por Karen Parentelli
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Hay un territorio de disputa sobre quién decide qué está bien dicho y qué no. En su nuevo libro Lo político del lenguaje: travesía por el español y sus malestares (Verba Volant, 2024), el lingüista José del Valle propone una reflexión incómoda y necesaria sobre la relación entre lenguaje y poder. Con una prosa tan rigurosa como accesible, el autor —profesor en la City University of New York— desarma los mitos de la pureza lingüística, cuestiona la autoridad de las academias y plantea que hablar también es un acto político.
El libro trata sobre el insulto en el discurso público, o la manera en que los acentos, las palabras o los silencios reflejan desigualdades sociales. No se limita a la crítica institucional: invita a repensar cómo enseñamos y aprendemos el idioma, y a democratizar el debate sobre la lengua más allá de las aulas y los diccionarios.
—Cuando hay cambios sociales en el lenguaje, como el uso del “todes”, suele haber resistencia y parece que las instituciones se colocan como árbitros.
—En todo país moderno existe al menos una variedad estándar de la lengua, porque la ley está escrita en esa variedad y el sistema educativo funciona a través de ella. Por eso es normal que aparezcan instituciones normativas. En el ámbito hispanohablante son las academias, en otros países pueden ser individuos u organizaciones ajenas al gobierno que adquieren legitimidad. No critico a la Real Academia Española ni a las academias americanas por hacer aquello para lo que fueron creadas: proponer una norma de uso correcto. Lo que sí creo es que existen formas más abiertas y democráticas de gestionar esa norma, y otras más autoritarias y rígidas. En las últimas dos décadas, las Academias de la Lengua Española han evolucionado positivamente: desde la Real Academia Española (RAE) se afirma el valor de las distintas variedades del español, incluso se insiste en que España es apenas una provincia de la lengua. Eso es más democrático. Ahora bien,he observado que aunque se representan como instituciones igualitarias, no lo son.
—¿Por qué?
—Primero, por el tipo de personas que integran las academias en cada país. Segundo, por los recursos disponibles: no es lo mismo la Real Academia Española que la Academia Nacional de Letras del Uruguay. Existen diferenciales de poder vinculados a los recursos y a los grupos sociales representados en ellas. Mi crítica busca visibilizar estas contradicciones: se presentan como democráticas, pero en la práctica no lo son.
—En redes sociales la RAE logró instalarse con una imagen positiva, pero en la práctica parece seguir funcionando como siempre.
—Hay dos dimensiones. Una es la democratización real del sistema de academias, que implicaría recursos equivalentes y participación igualitaria, lo cual no ocurre. La RAE dispone de recursos que ninguna academia americana tiene, y las redes de interacción giran en torno a ella como polo central. La otra dimensión es preguntarse qué condiciones históricas permitieron que la RAE pasara de su lema “limpia, fija y da esplendor” a hablar de “unidad en la diversidad”. Creo que, a partir de los años 80, la RAE se convirtió en un frente de la diplomacia lingüística española, colaborando con el Ministerio de Asuntos Exteriores y promoviendo la idea de una unidad lingüístico-cultural con América. Quien financia estos proyectos son grandes corporaciones, en su mayoría españolas o europeas. Hay que preguntarse en qué medida sus acciones responden a los intereses de esas empresas.
—En tu último libro planteás la necesidad de democratizar la discusión sobre el lenguaje, que no quede solo en lo universitario. ¿Cómo puede la gente pensar críticamente el lenguaje?
—En primer lugar los lingüistas debemos proyectarnos más allá de la universidad y comunicar nuestras investigaciones para que la sociedad pueda acceder a ellas. Hasta ahora lo hemos hecho muy mal: no hemos sabido dialogar con otros actores culturales, políticos, educativos o activistas. En segundo lugar, las instituciones políticas deben abrir espacios para que circule ese conocimiento. El ámbito educativo es central: debemos repensar la educación lingüística.
—En Uruguay antes estaba prohibido hablar portuñol en las escuelas de frontera. Hoy en teoría se permite, pero depende mucho de la maestra: algunas lo integran y otras insisten en que “acá se habla español correcto”.
—Lo crucial es repensar cómo formamos a los docentes. Qué tipo de enseñanza reciben los futuros profesores de lengua. Deben estar preparados para reconocer las condiciones lingüísticas específicas de cada lugar y, a partir de ahí, implementar una educación que democratice el acceso al idioma. La educación lingüística actual se centra casi exclusivamente en la gramática. No está mal, pero hay muchas otras dimensiones igual de importantes.
—¿Por ejemplo?
—Los turnos de habla. La sociolingüística ha estudiado cómo se reparten en una conversación y cómo eso impacta en la distribución del poder entre clases sociales, entre hombres y mujeres, entre jefes y subordinados. Enseñar a los chicos qué son los turnos de habla sería una herramienta valiosísima para analizar sus propias interacciones. Otra dimensión clave es cómo ciertas formas de hablar se asocia a estereotipos sociales: hablar de determinada manera puede asociarse a ser ignorante, pobre o gay. Esas asociaciones no son naturales, son construidas socialmente.
—También está lo performático: cómo adaptamos nuestro modo de hablar según el contexto. Un chico no le habla igual a la maestra que a su madre. ¿No debería la escuela enseñar a manejar esos registros?
—Exacto. Hay que recuperar la importancia de la retórica con los conocimientos que hoy tenemos sobre discurso e interacción. No se trata solo de enseñar formas correctas e incorrectas, sino de mostrar cómo distintos contextos demandan formas distintas de hablar. Que entiendan que esas relaciones con estereotipos no son naturales. Deben conocerlas para poder decidir cómo usarlas.