Divino tesoro

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LA PRIMERA particularidad de esta novela que Irène Némirovsky publicó en 1936 es que su protagonista es uruguaya. Gladys Eysenach nace en La Paloma, hija de un armador montevideano y una esposa francesa que pronto lo abandona y se lleva a su hija a viajar por el mundo. Al comienzo de la novela Gladys es una sexagenaria que comparece ante un Tribunal de Justicia acusada de asesinar a su supuesto amante de veinte años, con todas las de perder, incluyendo su propia declaración de culpabilidad. El personaje está presentado con una integridad dolida y un misterio cerrado que provocan compasión y curiosidad en el lector. La descripción del proceso, los interrogatorios a los testigos y los cuchicheos del público están narrados con la solvencia de cualquier buena novela de "tribunales". Y el veredicto viene demasiado fácil y expeditivo. Por supuesto, Jezabel es otra cosa, y esa otra cosa -inquietante y desarmante en su propia sencillez- es lo que cuenta en un flashback vertiginoso el resto de la novela.

Irène Némirovsky (1903- 1942), que logró publicar numerosas obras y tuvo incluso un minuto de fama antes de morir en el campo de exterminio de Auschwitz, hubiera sido quizá olvidada internacionalmente sin el empeño (si bien algo tardío) de sus hijas Denise y Élizabeth, que ordenaron y publicaron sus manuscritos, en particular los fragmentos de lo que sería la novela Suite Francesa. El resultado, imprevisto, fue el recibimiento del Premio Renaudot en 2004, primera vez que se daba póstumamente. Desde entonces, su obra no ha dejado de ser traducida y editada, confirmándola como una voz poderosa, directa, con algo para decir y contundencia expresiva, dentro de los carriles de un clasicismo decimonónico, eso sí.

Jezabel se inscribe en el corpus de novelas de Némirovsky donde hace catarsis de la deplorable relación con su madre dándole a la figura materna un peso negativo formidable (El baile, 1930; El vino de la soledad, 1935), sólo que es, si se quiere, mucho más amarga, sin el componente de humor o de pequeña esperanza que había en las anteriores. El retrato de su protagonista -que toma de la Jezabel bíblica el arte de la seducción perversa- es el de una mujer bella y rica, frecuentadora de bailes y salones en la Francia de comienzos del siglo XX, sólo preocupada por detener el paso del tiempo y seguir siendo objeto de deseo masculino y envidia femenina. El "divino tesoro" rubendariano podría ser su lema. En esa apuesta fáustica por la juventud eterna el personaje arrastra a sus amantes, a su desgraciada hija y a su nieto, en una espiral de tragedia patética que al final la alcanza.

Como en otras obras de Némirovsky, la sombra de Emma Bovary se cierne sobre sus protagónicos femeninos, ansiosos de carpe diem, de tener amantes, de escapar de la convencionalidad y rutina de una vida burguesa tradicional al costo que sea. En ese sentido, su narrativa seduce -más allá de la corrección formal para lo que es en el fondo un previsible melodrama- por la carga de adrenalina y carnalidad con que fabrica a cada uno de sus personajes, logrando vendernos como complejo lo que podría quedarse en estereotipo. En Jezabel está el añadido de un ritmo vertiginoso que no siempre logró, y el acierto de no dejar títere con cabeza: Gladys Eysenach -manipuladora, mentirosa, criminal y en definitiva, enferma- es un monstruo, sí, pero se mueve en una sociedad de monstruos donde los valores que ella defiende a muerte -juventud, belleza, poder- son secretamente deseados por todos.

JEZABEL, de Irène Némirovsky. Salamandra, 2012. Barcelona, 190 págs. Distribuye Gussi.

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