El largo adiós

Raquel Guinovart

EL URUGUAYO conoce más sobre las playas de Brasil que sobre su historia política. Quizá porque las capitales se miran a través del río, no ocurre lo mismo con Argentina. Se identifica con bastante precisión la figura de Perón, por ejemplo, pero la imagen de Getúlio Vargas —contemporáneo y tan crucial para la historia de su país como lo fue el argentino— es mucho más difusa, y eso, cuando se tiene alguna. Sin embargo, acontecimientos cardinales de nuestro pasado han estado directa o indirectamente relacionados con Brasil desde el comienzo mismo de nuestra existencia como nación independiente. Uno de los fundamentales comenzó en 1964: como campo de prueba de una estrategia que abarcaría la mayor parte del continente, se inicia allí la serie de las dictaduras militares. El presidente depuesto fue Joo Belchior Marques Goulart, conocido como Jango, el heredero político de Vargas. Se lo acusó de conducir al país al comunismo. No era cierto, pero la guerra fría no era época de sutilezas. Comienza entonces un exilio del que nunca regresó y que vivió en Uruguay cerca de 10 de los 12 años que duró. Sobre esos años y sobre la vida del brasileño, ha publicado un libro el periodista uruguayo Jorge Otero Menéndez quien fuera su amigo personal. A cuatro décadas y con un gobierno de izquierda en el Brasil, su lectura estimula un examen de otro fragmento de la historia reciente que empieza a escribirse.

GETULIO VARGAS. El libro no subsana las lagunas históricas que se puedan acarrear. Si bien ubica la trayectoria de Goulart en su contexto, parece dirigido al público brasileño y de hecho, se editó primero en ese país en el año 2001. Busca trazar —como explicita en el prólogo—una línea de continuidad entre el trabalhismo de Vargas y de Goulart y el PT de Lula. Dada la tesis conviene repasar algunos datos.

La era de Vargas comienza en 1930, tras un golpe de Estado. La república, nacida en 1889, había llegado a la estabilidad en la sucesión del poder con un acuerdo conocido como "el pacto del café con leche", aludiendo a las producciones de Sao Paulo y de Minas Gerais. Según él habría una alternancia en el poder entre representantes de ambos estados. Este sistema sancionaba una división en estados de primera clase, de los que salían los presidentes de la República, de segunda, de los que salían vicepresidentes o ministros y de tercera, de los que salían autoridades menos importantes. Esta situación generó un malestar que tomó cuerpo con el movimiento "tenentista" en 1922. Aunque no logró jaquear al poder, el movimiento militar se hizo famoso por su duración (1924 a 1927) y por haber recorrido el Brasil con la "columna Prestes". Tenía un programa típico de clase media que pedía reformas en la legislación social, justicia electoral, voto secreto y educación obligatoria. En 1930 ya estaba disuelto pero sus miembros tuvieron una participación decisiva en el levantamiento que llevó a Vargas al poder.

Cuando se preparó la sucesión presidencial se insistió en un paulista pese a que le tocaba a un político de Minas. Ese estado hizo entonces un acercamiento a Río Grande del Sur y Paraíba (Alianza Liberal) y contra la candidatura oficial propuso a Getulio Vargas. La maquinaria gubernamental se puso en acción y en comicios fraudulentos ganó el candidato paulista. La Alianza, que en su momento había combatido a los tenientes, los convocó en esas instancias. Sólo Prestes rechazó el acuerdo porque veía en él "otro amaño de las oligarquías". Fue por la insistencia de los tenientes que se produjo la revuelta.

Su victoria fue temporal. Hasta 1932 Vargas gobernó con ellos pero luego de reformar la constitución llegó a un arreglo con la vieja oligarquía e inició una carrera que en su Historia Política del Brasil, Francisco Iglesias describe como "marcada por el disimulo y la habilidad."

Sea como sea, a Vargas le cupo, como a Perón en Argentina, llevar a cabo las reformas que convertirían al Brasil en un país moderno. Aun sin los tenientes cumplió buena parte del programa que estos sostenían. En la constitución de 1934 por primera vez se reconocieron derechos a los trabajadores, se garantizó el salario mínimo, la jornada de ocho horas, la prohibición del trabajo de los menores, el descanso semanal. Duró poco más de tres años, hasta el autogolpe de Vargas que iniciara el Estado Novo.

El Estado Nuevo (1937-1945) se inspiró en Mussolini y en el corporativismo portugués de Salazar. Fue un Estado fuerte y antidemocrático, pero logró grandes realizaciones materiales. Las conquistas en el sector industrial fueron notables. La clase que mereció sus mayores cuidados fue la trabajadora en consonancia con su carácter populista. Creó el líder obrero agente del gobierno. Esa política le dio buenos resultados en la conquista del apoyo de los trabajadores que fue decisivo para su vuelta en 1950, a través del voto. Este segundo período fue mucho más difícil. Debía enfrentar una oposición por primera vez y ésta, los militares y la prensa le atacaban duramente. Su defensa de la producción nacional también generó presiones extranjeras. En 1954, políticamente aislado, Vargas se suicida. Deja un documento conocido como carta-testamento, en el que explica las razones de su acto y lo ofrece al pueblo. La muerte de Vargas revirtió la situación que podría haberlo conducido a la renuncia y llevó a las calles a mucha gente en defensa del "Pai dos pobres".

EL DELFÍN. Cuando esto ocurre Goulart es el hombre más cercano a Getulio. Riograndense como él e hijo de un correligionario, había sido una pieza clave en la construcción del aparato partidario que apoyara la elección del 50. En el poder Vargas lo nombra Ministro de Trabajo, cargo que ejerce hasta que la oposición exige su cabeza por la propuesta de aumentar un 100% el salario mínimo nacional.

En ese entonces Goulart tenía 36 años. Había nacido en San Borja, sexto hijo de Vicente Goulart, un rico hacendado, vecino y amigo de la familia Vargas. En el libro, Otero delinea a un joven Jango que a los 9 años soporta de mala gana verse separado del campo para estudiar en un colegio en Uruguayana. Es un estudiante pasable, buen futbolista, sencillo y de carácter alegre. Comienza y termina la carrera de abogacía más por deseo de sus padres que por vocación y nunca la ejerce. Prefiere el trabajo del campo y a los 25 años, al fallecer su padre, se hace cargo de la hacienda. Su entrada en la política se produce cuando el golpe del 45 trae a Getulio de vuelta a San Borja.

Vargas lo introduce en los problemas de la política, y percibe su popularidad entre las gentes del entorno. Le pide ayuda para consolidar el PTB, uno de los dos partidos que había fundado al abandonar el poder (el otro fue el Partido Social Democrático). Admirador del ex-presidente y simpatizante de las tesis trabalhistas, Goulart acepta la invitación. La estancia Sao Vicente, propiedad de Goulart, se transforma en un centro político y Jango en el coordinador de la campaña electoral. Estas tareas hicieron crecer su prestigio, pero no alcanza la altura de líder político hasta su nominación como Ministro de Trabajo.

En las elecciones del 56 se unen los dos partidos que había fundado Vargas, en la fórmula Juscelino Kubitschek y Joo Goulart. Por esa época la ley electoral brasileña autorizaba votar separadamente a los candidatos a Presidente de los postulantes a la Vicepresidencia y Jango consigue mayor respaldo de votos que el propio Kubitschek. El período (1956-1961) se caracterizó por la estabilidad y el crecimiento de los principales guarismos económicos. Aunque el libro de Otero atribuye casi todos los aciertos a la participación del PTB, lo cierto es que en la historia del Brasil se conoce esta etapa como "la era J.K." y tiene como emblema más visible a la ciudad de Brasilia que mandó a construir en 1957.

Así llegan las elecciones de 1961, una de las pocas transiciones normales en la vida política del siglo. El PTB, el PSD y la izquierda en general apoyan la candidatura del general Lott, con Goulart como vicepresidente. Otro de los candidatos era Janio Quadros, un político independiente que renegaba de la política en un discurso que resultó exitoso. Estaba respaldado por una coalición de varios partidos, el principal de los cuales era la UDN, un partido de derecha furiosamente antivarguista. Quadros ganó con el 48% de los votos pero su vicepresidente perdió a favor de Goulart que fue reelegido por una pequeña diferencia. "Alentados por dirigentes del PTB, en los núcleos obreros, en los barrios humildes de Río de Janeiro, del Nordeste, de Amazonas, de Santa Catarina, de Río Grande, se constituyeron comités que postulaban la fórmula Jan-Jan (Janio Quadros-Jango Goulart). El acuerdo que no pudo ni siquiera discutirse en las alturas, se extendía, sin concesiones ni titubeos, a nivel popular", según relata Otero en su libro. Se inicia una etapa en que lo imprevisible llevaría a Jango a la presidencia.

LA PRESIDENCIA. Quadros era una incógnita. Cuando se develó resultó una apuesta equivocada. Fue el político más irresponsable de toda la historia del Brasil. Su mandato duró 7 meses, al cabo de los cuales renunció. No hay que buscar en ese acto presiones externas o un complot en su contra. Simplemente renunció. "Si hay un caso en el que es imposible separar la conducta política de la personalidad del agente, éste fue Janio Quadros" resume Iglesias.

Jango estaba en una misión diplomática en China. En Brasil la dimisión de Quadros alentó un intentó de golpe por parte de los militares y la derecha, que veían en el vicepresidente una amenaza. El levantamiento no tuvo éxito porque se le enfrentó en defensa de la legalidad un movimiento cívico-militar encabezado por el gobernador de Río Grande del Sur, Leonel Brizola. Finalmente se llegó a un acuerdo: Goulart sería presidente, pero la república no sería presidencialista. Se instauró un parlamentarismo ad hoc, para recortar las potestades de Jango. Con ese mar de fondo inicia su mandato.

En política exterior tuvo una actitud independiente frente a la polarización mundial de la guerra fría. Restableció las relaciones diplomáticas con la Unión Soviética, se manifestó contrario a las sanciones impuestas al gobierno cubano y no apoyó la invasión a Cuba, propuesta por Kennedy. Al mismo tiempo, criticó al régimen cubano y en 1962 actuó, a pedido de los Estados Unidos, como mediador en la crisis de los misiles.

A fines de 1962 Goulart impulsa un plebiscito para decidir la continuidad del parlamentarismo. El 80% de los votantes se manifiesta en contra, y con ello, apoya la recuperación del poder pleno para Jango. Es entonces cuando presenta las llamadas reformas de base. Consigue el apoyo para aprobar la ley de transferencia de beneficios, según la cual las empresas podían remitir al exterior, como ganancia, hasta el 10% del valor líquido invertido. Esta medida, junto con la de revisar las concesiones gubernamentales de yacimientos minerales y la cesión a Petrobrás (empresa estatal) del monopolio de refinación del petróleo, generó inquietud entre los inversores extranjeros. Relata Otero una singular entrevista del embajador norteamericano Lincoln Gordon con Goulart en la que le sugiere moderar sus políticas nacionalistas: "Las próximas elecciones serán una dura prueba para el PTB, y no se ve la necesidad de crear, justamente ahora, dificultades en las fuentes de recursos electorales..."

Jango presentó un proyecto de Reforma Agraria, por el que no sería lícito mantener tierra improductiva aduciendo el derecho de propiedad. La pertenencia lícita de la tierra sería el equivalente a cuatro veces el área efectivamente utilizada. Esa reforma devolvería al control del Estado centenas de millones de hectáreas, sobretodo en el Brasil Central y la Amazonia. Refiriéndose a ella y respondiendo a las acusaciones de comunismo que generó, Darcy Ribeiro escribe: "Por esa vía legal el presidente pretendía dar tierras, en lotes pequeños, a diez millones de familias, de la misma forma que la ley americana hiciera, en 1860, distribuyendo entre los pioneros de su Oeste y creando el mercado interno, que fue el fundamento de la prosperidad de aquella nación. Jango siempre decía que, con millones de propietarios, más familias iban a comer, vivir y progresar, más gente se quedaría en el campo, la propiedad estaría más defendida y el capitalismo consolidado. Nada más opuesto, como se ve, al comunismo."

EL EXILIO. Estas reformas unieron a toda la derecha contra el gobierno. La izquierda, en cambio, no estaba tan articulada. A Goulart se lo acusaba de comunista, por un lado, y de tibio por el otro. Brasil entero estaba dividido. Se realizan actos multitudinarios en defensa del gobierno, pero también los hay, igualmente importantes, en su contra. Entre los militares Jango era visto como una amenaza a la seguridad nacional. Los conspiradores solicitaron el apoyo de los norteamericanos y, según se pudo comprobar años después en los archivos "desclasificados" de la CIA, lo obtuvieron. El país estaba maduro para el golpe que se produjo el 1o. de abril. El nuevo gobierno fue reconocido por el presidente norteamericano Lyndon Johnson pocas horas después.

Las posibilidades de resistir eran mínimas, y Goulart decidió que el baño de sangre que supondría era innecesario. Se refugia en Uruguay en donde tiene amigos. Desde aquí participa en la articulación del Frente Amplio, un movimiento de redemocratización del Brasil, que es rápidamente prohibido. Las esperanzas de regresar se hacen día a día más remotas. Jango organiza su vida. Compra una estancia en Tacuarembó, a unos 100 km. de la frontera. Además de criar animales, decide iniciarse en la producción de arroz. Construye una represa, la primera de su tipo en el país, capaz de asistir a más de 300 hectáreas de producción y termina por montar una empresa que llegó a exportar alrededor de medio millón de dólares al año.

Su vida en Uruguay transcurre en calma. La mayor parte del tiempo está en el campo, en donde lo visitan sus compatriotas y desde donde sigue el desarrollo de los acontecimientos de su patria. Le gusta comer bien, beber bastante y rodearse de amigos. Alterna esa vida con visitas a Punta del Este, particularmente al casino. Cuando se inicia la dictadura uruguaya Jango se traslada a la Argentina, en la que gobierna un viejo conocido, Perón. Prefiere permanecer cerca de Brasil, pero las cosas no tardan en ponerse peligrosas. Se suceden los asesinatos de políticos exiliados: Zelmar Michelini, Hector Gutiérrez Ruiz, el general boliviano Juan José Torres. Resuelve entonces instalarse en París, pero nunca llegará a hacerlo. Muere en su estancia de Mercedes, provincia de Buenos Aires, el 6 de diciembre de 1976.

La muerte se atribuyó a un infarto y es cierto que Goulart padecía de problemas cardíacos y no se cuidaba lo suficiente. Pero estuvo rodeada de circunstancias extrañas. Las autoridades argentinas no permitieron que se realizara una autopsia. Se dispuso un traslado inusitadamente rápido a Brasil, donde había órdenes expresas de sepultarlo de inmediato. La autopsia fue nuevamente negada. Muchos en Brasil creen que la operación Cóndor estuvo detrás de esta coordinación. En el 2001 se creó una comisión parlamentaria para investigar el caso, en la que declaró entre otros, el propio Otero en calidad de amigo de Goulart.

OTROS TIEMPOS. El repaso de los acontecimientos permite encontrar preocupaciones comunes entre el trabalhismo y el PT, pero el cuño político de ambos es diferente. El populismo de Vargas tuvo una relación paternalista y rectora con los sindicatos, moldeados a su servicio, y pese a que el libro de Otero destaca las luces de su gobierno, las sombras autoritarias existieron, sobre todo en el Estado Novo. No puede decirse lo mismo de Goulart: se le acusó de querer violar la constitución, pero no fue él quien lo hizo y su mandato fue demasiado breve como para arriesgar otros juicios. Pero fue un gobierno populista, aun sin tener el componente autoritario. El PT, en cambio, sólo forzadamente puede ser calificado de tal.

Lo que sí comparten, y en eso pone más énfasis Otero, es el reto de lograr la justicia social en un país de extremos de riqueza y de pobreza, y el desafío de mantener la democracia en el intento. El presidente Goulart no lo pudo hacer, pero eran otros tiempos. Uno de los mayores méritos del libro es que inscribe la historia que relata en el marco más amplio de la Guerra Fría y traza un corte transversal del continente en las distintas etapas. Se convierte en un defecto, sin embargo, cuando el manejo de los distintos planos históricos y la acumulación de información tornan confuso el relato. Pero el libro cubre un terreno poco explorado en nuestra historiografía y es oportuno en estos días en que no parece sensato darle la espalda al pasado y al presente del gigante norteño. l

De Lula a jango, Joo Goulart, recuerdos de su exilio uruguayo, de Jorge Otero. Ediciones de la Plaza, 246 págs. Montevideo, 2003.

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