NOS VAMOS TODOS a España, dice un verso de Fernando Cabrera. En el contexto de la canción a la que pertenece, la frase asume un tono a la vez paródico, cínico y amargo, que bien podría servir como emblema de lo que hoy representa material y simbólicamente España para muchos uruguayos: un paraíso posible que permitirá el ansiado despegue y que despierta no pocas ambivalencias. Aunque no es el único destino de emigración continúa siendo el más solicitado, cuando la tendencia a irse de Uruguay no parece revertirse en lo inmediato. Desde hace unos años se han asimilado al paisaje los pasacalles de despedidas y bienvenidas así como los championes colgados de los cables de luz, sobre todo en los barrios populares, presencia icónica sin palabras y por eso de mayor fuerza dramática. Hay muchos que al irse llevan consigo un valioso capital cultural -profesionales, artistas, profesores, técnicos- y otros, sin formación específica, se llevan el otro capital, su juventud, no menos significativo para el futuro del Uruguay.
DÓNDE ESTÁ EL FUTURO. Las representaciones que un país tiene de sí mismo pueden cambiar mucho en pocas décadas, en general a raíz de procesos traumáticos acelerados como guerras, dictaduras o crisis económicas agudas. Éstas afectan, a la vez, las relaciones simbólicas con el mundo exterior. Los rápidos y complejos procesos políticos y económicos del siglo XX, que involucraron en forma asimétrica a España y a Uruguay, sirven para explicar que, en el correr de sólo dos generaciones, la emigración haya invertido el rumbo. Durante la última gran crisis económica del 2002, pudo verse en algunos comercios de Montevideo carteles que decían: "Yo fui inmigrante. No quiero que mis hijos también lo sean". Pero los hijos se fueron, y hasta podría pensarse que la base inmigratoria de la población local es un factor que impulsa la emigración que, simbólicamente, se asume como un viaje de regreso. De acuerdo a una reciente investigación, parecería que la tendencia actual que coloca a España como polo de atracción no está ajena a procesos políticos que anudaron las relaciones en el pasado: el exilio de españoles durante y después de la Guerra Civil, y el exilio uruguayo antes y durante la última dictadura militar. Porque en muchos casos irse implica recuperar un territorio conocido, porque el "efecto llamada" viene operando como señuelo desde los años 70 y porque existen redes sociales que atenúan el impacto de la nueva inserción.
RECOMPONER LA HISTORIA. La publicación de Tiempos de exilios. Memoria e historia de españoles y uruguayos supone un esfuerzo por describir e interpretar la diáspora uruguaya, sobre la base de considerar específicamente el exilio político. Los autores son universitarios con una trayectoria en el campo de la historia reciente uruguaya: Silvia Dutrénit nació en Uruguay y reside en México; Eugenia Allier es mexicana y Enrique Coraza es también uruguayo y reside en España. Estos datos, más algunas opiniones vertidas en el libro, explican que el interés académico está ligado a experiencias vitales, aunque no se apela al testimonio o la memoria personal, sino a una amplia bibliografía y a entrevistas realizadas dentro y fuera de Uruguay. Cada uno trabaja en función de un recorte específico
Dutrénit presenta las circunstancias históricas del exilio político uruguayo y un panorama de los distintos destinos, sus causas, así como las formas de inserción y actividades que asumieron sus protagonistas.
Coraza se ocupa del exilio republicano español en Uruguay e intenta demostrar la incidencia de éste en la elección de España como lugar de residencia para los militantes políticos de los años 70.
Allier reflexiona sobre las heridas posteriores del exilio, en especial lo que llama su "memoria silenciada", indagando sobre la forma en que la sociedad uruguaya y la española han manejado esa porción del pasado.
EL URUGUAY DE LA DIÁSPORA. Según estimaciones, entre 1964 y 1985 emigró cerca de un 14% de la población uruguaya, engrosando una tendencia registrada desde mediados de siglo, cuando ante la crisis del Uruguay batllista sectores de obreros calificados empezaron a buscar afuera nuevos horizontes. Desde 1970 y bajo las Medidas Prontas de Seguridad se endurecieron los actos represivos por parte del Estado: el exilio fue una opción amparada por la Constitución y muchos se acogieron a ella. Desde el Golpe de Estado, y a medida que los riesgos de permanecer en el país se extendieron más allá de los buscados o procesados por "sediciosos", se empezó a configurar la salida como una huida cada vez más perentoria. Desde entonces comprendió a sectores más amplios a medida que las organizaciones políticas y sindicales iban siendo ilegalizadas: militantes políticos, sindicalistas, universitarios, legisladores. En muchos casos, las propias organizaciones dispusieron el destierro, garantizando incluso la reinserción. En términos generales, se iba trazando una ruta habitual, hacia Buenos Aires, Chile, Cuba, según los objetivos políticos: preparar reingresos clandestinos, continuar la lucha "desde afuera" o colaborar en otros procesos revolucionarios. Lo que más ocurrió es que estos países resultaron escala para otros, como Suecia, México, Francia o España. La organización de pertenencia y el país de afincamiento determinaron en buena medida las condiciones de vida, el nivel de compromiso con lo que pasaba adentro y las vivencias del exilio, que Dutrénit recompone en su accionar político, artístico/profesional y en sus repercusiones cotidianas.
ESPAÑA EN EL CORAZÓN. Entre fines de los años 30 y principios de los 60 se incrementó el número de españoles que ingresaron a Uruguay, con cifras cercanas a las que se habían registrado a principios de siglo. La mayoría escapaba de condiciones económicas adversas, pero un grupo considerable comprendió el exilio político, cuya gravitación fue decisiva en el campo político y cultural uruguayo, gracias a la adhesión mayoritaria que concitó aquí la Segunda República Española.
Enrique Coraza traza un panorama muy somero de los aportes del exilio republicano, destacando algunos fundamentales: la incidencia que el tema español tuvo para la reorganización de la izquierda uruguaya, la creación de lazos políticos y redes sindicales que, en el futuro serían aprovechados por el exilio uruguayo en España. Quizá lo más significativo de esos puentes se jugó en la construcción de imaginarios de solidaridad y sensibilización frente a las luchas de liberación. Es importante el estudio comparado de las leyes de inmigración y el trato dispensado a exiliados en el Uruguay de los años 40 y en la España posfranquista para derribar algunos mitos que aun hoy se esgrimen con gran virulencia.
LA MALDICIÓN DE ULISES. El exilio es algo más que una etapa; por corto que sea, puede dejar huellas duraderas que afectan incluso a más de una generación. Los sentimientos de culpa respecto a los que se quedaron, y más a quienes han muerto o caído presos, la sensación de no pertenecer a ningún sitio o de vivir en un espacio/tiempo suspendido persiste a veces después del retorno. Emociones también ambivalentes se generan en quienes permanecieron en el país. Mediante entrevistas, revisando el lugar que ocupó el tema en los discursos sociales, Allier establece etapas en la construcción y duración de la memoria del exilio desde 1985 hasta el presente: tras un momento de gloria en que primó la recomposición de la hermandad, los exiliados debieron sufrir el desinterés, la velada acusación, la mutua incomprensión resultante de haber vivido a distintos ritmos experiencias incanjeables, el progresivo olvido. El análisis no demoniza actitudes, apuesta -y para eso sirve la comparación con el proceso español- a entender que la recuperación del pasado responde a procesos colectivos discontinuos que mediante la dialéctica olvido/memoria van suturando heridas.
TIEMPOS DE EXILIOS. Memoria e historia de españoles y uruguayos, de Silvia Dutrénit Bielous, Eugenia Allier Montaño y Enrique Coraza de los Santos. Colonia Suiza, 2008. Textual/ Fundación Carolina/ Instituto Mora. 296 págs.