FELIPE POLLERI
EL CULTO a Borges, como todos los cultos, me deprime y enfurece desde hace años, demasiados años. Todas las semanas se publica un "nuevo" libro sobre Borges, tan inútil como los anteriores. ¡Basta, por Borges! Y quede claro que esta no es una diatriba contra Borges, un escritor de primera, sino contra la frivolidad y el atorrantismo descarado de críticos y lectores por igual. Borges, trágicamente, se convirtió en el "de más" de la Alta Cultura, y esta es una tragedia que crece vertiginosamente como el calentamiento climático o la estupidez.
Borges es un traje de Armani. Borges es un Ferrari. Quienes "usan" Borges se sienten exquisitos, VIP, finísimos. Yo prefiero leer, o "usar", a un terraja como Arlt, por ejemplo, que a mi juicio es un genio absoluto, aunque no "use" y esté "de menos" como el escarbadientes o el calzoncillo largo. Es que la moda la siguen dictando Europa o Estados Unidos; son ellos los que hacen el "Quién es quién" de la cultura del Tercer Mundo. Y Borges, tan caballero, tan "europeo", tan "universal", tan fino e inteligente, tan culto, tan erudito (no lo era), es el logo supremo, la marca top del consumista exquisito. Hay que ponérselo encima, sea como sea. En cualquier conversación, en cualquier libro, en cualquier diario o suplemento cultural, el gentleman Borges nos hará quedar como Aristócratas del Espíritu. Borges, en la lista del consumista exquisito, ese patán que compra los vinos más caros y exóticos (aunque no note la diferencia con el vino lija), Borges, decía, para ese patán que es el consumista exquisito, profundamente inculto o insondablemente ordinario, para el burgués actual, para el pequeño burgués con pretensiones de llegar a más, Borges, decía, es la coartada perfecta: cometamos todos los crímenes contra la cultura habidos y por haber, porque Borges nos absuelve en esa misa negra que practicamos todos los días o una vez a la semana en la conversación, el libro, el diario, la ocasión de turno. Borges es la hostia de los asesinos de la cultura. Es la hostia negra, profanada, emasculada, que paladea y mastica "la sociedad del espectáculo", esta sociedad enferma, podrida y en vías de extinción.
Pero, en fin, siempre hay que tener paciencia: ahora Sándor Márai (y no porque la manga de atorrantes haya movido un dedo o gastado una neurona), tan fino y tan admirable como Borges, amenaza con derrocarlo y devolverlo a esa poquita y despreciable cosa que siempre fue: un gran escritor. No hay nada que el consumista exquisito desprecie más, excepto a los pobres.