Entre gauchos, indios y negros

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Juan de Marsilio

EL ÉXODO es el segundo libro de la Biblia. Relata la salida de Egipto de los hebreos, guiados por Moisés, y los cuarenta años por el desierto hasta la Tierra Prometida. Es el relato fundacional de la nación hebrea. Tres mil años después, en América, otro pueblo vive una situación similar.

Ambos pueblos huían de la opresión: los hebreos la padecían, los orientales la iban a padecer si no partían. Pero en el caso oriental no hubo Mar Rojo, ni el acoso portugués -en supuesto apoyo a los derechos españoles- fue constante. Debe sumarse que Buenos Aires había pactado un armisticio con Montevideo sin consultar a los orientales, que se sintieron traicionados, y no les envió demasiado socorro en su exilio. Esta actitud habría catalizado su conciencia de nación dentro del concierto rioplatense.

El poder de Moisés venía de Dios. El liderazgo de Artigas, aunque carismático, emanaba de su pueblo. Lo mismo que Moisés, Artigas lidió con fuertes disensiones entre los suyos. Pero los del Ayuí eran más heterogéneos que los israelitas. Por el policlasismo de los cuatro mil y pico de orientales -sólo los más infelices, gauchos, negros y mestizos guardarían lealtad duradera- y por la confluencia de guaraníes, minuanes y charrúas, percibidos por los estancieros, sobre todo las dos últimas etnias, como hostiles a someter o exterminar.

Afirmar que este Uruguay es herencia directa del Ayuí sería ingenuo o mentiroso. Cuánto pesa el Éxodo en el "ser uruguayo", es tema que siempre estará en debate: era forzoso que se planteara en este bicentenario. Como los pueblos no discuten su pasado sólo en la historiografía sino también en la ficción, dos novelas referidas al Éxodo han llegado a librerías.

LOS AUTORES Y SUS MÉRITOS. Javier Ricca, autor de la novela La intriga del Ayuí, es periodista y narrador. Su trabajo es riguroso y documentado. Al final del libro presenta una bibliografía de doscientos ochenta y un títulos. Expone con didactismo, sabe cruzar versiones contrapuestas sobre su personaje protagónico sin "flechar la cancha", pero desmintiendo la "leyenda negra" anti-artiguista.

Pablo Vierci, autor de la novela Artigas-La Redota, es narrador, periodista y guionista. Le sobra oficio para el relato ameno y ágil, y lo usa en esta novela, basada en el guión de la reciente película.

Estas novelas no serán un hito en nuestra narrativa. Son buenas novelas, que no es poco, pero su importancia es ayudar al lector medio en la búsqueda de "su" Artigas, su Éxodo y su manera de sentirse oriental/uruguayo.

LA VISIÓN DEL AJENO. En ambos textos, Artigas y los suyos son vistos por un extranjero. En La intriga del Ayuí es el inglés Hudson, periodista/espía, que simpatiza casi de inmediato con lo que ve, sin dejar por ello de notar la desproporción entre fines y medios del proyecto artiguista, en lo político y en lo militar. Proyecto que Ricca muestra en el momento en que Artigas empieza a abrazar la idea de la independencia americana, tras una inicial y sincera lealtad a Fernando VII.

Vierci presenta un personaje cuyos conflictos le dan protagonismo, sobre todo en la primera mitad de la novela. Se trata de Calderón -devenido Vargas para encubrirse ante los artiguistas - un ex militar español desencantado, que va al Ayuí como sicario de Manuel de Sarratea, miembro del Triunvirato porteño, con el plan de asesinar a Artigas. Ante lo que ve, experimenta una genuina conversión moral, mejor planteada en la novela que en el film. Y esta es una de las ideas-fuerza que sugiere Vierci: el reencuentro con lo más genuino de esos orígenes redime del desencanto.

LOS OBSTÁCULOS. Ambos novelistas son conscientes y plantean con claridad la grandeza del proyecto artiguista, pero también apuntan que aquello no podía ser. Artigas y sus leales le quedaban grandes a su circunstancia. No siempre por mezquindad ajena: ambos autores coinciden en que la reticencia de Paraguay en apoyar a Artigas incidió en la derrota de su proyecto federal, pero también asumen que, entre los portugueses del Brasil y Buenos Aires, no era de esperar que los paraguayos tomasen otra actitud.

Vierci muestra, además, que Artigas atraía a sectores sociales diversos, de muy difícil integración en un proyecto común. La masacre de los charrúas bajo nuestro primer gobierno constitucional marca un corte entre el Uruguay que fue y uno de los aspectos más humanistas de la nación oriental que no pudo ser.

LOS DISIDENTES. Ambas novelas -pero con más detalle la de Ricca-muestran que los motivos de los orientales que apoyaron a Buenos Aires fueron variados. Hubo traidores y venales, pero también quienes pusieron la unión ante el enemigo europeo por sobre las diferencias domésticas. O los que, ante un proyecto hermoso pero poco viable, prefirieron un rumbo más seguro. Lo terrible es que estas actitudes nobles implicaban subordinarse al abyecto y brutal Manuel de Sarratea.

EL CUADRO Y LA MÁSCARA. Vierci juega su historia en dos planos: en 1884, Juan Manuel Blanes debe pintar a Artigas para el dictador Máximo Santos, que quiere un ícono que aglutine a los uruguayos. Entre otros documentos, se aporta al pintor un cuaderno con dibujos y anotaciones de Calderón/Vargas sobre Artigas y el Ayuí. Blanes tiene, en el proceso de cumplir el encargo, una iluminación similar a la del sicario. Descubre a Artigas y a su pueblo. Esta evolución se observa en los diálogos con Vicente Costa, su ayudante, que, como la mayoría de sus contemporáneos, ve a Artigas como un salvaje, hasta que el entusiasmo de su maestro lo contagia (Blanes es el Quijote y Costa el Sancho de esta relación).

Vierci hace que su Blanes pinte a Artigas entre sus gauchos, indios y negros. Santos quería otra cosa: un Artigas apto para todos los públicos, a tono con sus frases que, sacadas de contexto, pueden citarse en respaldo de cualquier cosa. El dictador exige y amenaza. Blanes, en esta ficción, cubre su obra con el "Artigas en la puerta de la ciudadela", a la espera de que en el futuro aflore el cuadro original. Este es el desafío de la novela, que no puede concluir en su lectura: dejar el Artigas oficial, fraguado por el poder, para recuperar al que supo representar a lo más infelices -cuyas penurias compartiera- porque quería de veras que fuesen los más privilegiados.

DIFICULTADES NARRATIVAS. Ambas novelas se leen con gusto, y más si el lector ya trae interés en el tema. Puede, sin embargo, criticarse a Ricca la tendencia a homogeneizar el discurso de sus personajes en un español letrado a veces poco creíble. A Vierci hay que apuntarle algunos anacronismos menores -usar la hectárea como unidad de superficie, por ejemplo- y que no siempre es eficaz la alternancia entre la narración en tercera persona y la voz de Vargas/Calderón, sobre todo al relatar su propia agonía.

LA INTRIGA DEL AYUÍ, EL ÉXODO DEL PUEBLO ORIENTAL, de Javier Ricca. Sudamericana, 2011. Montevideo, 422 págs.

ARTIGAS-LA REDOTA, de Pablo Vierci. Random House Mondadori, 2011. Montevideo, 304 págs.

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