El setenta y pico

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JORGE ABBONDANZA

UNA NOVELA antes de la novela. El autor había escrito un proyecto para este libro hace 33 años, al comienzo de su estadía en España, pero lo guardó en un cajón, lo postergó largamente y luego olvidó por completo. Hace poco se puso a ordenar viejos papeles y descubrió aquellos apuntes como quien reencuentra un fantasma, rescatándolos no sólo del fondo del cajón sino también de una memoria personal que los había mantenido enterrados tanto tiempo. Y así resucitaron muchas imágenes de la década del 70, convocadas de repente por esas hojas, como un Madrid en el que todavía circulaba el Generalísimo o un exilio uruguayo a veces sacudido por las inquietudes que provocaba la llegada de algún refugiado desde la distante pesadilla política rioplatense. Sobre esa urdimbre de su proyecto el autor decidió entonces saltar por encima de treinta años y desarrollar finalmente lo que no había pasado del embrión, afrontando un parto narrativo tan aplazado. El resultado son las 270 páginas de Hola, che.

Instalado en aquellos madriles de un franquismo agonizante, el cuarentón Abel Ortega ocupa el centro de la historia con su dudoso equipaje de marchand que no siempre comercia limpiamente con pinturas valiosas. Carga con un antiguo escándalo provocado en Montevideo y Buenos Aires por falsificaciones de Figari y Barradas, aunque ha conseguido sanear esa foja con un comportamiento más prudente para sus transacciones en Europa. Pero en ese camino tropezará dos veces, por un lado con la difícil adquisición de una obra torresgarciana que puede salvar sus finanzas y por otro lado con un desconocido que desde el comienzo está buscándolo por todas partes sin encontrarlo. Se trata de un joven que ha llegado del Uruguay y dice tener algo para entregarle, aunque el enigma tardará mucho en despejarse.

DOBLECES. Es tan brumosa -y recurrente- la referencia a ese muchacho, que su figura parece asumir un velo metafísico, como si el viajero fuera el signo de una identidad escurridiza que aflige a Ortega, igual que las referencias del pasado, en el que están ancladas una esposa perdida y una única hija convertida en prisionera política en la lejana matriz montevideana. Pero la obsesión de ese joven rastreador, cuya índole sólo se aclara al final, disipará aquel misterio para asumir una realidad más tangible que no corresponde revelar, porque forma parte del desenlace de una intriga que sostiene todo el proceso como una malla policíaca en permanente tensión. Un novelista que inauguró su trayectoria con los entretelones de un posible crimen (Volavérunt) y que la ha prolongado con otras muertes violentas (A todo trapo, una investigación sobre el suicidio del político blanco Villanueva Saravia) y extrañas desapariciones (El guante), coloca aquí un episodio similar envuelto en incertidumbres que sólo estallarán en las últimas páginas.

Maduro, muy activo y todavía triunfal en la novena década de su vida, el laborioso talento de Antonio Larreta no deja de hurgar en el campo de la escritura. Este uruguayo de múltiples antenas ha sido a lo largo de varias décadas un crítico sagaz, un dramaturgo famoso, un director escénico eminente, un actor reconocido, un empresario teatral de fuste, un libretista para cine y televisión de ancho prestigio y un narrador premiado. Ahora todo ese trajín desemboca en Hola, che, título que también tiene su clave, para refrescar unas cuantas emociones y una galería de personajes que remiten a los turbulentos (para Latinoamérica, al menos) años 70, abriendo los senderos de su flamante -y vieja- novela, de manera tal que esa fauna pueda desfilar y el lector la disfrute con los certeros plumazos que dibujan a la ejecutiva trepadora, el pintor arruinado por la droga, la cantante lírica en su crepúsculo, el homosexual ricachón (y luego empobrecido), el uruguayo snob acomodado en el gran mundo catalán o la muchacha seductora que se escapa como el agua entre los dedos del protagonista.

AMBIVALENCIAS. Detrás de todos ellos, más o menos enmascarados, hay seres reales que el autor conoció en su momento, aunque la ficción desdibuje un poco y mezcle ese origen otro poco para colocarles el antifaz de todo roman clef y que se adivine a medias o quizá no se descubra de dónde proceden. Es cierto que los modelos de la realidad uruguaya sobre los cuales trabajó Larreta han quedado atrás en el tiempo, por lo cual es improbable que alguno de ellos se queje o se enfurezca como Laure de Sade cuando le reprochó a Proust una de esas transposiciones al encontrar su retrato bajo otro nombre en la oceánica novela del escritor. Pero allí están estos otros ejemplares en Hola, che, para dotar al texto del sabor secreto que suele emanar de los recuerdos personales cuando asoman veladamente, de forma tal que lo imaginario esté sombreado por lo verdadero.

Ese juego no impide a Larreta engarzar algunos datos históricos fácilmente ubicables, desde un coronel asesinado en París hasta un incómodo embajador en Madrid a quienes ni siquiera necesita nombrar. Pero tales referencias se integran a un relato desplegado con suma habilidad a lo largo de su itinerario por varias ciudades, donde la mejor arma del arsenal del autor es la riqueza de su vocabulario, el satinado empleo del idioma y el manejo zumbón de un sentido del humor que rara vez desaparece del texto. La gracia para burlarse de algunas veleidades, el sarcasmo que jaspea ciertos desaires y la elegancia para delatar falsas apariencias, son descargas de esa artillería que nunca se apaga.

Cerca del final, cuando un timbre más dramático invade la escena, parte de la verdad oculta es revelada por la carta que Abel Ortega recibe inesperadamente. Esa carta es el broche de la historia, contiene una tenue declinación de congoja y confirma que Larreta se vuelve más cautivador en sus giros epistolares, como si lo iluminaran lejanos colegas de la estirpe de Laclos o Diderot. Vale la pena recorrer su novela para llegar a esa misiva, que lo descifra todo entre los aires un poco evaporados del setenta y pico.

HOLA, CHE de Antonio Larreta. Editorial Fin de Siglo. Montevideo, 2007. Distribuye Gussi. 270 págs.

Títulos y tramas

ANTONIO LARRETA nació en Montevideo el 14 de diciembre de 1922. Fue fundador del Club de Teatro (1949) y del Teatro de la Ciudad de Montevideo (1960). Realizó crítica teatral y cinematográfica (1949-1965), en El País y en Marcha (1949-1965). Vivió en España entre 1972 y 1991. En teatro puso en escena más de 60 obras de autores como García Lorca, Lope de Vega, Pirandello, Chejov, Strindberg y Albee. Como director ha sido premiado por varias obras (Porfiar hasta morir, Doña Rosita la soltera, Los hermanos Karamazov, Los gigantes de la montaña, Fuenteovejuna, etc.). En España hizo guiones para televisión (por ejemplo, 29 de los 40 capítulos emitidos del Curro Jiménez), En cine intervino en los guiones de filmes de Antonio Drove, Mario Camus y Pilar Miró. En Buenos Aires, su película Nunca estuve en Viena, única experiencia como director, fue premiada con cuatro "Cóndores de Plata" de la crítica, uno de ellos como mejor ópera prima. También actuó en cine, por ejemplo en La memoria de Blas Quadra. Libros publicados: Oficio de tinieblas (teatro, 1954), Juan Palmieri (teatro, Cuba, 1972), Volavérunt (novela, España, 1980, Premio Planeta, llevada al cine por Bigas Luna), Las maravillosas (texto teatral, 1998), A todo trapo (reportaje sobre la vida de Villanueva Saravia, 1999), El guante (novela, España, 2002, basada en la vida de Juan Manuel Blanes), El jardín de invierno (memorias sobre su infancia, 2002), Ningún Max (novela, 2004) y El sombrero chino (dos cuentos y una obra de teatro, 2005). Entre otras distinciones ha recibido el Florencio a la trayectoria, el Iris de Oro del diario El País, la Condecoración Gabriela Mistral del Gobierno de Chile (2000), el Primer Premio Sol de la Biblioteca Nacional (2001), el Premio INTERARTE y el Bartolomé Hidalgo a la trayectoria (2005). Fue declarado Ciudadano Ilustre de la ciudad de Montevideo en el año 2003.

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