"El primitivismo realmente no existe"

Carlos Alfieri

(Desde Madrid)

EL HISTORIADOR Felipe Fernández-Armesto se define como "un inglés de vocación española", puesto que nació en Gran Bretaña en 1950, de padre español y madre inglesa, aunque reconoce que vivió una niñez muy desarraigada de lo hispano. Estudió en la Universidad de Oxford, de la que luego fue profesor en su Facultad de Historia Moderna y a la que permanece ligado: todos los años dicta allí un ciclo de conferencias. También ha enseñado en Holanda, en el Instituto de Estudios Avanzados, y actualmente es profesor en la Universidad de Londres. Entre otras distinciones, ha sido galardonado con la Caird Medal del National Maritime Museum y con la John Carter Brown Medal.

Autor de libros que obtuvieron una vasta repercusión, como Millennium (1995), Colón (1992), Antes de Colón (1993) e Historia de la verdad y una guía para perplejos (1999), sus puntos de vista bastante iconoclastas con respecto a las concepciones históricas tradicionales han suscitado no pocas polémicas, que se han reavivado con motivo de la publicación de su última obra, Civilizaciones. La lucha del hombre por controlar la naturaleza, recientemente traducida al español (Taurus, 2002).

Fernández-Armesto cultiva una visión amplia y abarcadora de su trabajo intelectual: "Mi especialidad en la Historia es evitar que se me atribuyan especialidades" afirma, y aclara que "en los últimos años me he dedicado a la Historia global. Trato siempre de abordar la Historia destacando los vínculos entre todas las comunidades humanas". Cabe señalar que uno de sus méritos sobresalientes es saber aunar el vigor de sus posiciones teóricas con un estilo expositivo no carente de brillantez literaria.

—¿Es la lucha del hombre por controlar la naturaleza el rasgo definitorio de la civilización?

—Según la definición propuesta en mi libro, sí. Históricamente se ha definido la civilización de muchas maneras distintas, pero si tratamos de observar objetivamente a todas las sociedades que solemos calificar como civilizaciones, advertiremos que lo que tienen en común es esa actitud ambiciosa de cambiar el entorno físico, de modificar el medio ambiente y apropiárselo para usos humanos.

—En su último libro, Civilizaciones, parece resucitar el determinismo geográfico tan cultivado por los historiadores positivistas del siglo XIX.

—No. No apelo al determinismo geográfico ni a ningún otro. Es más, rechazo todo tipo de determinismo. Sin embargo, comprendo su pregunta, porque el libro da la sensación de ser obra de un materialista, pero si penetramos un poco más en el asunto se verá que no hay determinismo geográfico sino el reconocimiento de cierto condicionamiento. La geografía, el medio ambiente, el clima, el tono físico imponen un marco que define los límites de las posibilidades de los logros humanos.

Pero yo diría que es incluso al revés, que somos nosotros, los seres humanos, con nuestra imaginación y nuestros recursos mentales, quienes determinamos el destino de nuestro entorno físico. Para mí, todo acontecimiento histórico surge del alma y de la imaginación de las personas, porque es allí donde se inician los cambios en la historia. Por ejemplo, entre todas las sociedades animales, la que más cambia es la humana. Las sociedades de termitas, de elefantes o de monos son muy estables; por lo que sabemos, no han cambiado desde hace centenares de miles de años. La sociedad humana, por el contrario, cambia a menudo y muy intensamente. ¿Por qué será esto? Yo creo que se debe a nuestras capacidades mentales. Podemos imaginar los cambios, concebir un mundo que podría ser diferente de lo que es, y una vez que lo hemos imaginado lo podemos experimentar en la práctica siguiendo ese modelo.

De modo que si soy en algo determinista, lo soy en un sentido intelectual: soy idealista más que materialista.

—El factor geográfico como condicionante parece tener gran peso en los estadios primitivos —para llamarlos de algún modo— de la civilización, pero mucho menos en los avanzados. Tenemos el ejemplo de Japón, que con un territorio pequeño y muy desfavorecido desde el punto de vista de los recursos naturales se ha convertido en la segunda potencia industrial del mundo.

—Veo la adversidad geográfica como un estímulo enorme a la ambición de los japoneses. Es característico de la historia de las civilizaciones que en los lugares más hostiles e inhóspitos, abandonados, infértiles, o en selvas lluviosas se hayan erigido ciudades tremendas, como las de los mayas. O en altitudes notables, como es el caso de la civilización de Tiahuanaco en la zona andina, donde yo no sería capaz ni de respirar. El hombre de entonces creó una ciudad con edificios monumentales y un sistema de agricultura capaz de sostener a la población. Incluso en desiertos áridos e intensamente calurosos, como el Fezzan sahareño, los garamantes desarrollaron una civilización que duró hasta el siglo VII de nuestra era y que poseía un sistema subterráneo de riego. Y no hay que olvidar que este desierto sigue siendo hoy uno de los entornos más hostiles a la vida humana del mundo.

Así que no es nada nuevo ni extraño que una civilización tan sorprendente como es la japonesa de nuestros días surja en circunstancias tan desfavorables. Sin embargo, hay que reconocer que esas limitaciones tan importantes que impone la naturaleza siguen pesando hasta el día de hoy. A mí me sigue impresionando mucho el hecho de que a pesar de la prolongada historia humana de modificaciones del entorno físico y de nuestra larga lucha contra el clima, no hayamos logrado superar los condicionantes climáticos: seguimos siendo víctimas de sus cambios imprevisibles. El mundo de la evolución microbiológica es otra dimensión que no hemos conseguido vencer y controlar; continuamos a merced de grandes desastres demográficos, de una nueva era de plagas por evoluciones imprevistas de los microbios.

En cuanto a la alimentación, que es la relación más íntima que podamos concebir con el entorno, porque necesitamos comerlo, también nos ofrece problemas que no hemos logrado superar, pese a las notorias innovaciones que se produjeron en este ámbito, como la revolución verde de hace unos años y las modificaciones genéticas de las plantas comestibles de la actualidad. Al parecer, ninguna de estas iniciativas ha sido acertada.

Por lo tanto, debemos tener en cuenta que la naturaleza, sin determinar nuestro destino, sigue influyendo de una manera absolutamente clave en el desarrollo humano.

—¿Cabe hacerse ilusiones sobre una concepción teleológica de la historia?

—Como rechazo todo tipo de determinismos, lógicamente no soy muy partidario de trazar rumbos teleológicos. No me convence la linealidad de la historiografía tradicional: la historia está llena de acontecimientos caóticos y todas las posibilidades quedan abiertas para el futuro.

—¿Tiene una filosofía de la historia?

—Pues no. Esta pregunta la suelen dirigir los periodistas a los políticos y siempre queda in albis, sin respuesta. Recuerdo un caso famoso al respecto, el de Franklin Delano Roosevelt, a quien un periodista le preguntó "¿Cuál es su filosofía, señor Presidente?", a lo que éste, perplejo, le respondió: "No tengo filosofía, soy demócrata y cristiano, nada más..."

Yo no tengo una filosofía de la historia específica, pero estoy convencido de que la historia es una herencia de todos y de que abarca todo el pasado del ser humano y por lo tanto del planeta. Porque creo, sinceramente, que no se puede comprender al ser humano sin colocarlo en el marco físico de su entorno, del cual forma parte, y dentro de la cadena ecológica, con la que está vinculado. La historia es de todos y para todos. Hay una academia en Sudamérica, ya no recuerdo en qué país, que publica una revista que se llama Todo es Historia...

—Sí, es una revista argentina de divulgación histórica.

—Bueno, desgraciadamente, ellos ya tienen registrado ese título, pero yo quisiera identificarme con el concepto de la historia que expresa.

—El relativismo cultural, tan en auge en la segunda mitad del siglo XX, sufre hoy vigorosas embestidas. Desde su experiencia de estudioso de las civilizaciones comparadas, ¿cómo se sitúa frente a él?

—Soy un relativista cultural flojo. Lo que quiero decir con esto es que hay culturas que son moralmente deficientes, como la de los nazis. Veo a cualquier sistema despótico y tiránico como inferior a un sistema que valoriza la vida desde una perspectiva humanista. Pero a la vez, creo que todos somos capaces de aprender cosas útiles, en el sentido práctico, y cosas que benefician al bienestar de toda la humanidad de todas las sociedades. Porque todas tienen experiencias relevantes, y en este sentido considero a todas las civilizaciones, si no equivalentes, sí con su propio encanto y con lecciones provechosas para las demás.

—¿Cómo se mide el éxito de una civilización?

—Hay varias medidas posibles. Si se busca una medida claramente objetiva, se podría adoptar el criterio expuesto recientemente por el historiador norteamericano Victor Davis Hanson, que propone la guerra y el éxito militar como una medida bastante nítida de la superioridad de una civilización.

Pero yo diría que no hay un criterio clave, porque lo que suele pasar es que ciertas sociedades son buenas en ciertos aspectos y malas en otros. Y buscar una especie de clave que se pueda aplicar a todas y en todos los aspectos sería una pérdida de tiempo... Lo que sí se puede decir es que unas sociedades, sin ser mejores que otras, son más civilizadas que otras, en el sentido de ser más ambiciosas en su relación con el entorno físico, y más intervencionistas con su medio ambiente, al que modifican más en su provecho.

Pero insisto en que esto no equivale a decir que ciertas sociedades son mejores que otras más modestas, más humildes en su relación con el medio físico. Porque hay circunstancias, lugares y épocas en que esa actitud más humilde resulta más racional. E incluso depende de los objetivos que se proponen quienes forman parte de dicha sociedad: si lo que se quiere establecer es un sistema de vida muy arriesgado, erigiendo grandes ciudades, desafiando a la naturaleza, lo que corresponde es desarrollar una civilización muy compleja acorde con ese proyecto. En cambio, si lo que se procura hacer es asegurar la supervivencia y conservar las tradiciones, lo más apropiado sería adoptar las actitudes de los bosquimanos de África del Sur y aceptar todas las limitaciones que les impone la naturaleza, porque así ellos han logrado preservar su forma de vida a lo largo de 40.000 años, aunque no lo sabemos a ciencia cierta. Es verdad que para nosotros, occidentales, esa civilización carece de progreso, pero desde el punto de vista de los bosquimanos es un éxito enorme haber sobrevivido sin sufrir los profundos cambios que han debido experimentar otras sociedades más ambiciosas. Por eso, para evaluar una civilización hay que tener siempre en cuenta cuáles son las metas que ésta se ha propuesto.

—¿Cabe hablar de civilizaciones primitivas y avanzadas?

—Prefiero no utilizar esos términos, porque el primitivismo realmente no existe: todos los seres humanos somos producto de una misma evolución y todos tenemos un pasado igual de largo, así que unos somos tan primitivos como otros. Ahora bien, por supuesto, hay sociedades, como la de los bosquimanos o la de los inuits, de gentes que se dedican a la caza y no han admitido la necesidad de adoptar la agricultura y el asentamiento permanente. Estas sociedades se caracterizan por una relativa falta de cambio en comparación con otras, pero no me gusta llamarlas primitivas: prefiero denominarlas sociedades estables, porque creo que es una definición más justa. En cuanto al uso de la palabra avanzada, bueno, si se entiende por tal más ambiciosa, más intervencionista, una sociedad que ha desarrollado más técnicas de intervención en el medio ambiente, podría admitirse, pero yo prefiero utilizar el término intervencionista, porque es más acertado y no implica una valoración subjetiva.

—A propósito del intervencionismo humano sobre el medio natural, ¿estamos en un punto de la historia en que la naturaleza está por ejecutar su venganza definitiva sobre la civilización?

—Tal vez, tal vez. Hace un momento le decía que no hemos logrado vencer a la naturaleza, y no es sorprendente, porque toda esa idea de la lucha del hombre contra la naturaleza es un error bastante fundamental, pues somos parte de la naturaleza, somos seres humanos, somos animales y parte de esa enorme continuidad animal. Todos los animales son distintos unos de otros y nosotros somos bichos distintos, pero distintos dentro de esa gran familia que es la creación, y no nos podemos separar de los sistemas ecológicos en los que estamos involucrados. En lugar de definirnos por un proceso de autodistanciamiento del resto de la naturaleza yo diría que deberíamos identificarnos como parte de ella y adoptar una actitud más colaboradora y menos contenciosa. Si no lo hacemos es muy probable que la naturaleza ejecute su venganza.

—¿Civilización y barbarie son conceptos verdaderamente excluyentes?

—No, porque siguiendo usos ordinarios, calificamos a la civilización como un proceso de mejoras morales e intelectuales, y, si la consideramos así, la civilización es un proceso fracasado. Los actos de barbarie se han cometido en las civilizaciones, digamos, más "civilizadas". Quizás el mayor problema o dilema de la humanidad en nuestro tiempo consiste en que hemos logrado tantas tecnologías y medios de destrucción sin haber conseguido mejoras morales e intelectuales equivalentes. Uno se asusta pensando que no hemos registrado, que sepamos, ningún progreso intelectual durante por lo menos 30.000 años, y en cuanto al progreso moral, no veo que se pueda indicar ninguno en toda la historia de la humanidad. Tal vez éste sea el problema fundamental, más que nuestra relación con el entorno físico: cómo vamos a llenar el bache entre nuestras capacidades técnicas y nuestras aptitudes morales e intelectuales.

—¿Es una batalla perdida pretender que la civilización implique el progreso moral?

—Tiene que ser posible ganarla, porque si somos capaces de concebir esa posibilidad, entonces existe; lo que no sé es si estamos dotados para llevarla a la práctica. A juzgar por nuestra historia, que no es una guía perfecta pero es la única de que disponemos, no lo conseguiremos. Porque claro, yo me enfrento al problema de que si somos capaces, ¿por qué no lo hicimos?

—¿Usted confía en las lecciones de la historia?

—En verdad, no, pero son las únicas que están a nuestro alcance. Y una de las lecciones de la historia, en concreto de la historia de las civilizaciones, es que poseemos esa capacidad imaginativa y podemos en cada momento reconstruir el mundo si tenemos la convicción para hacerlo.

—¿Cuál es el denominador común entre todas las civilizaciones?

—Esa ambición, esa imaginación que permite concebir un mundo posible distinto del que existe. Y una vez que se lo ha imaginado, la capacidad de reconstruirlo siguiendo ese modelo que surge de la mente humana.

—La civilización del Océano Atlántico de la que habla en su libro, ¿ha impuesto hoy una única civilización global capitalista?

—Pienso que no. Está dentro de lo posible que haya tal civilización global, pero si existiera no desplazaría a las demás sino que sería otra civilización añadida al pluralismo que surge de la historia. Otra de esas "lecciones de la historia" es que cada vez que se genera un proceso integrador en el que diversas sociedades y tradiciones humanas vienen a unirse, se inicia un proceso en contra, una reacción en la que las distintas comunidades buscan afirmarse en sus raíces y reconquistar su propia identidad.

La historia de América Latina tras la caída del imperio español muestra claramente este fenómeno, y en épocas más recientes lo vimos después de la desintegración del imperio soviético y de la Federación Yugoslava, ámbitos en los que se suscitó un extraordinario auge de las comunidades tradicionales. También en la Unión Europea actualmente se están experimentando fuertes reacciones nacionalistas. De modo que con la globalización cultural tiene que suceder lo mismo, y creo que ya lo estamos viendo: toda una serie de reacciones que pasan por el redescubrimiento y reafirmación de su propia identidad por parte de pueblos no europeos, que se están aprovechando de estas nuevas circunstancias globalizadoras para celebrar sus propias tradiciones y remodelarlas.

—¿El auge del islamismo, por ejemplo?

—Por supuesto, aunque el islamismo es también una especie de universalismo y se puede apreciar que dentro del mundo islámico hay varias reacciones nacionales y comunitarias. Es difícil imaginar que el mundo islámico pueda obrar colectivamente.

—¿Hay algún historiador que considere modélico en cuanto a su manera de concebir y de hacer historia?

—No. Lo que procuro es buscar un método, una aproximación que sea novedosa, porque para mí la originalidad es la obligación que cualquier escritor, como cualquier tipo de artista, tiene para con su público. Claro que hay muchos historiadores a los que admiro profundamente, pero modélico no creo que haya ninguno. Y tampoco seré yo un historiador modélico.

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