El miedo al abandono

 cultural Audrey Hepburn 20070720 197x292

AMILCAR NOCHETTI

QUINTAESENCIA del glamour, la sofisticación y la elegancia -en parte naturales, en parte producto de su amistad con el diseñador Hubert de Givenchy-, Audrey Hepburn ha sido definida de muchas maneras. Según Gregory Peck, era "una mujer hermosa y ocurrente, una combinación insólita de estilo y simpatía"; para Sean Ferrer, "mamá era tan dulce como fuerte, una verdadera mano de hierro en un guante de seda". Pero quien mejor la ha retratado en pocas palabras ha sido el escritor Donald Spoto (1941). En el lanzamiento de su libro Audrey Hepburn: la biografía, señaló: "Audrey era una persona en búsqueda desesperada por encontrar un sentido más profundo a su vida, y aunque al final lo halló en su labor con UNICEF, fue prácticamente por eliminación". Esa sentencia es el pilar básico sobre el que se alza su estudio de la actriz.

JUVENTUD Y GLORIA. El libro divide la vida de Audrey en tres zonas claramente definidas. La primera de ellas, la más reveladora, está dedicada a sus años juveniles (1929-1950). Comienza con el relato de su nacimiento en Bruselas, hija de una baronesa holandesa y un inglés arribista, bastante vividor. Una infancia desgraciada en el plano afectivo marcaría a Audrey para toda la vida, porque esos progenitores gélidos, adustos e inflexibles, simpatizantes nazis (cenaron con Hitler en mayo de 1935), terminaron separándose súbitamente en 1936. El miedo al abandono acompañaría a Audrey por el resto de sus días, y unido a los previos años de frialdad afectiva, ese mapa de emociones contrariadas estaría explicando una tardía declaración de la actriz: "En mi vida todo se reduce a recibir amor y a la desesperada necesidad de darlo".

Entre 1936 y 1939 descubrió una temprana pasión por la danza pero, poco antes de estallar la guerra, la madre cometió un grave error: se mudó con Audrey a Holanda, creyendo que Hitler no invadiría esa zona. Tras la ocupación, los bienes familiares fueron confiscados, madre e hija pasaron años de hambre y terminarían colaborando con la Resistencia. Al finalizar la contienda, fueron enfermeras en un hospital de heridos de guerra en Arnhem: Audrey tenía 16 años, medía 1.70 m. y pesaba 45 kilos. Esa penuria física complicó su futuro como bailarina, provocándole la primera de sus profundas depresiones. Esa zona inicial del libro termina con los inicios de Audrey en el teatro musical, su experiencia como modelo, el estudio de arte dramático, un encuentro fortuito con la escritora Colette y la consagración teatral con Gigi.

La segunda zona del libro, la más extensa, se ocupa de los años de fama (1951-1970), y es la etapa más conocida de la vida de Audrey: el clamoroso éxito de La princesa que quería vivir (Oscar incluido) y un ramillete de labores muy recordables en películas como Sabrina, La guerra y la paz, La cenicienta en París, Amor en la tarde, Historia de una monja, Desayuno en Tiffany`s, Charada, Mi bella dama, Un camino para dos y Espera la oscuridad, donde fue dirigida por William Wyler, Billy Wilder, King Vidor, Stanley Donen, Fred Zinnemann, Blake Edwards y George Cukor, entre otros. Allí también hay lugar para los entretelones de una vida sentimental ajetreada y bastante desdichada junto al millonario James Hanson, el actor Mel Ferrer (con quien estuvo casada trece años) y los episódicos pero muy intensos romances con William Holden, Albert Finney, Ben Gazzara y el libretista Robert Anderson. Ese anecdotario frondoso se lee de un tirón, aunque de a ratos pueda pecar de admirativo, un rasgo inesperado en Spoto.

LA MADUREZ. La zona final del libro, la más emocionante, aborda los últimos años de Audrey (1971-1993), sus fracasadas apariciones finales en el celuloide, su fallido matrimonio con el italiano Andrea Dotti y el duradero vínculo con Robert Wolders, un diletante que sin embargo no resultó un oportunista. Ese hombre no sólo fue su pareja a partir de 1980 sino que se plegó por entero a la nueva pasión de Audrey: la dedicación generosa a los más pobres como embajadora de buena voluntad de UNICEF, tarea que cumplió hasta que un cáncer de colon la venció en apenas cien días. Esa labor convirtió a la glamorosa actriz en una activista convencida, y posibilitó su crecimiento como persona: "Llega un momento en que deseamos averiguar quiénes somos y qué deseamos hacer con nuestra vida. UNICEF me concede el enorme privilegio de hablar por los que no tienen voz. Es una tarea fácil, porque se supone que los niños no tienen enemigos. Salvar a un niño es una verdadera bendición", declaró en 1987.

Audrey se tomó muy en serio ese desafío: para ella era mucho más que un nuevo papel. Entre 1987 y 1992 viajó a Etiopía, Turquía, Venezuela, Ecuador, Guatemala, Honduras, El Salvador, México, Sudán, Vietnam, Tailandia, Bangladesh y Somalia, además de recorrer Norteamérica y Europa recaudando fondos. Todos esos viajes fueron realizados en vuelos comerciales en clase económica y el salario de la ex actriz era de un dólar por año. Ella misma se encargaba de buscar información y estudiar personalmente cada caso, además de escribir sus propios textos, tanto las declaraciones a la prensa como los detallados informes que elevaba al organismo. Incluso llevó al teatro un unipersonal (Del diario de Anna Frank) y financió una miniserie de TV (Jardines del mundo), todo en beneficio de UNICEF. Fue la gran labor de su vida, una tarea responsable que le insumía catorce horas diarias toda la semana durante nueve meses al año. Porque como se encargó de aclarar en más de una oportunidad: "No puedes levantarte y decir: `Estoy encantada de estar aquí y me gustan mucho los niños`. No basta con saber que ha habido una inundación en Bangladesh y han muerto siete mil personas. Hay que preguntarse por qué se ha producido la inundación, cuál es la historia de ese pueblo, por qué es uno de los países más pobres del planeta, si van a sobrevivir, si están recibiendo ayuda suficiente, qué dicen las estadísticas, qué problemas deben superarse".

Quienes conocen a Donald Spoto saben que este reputado teólogo católico, experto en el Nuevo Testamento, cobró fama internacional por su serie de comprometidas y rigurosas biografías de personalidades del cine y el teatro. Sus dos culminaciones son los trabajos sobre Alfred Hitchcock (1983) y Marilyn Monroe (1993), aunque también reveló, con minucia quirúrgica, las luces y sombras de Lawrence Olivier, Ingrid Bergman, Marlene Dietrich, Tennessee Williams, James Dean, Elizabeth Taylor, la princesa Diana y Jacqueline Kennedy Onassis. En esta oportunidad, en cambio, hay un sorprendente cambio de tono: Spoto no perfora de manera descarnada al personaje, sino que elige un trazado comprensivo de su perfil humano, y descubre a una persona extremadamente tímida, insegura y confundida, marcada por la tragedia de la guerra, el abandono del padre y la incapacidad de transmisión emocional de la madre. Es como si los resortes cristianos de Spoto hubieran sido conmovidos por la entereza vital de la biografiada, hasta llegar a una desusada comunión espiritual con su personaje. Es comprensible. Al cinéfilo que recuerde a la actriz, delgadísima y envejecida, llegando desde Somalia, o al lector que sepa detenerse ante la terrible fotografía de Audrey con un niño hambriento que horas después moriría en sus brazos, también le será difícil escapar a la emoción: la admirativa, provocada por la figura de esa mujer enferma pero aún batalladora, o la estremecedora, ante una mirada infantil que es un alerta pero también una acusación.

El libro sorprende y no defrauda, porque Spoto sabe compensar sagazmente los éxitos profesionales con la desesperanza sentimental, contrapone cinco candidaturas al Oscar con cinco abortos espontáneos, compara grandes ganancias económicas con alarmantes pérdidas de equilibrio emocional. El resultado es la radiografía sensible y conmovedora de un personaje dual: la actriz, que basaba su técnica en la frescura y la espontaneidad; y la mujer, que con una labor humanitaria aplacó su búsqueda de una espiritualidad que no se correspondía estrictamente con ninguna religión, pero estaba muy cerca del mensaje de Cristo.

AUDREY HEPBURN: LA BIOGRAFÍA, de Donald Spoto. Editorial Lumen. 2006. Distribuye Sudamericana. 400 págs.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar