Dilemas de la pornografía

Mónica Stillo

LOS INTENTOS de reglamentar la pornografía, se enfrentan a la complejidad y amplitud de su producción y consumo, local y global. Literatura, cine, video y ahora también Internet, cada nuevo medio trae consigo la constante posibilidad de transformarse en un instrumento de lo obsceno. Sin embargo, dichas políticas no suelen considerar los placeres que estas imágenes conciben y despiertan, las cuales lejos de desaparecer, se diversifican.

LO NEGADO GUSTA. El libro Las musas inquietantes de Cristina Peri Rossi comienza con un epígrafe de Jacques Lacan: "la mirada es la erección del ojo". Ante la pornografía, el ojo recorre la pantalla en busca de una pasión exhibida y despertada, el cuerpo se excita, se complace, se anima a través de la inercia de la mirada. El ojo se detiene, con la cámara, en movimientos, gestos y detalles. Placer prohibido y periférico, la pornografía se ubica en el territorio de lo obsceno porque estimula lo negado.

En la actualidad, la pornografía se persigue o se acorrala. Cuando es infantil, se torna obsesión compulsiva y secreta de coleccionista, perversión de pederasta que por tan viciada no admite contemplación o estudio. Cuando se trata de un placer desviado pero consentido, de adultos para adultos, se instala en la intimidad de la alcoba, la privacidad de la computadora o la marginalidad de cines oscuros y recluidos. Su consumo se torna vergonzoso y vergonzante (estigmatiza).

Tal vez porque empieza donde se detienen la tele y la publicidad, lo porno señala una frontera que se proclama: bolsas negras, triple X, etiquetas preventivas. Cada rótulo, cada marca me dice que allí empieza algo distinto, que me interno en un mundo vedado y sombrío, que me salgo de un discurso para entrar en un susurro, en un silencio.

Etimológicamente lo obsceno es aquello que se ubica fuera de la escena, a un lado del escenario, en las sombras. Situado más allá de la visibilidad pública (luz pública), supone una zona de desorden e irregularidad, un margen ambivalente entre lo íntimo y lo colectivo. Provincia maldita, la llama Roman Gubern, lo porno está destinado al destierro cultural.

VENCER LO INVISIBLE. La historia de la pornografía moderna comienza en el siglo XIX. El término es utilizado en Francia en 1806 dedicado a aquellos textos que contravenían las buenas costumbres. Sin embargo, el daño potencial de esta manifestación se revela con la fotografía y la mayor amenaza será planteada por los medios de circulación masiva. El nacimiento del cine, inseparable del desarrollo de la cultura de masas, la ubica en el grado de industria.

Esta condición de nacimiento hace del género un discurso eminentemente visual, no importa la psicología de los personajes o sus motivaciones, sino tan sólo la colisión de cuerpos en el espacio. Como lo entiende Cairo, Ciccone y García en su estudio sobre televisión y erotismo, el cine pornográfico propicia una vuelta a la simplicidad de los pioneros, especialmente los hermanos Lumière: lo que veo es lo que hay.

En los años 60 se produce una renovación de la industria ya que el negocio de los "nudies" (desnudos expuestos) no ofrecía posibilidades de evolución. Paulatinamente se diversifica la oferta hacia una mayor explicación de los contactos físicos o buscando las maneras más extravagantes y bizarras del encuentro sexual. Primero aparece el soft core (contenido suave) que incluye los elementos clásicos: masturbación femenina, relación heterosexual completa, bisexualismo, violaciones y orgías. Una década después se inicia en Dinamarca la producción del hard core (contenido duro) que puede entenderse casi como un movimiento dentro de la pornografía.

El porno duro toma distancia de las estrategias esquivas del soft core. La cámara se obsesiona con los acercamientos, en un despliegue de iluminación y posturas que aseguran un máximo de visibilidad. Para Linda Williams la pornografía dura puede entenderse como la historia de las estrategias visuales para vencer la invisibilidad anatómica del orgasmo femenino. Una búsqueda sin fin por revelar lo invisible.

Se cruzan dos cualidades: tanto en su contenido como en su consumo "lo porno" se mueve entre lo visible y lo invisible. La cuestión se define, entonces, en una variedad de circunstancias. La pornografía se trata de una representación visual (una estética), una manera de ser vista y una manera de responder ante su presencia. Vincula la manifestación, la instancia de quién mira y el contexto de su mirar. En este sentido es exhibición y práctica, allí radica su carácter de propaganda: el texto llama a la acción.

RETóRICA DE LO ABYECTO. Cualquier pieza "porno" es antes que nada un documental. A través del hiperrealismo de sus acciones los actores no interpretan sino que están obligados a vivir el encuentro sexual. La narración gira en torno a pulsiones elementales: deseo y miedo. Asimismo, debido a que la pornografía está obsesionada con el placer visible (el único que asume como posible) debe establecer una estética que haga tangible y hasta cuantificable el orgasmo.

Se enfrenta por ello a la imposibilidad de la re-presentación de los matices íntimos del placer. Debido a que el orgasmo supone una conmoción interior, el cine porno debe revelarlo para provocarlo. Precisamente, localiza el deseo para des-subjetivarlo, otorgándole el anonimato del que sólo expresa su excitación a través de un lugar común, una frase o un gesto conocido y claro. El éxtasis se define con la "objetividad" de la eyaculación o la exageración, repetición de expresiones e imágenes.

Placer extravagante y cuantificable, más allá de los límites lo mueve la ambición. El espectáculo se despliega a partir del número, los tamaños, los records, la cantidad de personas u orgasmos, la duración del acto. El sexo, describe Gubern, se reduce a pura matemática. Subyace una metáfora capitalista, un capricho de mercado: lo intangible debe traducirse en algo práctico, manifiesto y asentable. Expresión máxima de lo concreto que se reproduce en la publicidad: celebración del objeto que "lo dice todo" o el cuerpo público que "transmite todo".

A su vez, la pornografía se inventa una geografía propia de un cuerpo "genitalizado, fragmentado y re-armado" a través de los detalles en primer plano. Su estética es la del miembro, parte, porción en movimiento o exhibición. Obligado (para provocar) ancla el placer en lo evidente, la cámara se cierra en pormenores de un cuerpo desmembrado.

Foucault sostiene que la función de la pornografía no es liberar pulsiones, sino contribuir a la construcción de identidades sexuales. En este sentido, el destinatario tradicional (lector modelo) ha sido el hombre. El punto de vista masculino hace preponderante las fantasías viriles de iniciación, lesbianismo, dominación y exposición del placer de la mujer deseada. Según Gubern la pornografía femenina se ajusta mejor al sentimentalismo de las novelas rosas. Allí el relato activa la imaginación del lector y usualmente gira en torno a emociones y sensaciones mutuas.

En el libro La tercera mujer de Gilles Lipovetsky se describen algunos cambios en estas prácticas de consumo. Los videos pornos son ahora consumidos también como instrumento de complicidad erótica entre los amantes. No obstante, según este autor, las espectadoras suelen considerar que estas películas no les conciernen: "Las mujeres no se reconocen en el espectáculo de esos cuerpos, no se produce ninguna identificación, y la razón es que la pornografía, estructuralmente, se configura en la negación sexual de la diferencia masculino—femenino." Desaparece la alteridad, la mujer actúa como doble especular en su vivencia instrumental y maquinal del sexo.

EL OJO PÚB(L)ICO. Freud menciona a los ojos como una zona erógena y especifica que entre todas las demás (genitales, piel, boca) es la única que no precisa del contacto personal, de la presencia directa, para su excitación. La pornografía incita el deseo de ver (voyeur) y poseer, el espectador es alguien estimulado y perturbado. La pornografía se torna así en el "otro" (antagonista) del arte. Mientras la emoción estética es estática, los efectos de estas imágenes duran más allá de la exposición.

En la franja de lo abyecto los bordes no pueden ser mantenidos. Todo lo que se encuentra comprendido en su territorio se refiere a imágenes de desorden, transgresión y mezcolanza donde lo primero en borrarse es la distinción entre sujeto-objeto. De acuerdo con Kristeva allí se nos confronta con esas esferas de fragilidad en el que el hombre vaga en los territorios de la animalidad. Lo inquietante de la pornografía podría hallarse entonces en la posibilidad que conlleva de perder la identidad.

Cuando se habla sobre la pornografía infantil, el asunto cobra visos más complejos aún que coartan cualquier intento de análisis. En este caso, el objeto de deseo ya no es la mujer fetiche, sino la infancia (vulnerable y pura) revestida de sexualidad. Cabe preguntarse si lo que perturba de este sub-género es tanto el descontrol del pederasta como la sospecha, nada tranquilizadora, sobre la sexualidad "primitiva" (original y lúdica) de los niños.

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