El nuevo Monstruo

| Ângeles Blanco

En los años setenta, la italiana Oriana Fallaci hacía temblar la tierra con la publicación de Entrevista con la historia, una compilación de sus reportajes a veintiséis pesos pesados de la política internacional, entre ellos Golda Meir, Yasser Arafat, Henri Kissinger e Indira Gandhi. No era poca cosa. Objetable en su estilo, algo soberbio y hasta prejuicioso, Fallaci tendía una vez más esa red de preguntas incómodas que confirmaba su buena madera de entrevistadora.

Se inició en el periodismo muy joven, trabajando para el Giornale del Mattino. A los veinte años publicó su primer artículo en la revista L’europeo. Luego esquivó balas en Vietnam, sufrió un atentado en Ciudad de México, y se jactó de su fama: "mi firma siempre apareció en los periódicos más prestigiosos del mundo". En efecto, sus notas trascendieron fronteras revelando un carácter explosivo, insobornable y no exento de egocentrismo. Tampoco de una explícita falta de objetividad. "Yo no me siento, ni lograré jamás sentirme, un frío registrador de lo que escucho y veo. Sobre toda experiencia profesional dejo jirones del alma, participo con aquel a quien escucho y veo como si la cosa me afectase personalmente o hubiese de tomar posición (y, en efecto, la tomo siempre, a base de una precisa selección moral)..." escribiría en el prólogo de Entrevista con la historia. Y bajo esa misma forma de entender el periodismo y de entender la vida, treinta años después, Fallaci vuelve al ataque con un libro polémico: Oriana Fallaci se entrevista a sí misma, que incluye el Post-Scriptum El Apocalipsis, una posdata casi independiente que cierra la trilogía comenzada con La rabia y el orgullo y continuada más tarde con La Fuerza de la Razón. Sólo que esta vez, la subjetividad de Fallaci va demasiado lejos.

TODOS ALERTA. Es evidente que después del 11 de setiembre de 2001, el mundo islámico se volvió protagonista en los medios, en el reducto académico y en el bar. Los atentados continúan —la guerra también—, y el fanatismo está a la orden del día. En ese contexto Fallaci escribe su libro dedicándolo "a las criaturas que desde el pasado mes de junio hasta hoy, noviembre de 2004, los verdugos de Alá han matado como en los sacrificios humanos con los que los bárbaros de la antigüedad rendían homenaje a sus dioses sedientos de sangre". Desde allí en más, carga las tintas contra el islamismo, usando epítetos como "filoislamismo", "antioccidentalismo", "nuevo nazifascismo", o "nazi-islamismo" para denunciar un mal único, el cáncer que corroe a Occidente convirtiendo a la cristiana Europa en un híbrido pútrido y fatal: la nueva "Eurabia".

Fallaci escribe este libro en clave de autoentrevista. El avance de un cáncer declarado en su cuerpo fue el detonante, pero la autora sostiene que el gran argumento no es ella misma, sino Italia y Europa toda. Se trata entonces de una entrevista política, atravesada por elementos autobiográficos, y ejecutada por una entrevistadora que no bucea demasiado en las arbitrariedades de su entrevistada. Es por lo tanto un libro testimonial y no un ensayo o investigación sobre el Islam o sobre el mundo post 11-S, que sopese ideas u opiniones. Sus enconadas páginas guardan tan solo ese cometido: ser un espacio para los descargos de la autora contra todo lo que no le gusta. Los secuestros a manos de terroristas islámicos, la inmigración musulmana en el continente europeo y la aparente tolerancia de la clase política frente a estos fenómenos, sacan a Fallaci de quicio. Sobre Europa, dice, rige el mismo espíritu del Pacto de Munich de 1938, cuando Hitler tomaba posesión de Austria frente a una Europa impávida. Los europeos, según Fallaci, padecen un sentimiento de culpa ante el Islam que los lleva a la inercia, a no entender que la paz debe defenderse incluso a través de la fuerza. Y es por ello que "Eurabia ha construido la patraña del pacifismo multiculturalista, ha sustituido el término "mejor’ por el término ‘diverso-diferente’ y se ha puesto a chismorrear que no existen civilizaciones mejores". "Diferente" en lugar de "mejor" se lamenta Fallaci.

La responsabilidad de esta situación cae en manos de los "tiranos" de lo Politically Correct: los jerarcas de medios escritos y televisivos que otorgan más espacio a los crímenes de Abu Graib que a las decapitaciones perpetradas por los "verdugos de Alá", los intelectuales que impiden la lectura de sus textos en las universidades por tildarlos de racistas, la Caviar Left, esa Derecha de Izquierda conformada por nobles y banqueros, desdeñosa de la "gente de pueblo" que compone el grueso de sus lectores. Es también el falso pacifismo de la Izquierda "enferma de antisemitismo", y de los movimientos altermundistas que condenan a Bush, personaje cuyo mérito es "el de haber hecho algo para combatir un terrorismo que no se combate con besos y abrazos, es decir, con el clásico querámonos mucho de Wojtyla". Todos ellos son los cultores de la Conjura del Silencio, la misma que ha "regalado la ciudad a los extranjeros. Que con los hijos de Alá devotos de Bin Laden, con los chinos dueños de Prato, con los somalíes y los nigerianos que infestan el Centro Histórico colocando sus tenderetes por todas partes, con los rumanos y los albaneses que con sus robos nocturnos saquean habitualmente las casas de campo, se comporta como las marquesas y las condesas y las baronesas que en 1938 hacían reverencias a Hitler". Somalíes que "infestan" el Centro y rumanos que saquean propiedades, vuelve a lamentarse Fallaci. Lo que sigue es una nómina de atrocidades que el "bando islámico" perpetra sobre el "bando occidental" con una riesgosa tendencia a la simplificación.

En El Apocalipsis, Fallaci toma las escrituras del evangelista Juan para continuar con sus descargos. Esta vez, el Islam es el Monstruo que avanza sobre Occidente con la ayuda de la Bestia, su séquito de colaboradores. Adhiere al discurso del escritor francés Jean Raspail al sentenciar que "En el 2050 los franceses originarios sólo serán la mitad.(...) La otra mitad se compondrá de magrebíes, africanos, asiáticos, en definitiva de personas procedentes del inagotable depósito que llamamos Tercer Mundo". Si para Fallaci el Islam representa hoy a la Derecha obscena, nazifascista, qué se puede decir de este discurso que se lamenta por albergar en Europa a tanto "material de depósito".

Uno de los temas que más la inquieta es la incorporación de Turquía a la Comunidad Económica Europea. "Mamá los turcos" repite Fallaci una y otra vez para remitir al barbarismo de las invasiones turcas, pretendiendo alertar sobre las encubiertas intenciones de dominación que aun prevalecerían en el otrora Imperio Otomano.

ESCENARIO COMPLEJO. Cierto es que los casos citados por Fallaci son reales e indignantes. Que unas chicas musulmanas se ahoguen en una playa italiana porque el Islam prohíbe el contacto de mujeres con extraños, impidiendo así su rescate, es uno de esos casos que empuja al cuestionamiento. Hasta qué punto la tolerancia religiosa interfiere en el proceso de integración de las comunidades inmigrantes, no es una cuestión sencilla de resolver. "¿Quién tiene que integrarse, ellos o nosotros?", se pregunta Fallaci. Y en este sentido el libro, aunque desde una postura en extremo radicalizada, pone el tema sobre la mesa. El problema es que en lugar de buscar explicaciones, Fallaci arremete con un iracundo ataque contra lo diferente, en un tono que se acerca más al panfleto que al ensayo concienzudo. Porque sólo un lector muy ingenuo podría reducir una situación tan compleja como la del choque cultural entre cristianismo e islamismo a una película de cowboys con malos y buenos. Porque en el islamismo, al igual que en el cristianismo deben existir matices, aunque Fallaci lo niegue. El resultado no es más que una nómina de atrocidades perpetradas en nombre del Islam, que apelan más al estómago que a los sesos del lector.

Lévi-Strauss ha dicho alguna vez que: "la actitud correcta del hombre de cultura, del intelectual, es la crítica de lo propio y el respeto de lo ajeno en lo que tiene de respetable". En el libro de Fallaci no hay ni una sola línea que critique a la cultura occidental, como así tampoco ninguna línea que rescate algo bueno del Islam. Adolece de etnocentrismo, emite sentencia desde su condición de cristiana laica, olvidando que también en nombre del Cristianismo y de Occidente se han cometido "errores". Y va demasiado lejos cuando extiende el barbarismo de unos pocos a todos los musulmanes: "... cualquiera puede comprar las filmaciones en el mercado de Bagdad donde los videos del horror y de la escenificación de la muerte inventada por el terrorismo islámico son auténticos best-seller. (...) detalle del que deduje que en las buenas familias de la capital iraquí la diversión preferida es regodearse con el espectáculo de un hombre vendado al que en nombre del Dios Misericordioso e Iracundo (...) le decapitan con el cuchillo de sierra."

En tiempos donde la confusión crece, y donde no deben faltar los despistados que intercambien las categorías "terrorista" y "árabe" con indiferencia, uno esperaría escritos reveladores. Tanto maniqueísmo hace que éste no sea el caso. l

ORIANA FALLACI SE ENTREVISTA A Sí MISMA. EL APOCALIPSIS. Editorial El Ateneo, Buenos Aires, 2005. 304 pág. Distribuye Gussi.

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