Virginia Martínez
LA VENGANZA que Hassan II dejó caer sobre la familia del más leal de sus servidores, apelativo con que distinguía al general Mohamed Oufkir, debería figurar en los anales de la crueldad. Cuando descubrió que el general lo había traicionado, el rey lo mandó matar. Hasta ahí nada diferencia esa de otras intrigas de palacio en Marruecos, un país con larga tradición de violencia y asesinatos políticos.
El terrible castigo se impuso tras la muerte de Oufkir. Las víctimas fueron la viuda y los seis hijos. Malika, la mayor, tenía 18 años, y Abdellatif, el menor no había cumplido tres. El monarca ordenó que desaparecieran de la sociedad. Estuvieron sepultados en vida quince años, cinco de los cuales pasaron en una fortaleza en el desierto donde nunca pudieron ver el sol. Abdellatif creció, los hermanos mayores se hicieron adultos y la madre envejeció tras las murallas de Hassan.
En cada aniversario del rey, los cautivos le enviaban una carta pidiéndole clemencia. Dejaron de hacerlo cuando un guardia les dijo: "Pierden el tiempo, háganse la idea de que serán enterrados, uno tras otro, en este patio". Sin embargo sobrevivieron, al hambre, las enfermedades, el miedo y la desesperanza.
Cuando ganaron la libertad, continuaron escribiendo, no al rey, sino sobre los años de cautiverio. En 1999 Malika publicó La prisionera; le siguió Fátima -la madre- con Los jardines del rey (2000). En 2003 Raouf, el mayor de los varones, dio a conocer Los invitados. Veinte años en las prisiones del rey y en 2008 Soukaina se sumó a la saga con La vida frente a mí. Una infancia en las prisiones de Hassan II.
Soldado de Francia. Mohamed Oufkir era un producto del colonialismo. Egresado de la escuela que formaba oficiales marroquíes para servir a Francia, combatió en la batalla de Monte Cassino, decisiva para el avance aliado hacia Roma, de donde salió con heridas en las manos, la cara y los ojos, que le obligaron a usar lentes oscuros para siempre. Condecorado por su coraje, se ganó el derecho a llevar la bandera tricolor al frente de las tropas que entraron en la capital italiana. Un mes más tarde, en un contraataque alemán, lo hirieron de gravedad en un brazo. Al fin de la guerra, el joven Oufkir había obtenido la Legión de Honor y el grado de teniente.
Nuevos combates lo esperaban en Vietnam, donde a la reputación de temerario agregó la de soldado de crueldad sin límites. Regresó a casa cargado de condecoraciones. Lo nombraron ayudante del general Duval, jefe de las tropas francesas en Marruecos, militar bien conocido por la matanza de argelinos cuando ocurrieron las primeras manifestaciones por la independencia, en mayo de 1945. Al fin de la masacre de Sétif los argelinos contaban 40.000 muertos. Muchos de ellos habían peleado con los franceses contra el nazismo.
Por esa época, Oufkir ya destacaba por lo que iba a ser su especialidad: los interrogatorios y el trabajo de Inteligencia. Creó una red de informantes e infiltrados en los círculos nacionalistas marroquíes para defender la única causa que tenía como suya: el mantenimiento del orden colonial.
Tras la independencia, se hizo inseparable del futuro rey Hassan II y cuando este subió al trono, lo nombró jefe de la policía política y luego ministro del Interior.
Protegida del rey. Fátima Chenaa era una de las jóvenes más atractivas de la élite marroquí y favorita del rey. Infaltable en las recepciones, brillaba por su encanto y desenfado. En una de esas fiestas conoció al coronel Oufkir con quien se casó meses después.
El primer matrimonio tuvo cinco hijos: Malika, Myriam, María, Soukaina y un varón llamado Raouf. Vivían en el barrio distinguido de Rabat en una villa de altísimos muros blancos decorada a la europea, con toques marroquíes. Una veintena de sirvientes atendían las necesidades de la casa, que no eran pocas, pues allí se recibía a lo más encumbrado del reino, se cerraban negocios y se decidía el destino de políticos y funcionarios.
Durante el día Oufkir servía al Estado, era padre y esposo ejemplar. De noche hacía vida de soltero en garitos y cabaretes. Para el coronel tener muchas mujeres era un derecho inherente a su condición de hombre poderoso, por eso no entendía los reproches y escándalos que le hacía Fátima.
La pareja se divorció pero tiempo después volvió a casarse y de la nueva unión nació el sexto hijo, Abdellatif, a quien todos llamaron el hijo de la reconciliación.
El cirujano. El 29 de octubre de 1965, Mehdi Ben Barka, líder de la independencia marroquí y del movimiento de países no alineados, fue secuestrado en París y desapareció para siempre.
Antiguo profesor de Hassan, opositor al régimen y odiado por Oufkir, Ben Barka se había exiliado tras un intento de asesinato en Casablanca del que se salvó por milagro. Estaba en París invitado por De Gaulle, con quien iba a entrevistarse al día siguiente en que lo secuestraron. Confiando que los hombres que entraron en el café donde discutía la realización de un documental sobre la descolonización eran enviados del presidente que venían a buscarlo porque el encuentro se había adelantado, Ben Barka cayó en la trampa de sus asesinos. Cuando se dio cuenta era tarde. En una casa de las afueras de la ciudad lo esperaba Oufkir.
Aunque el cuerpo nunca apareció se sabe que Ben Barka murió en la tortura. Fue una de las tantas víctimas del suplicio que llevaba la marca del coronel: el tallado de la garganta y el pecho del prisionero con incisiones cortas y punzantes hechas con estilete. Oufkir solía vanagloriarse de la eficacia del método y de su precisión de cirujano.
El cadáver de Ben Barka fue trasladado clandestinamente a Marruecos y disuelto en ácido en los fondos de un cuartel. En junio de 1967 la justicia francesa condenó a Oufkir a prisión perpetua, en ausencia, por el secuestro y desaparición del dirigente. El acusado siempre rechazó los cargos y cuando los periodistas le preguntaban sobre el asunto, indignado, ofrecía su palabra de "oficial francés" como prueba de inocencia y hasta lagrimeaba para convencer al interlocutor. El rey respondió al veredicto de los tribunales franceses ascendiendo a general a su servidor.
En la corte de Hassan. A los cinco años Malika Oufkir entró por primera vez al palacio real, donde su madre se contaba entre las privilegiadas que podía llegar sin avisar ni ser llamada. Al fin de la visita, el rey Mohamed V, padre de Hassan, le pidió que le dejara a la niña. Quería adoptarla para que hiciera compañía a su hija, la princesa Lalla Mina. Ese mismo día, Malika se despidió de los padres y la llevaron al palacio donde iba a vivir once años.
Creció junto a su hermana adoptiva al cuidado de una institutriz alemana, entre la casa real y residencias de verano de inmensos salones, parques y piscinas. Aprendió árabe, francés, inglés, alemán, los principios del Islam y a comportarse como una cortesana.
Fátima creyó que tras la muerte de Mohamed V la niña podría volver a casa pero el temor a que el pedido se interpretara como un desprecio a Hassan, la hizo desistir. "Llegué a ser una moneda de cambio: cuanto más ascendía mi padre en la política, más delicada era mi posición entre el rey y él", dice Malika en La prisionera.
Recién a los 15 años regresó con la familia. Casi no conocía a sus hermanos, y había tratado poco al padre. Por primera vez empezó a hacer la vida de una adolescente, ir al liceo, salir de noche. Y descubrió que Oufkir no solo era el hombre respetado en el palacio sino también el odiado en la calle.
Matanza en Skhirat. El 10 de julio de 1971 embajadores, políticos, militares y hombres de negocios llegaron a Skhirat, residencia de verano del rey, para la celebración de su cumpleaños. Sobre el mediodía -los invitados recién comenzaban a servirse el bufete- se oyeron detonaciones. Muchos creyeron que se trataba de fuegos artificiales. Casi enseguida un grupo de jóvenes oficiales asaltó el campo disparando metralletas y lanzando granadas. El jefe de los sublevados los arengaba: "Adelante, somos el ejército de la liberación".
Lo que sucedió en las tres horas siguientes convirtió a Skhirat en escenario de una carnicería. La gente corría en busca de refugio, unos caían bajo las ráfagas como si hubieran tropezado con una piedra y otros morían desangrados sobre el césped. No se salvaron ni las cocineras ni los mozos.
Creyendo muertos al rey y a Oufkir, los jefes de la sublevación golpista marcharon a Rabat, prontos a instalar un Consejo revo- lucionario. Entre tanto, en Skhirat, el rey retomaba el control. Cuando un cadete se disponía a dispararle, Hassan lo interpeló: "¿qué te sucede que no me besas la mano?". El joven quedó perplejo, soltó el arma, se arrodilló y se lanzó a llorar.
Hassan buscó a Oufkir entre los prisioneros: "De pie, general. Delego en usted todos mis poderes civiles y militares para que se haga cargo del asunto", le dijo, con la serenidad de quien sabe mandar.
El general fue nombrado ministro de Defensa. Sin embargo el rey ya no confiaba tanto en él. El ministro se vio obligado a solicitar audiencia cuando quería hablar con el monarca y se terminaron las reuniones privadas: ahora Hassan lo recibía rodeado de guardaespaldas. Al parecer, el más leal de los servidores se había cansado de sostener la monarquía a fuerza de terror y represión. En el primer consejo de ministros luego de Skhirat dijo: "Si no se cambia algo habrá otro intento de golpe de Estado".
El siguiente intento ocurrió exactamente un año después. El inspirador fue el general Mohamed Oufkir.
De leal a traidor. El 16 de agosto de 1972 Hassan y su comitiva volaban sobre Tetuán cuando seis bombarderos de la Fuerza Aérea marroquí aparecieron en el cielo. Habían despegado de Kenitra con el pretexto de escoltar al rey. Los F-5 abrieron fuego sobre el avión real. Con los reactores averiados, el Boeing cayó mil metros. El piloto logró estabilizar el aparato pero advirtió del peligro de explosión. "No creo que lleguemos a Rabat", anunció.
Con el aplomo y la astucia que había mostrado en Skhirat, Hassan ordenó que transmitieran por radio una falsa noticia: el piloto había muerto y el rey estaba herido de gravedad. El anuncio dispersó a los F-5, que desaparecieron en el horizonte.
El azar y la pericia del piloto hicieron que el Boeing lograra aterrizar. Desde la torre de control, Oufkir seguía la escena: "No puede ser, tiene que ser otro", gritaba.
Al día siguiente la prensa anunció que el ministro de Defensa se había suicidado. Hassan declaró que, abrumado por no haber podido garantizar la vida del rey, el más fiel entre los fieles se había quitado la vida. Pero otras versiones más ajustadas a la realidad, afirmaban con ironía que las cuatro heridas de bala del muerto - en el pecho, un riñón, el brazo derecho y la nuca- probaban que Oufkir había logrado el perfecto suicidio de un contorsionista.
Confinamiento y desaparición. El 23 de diciembre, día que terminaba el duelo familiar, camiones blindados estacionaron frente a la mansión de los Oufkir. Hicieron subir a Fátima, los hijos, una prima y una dama de compañía, y partieron sin que se supiera a dónde. Se autorizó a que los sirvientes cargaran con todo lo que había quedado en la casa. Después, la demolieron.
Nadie volvió a preguntar por ellos. Ni los amigos, ni los parientes, ni la prensa. Dejaron de existir.
El primer destino fue un cuartel en el desierto cerca de la frontera con Argelia. En enero de 1973 los trasladaron a la fortaleza de Tammattaght donde pasarían cuatro años. Malika organizó la vida familiar: daba clase a los hermanos más pequeños, les contaba historias de sus viajes, les leía libros, hacían gimnasia. Con el tiempo, el hambre, la promiscuidad en que vivían y la desesperanza los fueron venciendo.
A comienzos de 1978, tras un pedido de clemencia al rey, los llevaron a una granja en ruinas, alambrada y rodeada de puestos de vigilancia. Con excepción del pequeño Abdellatif a quien dejaron con la madre, los otros fueron encerrados en celdas individuales sin ventanas ni luz. Pasaron nueve años sin verse. Les sacaron los libros, el papel, los lápices. Aislados, hambrientos, andrajosos, vivían noche y día tirados en un colchón, dormitando con la mente en blanco.
Al cabo de diez años de cautiverio, se habían convertido en animales: "Todo parecía posible: asesinar a un hermano o a una hermana, matarse, hacer que la cárcel estallara por los aires con las estufas", dice Malika.
Hacia la libertad. Cuando cumplió la edad que tenía su madre en el momento que la encerraron, Malika decidió escaparse. Cómo lo lograron no está claro. Ella afirma que cavaron un túnel pero no da detalles de las herramientas que emplearon ni explica cómo hicieron para ocultar la tierra excavada. Quizá hayan contado con complicidad de afuera aunque parece difícil que hubieran podido tomar contacto con el exterior y, por otro lado, si alguien estuvo dispuesto a ayudarlos, los abandonó ni bien salieron de la granja.
La noche del 19 de abril de 1987 Malika, María, Raouf y Abdellatif, que había cumplido 18 años, se fugaron. Pasaron un par de noches errando por caminos desiertos hasta que un camionero los llevó a Casablanca. Parecían una familia de miserables campesinos: Raouf no tenía dientes, Abdellatif miraba pasar los autos como por primera vez, y Malika y María eran espectros.
Los poderosos amigos del pasado no quisieron recibirlos. Los echaron como apestados. Desesperados, intentaron refugiarse en la Embajada de Suecia. También los echaron. Finalmente, Malika logró comunicarse con Radio France Internationale: "Somos los hijos del general Oufkir, quince años de encierro, no cometimos ningún delito, ni siquiera teníamos edad…", balbuceó en el teléfono.
Cuando la policía los ubicó, la noticia ya había recorrido el mundo. Hassan declaró que su voluntad no había sido desterrarlos, sino protegerlos de la ira popular. Ignoraba las condiciones en que habían vivido y le avergonzaba la cobardía de quienes se habían negado a darles socorro. ¿Permitirles viajar a Francia? Imposible. La comunidad de inmigrantes marroquíes podría tomar represalias contra ellos.
Así iniciaron un nuevo periplo: el de la prisión domiciliaria. Los siguientes cuatro años vivieron en un lujoso apartamento de Rabat atendidos por emisarios del rey que les llevaban alimentos, libros, cosméticos, ropa de moda. Pero seguían presos. Soukaina le preguntó al abogado francés que se hizo cargo del caso si su suicidio podría contribuir a que el resto de la familia obtuviera la libertad. Finalmente, fue María quien logró poner fin a la pesadilla: el 25 de junio de 1996 huyó de Marruecos hacia Francia. Su fuga decidió al rey a permitirles emigrar.
Tiempo antes, en un gesto que intentaba reflejar buena voluntad, Hassan había aceptado recibir a una delegación de Amnistía Internacional. Durante la entrevista el rey no negó el asesinato de opositores políticos, ni los secuestros y las condenas sin término. Tampoco eludió el caso de "los niños Oufkir". Con la misma naturalidad que se había dirigido al joven sublevado de Skhirat, sentenció: "Todo jefe de Estado tiene su jardín secreto".
Fuentes:
Gilles Perrault, Notre ami le roi, Gallimard, 1990.
Malika Oufkir, La prisionera, Random House Mondadori, 2002.
Soukaina Oufkir, La vie devant moi, Calman-Lévy, 2008.