VICTORIA VERLICHACK (desde Buenos Aires)
TAL COMO anuncia Dawn Ades en la introducción al volumen, que recoge buena parte de su obra, Roberto Aizenberg "fue uno de los grandes artistas de la Argentina del siglo XX, formó parte de su historia; pero ése no debe ser su único reconocimiento. Su lugar está en la historia global del arte del siglo XX".
Desde su irrupción en la escena artística en 1954, Aizenberg deja una marca inolvidable. Pinta maravillosamente el silencio, revela la belleza de los colores, maneja como pocos el espacio, los volúmenes y la luz, capturando con las sombras otra realidad. Pasa los próximos cuarenta años confirmando que el lucimiento de su muestra inicial se funda en un talento inusual.
Cuando Jorge Romero Brest organiza, junto a Aldo Pellegrini, una consagratoria retrospectiva en el Instituto Torcuato Di Tella (1969), sostiene que Aizenberg trabaja "como si cumpliese una tarea de iluminado". Sus deslumbrantes composiciones, en donde coexisten lo sublime y lo siniestro, una precisión perturbadora y una atmósfera mística, parecen haberse asomado a la eternidad con la fuerza de los que aspiran a ella.
Hijo de inmigrantes judíos rusos, nacido en Entre Ríos en 1928, Aizenberg expone extensamente en Argentina y en el exterior, antes de su forzado exilio en Francia e Italia. En este último país, Italo Calvino presenta "Dibujos de Roberto Aizenberg" (1982) en Milán. Premiado, sus obras integran las colecciones del MNBA y del MamBA de Buenos Aires, el MoMA de Nueva York, el Blanton de Austin, entre otras.
En 1977 el artista debe abandonar Buenos Aires cuando está en su mejor momento artístico. Se exilia junto a su mujer Matilde Herrera, cuyos tres hijos veintiañeros -Valeria, José y Martín Beláustegui- han sido secuestrados y desaparecidos por los militares entre 1976 y 1977, junto a sus cónyuges.
La tragedia familiar fuerza a este dandy a un peregrinaje por la escena artística europea para lo que no está preparado. El artista es un "mimado" por la crítica y los galeristas, querido por sus colegas, y un reconocido participante del mundo cultural porteño. Con el retorno de la democracia en 1984, tras siete años de exilio y sacrificios regresa a Buenos Aires, donde viven sus dos nietos (otro permanece desaparecido).
Desgarrada, Matilde tiene su salud deteriorada y muere en 1990. Aizenberg se encierra y pinta "Homenajes a Matilde" que, como dice Silvia Bloise, son "en definitiva, un amargo himno a la vida: a la vida soñada e irrealizable. Los personajes gritan ante la experiencia de la angustia y del dolor; mejor dicho, describen figuras que se encuentran ante lo inevitable".
El artista muere en 1996 en Buenos Aires, dejando un trabajo tan minucioso como enigmático: óleos, dibujos, collages, esculturas, aguafuertes, serigrafías, monocopias, pero también cuadernos, estudios y bocetos. Una amplia literatura -textos propios, reportajes, críticas- da testimonio de su honestidad intelectual.
UNA LUZ MAGISTRAL. Entre la figuración y la abstracción, Aizenberg toma una y otra vez elementos identificables que representa en distintos modos, grados y momentos de intensidad. Inundados por una luz prodigiosa, la tierra y el cielo, las arquitecturas, radiografías, geometrías, figuras, y los arlequines, abanicos, paisajes, son inscriptos por el artista en una dimensión inesperada. Acariciados por una luz magistral, los sorprendentes espacios, las simples formas y los insondables personajes de sus obras insinúan climas cargados de dilemas existenciales, que siguen interpelando al observador por su irreductible apertura.
Llamado el "Spinoza de la pintura argentina" por el crítico Bengt Oldenburg, presumiblemente por su rechazo a cualquier sectarismo y por un racionalismo nutrido de principios cartesianos y leyendas judías fantásticas, Aizenberg es comparado por Marta Traba con Borges porque su trabajo, como el del escritor, "también es inesperado y exacto".
Lejos de las tendencias de moda y de la exaltación y/o neurosis identitaria argentina, Aizenberg elige transitar un camino propio, recoleto y audaz. Desde el comienzo de su tarea, de Juan Batlle Planas y del surrealismo incorpora el automatismo como método de indagación, ejecuta una geometría poética y se aventura a expresiones emparentadas con la metafísica del temprano De Chirico. Admira el tratamiento de la luz de Piero della Francesca y de la escuela flamenca, pero también mira a Duchamp y a los dadaístas, a Picasso y el cubismo, y se asombra con el precursor Xul Solar, a quien caracteriza como una "especie de mago que pintaba".
Inclasificable -con improntas metafísicas, desarrollos surrealistas, geometrías líricas-, el artista abre puertas y construye fuera del tiempo una obra notable también por lo circular. En sus pinturas suele reinar tanto una profunda espiritualidad como una abrumadora soledad. Los collages reflejan una inagotable curiosidad, mientras que en los dibujos -su amor primero- se filtra algo de su agudo sentido del humor, que en la intimidad puede convertirse en irónico y letal.
En su búsqueda de sentido existencial, con el correr del tiempo abandona lo que aparece como una aproximación a lo sobrenatural, en la creencia de que "el arte y la ciencia son esencialmente lo mismo puesto que coinciden en la búsqueda del conocimiento". Pero, contrariando las expresas opiniones o intenciones del artista, su sigilosa obra aparece situada en un terreno estético mágico antes que científico, y provoca en el espectador impresiones emotivas y sensaciones subjetivas, más que intelectuales.
El volumen Aizenberg discurre entre apuntes de sus días y el mapa de su derrotero artístico, investiga su trabajo y descubre los orígenes de algunas de sus imágenes, que junto a las anotaciones sobre el contexto histórico de la Argentina, contribuyen a trazar un perfil de este artista argentino imprescindible.