Un hito en poesía

El mexicano que nunca quiso ser poeta oficial y aun así publicó su poesía completa en 800 páginas

Para disfrutar a José Emilio Pacheco en verso y en prosa

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José Emilio Pacheco
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por Juan de Marsilio
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La poesía es paradojal. Por eso el mexicano José Emilio Pacheco (1939 – 2024), para quien lo peor para los poetas es llegar a “Poetas oficiales/ amargos pobladores de un sarcófago/ llamado Obras completas”, publicó, por última vez en 2009 su poesía completa, Tarde o temprano. Casi ochocientas páginas de poemas en verso —clásico o libre— y en prosa, él, que escribió que si alguien “de casualidad es un gran poeta/  dejará cuatro o cinco poemas válidos,/ rodeados de fracasos y borradores”. Con todo, el lector que, de a poco y sin atracones, lea este grueso volumen, hará su propia antología, con bastante más que cuatro o cinco poemas válidos, que lo harán perdonarle a Pacheco la falsa modestia y el lugar común. Agradecerá también la falta de prólogo, que lo deja libre para valorar según criterio propio (lo mejor es leer las solapas tras terminar el libro).

Título y tono. Tarde o temprano a todos nos espera el naufragio.”, escribió y de ahí el título del libro. Desesperanzado desde el arranque, el siguiente poema lo pinta entero:
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El esmog, el tabaco, el hexaclorofeno,
el aire emponzoñado que te va corroyendo,
son la vida que filtra en todos su veneno
y siempre nos recuerda: vivir es ir muriendo.
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(“CONTAMINACIONES”, en irás y no volverás, de 1973)

Poco importa que la materia del universo nos preceda y nos suceda por miles de millones de años: la vida humana termina, y nunca nos conformamos del todo con eso.

Buscando el estilo. Sus primeros libros, Los elementos de la noche, escrito entre 1958 y 1962, y El reposo del fuego, entre 1963 y 1964, muy juveniles, presentan de a tramos un tono solemne, con un pesimismo sincero, pero en el que lo leído pesa tanto o más que lo vivido. Como en este poema escrito antes de cumplir los veintiuno:
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Bajo el mínimo imperio que el verano ha roído
se deshacen los días.
En el último valle
la destrucción se sacia
en ciudades vencidas que la ceniza afrenta.
La lluvia extingue
el bosque dominado por el relámpago.
La noche deja su veneno.
Las palabras se rompen contra el aire.
Nada se restituye ni devuelve el verdor a la tierra calcinada.
Ni el agua en su destierro sucederá a la fuente
ni los huesos del águila volverán por sus alas.
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(“LOS ELEMENTOS DE LA NOCHE”, en el libro homónimo de 1963)

Ya a partir de No me pregunten cómo pasa el tiempo, de 1969, Pacheco despliega una eficaz ironía.

Vejez y desparpajo. Sobre la vejez, ajena o propia, es irónico a la vez que doloroso, y tiene el coraje de burlarse de sí mismo:
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De nada sirve hablar de serenidad,
forjarse ilusiones
de trascendencia o de supervivencia.
La Señora V. llegó; está aquí, no descansa.
Tardó mucho tiempo.
Se hizo presente en un instante.
Viene a llevarse todo lo que fui.
Me nubla la vista,
me borra la memoria, me quita el sueño,
me hace más torpe y dificulta mis pasos.
Por dentro opera su mayor estrago.
Lo que en este momento nadie puede afirmar
es cuánto durará nuestra torva alianza.
¿Consumará su obra de destrucción
la Señora V. que nació conmigo y está programada
sin actuar sin error ni pausa?
O quizá algo imprevisto, nunca se sabe,
le robará la pieza cuando ya la tiene en la trampa.
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(“LA SEÑORA V.”, en La arena errante, de 1999)

Terremoto. Pacheco alcanza un patetismo de veras sentido en Miro la tierra, de 1987, sobre el terremoto que devastó la ciudad de México del 19 de setiembre de 1985. Pierde la paciencia y de pronto estalla:
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Llega el sismo y ante él no valen
las oraciones ni las súplicas.
Nace de adentro para destruir
todo lo que pusimos a su alcance.
Sube, se hace visible en su obra atroz.
El estrago es su única lengua.
Quiere ser venerado entre las ruinas.

Motivos y política. A temas clásicos —el tiempo, el olvido, la muerte, la maldad humana— motivos tradicionales y repetidos: el agua, la del viejo río de Heráclito y Manrique, el mar en su lucha con la roca, el naufragio —en especial el del Titanic— la arena, la ceniza, el humo. Por eso no conviene leer el libro de un tirón: lo que al lector le lleve horas leer, al poeta le llevó décadas escribirlo y publicarlo.

Joven en los 60, la poesía de Pacheco tiene su lado comprometido, con su denuncia de la injusticia y su poema en homenaje al Che. No obstante, no toma nunca el tono optimista de la poesía militante. Pacheco no cree que los humanos podemos hacerlo bien, ni con buena intención, como escribe a propósito del líder camboyano Pol Pot:
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Intenté hacer el bien, propagar la bondad,
sembrar la justicia, hacer la dicha de todos.

Con tan noble propósito engañé,
asesiné, encarcelé, torturé, oprimí.
Yo, que era compasivo y solidario,
me convertí en uno más de los monstruos.

Ahora sólo puedo pedir perdón.
Y es en vano: los muertos resucitan,
las heridas nunca se curan.

Así, al buscar la luz y la verdad,
aumenté con la suma de mis crímenes
el plural sufrimiento de este mundo.
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(“LAMENTO DE POL POT EN SU LECHO DE MUERTE”, de Como la lluvia, de 2009)

A los bibliófilos esta edición les interesará por su valor literario y por un detalle gráfico: las páginas 65 y 66 aparecen por duplicado.

TARDE O TEMPRANO (Poesía Completa), de José Emilio Pacheco. Tusquets, 2025. Montevideo, 840 págs.

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