, preguntas que presuponen la dramatización de una identidad traumática, en registro nacional, oscilando entre lo local y lo extranjero, y en registro individual, moviéndose entre lo activo y lo pasivo. Heterogeneidad semántica y asimetría sintáctica tensionan así la escena de emergencia de lo moderno latinoamericano".
Antelo desperdicia un detalle: casualmente, entre setiembre de 1918 y junio del año siguiente, Marcel Duchamp estuvo en Argentina. Meses antes y en Nueva York, había intentado instalar su luego famoso urinario. El artefacto, que el artista tituló "Fuente" y firmó R. Mutt, fue rechazado por el jurado de la muestra y arrumbado en algún depósito. Pero la coincidencia del sentido dilemático del objeto de Duchamp con el de la frase girondiana: "¿mearé o tomaré agua?", marea un poco. Antelo sugiere que "la estructura agónica de la modernidad periférica", que Duchamp había sufrido con el rechazo de su urinario-fuente en el centro de la cultura, en estos arrabales todavía se ocultaba en los cuadernos privados de los artistas.
Diarios, el entre-lugar del viaje. En cuadernos inéditos, bajo la mirada de severos membretes escolares (El Vencedor, 1910, San Martín), dejaron los escritores huellas de sus devaneos literarios. También fueron cuadernos aquellos que llegaron a la edición (el citado Cuaderno de infancia de Norah Lange o Cuaderno San Martín de Borges) sin disimular su origen de apuntes de vida, o simulando haberlo sido. He ahí uno de los simulacros del primer libro publicado por Girondo. Veinte poemas para ser leídos en el tranvía se presentó como un diario de viaje, un conjunto de estampas que el viajero habría recogido de los lugares por donde pasó. Pero apenas se atiende a las fechas que figuran al pie de los poemas se descubre que el tiempo va y viene, que no sigue una cronología ordenada y que, igual que los espacios recorridos y los lugares elegidos, se propone como un collage. La reunión antojadiza de pequeños fragmentos construye un itinerario original que no copia al real del que pudo haber nacido.
Antes de Veinte poemas… y antes también del cuaderno de "Anécdotas" Girondo había llevado un "Diario de Roma" del que solo se conserva un cuaderno numerado con el II. Antelo lo reproduce en la edición crítica y lo encabeza con la fecha 29-10-1917. Una edición reciente de escritos de Girondo, La diligencia y otras páginas, varios de ellos inéditos, lo vuelve a transcribir con una variante delicada: en la fecha pone como año 1927. Si se sigue la lógica explicativa de Antelo, que estudia el diario de Roma como primicia de la obra girondiana, 1927 es errata. Cierto que en el diario no aparece ningún registro histórico que dirima la cuestión: incluso al lector desconfiado puede llamarle la atención que no haya ninguna mención a la guerra que asolaba Europa en ese año. Parecería que las visitas a los museos romanos, incluido el del Vaticano, se realizaban con total normalidad. Esta singularidad puede constituir el entre-lugar por donde paseaba Girondo. Así lo explica Antelo usando la categoría acuñada por el brasilero Silviano Santiago.
No solo Girondo, también Rodó fue elaborando en 1916 y 1917, y por lugares muy próximos, un recorrido en el que el afuera de la guerra apenas incidía. Rodó encontró lo inmutable, lo imperecedero, "ideas de mármol" en una de las salas de la galería de los Oficios en Florencia. Mientras tanto, Girondo, en el Vaticano, se extasiaba con la sensualidad turgente de la reina Tuaa, se decepcionaba con el Laocoonte, tildaba de "pederasta insoportable" al Perseo de Cánova. Intercalaba, entre la digna estatuaria, dos momias de las que no ahorraba detalles de putrefacción: "Los senos que acaso encendieron de deseo en otro tiempo están secos como higos". Escribió Rodó: "Si la vida os hubiera arrebatado en su corriente, el tiempo habría marchitado vuestra juventud, el pensamiento habría quemado vuestra serenidad, la lujuria habría mancillado vuestra carne; vuestra belleza no hubiera sido sino una sombra fugaz…". Girondo comentaba: "Yo me imagino una de estas Venus en un templete perdido entre la fronda, bajo un sol brillante, en un aire en que las formas se destaquen y ya ella me gusta más porque me parece ha vuelto a la vida. El artista la esculpió no para estar recluida en el fondo de una celda donde su falta de ideas sería un contrasentido sino para estar en medio de la vida, ser entre los otros seres. En el fondo la idea griega no es sino eso, vivir en pleno sol; la vida corporal, burguesa y sana. El arte no pretendió ser una negación de ella, sino su afirmación más fuerte".
He allí dos caminos divergentes: el de Paros en Rodó, el del entre-lugar de Girondo, que no decide las tensiones (¿mearé o tomaré agua?) y en el que "hablar, escribir significa: hablar contra, escribir contra" (S. Santiago). El lector de Veinte poemas… descubre en el diario de Roma el terreno propicio para el salto que va a dar el poeta. A la sensualidad y la erotización, a la desacralización de la religión y el arte presentes en el diario de Roma, se agregarán, en el primer poemario, la continua mezcla de lo alto y lo bajo (carnavalización), una estética de la mutilación (de ojo cortado) que advierte el borramiento de las fronteras entre exterior e interior, la fugacidad creada por el movimiento y por la inestabilidad de la metáfora. El estudio de Veinte poemas… no puede hacerse sin considerar los dibujos que el poeta incluyó. Las imágenes que crean los poemas y las que el poeta dibuja e intercala en o entre ellos responden a un proceso de artificialización del mundo mirado y oído. En el ojo se separan la percepción de la realidad y su representación mental. Si el ojo se corta o es sustituido por la cámara fotográfica se pierde esa frontera: el mundo invade al sujeto cosificándolo o el sujeto se disuelve en un mundo animado. "Pienso en dónde guardaré los quioscos, los faroles, los transeúntes, que se me entran por las pupilas. Me siento tan lleno que tengo miedo de estallar" escribe en "Apunte callejero". "Brazos. Piernas amputadas. Cuerpos que se reintegran. Cabezas flotantes de caucho" ve el fotógrafo de "Croquis en la arena". "Junto al cordón de la vereda un quiosco acaba de tragarse a una mujer", dice "Pedestre".
Se trata, siempre, de croquis, apuntes, esbozos al pasar (el mentado flâneur o paseante urbano) que resuelven en pocas líneas la construcción de un paisaje: "La luna como la esfera luminosa del reloj de un edificio público… Canto humilde y humillado de los mingitorios cansados de cantar", escribe en "Otro nocturno". La escena ciudadana integra a la naturaleza (la luna) como uno de sus objetos (reloj); el canto nocturno no es el de las aves o el de la fuente sino el de los mingitorios (¿otra vez mearé o beberé agua?) cansados de cantar. La imagen auditiva se materializa en las reiteraciones sonoras de las palabras: humilde y humillado, canto cansado de cantar. Ramón Gómez de la Serna, tan próximo a Girondo, expresó el sentido de la metáfora como revelación de un mundo que el hombre no domina: "La metáfora es, después de todo, la expresión de la relatividad. El hombre moderno es más oscilante que el de cualquier otro siglo, y por eso es más metafórico. Debe poner una cosa bajo la luz de otra. Lo ve todo reunido, yuxtapuesto, asociado. Reaccionar contra lo fragmentario es absurdo, porque la constitución del mundo es fragmentaria, su fondo es atómico, su verdad es disolvencia".
El Espantapájaros. Girondo hizo gestos desesperados "frente a la impermeabilidad hipopotámica del `honorable público`" y "frente a la solemnidad que momifica todo cuanto toca" (Manifiesto de la revista Martín Fierro escrito por Girondo y publicado en el número 4, 15 de mayo de 1924). Fue un dandy literario: dejó sus dos primeros libros, Veinte poemas… y Calcomanías, impregnados del espíritu viajero e iconoclasta. El punto de llegada de esa primera etapa de su poesía se cumplió en 1932. Ese año dio a conocer su libro Espantapájaros (Al alcance de todos), un conjunto de 24 textos con un caligrama de apertura que dibujaba con letras el espantapájaros del título; en el medio, con el número 12, veinticuatro versos proponían 72 acciones del amor: "Se miran, se presienten, se desean,/ se acarician, se besan, se desnudan,/ se respiran, se acuestan, se olfatean,/ etc.". El resto de los textos eran prosa muy escasamente narrativa. La originalidad del poemario, repleto de juegos de palabras, se completó con la presentación pública del libro. Girondo mandó construir un gran espantapájaros y recorrió con él las calles de la ciudad, anunciando la aparición del libro mientras bellas señoritas lo vendían.
Es imprescindible tejer una explicación alrededor de esta promoción publicitaria que era a la vez performance. Debe descartarse la necesidad económica en su sentido más simple. La edición del libro no ponía en riesgo la fortuna de Girondo. La vanguardia martinfierrista había sido hostil a la profesionalización de la literatura. Planteaba que la creación artística no debía contaminarse del espíritu mercantil. Las diferencias con Horacio Quiroga, de quien se burlaron inclementes, no era tanto por estética sino por éticas divergentes en relación a qué hacer con el producto artístico: los martinfierristas abogaban por un arte puro en tanto Quiroga no dudaba en vender sus cuentos a las revistas de circulación masiva. En la presentación de Espantapájaros Girondo acopió recursos de las dos tiendas. Por una parte escribió un libro que profundizó las novedades de los anteriores. La imagen de su espantajo era la de un aristocrático señor galerudo con monóculo. Al mismo tiempo entendió las relaciones del arte con la creciente mercantilización de los bienes simbólicos y prestó atención a la nueva posibilidad de comunicación de la publicidad. Con algo o mucho de esnobismo, la acción de Girondo propuso, al mismo tiempo, un nuevo modo de exposición de la literatura y la validez performática del mensaje publicitario. Quizá haya sido un lejano precursor de modelos más sofisticados de publicidad que sus contemporáneos reclames de jabón con que la radio bombardeaba al ama de casa.
Tema: La vaca. Flanêur, dandy, visitante continuo de Europa, no era esperable que en la misma década de Espantapájaros Girondo girara hacia otro lado, sin salirse del todo del lugar en el que estaba. A fines de los años 30 Girondo reflexionó, en varios artículos, la condición dependiente de la Argentina, la posibilidad de protagonismo que le daba la decadencia de Europa primero, luego la guerra. En 1937 publicó Interlunio, un raro texto en prosa que contaba la historia de un extranjero exótico, que había llegado a Buenos Aires (parida por la pampa y el río) huyendo de una Europa que no daba más, con su tierra llena de muertos. "Aquí, en cambio, -decía- la tierra es limpia y sin arrugas (…) Se puede galopar una vida sin encontrar más muerte que la nuestra". Sin embargo, a pesar de esa gratitud al suelo que lo alojaba, el personaje comenzaba a enloquecer a causa de los ruidos y, en su necesidad de escapar de ellos, desembocaba en el campo. El campo lo tomaba de sorpresa ("y de pronto: el campo") y cuando le parecía que había alcanzado la paz anhelada, la voz de su madre encarnada en una vaca lo reprendía acremente.
No era casualidad que en el artículo titulado "Nuestra actitud ante Europa", publicado el mismo año que Interlunio, Girondo se preguntase: "¿Qué pensar y qué hacer ante este espectáculo pavoroso y desalentador? ¿Renegar de nuestra condición humana? ¿Tomar ciudadanía de vaca?". El animal de la pampa contenía un residuo de valores primitivos, inalterados, no enajenados por la vida gregaria: en Interlunio se expresaba en clave materna y en el artículo se lo veía arraigado al suelo, como riqueza y potestad de la patria.
La aparición sorpresiva del campo en los escritos de Girondo coincidía con una preocupación nacionalista, en la década del 30, por el destino de Argentina. Tres poemas dedicó Girondo al campo. Una versión quedó inédita y, según los especialistas, sería la primera; una segunda se publicó en 1946 con el nombre de "Campo nuestro"; los "Versos al campo" aparecieron en La Nación el 10 de diciembre de 1950. La llamada primera versión está sin fechar y por la retórica de las imágenes reenvía a la primera poesía de Girondo. "Campo nuestro" generó décadas de desconcierto entre los críticos. Se trata de un poema clásico, de gran contención, en el que vuelve una imagen conocida: "Me llamaste, otra vez, con voz de madre/ y en tu silencio solo hallé una vaca". Este campo guarda en su espesor los huesos de una vida milenaria, pero todavía no ha envejecido. La tercera versión, "Versos al campo", es una notable recreación del tema, en un lenguaje poético que nada le envidia a lo mejor de Persuasión de los días y de En la masmédula. "No es mar. No es tierra en pelo./ No es consistencia de cielo,/ ni horizonte altanero./ Es nada. Es pura nada./ Es la Nada… que ladra".
Antelo se ha empeñado en leer los poemas sobre el campo en correlato con otro inédito de Girondo: un cuaderno en el que testimonia y dibuja los trabajos arqueológicos realizados en Quilmes. El texto completo de este "Quilmes II", con los croquis de las piezas encontradas, se reproduce en La diligencia y otras páginas. Tampoco está fechado, pero Antelo presume, por datos allí expresados, que pudo corresponder al año 1938 o al 1949. Esas fechas quedan encerradas con precisión en el período 1937-1950, extremos del arco temporal en el que Girondo se ocupó del campo.
Vuelo sin orillas. La novedad vanguardista del primer Girondo y su consagración en Espantapájaros concitaron un interés sostenido. El período del campo una y otra vez recibió duros reclamos; no se lo entendió porque se insistió en leerlo como el retroceso de un organismo en desarrollo que culminó con Persuasión de los días y En la masmédula. En ese último período Girondo produjo una poesía de altísimo valor expresivo y provocó un sismo en la generación del 40. Mantuvo viva la impronta surrealista entre las muchas posibilidades por las que pudieron optar los poetas del medio siglo XX y creó pasajes hacia otras estéticas: el concretismo, el neobarroco.
Persuasión… publicado en 1942, preparó el vuelo sin orillas que el poeta emprendía. "Abandoné las sombras,/ las espesas paredes,/ los ruidos familiares,/ la amistad de los libros,/ el tabaco, las plumas,/ los secos cielorrasos;/ para salir volando,/ desesperadamente". Vuela, se despersonaliza y se trasfunde en las palabras: "No soy yo quien escucha/ ese trote llovido que atraviesa mis venas (…) No soy yo quien escribe estas palabras huérfanas" ("Nocturnos" I). En la masmédula (1956) completó la desintegración y un regreso al magma cósmico: "simplemente cansado del cansancio/ del harto tenso extenso entrenamiento al engusanamiento/ y al silencio" ("Cansancio").
En Lavalle, donde había nacido, en la calle de los cines, saliendo de uno de ellos un auto atropelló a Oliverio Girondo.
Fue en 1961 y sobrevivió, disminuido, varios años al accidente. El 24 de enero de 1967 murió. Córdova Iturburu lo despidió con estas palabras exactas: "En el principio fue el poeta y después el personaje. Porque Oliverio Girondo fue un poeta por encima de todas las cosas para acomodar las cosas de la vida a su poesía".
LA DILIGENCIA Y OTRAS PÁGINAS, de Oliverio Girondo. Estudio preliminar de Gonzalo Aguilar. Simurg, Buenos Aires, 2004. Distribuye Gussi. 172 págs.
Otros libros consultados:
HOMENAJE A GIRONDO, Organización, introducciones y notas de Jorge Schwartz, Corregidor, Buenos Aires, 1987.
OBRA COMPLETA. Edición crítica Raúl Antelo, Galaxia Gutenberg, Colección Archivos, 1999.