Emma Sanguinetti
DE LOS CIENTOS de canales que atraviesan Amsterdam, el Singelgracht no es el más floreciente, ni el más ancho, ni el más pintoresco. Solo le ha tocado en suerte ser el último anillo concéntrico de agua, destino periférico que arropa a la ciudad en un gran abrazo en forma de semicírculo.
Los barcos que surcan sus aguas hormiguean de gente y las máquinas de fotos no detienen sus disparos. La razón: en sus riberas se encuentra la mayor concentración de museos de Amsterdam, la llamada Museumplein o Plaza de los Museos.
Este espacio, creado en 1999 por el paisajista danés Sven Ingvar Andersson, es el marco ideal para los tres edificios que albergan las colecciones de arte más importantes de Holanda: el Rijksmuseum, el Museo van Gogh y el Stedelijk Museum.
Este año 2006 la Museumplein luce distinta. La celebración de los 400 años del nacimiento de Rembrandt la han revestido de divertidos carteles en donde los autorretratos del maestro ponen de manifiesto la alegría y el humor con que los holandeses han decidido honrarlo. En uno de ellos, utilizando sus famosos rostros gestuales, Rembrandt sonríe al turista incrédulo con un globo de diálogo al estilo cómic: "400, yo?".
A pesar de todo este alboroto rembrandtiano, el Museo van Gogh sigue allí, orgulloso. Tiene mucho que decir.
INTELIGENCIA Y ESTILO. Todo lo que rodea al van Gogh exuda fineza y sobriedad. Un ejemplo es su edificio, creado en 1973 bajo la estética del movimiento arquitectónico De Stijl (El estilo); o su colección, a cuya abundancia y variedad se le suma un nivel de calidad constante. Pero por encima de todo hay que señalar la sabiduría con que aborda su proyecto museográfico.
Nunca ha sido fácil crear un espacio dedicado a un solo artista. Los peligros abundan bajo el rostro del facilismo demagógico, los simplismos varios, o los fuera de contexto de diverso tenor. Se trata de una tarea que obliga a un ejercicio combinado de inteligencia, rigor y sobriedad, pero que suele acometerse sobre la base de leyendas y mitos, y con colecciones desparejas, minadas por la dispersión de los cuadros o sometidas a criterios de herederos o legatarios.
Afortunadamente el Museo van Gogh emerge ileso de todos esos peligros. El edificio principal comenzó a construirse en 1963 bajo la dirección del arquitecto holandés Gerrit Rietveld, líder absoluto de De Stijl, movimiento modernista que pugnó por una arquitectura geométrica de forma pura. Se trata de una caja central de cemento armado, la que cerrada sobre sí misma sostiene otros cubos que esconden claraboyas cenitales. Aunque parezca una contradicción, esta forma hermética explota en su interior en haces de luz natural, gracias a ocultos y estratégicos lucernarios.
En 1999 las autoridades decidieron construir un edificio anexo para exposiciones temporales, por lo que se convocó al arquitecto japonés Kisho Kurokawa, quien imaginó una forma oval asimétrica, en la que se reúnen magistralmente elipses, horizontales y ángulos rectos. El techo que se ahueca formando un arco de medio punto extendido, está revestido en titanio, mientras que la fachada curva está recubierta de piedra. Estas dos construcciones, fruto de culturas, tradiciones y siglos diferentes, se combinan sin asombro, en un perfecto diálogo de respeto y cortesía.
HEREDEROS ASTUTOS. La historia de la colección del van Gogh es única: Vincent consiguió vender un solo cuadro (todavía hay especialistas que discuten este hecho), y su pobre hermano Theo ninguno, a pesar de ser marchand de profesión .
Este conjunto de "no vendidos" se acumuló en la casa de Theo y allí quedó hasta su muerte en 1891, cuando el legado pasó a su esposa, Johanna van Gogh-Bonger. La señora se ocupó de cuidarlo y también de venderlo, pues aunque no era una profesional, supo iniciar con gran tino comercial la valorización de la obra de su cuñado.
A pesar de estas pérdidas, su hijo Vincent Willem van Gogh recibió en 1925 la friolera de 200 óleos, 580 dibujos, unas 750 cartas personales (entre ellas el famoso epistolario de su padre y su tío), y una voluminosa colección de estampas japonesas.
En 1963 van Gogh-Bonger creó, junto con el Estado holandés, una fundación a la que le cedió el derecho de uso de su colección. Este es el conjunto que exhibe el museo, y que lidera la más grande reunión de obras de van Gogh del mundo. Piezas emblemáticas de su personal estilo, pero también una importante variedad de óleos de sus tiempos de búsqueda, y que no son tan populares.
Este hecho es significativo. En tanto el mito van Gogh impone que nació pintando tal como se lo conoce en sus pinturas más famosas, el museo se encarga con gran sutileza de exhibir el tortuoso recorrido de aprendizaje del artista con una precisión pedagógica admirable. Otro de los aciertos es haber ejercido una política de adquisiciones dirigida a la obra de los contemporáneos que Theo y Vincent coleccionaban, muchos de los cuales eran amigos como Paul Gauguin y Henri de Toulouse-Lautrec, pero también otros que ejercieron influencia sobre él como León Lhermitte y Jean Franois Millet.
Todo aquel que ha visto alguna vez un van Gogh no puede dejar de extasiarse ante la fiereza de sus pinceladas cargadas de color y pasión. Pero nada se compara con la posibilidad de enlazar calidad y cantidad; esta visión global conmueve y hasta por momentos provoca escalofríos. Un ejemplo: cuelgan a centímetros de distancia, el famoso dormitorio de paredes azules, la extraña perspectiva de la Casa Amarilla y una de las cuatro versiones de los girasoles que pintara para decorar el dormitorio de Gauguin. Difícil sobrevivir a tanto talento junto.
Las piezas se exhiben con una museografía cronológico-geográfica, aunque hay excepciones como en el caso de una de las salas más concurridas: la de los autorretratos. Es que van Gogh pintó, desde 1886 hasta su muerte, más de una veintena de autorretratos. No lo hizo como búsqueda interior al estilo Rembrandt o como desahogo emocional en la línea Picasso; en realidad quería ser retratista profesional y al carecer de dinero para pagar modelos, solo le quedaba un espejo y su rostro para ejercitarse.
MUCHA INFORMACIóN. No es casual que Vincent van Gogh, sea uno de los artistas más populares del siglo XX. Su historia tiene todos los ingredientes que el "siglo de Narciso" necesitó para construir la leyenda: un sin fin de precariedades económicas, una vocación a prueba de adversidades, un buen toque de alienación y locura y, como remate, una danza millonaria para quien en vida solo recibió burlas.
Sin embargo es posible sustraerse a este van Gogh "de consumo fácil", y es su propio museo el que lo consigue. Allí aparece el contexto familiar: tres de sus tíos y su hermano fueron marchands, y él mismo trabajó en galerías de arte en La Haya, Bruselas, Londres y París. Fue además un hombre que vivió en un clima de religiosidad extrema; su padre fue pastor, estudió teología y predicó durante años entre los mineros belgas. Se construye un derrotero que hace comprensible un hecho complejo y muchas veces obviado: que van Gogh solo dedicara diez años de su vida al arte, y que en ese corto lapso creara tal cantidad de obras maestras.
Luego se lo inscribe en su tiempo. Fue un momento de fuerte crisis estética, en el que los artistas se debatían en el atolladero lumínico que el ocaso impresionista había provocado.
Pero tampoco se olvidan las raíces; van Gogh era holandés, y por ello se enseña con acierto a leer sus girasoles y lirios como un mojón de la tradición estética flamenca, adicta por excelencia a las naturalezas muertas florales. Otra de las salas ayuda a entender el impacto de las estampas japonesas con su uso del color en contraste, además de proponer un juego con lupas que permite desgranar con nitidez los empastes provocados por su mágico pincel.
Todos estos pequeños detalles hacen que el Museo van Gogh sea un espacio que prioriza el valor de la obra por sobre la idealización de la figura del artista. El efecto es inverso al que acontece en el común de estas instituciones: en lugar de fomentar el mito, elige alimentar la comprensión.
No sorprende entonces que los niños puedan festejar su cumpleaños en el museo, pintando y jugando cacerías de conocimiento en un espacio en el que los floreros con girasoles, lirios y tulipanes, son la clave de la diversión y también de la clásica torta. Cuando estos niños crezcan, no solo verán en los cuadros de van Gogh lo que otros no ven, sino que podrán entender que el sufrimiento que le tocó en suerte -y el que se provocó a sí mismo- puede ser una lección de vida a asumir sin culpas, y por ende sin necesidad de leyendas ni mitos.