por Mercedes Estramil
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Lo mejor, quizá, de una novela bélica (es decir, antibélica) es que en una parte de su contenido resulte predecible, fiel a las mínimas fórmulas del género, y en otra sea completamente impredecible y sorprenda al punto de que su cargamento de violencia, muerte, asco, sinsentido, héroes y traidores, parezca novedoso. López, López, la primera y reciente novela del argentino Tomás Downey, tiene todo eso. Hasta ahora, Downey había publicado tres libros de relatos (Acá el tiempo es otra cosa, 2015; El lugar donde mueren los pájaros, 2017; Flores que se abren de noche, 2021) que tanteaban con rigor narrativo territorios mixtos de realismo, ciencia ficción, terror, etc. Un relato específico de El lugar donde mueren los pájaros anticipa o anuncia la atmósfera de López, López. En “Los hombres van a la guerra” hay dos bandos en pugna, nacionalistas e independientes, y en medio, una viuda devastada luego de que a su compañero, el coronel Manuel Leighton, le explotó una granada en la mano. La mujer lee poesía, recuerda, elige la soledad, evita ver a su suegra para no reforzar el dolor; hasta ahí, un relato emocional. Pero de pronto acontece una suerte de “día de la marmota” y una vez y otra y otra, dos tenientes (siempre distintos) vienen a comunicarle la noticia de que su esposo murió, y lo único que le dejan de él es su cuchillo. Psicologizándolo o no, el detalle de la repetición instala variadas interpretaciones, no solo la del trauma. Posiciona el relato fuera de lo que entendemos por realidad, y a la guerra en un artilugio de relojería de déjà vu permanente. Algo por el estilo pasa en López, López.
Dos ejércitos. El punto de partida anecdótico de la novela es una sustitución. En medio de una guerra entre dos ejércitos (el negro y el naranja: Downey escenifica una época y lugar indeterminados, combatientes ficticios y un apellido corriente) el soldado López, del Ejército Negro, está a punto de ser fusilado. En una escena desopilante las armas que lo van a liquidar no funcionan, coincide una batalla y López escapa, encuentra a un soldado enemigo muerto, con un apellido bordado en la chaqueta: López. Lo suplanta y se une al Ejército Naranja. Aquí los deus ex machina no importan, están al servicio no tanto de la anécdota como del mecanismo del relato. Y las asociaciones que saltan no lo entorpecen tampoco. Por citar tres evidentes (además de las que cita el propio Downey en los epígrafes): “El otro Miller” de Tobias Wolff, donde un soldado asume la identidad de otro en un juego que hace de la mentira verdad; “El incidente del Puente del Búho” de Ambrose Bierce, en el que el instante de la muerte de un condenado se prolonga en una imaginaria recreación de la huida; o, en otro registro de duplicación, “El Sur”, de Borges, que juega con la misma idea pero con un final ambiguo.
Las tres partes en que se divide López, López están narradas en una tercera persona que sigue el punto de vista del personaje principal, aunque cada una de ellas comienza de modo epistolar, transcribiendo una carta del protagonista a su mujer, María. Son tres cartas diferentes pero conservan como denominador común la descripción de cómo es el fusilamiento militar, su procedimiento. Esa repetición, o reflejo, se mantiene en otros detalles. Por ejemplo, en las iniciales de los cinco compañeros de armas de López en el Ejército Naranja (y en sus destinos). Primero son Brochard, Williams, Petraglia, Antunes y Schmidt; luego serán Blanchard, Wilson, Petruccelli, Azevedo y Schneider. Por ejemplo, en la ligera y perturbadora similitud entre sus dos mujeres (la María del López “negro” y la Maira del López “naranja”); o en los perversos modos de relatar la muerte de su madre; o en la presencia de un lince real o en la evocación de su nombre; o —a modo de crítica transversal— en las distintas portadas periodísticas para narrar un solo hecho. No importa en qué detalle se haga foco, la novela es un alucinante juego de espejos que devela la nada de la vida misma, la insignificancia de la identidad, y la inevitabilidad del destino marcado.
Un hombre, dos hombres, ningún hombre. En un relato del surcoreano Kim Min-Gyu, incluido en el libro Aspirina y titulado “¿A usted también lo creó el creador de la oveja?”, dos hombres custodian y defienden una fortaleza. No saben por qué ni de quién ni para qué. Sus ocupaciones tienen que ver con lo fisiológico y la conservación: comer, defecar, dormir y coger. Sin llegar al extremo de absurdidad de Kim Min-Gyu, que explícitamente intertextualiza con el teatro del absurdo de Samuel Beckett (en “Esperando a Godot”), también en Downey alienta esa fibra. Sus personajes experimentan de mil maneras la trampa de tener que elegir, y la desazón de seguir cualquier rebaño esperando algo que no llega. Incluso, también López tiene sexo con algún par del ejército, en una dinámica que acepta sin cuestionar ni comprender, como parte del puzle de supervivencia.
Si la riqueza de un texto depende en buena medida de las líneas de interpretación que tire, López, López tiene ganancia asegurada. Pero también la tiene en el nivel de entretenimiento, que mantiene constante. No hay aburrimiento aquí, ni tiempos muertos. Lo que hay es sorpresa permanente, ritmo acelerado, tensión y golpes de efecto bien planteados. Y cuando amaga alguna pequeña dosis de sensiblería o triunfalismo (lo que darían por comer pan o una naranja; las amorosas cartas de despedida; o el episodio de la condecoración), enseguida se contrapesa o se torna irónica. Pesan más las escenas cruentas y sin anestesia y algún pasaje simbólico, a través de los cuales López se va dibujando y desdibujando a la vez, hasta ser nadie. Dos de esos momentos son de excepción: la muerte del cervatillo; y los trajes pintados que cuentan las historias de los ejércitos negro y naranja, como si fueran “álefs” capaces de contener la memoria del mundo, destinada a remendarse, traicionarse o perderse.
LÓPEZ, LÓPEZ, de Tomás Downey. Fiordo, 2025. Buenos Aires, 178 págs.