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por José Arenas
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Desde que Manuel Soriano (Buenos Aires, 1977) llegó a Montevideo en el 2005, sus intereses están puestos en el Uruguay, en su música, en su paisaje urbano, en sus escritores. De hecho, desde que empezó la pandemia en 2020 comenzó a escribir, casi a tiempo completo, una serie de textos periodísticos y crónicas que tienen al país como centralidad. Su prosa tiene la lupa puesta en cómo se maneja un lugar que, desde afuera, puede parecer paradisíaco y, sin embargo, una vez que uno está inmerso en él, le quita el antifaz a sus diferentes caras, incluso las más agresivas y difíciles.
Esta ciudad se vuelve la escenografía elegida para el trazo de una obra en la que el autor analiza, desde hace tiempo, espacios cercanos y multitudinarios como la Plaza Seregni, o situaciones extrañamente conocidas como el relato del primer espectáculo al que asiste una vez que llega a Uruguay —que escribirá después, en la pospandemia—, incluso va detrás de un mapeo periodístico que dibuja diferentes siluetas del suicidio como fenómeno uruguayo.
—Esa crónica cuento trata de lo primero que fui a ver cuando llegué acá, fue un recital de Eduardo Darnauchans en la Sala Zitarrosa, y que él estaba hecho mierda. Para colmo era junio, ahí en particular está esa cosa de “qué pasa acá en Uruguay”. Porque cuando estás en Argentina te dicen que es el Paraíso, que vivís con las puertas abiertas, y sobre todo, eso viene de cierto tipo de argentino para el que elogiar a Uruguay es una forma de criticar al peronismo. Entonces, lo que tuve a favor, es que, al estar hacía tantos años acá, me permití hablar con una pata adentro. No soy un argentino que llega y que va a hablar de Uruguay, son crónicas que no podría haber escrito a los dos años de haber llegado, cuando las escribí sentía que tenía cierto derecho adquirido a hacerlas.
A pesar de estar viviendo hace tantos años en Uruguay sus novelas, su modo de hablar, la idiosincrasia de su escritura y la forma clara en que puede mirar ambas orillas desde cierta distancia son tan argentinas como él y como el jogging azul y amarillo con el escudo de Boca Juniors con el que abre la puerta del edificio donde vive.
Estereotipo del rugbier. Acaban de editarse dos libros suyos, Las cosas que veo y Rugby. El primero es una serie de crónicas escritas durante el encierro del 2020 y 2021, y el segundo es la reedición de una novela editada originalmente en 2010 por Alfaguara.
El 18 de enero del 2020 se conoció la noticia de que un grupo de once rugbiers había matado a golpes a un joven en el balneario argentino de Villa Gesell. Luego intentaron inculpar a alguien ajeno al hecho, pero fácilmente fueron detectados, detenidos y hace poco condenados. Esta hipérbole de la violencia fue, además, la explosión mediática de otros episodios similares protagonizados por varones que practicaban el mismo deporte y socialmente se pensó que allí había un patrón de clase, de educación patriarcal, de uso del cuerpo como un arma.
La novela de Soriano traza una imagen estereotípica del “mundo rugbier”, mientras el texto mezcla, al mismo tiempo, el odio hacia “los negros” con la idea del “pertenecer” a un grupo de elite. En el momento en que se conoció la noticia del joven asesinado en Villa Gesell algunas notas en diversos medios argentinos se acordaron de Rugby y catalogaron a la obra como “anticipatoria”.
—Yo no creo que haya sido anticipatoria en ese sentido, por ahí lo que pasó esa vez es que fue demasiado alevosa, fueron como diez pibes contra uno y con una saña demasiado fuera de lo habitual. Pero casos como ese, no sé ahora, pero yo te diría que en su momento pasaba uno por fin de semana, seguro. O sea, que se agarraran a las piñas en un boliche, y muchas veces en grupos desparejos. Lo que tiene de particular el rugby —no es una tesis sociológica la novela— es que los rugbiers suelen salir en grupos muy grandes de gente, no sé, de a veinte, entonces eso, más estar en pedo, mas, sí, esa cultura del cuerpo que se emparenta bastante a lo militar en el sentido de que si tocan a uno tienen que pelearse todos, porque, incluso, si no te peleás está mal visto, hace que sea muy fácil que detone esa bomba. Sumale que son gente preparada físicamente, acostumbrada a los golpes, se da como un combo medio explosivo. Además tiene el componente de clase marcado. Entonces cuando pasó eso, sí, me acuerdo que me llamaban de todos lados y me tuve que resguardar porque yo no soy un opinólogo ni quería salir a decir “yo lo dije en mi novela”, esas cosas me parecen horribles.
Una vez que se volvió a detectar el potencial comercial de la novela, la maquinaria del texto se activó en el plano comercial. Volvieron a llamar las editoriales, y un proyecto de película que había quedado trunco volvió a andar. Pero no solo se resignificó la novela por la esencia de los deportistas ejerciendo violencia sino por el nudo de la trama en sí que incluye un episodio de violencia de género atravesado por muchos factores, entre ellos, el protagonista se pregunta quién es, qué privilegios tiene. Puede decirse que es lentamente empujado a un lugar al que, en definitiva, no le molesta habitar.
—Me interesaba que el narrador de la novela tuviera su viaje interno de todo lo que le genera descubrir quién es y demás, y que eso también lo hiciera tener un pie adentro y un pie afuera. Porque él por sus compañeros no se siente discriminado ni nada, se siente uno más, pero él se empieza a preguntar ciertas cosas, entre ellas qué es “un negro” y decirse “¿soy un negro yo o no?”, entonces ve que no, que los negros son los otros, pero a su vez se cuestiona “si yo no hubiera nacido donde nací y a mí me hubieran cambiado de cuna y estuviera en otro lugar, ¿cómo me verían mis compañeros?” Vos por ahí podrías escribir una novela igual a esta desde el punto de vista de uno de los rugbiers agresores y ver que, en una de esas, es un pibe que tiene sus inquietudes, y que todo lo que es pertenecer a su grupo lo fue llevando a estar allí y en realidad en ese momento permaneció inactivo, como están la mayoría de los personajes de la novela, tranquilo en su posición de observador. A mí lo que me gustaba era que quien contaba no bajara una línea tan clara, sino que fuera alguien que lo hiciera desde adentro y sí con cierta distancia como para ver todo. Al mismo tiempo está esa cosa del grupo, cuando están en grupo es cuando los rugbiers más se asemejan al estereotipo.
En las ficciones de Manuel Soriano aparecen, ya, algunos ejercicios de crónica traficada. Rugby es una especie de documental en formato ficción de algunos aspectos del deporte que, luego, la realidad viene a dar por ciertos. Algo similar sucede con su novela ¿Qué se sabe de Patricia Lukastic?, que obtuvo el Premio Clarín en 2015 y que narra el periplo atormentado de una tenista y la relación compleja que tiene con el deporte y su padre/manager, con la finalidad de convertirse en alguien que llega a la elite del tenis. Para la escritura y la creación del personaje y sus conflictos internos, además de la ruidosa vida que debe adoptar alguien que lleva una rutina de prácticas diarias de ocho o diez horas desde la niñez, el autor hizo entrevistas, indagó en casos reales, se sirvió de “la historia” a la manera de un investigador. En este personaje ficticio fueron contrabandeados testimonios que escapaban al imaginario del escritor como ácrata creativo. De hecho, similar a lo que sucedió con la novela de los rugbiers y su supuesto carácter predictivo, no faltaron algunas reseñas que leyeron la novela como una biografía. Cuando empezó a escribir los textos que forman parte de Las cosas que veo, la esgrima de la crónica no le era del todo ajena.
—Sí, hay elementos de crónica en las obras anteriores, incluso en la novela de la tenista yo tomo partes de noticias del momento para meterlas en la novela y manejar el tono. Pero en realidad nunca había escrito crónicas puras. Escribí un libro sobre los cantitos de las hinchadas de fútbol (¡Canten, putos!, editado por Gourmet Musical en 2020), que eso sí son crónicas por más que son medio raras, porque algunas hasta buscan el origen de dónde vienen esos cantitos. Estas también son crónicas experimentales. Me gustaba la parte en la que me podía ir por las ramas y disociar las cosas que tenía en la cabeza en ese momento y sí me divirtió mucho hacerlas en el sentido de que no encontraba ninguna limitación a priori. Yo tenía el prejuicio a la crónica de decir “ah no, yo me tengo que ceñir a la cosa más real”. Uno piensa que la ficción te da más libertad y la crónica te restringe más y eso no es tan así, y me pasó en los últimos cuatro años; escribí estos dos libros, casi no escribí ficción, pero sí encontré en este tipo de textos híbridos un lugar donde podía experimentar.
—¿Descubriste algo nuevo con las crónicas “puras y duras”?
—Cuando las puse todas juntas y las vi como libro me di cuenta que, por ejemplo, en la que iba a ver un espectáculo y escribía sobre eso, el espectáculo terminaba siendo más la excusa que el fondo del texto. Por ahí en el momento en que las escribí no lo pensaba tan así, decía “voy a ver una obra de Gabriel Calderón y voy a escribir sobre eso” pero a la vez estaba escribiendo sobre la primera o segunda vez que volvías al teatro después de la pandemia. Todas esas nuevas construcciones sociales que se estaban dando como público de un espectáculo me llamaban la atención y ahí me di cuenta de que había algo para seguir escribiendo. Después iba mechando esa crónica con otras cosas que me pedían, como la del suicidio en Uruguay, que esa sí, por ahí, es más periodística, más concisa. Por más que intenté darle un tono en el que yo me involucraba en primera persona, sí está hecha con más cuidado por el tema y porque era para una revista de afuera, entonces tuve que explicar un poquito más las cosas.
Muchos de los textos de Las cosas que veo tienen como excusa a la música uruguaya, Fernando Cabrera, Eduardo Darnauchans, Buenos Muchachos. El tema en la literatura de Soriano se vuelve una excusa para hablar. Así como en Ricardo Piglia la figura del lector es un pretexto para indagar en las inquietudes del autor de Los diarios de Emilio Renzi, en Manuel Soriano las bandas y los solistas uruguayos son un disparador de diferentes esquirlas que quizá dejen el tema a un lado para volver luego, al final, de forma insospechada. Por otra parte, se confiesa como un argentino evangelizador: a todos sus compatriotas recién llegados les hace oír una buena dosis de Uruguay en pentagrama.
—Me gusta mucho la música uruguaya, básicamente, y al tener contacto con muchos argentinos, además de que mi pareja es argentina, te ponés en ese rol de “mostrador de”, que te da cierto orgullo medio pelotudo, porque yo no tengo ningún mérito en que Fernando Cabrera pueda tocar “Viveza” con una cajita de fósforos. Sí me parece que es increíble la cantidad y la calidad de músicos que hay per cápita. Por ahí no lo sentís tanto en otras áreas del arte, pero en la música sí, hay una cosa que no sé bien por qué es pero hay una calidad inmensa. Incluso en la nota que escribí sobre Buenos Muchachos, yo siempre los jodía a mis amigos argentinos diciéndoles que no hay bandas argentinas del siglo XXI de rock que estén buenas, digo, me pongo a ver las últimas que me gustan y son de los 90, me cuesta encontrar bandas argentinas con las que diga “pah, me vuela la cabeza”, pero sí me parece que acá hay un movimiento musical que es increíble.
Cómo leerlo. El libro Las cosas que veo es una buena forma de entrar en la literatura de Manuel Soriano, no solo por la calidad de sus crónicas, sino porque también reside allí parte del tono de su ficción. Directo, a punto, nunca seco. No escasean nunca los límites entre el pacto con el lector, la realidad se empecina en desbordar su aguzada lapicera. Pero su blasón es el de lo ficcional, aún en el poder “híbrido” de sus textos de corte periodístico. Heredero, quizá, de una tradición bien argentina presente en nombres como Enrique Raab, María Moreno, Alejandro Modarelli, incluso en el uruguayo Last Reason (seudónimo del escritor Máximo Sáenz), es capaz de dar un salto que une a Ignacio Copani con las mejores canciones de Fernando Cabrera y cómo se vive un tiempo de indigentes, de políticas agrias, de hostilidades o de candideces auscultando la ciudad en la que, como escribió el poeta José Asunción Silva, el pobre Juan de Dios, tras de los éxtasis del amor de Aniceta, fue infeliz.
LAS COSAS QUE VEO, de Manuel Soriano. Criatura Editora, 2022. Montevideo, 150 págs.
RUGBY, de Manuel Soriano. Estuario, 2022. Montevideo, 156 págs.
NOTA: Manuel Soriano (Buenos Aires, 1977) escribió cuentos (Variaciones de Koch, 2012 y Nueve formas de caer, 2018), novelas (Rugby, 2010, Fundido a blanco, 2013, ¿Qué se sabe de Patricia Lukastic?, 2015), y crónicas (¡Canten, putos!: Historia incompleta de los cantitos de cancha, 2020 y Las cosas que veo, 2022).