Del pesebre al Vaticano

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Álvaro Ojeda

CON SINGULAR sinceridad los cuatro autores de Una breve historia de la Iglesia Católica -ingleses ellos, sacerdotes, teólogos y hasta un periodista- señalan una dificultad en el ensayo que han escrito: la mezcla de asuntos extraordinarios con la rutina explicativa de la historia. Si la Iglesia se inicia en Pentecostés habrá lenguas de fuego -el Espíritu Santo- cayendo sobre la comunidad de Jerusalén. Pero si se toma la acción evangelizadora de Pedro y de Pablo en Roma y en especial la de sus sucesores, o la carta de Justino Mártir de 150 al emperador romano Antonino Pío describiendo una misa, la perspectiva cambia.

Quizá por ese motivo el primer capítulo del libro -que tiene siete, más seis apéndices- sea por lejos el más riesgoso. Los autores optan por señalar el nacimiento del cristianismo en las orillas del Imperio Romano, por un pobre predicador no muy exitoso en vida, que trató de conciliar su prédica renovadora con la fe judía -a la que pertenecían él y todos los miembros de aquella comunidad visitada por el fuego divino- cuando murió o al menos dejó el mundo. Luego vendrá la sucesión apostólica, el incendio de Roma en el 64 y el historiador Tácito, que habla de Cristo y de sus secuaces -los cristianos- otorgando, desde el desprecio pagano, un nombre exitoso a la posteridad. El mensaje había llegado a Roma y los cristianos no contaban con el beneplácito del emperador a diferencia de los judíos, que alguna prebenda habían conseguido de Julio César y de Augusto. Estos cristianos antes judíos, en una impresionante inversión de alianzas, ocuparán el lugar de sus ex correligionarios y harán historia.

Derrotero. Establecida la comunidad de Roma y afincadas otras en dos ciudades clave -Alejandría y Antioquía- los primeros cristianos contaban con el retorno inminente de Jesús, formaban comunidades profundamente solidarias y se mantenían al margen del culto oficial al emperador, lo que los volvía ateos a los ojos de los romanos. Tenían otros problemas: no estaban muy de acuerdo en lo que creían, poseían dos actos rituales poderosos -bautismo y comunión- y según procedieran de Alejandría o de Antioquía, interpretaban los textos sagrados de manera simbólica o literal. Por eso la carta de Justino Mártir brinda el tono unificador de la nueva fe: "Y el día que lleva su nombre por el sol hay una reunión en el mismo lugar de todos aquellos que viven en las ciudades o en el campo. Las actas de los Apóstoles y los escritos de los Profetas se leen públicamente, tanto como lo permita el tiempo. Cuando quien lee termina de hacerlo, el director en su discurso amonesta y exhorta a la imitación de estos bellos ejemplos. Entonces, todos se ponen de pie y oran juntos en voz alta. Después de lo cual, como ya hemos expresado, cuando la plegaria concluye, se trae pan junto con vino y agua. El director eleva sus plegarias con una oración de agradecimiento del mejor modo posible, y el público aplaude y dice amén. Entonces tiene lugar la distribución y reparto de esos alimentos eucarísticos y los diáconos los llevan a los ausentes." Aparecen algunos elementos interesantes: hay diáconos para cumplir funciones de servicio y un miembro que preside la celebración.

Cuando se desate la persecución del emperador Decio en 250, Fabián el obispo de Roma, será ejecutado. Este jefe de creyentes comienza a asumir un rol modélico en la comunidad porque ha sido electo por y para serlo. Decio obligaba a los cristianos a abjurar de su religión y les entregaba a cambio un documento -el libellus- que tendrá papel esencial en otro rito apenas bosquejado: la reconciliación. Como señala el ensayo, en el origen de los sacramentos hay un olor a practicidad evidente porque algo se tenía que hacer con los apóstatas que habían rendido culto al emperador y ahora regresaban al redil. Y se hizo: se creó un sacramento para perdonarlos. Mientras tanto la comunidad de fieles y la estructura a su servicio crecía. "En la iglesia de Roma en el 250 además del obispo había 46 presbíteros, 7 diáconos, 7 subdiáconos, 42 acólitos, 52 exorcistas, lectores y porteros." La llegada de Constantino al imperio en 312 -pasadas las violentas persecuciones de Diocleciano- fue una suerte de flechazo amoroso: ambas partes vieron las posibilidades que semejante romance traía. El imperio en crisis se alineaba detrás de un jefe avalado por su nueva fe. El Edicto de Milán de 313 de tolerancia religiosa suena a peligrosa negociación. Peor aún fue la intromisión de Constantino en la convocatoria del primer Concilio en Nicea, para zanjar la herejía arriana -Jesús no era Dios sino sólo su enviado- que trajo consecuencias de dudoso beneficio. El resto lo hizo el desastre en que se precipitó el imperio. Los obispos y el Papa -León I el Magno negociando con Atila es un ejemplo típico- se transformaron en funcionarios romanos y el imperio sobrevivió en ellos. Y se instituyó el trato con el poder y los trasiegos y las concesiones. En ese sentido, que sea Agustín la última figura estudiada en este primer capítulo es muy sugestivo. Sobre todo cuando se piensa que el obispo de Hipona en África en pleno siglo IV, trabajó sobre dos asuntos: la extrema pureza e independencia del obispo en el ejercicio del cargo y el valor del sacramento por encima de quién lo administra. Algunos se estaban portando mal.

Prendas perdidas. Desde la conveniente alianza con la tribu de los francos, basada en la turbia conversión de una especie de caudillo ambicioso como lo era el rey Clodoveo a fines del siglo V, pasando por la coronación de Carlomagno por el papa León III en la Navidad del 800 como Sacro Emperador Romano, la historia se enturbia. Las cruciales y valientes denuncias al poder temporal de turno -el brutal asesinato en 1170 del obispo inglés Thomas Becket por no cumplir con las expectativas de su ex compañero de juerga, el rey Enrique II- se mezclan con el Index y la Inquisición, los sucesivos concordatos y acomodos con los gobiernos terrenales de todo signo para hostigar a los "hermanos en la fe" de Oriente, amén de las Cruzadas y las matanzas provocadas por Inocencio III, el mejor papa del medioevo.

El lector -sin resuello- reflexiona atosigado. La iglesia es un compendio de horror y de santidad en estado de dudoso equilibrio, con cierta inclinación hacia el primero de los términos del enunciado propuesto. Una especie de góndola de supermercado donde todo puede encontrarse. Según los autores, el papa Pío XI en su encíclica de 1936 "Mit brennender Sorge" -traducida del alemán "Con ardiente inquietud"- condenaba no sólo: "la persecución de la Iglesia, sino el neo-paganismo de las teorías nazis, e incluso por implicación a Hitler, el propio Führer: era un profeta loco poseído de arrogancia repulsiva quien situaría a cualquier mortal por muy grande que fuese en el mismo lugar de Cristo."

También según los autores, ese documento repartido por motociclistas durante la noche para asegurar su divulgación, fue redactado en gran medida por Eugenio Pacelli, el futuro Pío XII, que durante su papado tuvo una actitud ante los nazis al menos contemporizadora, como los mismos autores recalcan.

Acaso el imaginario, insustancial trono de Pedro obligue a concesiones que sólo pueden ser admitidas por razones de estado. Acaso Juan XXIII sea todavía un inmenso enigma -con su corazón conservador, su carrera de diplomático avezado y su ex capellanía durante la Primera Guerra Mundial- convocando un Concilio Ecuménico en 1962, con 93 observadores representando a 29 iglesias, que fueron consultadas e hicieron aportes en otros tiempos impensables y penados con la hoguera. Acaso los autores rocen con honestidad y agudeza el tema central de todo el ensayo, cuando relatan que Albino Luciani -el malogrado Juan Pablo I- dejó de utilizar los títulos de "Jefe de la Iglesia" o "Vicario de Cristo" junto con el mayestático "nosotros", posó para la prensa sin la mitra papal y le sonrió a los niños -a los que dio prioridad en sus audiencias generales- en los escasos 33 días en que estuvo a cargo de la maquinaria que Jesús ni inventó ni quiso.

UNA BREVE HISTORIA DE LA IGLESIA CATÓLICA, de J. Derek Holmes y Bernard W. Bickers. Capítulo final de Peter Doyle y epílogo de Peter Hebblethwaite. Océano, 2010. México D.F., 350 págs. Distribuye Océano.

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