En su propia voz

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Guillermo Pellegrino

MEDIO AÑO después de la muerte de Mercedes Sosa, la editorial Sudamericana vuelve a editar el libro Mercedes Sosa. La Negra (2003), de Rodolfo Braceli, presentado como una biografía en la que se destacan los testimonios de la artista, junto con otros de familiares y amigos.

En esta original forma que Braceli eligió para escribir sobre vida y obra de la cantante, contó con una preciada materia prima: la voz de ella misma. Sin embargo, tal vez en el afán de buscar un relato dominado por la naturalidad y la frescura, el autor deja fluir los recuerdos de Mercedes -muchas veces valiosos y poco conocidos por el gran público- que al lector le llegan de forma aluvional, sin demasiado orden.

Hasta la propia Mercedes reconoce esa característica: "Qué desordenada soy a la hora de sacar mis recuerdos" (pág. 43) y éstos, debido a tanto trajín artístico, se le agolpan, se le mezclan, los deriva a otros cauces, particularidad que en ciertos momentos también advierte con un "Me fui por las ramas". Braceli no edita, seguramente adrede, si uno tiene en cuenta la advertencia que hace en el prólogo: "Decidí dejar que el personaje, con sus impulsos, estableciera la mecánica, la estructura y los ritmos del libro".

No obstante la válida aclaración, para los lectores interesados en la trayectoria vital de una de las cantantes con mayor proyección mundial que diera el continente, hubiese sido mejor que la estructura y los ritmos del texto los manejara Braceli, hombre de dilatada trayectoria en el periodismo y la literatura. Eso habría posibilitado que la historia -en la que posee gran mérito ya que en buena parte la obtiene con su experiencia de entrevistador- luciera mucho más.

Porque como los rapsodas de la Grecia antigua que eran los "zurcidores de cantos", una de las principales tareas del ensayista tiene que ser la de zurcidor, para crear sólidos entramados entre testimonios, textos e historias de canciones, reflexiones y referencias históricas, y lograr que las costuras sean invisibles y que el texto, sin perder espontaneidad, fluya con agilidad.

DESDE LOS ORíGENES. Pero Braceli apostó por una concepción de libro distinta, que arranca por el nacimiento de Mercedes -quince días después de la muerte de Carlos Gardel- y sus primeros años en Tucumán en el seno de una familia pobre, condición que no fue obstáculo para que viviera una infancia "hermosa y sin angustias". Para destacar luego sus inicios como artista cuando a los 15 años, con el seudónimo Gladys Osorio para evitar la reprimenda de su padre, ganó un concurso organizado por la radio LV12 de su ciudad, según admite por "su linda voz, aunque bastante desabrida".

Ya desde esas primeras páginas, el relato de La Negra da continuos saltos temáticos y temporales. Pasa por ejemplo de hablar de su primera juventud -y de lo fundamental que para ella fue su primer marido y padre de su hijo, el músico Oscar Matus, quien la empujó a ser artista- al recuerdo de que en su casa la llamaban Marta, nombre que había querido ponerle su madre y no pudo, porque por un olvido su padre la anotó como Haydeé Mercedes.

En los `50 y principios de los `60, Mercedes y Matus anduvieron a la deriva siempre perseguidos por las penurias económicas, viviendo en pensiones o en piezas prestadas. Así llegaron a Mendoza, lugar donde asegura haber sido muy feliz, y donde entró al mundo de la cultura, relacionándose con diversos intelectuales, pintores y escritores, un mundo hasta entonces desconocido para ella, y que la deslumbró. Mientras residía allí, y al tiempo que trabó una estrecha amistad con el poeta Armando Tejada Gómez, firmó junto a otros creadores el manifiesto del Movimiento Nuevo Cancionero que luego tendría gran influencia en la música argentina de raíz folclórica.

Poco después, a instancias de Jorge Cafrune, participa por primera vez en el Festival de Cosquín, y es a partir de ese momento cuando su carrera salta a la consideración masiva, por lo que varias de las historias posteriores ya son más conocidas.

UNA ÉTICA CÍVICA. Entre tantos recuerdos, Mercedes no soslaya algunos de los años duros, como el desplante que le hizo al presidente de facto, Alejandro Lanusse, a quien le negó el saludo; su detención en 1978 por entonar canciones de protesta en un recital en La Plata, que fue el desencadenante para que se marchara al exilio; o su relación con el Partido Comunista, al que luego renunció. Hay además otras confesiones más de índole personal, como cuando en 1967 quedó embarazada de su segundo marido, Pocho Mazzitelli, y decidió abortar por varias razones, entre ellas porque según su médico, sus serios problemas de metabolismo ponían en riesgo su vida.

En distintos pasajes del libro, a Mercedes se la hace opinar de muy distintos temas políticos, sociales y de otra índole. Si bien en algunos tiene conocimientos suficientes, se percibe con nitidez que no en todos los tópicos estaba capacitada para elaborar conceptos de peso. Sin embargo, como ha sucedido con otras figuras de la cultura, durante muchos años un vasto sector de la prensa tomó a la artista como una especie de iluminada a la que se le podía preguntar, sin distingos, sobre cualquier materia, cuando ella solo era una excepcional intérprete que tenía la virtud de darle nueva vida a los temas que elegía cantar.

Una de las mayores falencias de este libro es la no profundización de este rasgo identificatorio de la Sosa, porque el lector se queda sin saber sobre los criterios que tenía para elegir las canciones, cómo las trabajaba, si les hacía cambios o no. Y conocer anécdotas ilustrativas, su relación con los autores, cómo se fue dando el viraje de su repertorio al principio más ligado a canciones de raíz folclórica para pasar luego a temas más dirigidos a un público internacional, por ejemplo.

EN URUGUAY. Un breve capítulo del libro habla de la estancia de Mercedes en Montevideo en los albores de los `60 (una etapa que siempre señaló como importante en su vida porque aquí fue la primera vez que la reconocieron como artista), que seguramente merezca una mayor atención del lector uruguayo.

Aquí también tanto el autor como correctores y editores, quedan en deuda por no corregir de la primera edición algunos errores que enseguida saltan a la vista, como por ejemplo situar a la vinería Teluria en la calle Yaguaré, en lugar de Yaguarón; o referirse a la época y a la revista Brecha (cuyo primer número data de 1985), cuando lo correcto era hablar del semanario Marcha.

En cuanto al contenido, si bien la protagonista desempolva recuerdos muy desteñidos que no dejan de ser ilustrativos y valiosos, el lector queda con ganas de saber más de esta importante etapa en la que, acechada por la pobreza y ganándose el pan en las distintas vinerías muy en boga por aquel tiempo, pasó a ser Mercedes Sosa. Inclusive en Durazno son muchos los que mencionan que La Negra vivió un breve lapso allí, pero nada aparece al respecto. Es una pena que Braceli no haya contactado a gente que estuvo cerca de ella en aquel tiempo o algún "retratista" (como le llama a los distintos personajes que mechan sus visiones en distintas partes del libro), que seguramente hubiesen echado más luz sobre este período aún dominado por las sombras.

El libro se completa con un cuadernillo con numerosas fotos y tres apéndices: una cronología, una discografía y una lista de algunos de sus conciertos. Todos muy buenos aportes.

MERCEDES SOSA. LA NEGRA, de Rodolfo Araceli. Editorial Sudamericana, 2010. Buenos Aires, 317 págs. Distribuye Random House Mondadori.

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