Mercedes Estramil
EN UN DÍA de verano en la campiña inglesa, el testimonio de una niña, testigo de lo que imagina es una violación, reescribe el resto de la vida de numerosas personas, incluida la suya. Ocurre en la mansión de los Tallis, donde la pequeña Briony, sueña con ser escritora, mientras su madre se aísla en una jaqueca inexistente, su hermana mayor empieza a amar y sus primos le complican la vida.
Es un dato clave que la tragedia comience a gestarse cuando Briony Tallis, una escritora de trece años, decide cambiar de género y pasar de la narrativa al teatro, creyendo que puede también trasladar sus prerrogativas de control. Cuando los improvisados actores —sus jóvenes primos— se le van de las manos y ella suspende enojada la función familiar, se empieza a tejer la red de malentendidos fatales.
Lento y seguro, Ian McEwan va desplegando Expiación (2001) como el "rollo chino" de las novelas de antes, y replegándola como las "cajas chinas" de las novelas de ayer nomás. En ese movimiento de elasticidad plástica, visual, la novela se va tornasolando en relato moral y de aprendizaje, confesional y de guerra, melodrama y metaescritura. De algún modo, el más depurado de los (ex) niños terribles de la narrativa inglesa viene escribiendo esta novela mayor hace tiempo, con avances y retrocesos, definiendo el rostro perseguidor de la culpa.
Aquí McEwan (1948) se recupera del tono insulso de Amsterdam (1998) novela que le valió el Booker Prize (algunos dicen medio en broma que la "expiación" era la respuesta que correspondía por ese galardón injusto), y reelabora a conciencia aquella vieja maestría para narrar la crueldad, la misma que le dio estatura de sádico en El inocente (1990) y rentas más metafísicas en Los perros negros (1992), pero que ya tenía madurez plena desde un cuento como "Mariposas" (Primer amor, últimos ritos, 1975). Sin los añadidos psicopatológicos de Amor perdurable (1997) la constancia del amor vuelve a ser materia novelable en la relación apasionada de la rica Cecilia Tallis y el "adoptado" Robbie, que apenas se consuma ya se ve contrariada por el destino. La desaparición de niños que hilvanaba la estupenda Niños en el tiempo (1987) ahora toma un sesgo intrascendente en sí mismo, pero crucial para la desgracia de otros. Esta sensación de terreno conocido no quita que este McEwan contenga novedades. Para empezar: se sostiene hasta el final.
SOLIDA ESTRUCTURA. Una rara, impecable simetría ordena el material opresivo que fluye por las cuatro partes de Expiación. La primera ocupa la mitad del libro, y es la historia lenta y caleidoscópica del error, de la delación falsa. Es la presentación minuciosa de los personajes, el armado macizo de psicologías (como lo harían Austen, Forster, las Brontë), el dibujo detallista de una casa de campo inglesa con sus clasistas disimulados, y de un mundo que quiere ser idílico y ya no lo consigue. El flojo matrimonio de Emily Tallis, el divorcio de su hermana, y la soledad de la sirvienta criando a un hijo sola, contrapesan las inquietudes literarias de la precoz Briony, la historia de amor de su hermana Cecilia y Robbie Turner, el hijo de la mucama, y el despertar sexual de la prima Lola. Es el juego del perspectivismo con una sinopsis de lujo en la escena erótica junto a la fuente. Es 1935, cuando la guerra está lejos pero es una empresa lucrativa para algún personaje.
Los acontecimientos de la segunda y tercera parte transcurren en 1940, y pueden considerarse un díptico de la Segunda Guerra en dos frentes: el de la retirada en Francia, donde el soldado Robbie resiste el bombardeo alemán; y el de los hospitales londinenses que reciben a los heridos con la ayuda de enfermeras como Briony.
Para esos episodios McEwan declara su deuda con el estilo sencillo y directo de Hemingway, un prolífico padre literario que se ha transformado en algo así como en el lugar común de todo lo tajante y conciso. En el inglés hay una emotividad que envuelve permanentemente a la doble nouvelle de guerra incluida en esta novela de mujeres, de chicas sensibles que cruzan la edad de la inocencia y endurecen con ironía, desafiantes. En el viaje de Robbie hasta las playas de Dunkerque, cada escena ilumina un tópico del género. Están el detalle cruel de una pierna que cuelga del árbol, el frustrado salvamento de una mujer y su hijo, un linchamiento evitado, la hospitalidad campesina, la picardía de fingirse enfermo para no ser reclutado en alguna misión, el ocultamiento de una herida verdadera, y el sostén emocional de las cartas de amor.
En la contracara especular, el hospital le enseña a Briony las formalidades de la profesión de enfermera (limpiarlo todo, no correr, evitar cualquier intimidad con los pacientes) y las lecciones profundas cuando llega el grueso de los heridos de guerra. Del asco de limpiar orinales al temple para quitar la metralla de un cuerpo a la piedad para besar a un moribundo, el personaje nos gana, aunque el lento proceso de expiación, se descubre de a poco, no resulta. Si hay una redención o salvación en éste McEwan, es sólo artística.
El cierre de la novela salta a 1999, vaciándose con la rapidez de un reloj de arena con el que prescribe un siglo, una vida. La dimensión temporal casi proustiana, evocadora y modificadora de la vida, cae como un telón pesado. Cada lector no tiene más que corroborar su propia reacción frente a "Las tribulaciones de Arabella" (el dramita escrito por Briony) en el comienzo de la novela y hacia el final, cuando es representada y transmite el peso y el paso del tiempo, la suma de lo que no fue y de lo que sobrevive. La narradora en primera persona es una Briony de setenta y siete años y escritora reconocida, pero ya no es el "libro de ella" el que leemos sino el de McEwan. Mientras se prepara para asistir a su cumpleaños en la vieja mansión convertida en hotel, apenas consigna su lejano matrimonio, la enfermedad que acaban de diagnosticarle, y la esperanza vaga de que los verdaderos culpables a quienes encubrió mueran de una vez. Sin pretensiones de vuelta de tuerca jamesiana, este final desmiente el de la tercera parte, y la verdad vuelve —como al inicio— a ser un secreto, una zona más de la ambigüedad de la ficción.
EL VIAJE DEL CREADOR. Aunque no fuera metarreflexiva y aunque no incluyera el desmontaje de una tradición y una ruptura literarias que abarcan dos orillas de la literatura femenina inglesa (Austen y Woolf, y sus vidas, porque en el entramado de referencias McEwan no deja pasar ese guiño), Expiación sería una buena novela. Pero es todo eso, un poco como ha sido en un registro más experimental Las horas (1998) del norteamericano Michael Cunningham, de un modo que no le resta fluidez. Leemos la historia de los Tallis como un extenso relato de personajes que importan y conmueven, sin dejar de asistir al debate interno de un escritor. Situándose en los años treinta y cuarenta, McEwan hace sentir a su protagonista el peso de la modernidad en ciernes, el deslumbramiento por las nuevas técnicas narrativas, la preeminencia del lenguaje sobre la historia. Briony Tallis queriendo ser Virginia Woolf. Pero después la acompaña hasta la vejez, permitiéndole un viaje más a fondo.
La inclusión del mordaz crítico Cyril Connolly (Enemigos de la promesa, La sepultura sin sosiego) dándole consejos a Briony en una carta revela los cuidados del propio autor, su afán de documentarse, de dar con la terminología adecuada en cada caso, de ir hasta el propio Museo de la Guerra para saber cómo eran las cartas de amor que solían escribir los soldados.
Nada de eso impide ni anula su declaración, aparecida en varias entrevistas, sobre cuál fue más o menos la medida de su conformidad con los borradores de la novela: el muy casero llanto de Annalena McAfee, su esposa. El rescate de ese "impacto emocional" es el nudo de su diálogo con el siglo por antonomasia de la novela, el XIX, y con las mujeres (o con la sensibilidad femenina) tan oscuras como dulces que las escribieron e inspiraron. McEwan recupera el protagonismo del personaje y la trama con el convencimiento de un seducido sin descuidar el ojo clínico de quien ya palpó rupturas y costuras del siglo XX.
EXPIACION, de Ian McEwan. Editorial Anagrama, Barcelona, 2002. Traducción de Jaime Zulaika. 435 págs.
McEwan en cine
LA ADAPTACIÓN más conocida es la de El inocente (John Schlesinger, 1993), pero están también El jardín de cemento (Andrew Birkin, 1993), y Primer amor, últimos ritos (Jesse Peretz, 1998), basada en el cuento del libro homónimo. McEwan elaboró entre otros los guiones de The Ploughmans Lunch (Jeremy Hancock, 1983), Sour Sweet (Mike Newell, 1988), basado en la novela Agridulce de Timothy Mo, y The Comfort of Strangers (Paul Schrader, 1991). Se espera que Richard Eyre (director de la reciente Iris, sobre la vida de la novelista británica Iris Murdoch) filme Expiación con guión de Christopher Hampton.