Ana Vidal
ME FALTA UN DEDO de la mano derecha. Lo llevo conmigo a todas partes en un frasco con formol. No puedo tirarlo a la basura, o pretender que no es mío y salir sin él. El meñique viaja en un bolsillo o en la cartera, pero si es necesario sacarlo y que otros lo vean, lo hago. Ni alardeo ni lo escondo. Cuando estoy relajada, con amigos y vino tinto, prendo un cigarro y pongo el frasco arriba de la mesa. Aunque no me atrevo a dejarlo entre los vasos y platos con restos de comida, por miedo a que el mozo se lo lleve. En general, queda discretamente ubicado tras un cenicero o las servilletas. A través del vidrio, todos ven flotar al dedo en el escaso margen de movimiento que el recipiente permite.
El problema es si se destapa el frasco por accidente. Sale un olor fétido, putrefacto. No me explico por qué, si cada tanto cambio el formol. Parece que el dedo tiene un aroma dominante sobre los vapores narcóticos e invariablemente quienes me rodean hacen muecas de asco y miran para otro lado. Nada puedo hacer para evitar el asco. Si tan solo tuviera un muñón, disimularían y esquivarían el tema. Pero al estar el dedo de cuerpo presente, la discreción se esfuma y aparecen las preguntas disparatadas, o directamente la condena. Los más pesados quieren conocer mi pasado para descubrir las razones que me atan al meñique. No dejo de reconocer que, en parte, tienen razón. Por más que lo lleve encima, jamás va a servirme para nada. Debería aceptar que en una de las manos tengo cuatro dedos y olvidarme del que falta.
A veces me pregunto si habrá estado en su lugar alguna vez. Pero tiene que haber venido de ahí, porque de dónde más iba a salir el dedo que está en el frasco. Podría ser que yo hubiera nacido con cuatro dedos en una mano, pero ver el muñón arrugado me recuerda que esa también tuvo cinco dedos, y que yo pude haber tenido ambas manos completas. Fue una cuestión de suerte.
Los cuatro dedos restantes no se ven tan mal. Hasta diría que la alianza de matrimonio luce más contundente, al no tener un meñique haciéndole sombra al costado. Siempre me han dicho que tengo manos de pianista y no escatimo gestos al hablar. Por ejemplo, en una época me dediqué a la política y había que verme subida a los estrados, cómo arengaba a los vecinos sacudiendo con energía la mano incompleta. Siempre sostuve que eso, más que ahuyentar votantes, los atraía, ya que podían identificarse con alguien que —al igual que ellos— no era perfecto.
Es inútil intentar adherirlo. Cuando era más jóven creía que podía disfrazar la realidad con distintos tipos de pegamento. Me convertí en especialista en la materia y hasta fui a unos cuantos bailes de quince con el dedo envuelto en una gasa y cinta adhesiva y me daba importancia con historias de accidentes domésticos. Confiaba en que algún día se descubriría el método para que el dedo quedara muy natural e integrado al conjunto. Había escuchado cuentos de dedos mutilados que eran devueltos a su lugar.
Y también la historia del hombre al que su mujer le cortó el pene, en un ataque de celos o de hastío sexual —nunca me quedó claro—, luego salió a llorar a la calle y lo tiró entre unos arbustos, donde más tarde lo encontraron. Lo llevaron urgente al hospital, y al hombre también, y lo cosieron. Según dicen, quedó mejor que si fuera nuevo. Yo pensaba cuánto más fácil sería hacer funcionar un dedo. Más, tratándose del meñique, un dedo carente de protagonismo, un dedo cuya función es acompañar a los demás. Pero después de años de consultas, me dijeron que ese dedo no se correspondía morfológicamente con el resto de la mano y no alentaron esperanzas.
La semana pasada perdí el frasco a la salida del Estadio. La hinchada empujaba y yo formaba parte de una masa feliz que avanzaba hacia la puerta, cantando y saltando bajo una enorme bandera celeste. En uno de los saltos, sentí que el frasco también saltaba, fuera del bolsillo. Lo quise barajar en el aire, pero no pude. La masa me arrastró hasta la puerta, donde logré despegarme y volví contra la corriente. A pesar de que la tribuna todavía no había terminado de salir, lo encontré sin demasiado esfuerzo. Me estaba esperando en medio de serpentinas y papel picado, vasos de plástico, restos de cigarrillos y basura indefinida. El frasco se hizo añicos, pero el dedo resistió, aunque magullado y muy sucio. No tuve más remedio que levantarlo.
Aunque ese dedo debió nacer, crecer y morir en mi mano, el destino le trazó otra ruta. Yo hice mi vida por un lado, él por otro. Cerca pero nunca unidos. Como una madre abandónica, un marido televidente, o un hijo irreconocible. Debería acostumbrarme al olor nauseabundo que se mete en mi nariz cuando destapo el frasco, a la incomprensión de los que tienen cinco dedos en cada mano y a vivir con un miembro de menos. Pero como no lo logré, he decidido dar vuelta la página, tarea para la que no lo necesito.
Como destino final, elegí uno de los cementerios jardín en las afueras de Montevideo, donde, según el folleto promocional, espíritu, amor y naturaleza se unen a perpetuidad. Cuando muera, mi cuerpo quedará inerte y opaco, tal como está hoy el dedo en el frasco. Por un precio razonable puedo elegir la parcela que se me antoje y con la fortaleza de espíritu que aún me queda, el momento en que comenzará mi eterno reposo. Es mi última voluntad que mi cuerpo sea sepultado dos metros bajo tierra fresca bien lejos del meñique hijo de puta, porque a ése no se lo tragan ni los gusanos.
La autora
ANA VIDAL nació en Montevideo en 1960. Su novela Frankfurter Kreuz-La Cruz de los caminos obtuvo el premio en el Concurso Literario de la Intendencia Municipal de Montevideo 2003. En 2002 obtuvo mención en el Concurso Literario Municipal con el libro de cuentos La ternura es enemiga del morbo. Su cuento "Paisajes Antárticos" obtuvo mención en el Concurso de Cuentos Julio Cortázar convocado en 2002 por la Universidad de Murcia, España. En 1998 obtuvo mención en el concurso de cuentos de fútbol convocado por Fundación BankBoston y Editorial Santillana con el cuento "Hecho de Papel- Der Papierene", publicado en el libro Pelota de Papel en 2000. Ha publicado cuentos en las antologías Las Horas Felices de editorial Santa María y El Palacio de los Angeles de Banda Oriental.