De Monterrey a Montevideo en una novela

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Carlos María Domínguez

DAVID Toscana vive en Monterrey, una rica ciudad industrial, tórrida y seca, al pie de la Sierra Madre mexicana, cerca de la frontera con Estados Unidos. Desde ese confín de América Latina, sus lecturas de Juan Carlos Onetti lo han traído al sur, en el 98, para presentar su novela Santa María del Circo, y en noviembre pasado, Duelo por Miguel Pruneda, historia en la que una Montevideo pobre y sin industrias, aireada y húmeda, encarna la dimensión de una utopía.

Autor de otras novelas como Las bicicletas y Estación Tula, también distribuida en Uruguay, y del libro de cuentos Historias de Lontananza, Toscana (1961) es un escritor que renueva la tradición literaria mexicana sin rendirle culto al pasado ni apartarse de las experiencias de su generación.

LOS CEMENTERIOS

—Vamos a hablar de la muerte, puesto que en las lápidas tomaste contacto con la poesía.

—La primera línea de mi primera novela, Las bicicletas, decía: "El camino al cementerio era largo..." y desde entonces ando en estas vueltas. Como me puse a pensar que con tanta insistencia la Señora quería decirme algo, me decidí a dedicarle una novela entera. Y es que cuando era niño, con diez, once años, íbamos con mi hermano al cementerio de Dolores, que nos quedaba cerca, y nos parecía entrar a una segunda ciudad, con sus calles y avenidas, catedrales, edificios importantes y tumbas de pobrerío. Entonces yo no tenía aún contacto con los libros, pero algunas lápidas tenían inscripciones con pretensiones poéticas. Recuerdo que una decía: "Descansa en paz egregio liberal, ya que por tu honradez acrisolada, la patria en recompensa te hizo general". A veces tenían este tono heroico y otras un tono más sentimental. La mayoría, en cambio, apenas tenía el nombre del difunto encerrado entre dos fechas, lo que para recordar un destino me parecía muy triste; y por eso, cuando algún indicio me permitía entrever una historia, exaltaba mi imaginación.

Había una tumba con la escultura de un niño tocando el violín, y una inscripción. En Monterrey nadie toca el violín como no sea un Mariachi, pero este niño estaba vestido de conservatorio, con su trajecito, en una pose muy artística. Yo no sabía quién era este niño del violín y no me interesaba averiguarlo. Porque tú averiguas y a lo mejor te desencantas. Quizá te van a decir: "no..., en realidad, no sabía tocar el violín", y cuando uno se creó mil fantasías, lo último que quieres es que alguien te desencante.

—Las tumbas funcionaban como invitaciones a tu imaginación.

—Sí. Y la gran lápida de la imaginación era aquella inscripción en la tumba del niño Emigdio Sáenz: "Buen amigo, por Jesús abstente de remover el polvo aquí encerrado; bendito sea quien estas piedras respete y maldito el que mis huesos toque". No sólo te hablaba del niño sino también de sus padres, de algunas condiciones secretas de su muerte. Te decía que debajo de esa tumba algo se escondía, y la maldición ya te daba ganas de levantar la piedra y tocar sus huesos. Qué niño era ese, y cómo murió, y quién, en verdad, maldice. Bueno, todas esas experiencias de mi infancia han ido a parar a la novela.

—También mencionás a lo largo del relato una frase latina.

—"Dum tacet clamat", que quiere decir algo así como: está mudo y, sin embargo, clama; calla, y, sin embargo, grita. Es que allí había unas tumbas que parecían de madera, pero eran de piedra. Todas pertenecían a extranjeros y llevaban un logotipo en inglés que decía: Los madereros del mundo. Luego me puse a investigar y supe que se trataba de una asociación de leñadores norteamericanos, una especie de sindicato que fue creciendo y entre sus prestaciones incluyeron pagar los gastos de entierro. Pero se expandieron más allá del gremio de leñadores y por una suma simbólica, levantaban esas cruces en la tumba, siempre y cuando llevaran ese logotipo.

—Una tumba con publicidad.

—Sí. Es el único caso de tumbas patrocinadas que conozco. Y estas tumbas, además del logotipo, incluían la frase: dum tacet clamat. Todas pertenecían al siglo XIX, y es que en la época de la industrialización llegaron muchos gringos a Monterrey, que por entonces era un desierto. Pero se transformó en ruta comercial y como un gobernador corrupto empezó a cobrar altísimos impuestos a la importación, se comenzaron a montar industrias locales. Nadie sabía nada de máquinas ni de fábricas, así que llegaron muchos extranjeros a montarlas y operarlas.

—¿Cómo se prolongó en tu vida esa experiencia literaria con las tumbas?

—Cuando me pedían declamar en la primaria, siempre mi poesía tenía que ver con la muerte. Me encantaba una que se llamaba "El seminarista de los ojos negros" y contaba la historia de un amor trágico. Los otros niños recitaban otras cosas, pero yo creo que sería muy fácil armar un libro que se titulara "Antología de la poesía mexicana sobre la muerte".

Mi abuela me declamaba mucho sobre una muerta que estaba en la plancha, y cómo el médico la veía y la tocaba. Y del Quijote recuerdo que me impresionaron mucho aquellos versos que dicen: "ven muerte tan escondida que no te sienta venir, porque el placer de morir no me torne a dar la vida". La palabra muerte siempre ejerció una seducción sobre mí.

PROFANADOR DE TUMBAS

—Y a tal punto que para escribir esta novela regresaste al cementerio, no sólo como escritor.

—Cuando inicié la historia todavía no sabía de qué venía. Apenas andaba con la idea de un personaje: dado que nos vamos a morir, no hay dignidad en la vida. Dije: para empezar a explorar este tema hay que ir al cementerio. Fui a recuperar un poco de mi infancia, encontré una cripta abierta, extrañamente pintada de verde, sin ninguna inscripción, entré, y me topé con los huesos que, luego, en la novela, serán los de Irenita. Unos huesos en una bolsa de basura, de plástico negro. Así que me la llevé a casa.

—¿Qué sentiste cuando estabas en la cripta robándote los huesos?

—Temor, naturalmente, porque todos hemos oído hablar de los profanadores de tumbas. De pronto sale una noticia en algún diario, pero en el fondo es como si el término surgiera de una literatura gótica. Entonces yo decía: soy un profanador de tumbas. Y no sabía, en el caso de que llegara a ser sorprendido, si merecía un regaño o merecía la cárcel. No tenía la menor idea de cual podía ser la consecuencia de esto. Pero el cementerio es un lugar que parece completamente deshabitado. No tuve problema para llevármelos. Y después, ya en casa, dije: bueno, no quiero esta bolsa, ¿qué voy a hacer con ella? Sabía que me iba a tener que deshacer de ella y no quería que fuera a parar a la basura. Así como fue fácil llevármela, fue fácil regresarla, con la excepción de un fémur.

Era un fémur pequeño que coloqué sobre la pantalla de la computadora y lo tuve todo el tiempo ahí, mientras trabajaba en la novela, como un recordatorio de Irenita y como un disparador de la imaginación. Si no lo hubiera tomado, difícilmente Pruneda hubiese dicho que esos huesos parecían leña seca. Me habría quedado con la imagen blanquita y pulida de los que nos muestran en los cursos de anatomía. Mientras estaba en la cripta esperando que oscureciera, imaginé que cualquiera podía matar a una muchacha, hacerla pedacitos, meterla en una bolsa y llevarla hasta ahí, como hice yo al regresar los huesos. Claro que entonces me decía: si alguien me sorprende entrando con esta bolsa, y por esas pruebas que hacen ahora con el ADN descubren que son los huesos de una niña que se perdió hace seis meses, en bonito lío te metiste, Toscana. Pero bueno, capaz que era la bolsa de alguien que dejó de pagar su mensualidad en el cementerio y dijeron: pues bueno, sáquenle los huesos de una vez...

—Tuviste una deliberada intención de mezclar el plano de la vida con lo que ibas a escribir.

—Siempre me gusta tener presente la experiencia directa de la vida en lo que escribo. Tengo una imaginación pobre y necesito el contacto con las cosas. No puedo escribir a larga distancia, ni dejar que mis personajes anden por aquí y por allá sin que yo haya sido partícipe de sus experiencias. Entonces, en un momento dado, trato de convertirme en mi personaje y correr sus riesgos. Y es que uno no puede escapar a muchos procesos de la imaginación cuando está metido en ciertas situaciones, como por ejemplo, la de la cripta. Y no necesariamente tiene que ser una imaginación ordenada, racional. Eso es lo que más me gusta: soltar los frenos, empezar a desquiciarme. A decir, por ejemplo: al niño Emigdio lo enterraron vivo, y fue su papá. Para meterlo en el cajón, el papá le pegaba con un libro de español en la cabeza y él protestaba... Si uno empieza: no, pero no es posible que un padre le haga eso a un niño; si uno empieza a decirle a su imaginación: tienes que comportarte, tienes que ser convencional, entonces no sale nada. Cuando la desquicias, surgen cosas nuevas.

—En toda la novela hay una voluntad de transgredir el culto a la muerte, pero al mismo tiempo esa transgresión es la de la tradición mexicana, con su fuerte manipulación de los muertos. Con otro sentido, no hacés más que continuarla.

—Como escritor me siento parte de una tradición. Cuando un escritor habla de romper con la tradición, no entiendo muy bien de qué habla. Sí entiendo la voluntad de renovar la tradición, con modos nuevos de contar las cosas. En la tradición mexicana la muerte tiene mucho que ver con la religiosidad, pero eso no sucede en la experiencia de Pruneda. Él acepta la naturaleza de la muerte como algo ni siquiera indeseable, pero que viene a echar a perder todo. Su problema es que pasó treinta años detrás de un escritorio y lo único que le queda es morirse. Comprende que ya no tiene escapatoria. No puede reinventar un Miguel Pruneda.

—El vecino que muere en el edificio, deja el pedido expreso de que no lo entierren y Pruneda lo conserva en una bañera con formol, parece funcionar como un doble. Uno es un cadáver que se niega a desaparecer, y Pruneda es un muerto en vida. Su formol son los treinta años de oficinista.

—Y lo que Pruneda quiere es darle a este viejo la oportunidad de volver a ser torero, por los siglos de los siglos, como un monumento de carne y hueso en el que José Videgaray cumple el sueño de su vida, que era ser torero. Lo viste como tal, le acomoda sus ropas.

MONTEVIDEO Y ONETTI

—Antes de que aparezca la utopía de Montevideo, ya hay una relación muy fuerte entre tu personaje y la dimensión onettiana del fracaso.

—Sí. Con el fracaso de esta vida que, al menos onettiana y rulfianamente, deja al ser humano sin escapatoria frente a la muerte, y es lo que comprende Pruneda después de treinta años de trabajo. Ya decía Felipe, el personaje de Quino: la escuela de la vida es la única cuya ceremonia de graduación es un velorio.

—¿Cómo descubriste a Onetti?

—Con "Bienvenido Bob", que me sigue pareciendo la maravilla de maravillas. Me introdujo en su literatura y de hecho, Historias de Lontananza es un hijo directo de esas lecturas.

—¿Es muy leído en México?

—No mucho. Fíjate que yo cargo con esa bandera de que Onetti es grandioso. Se habla de él con respeto, pero no necesariamente con admiración. En México no encontré todavía un alma gemela que me diga: ¡Pero claro, Onetti! Y es que impone un mundo muy particular y se requiere hasta cierto valor para entrar en él. Quizá escritores más festivos ocupen lugares más preponderantes en el gusto de los lectores, pero es algo que yo no puedo negar. Como decimos nosotros: uno no puede negar la cruz de su parroquia. Y Onetti es algo que por fortuna no pude evitar, como no puedo dejar de ser quien soy.

—Tampoco una ciudad atravesada por cierto vacío existencial.

—¿Montevideo?

—Monterrey.

—Ah, bueno, a lo mejor podemos pensar en los esqueletos de fábricas antiguas de Monterrey y decir: ¡pues aquí tenemos nuestros astilleros! Nos falta la cercanía del mar, la grisura del ambiente, la neblina, esas cosas, pero la grisura también se puede manifestar bajo el sol.

—Y ese polvo, y esa aridez...

—Sí, esa ciudad de mierda..., ¡dilo de una vez! Tendríamos que promover que Montevideo y Monterrey fueran ciudades hermanas. Claro que, nosotros, vamos a decir entusiasmados: ah, Montevideo... y acá van a decir: pero con esa ciudad... ¡cómo quieres ser mi hermano!

SITIADOS

—Una dimensión de tu novela tiene que ver con la dudosa heroicidad del pasado de Monterrey.

—Yo creo que es importante que la literatura haga repaso sobre la historia, porque se encuentran nuevas formas de polemizarla, de cuestionar los héroes, y esta oportunidad la da la literatura, que puede jugar con la imaginación, con cosas que un historiador puede considerar imprudentes o mal hechas. La historia de Monterrey es muy extraña porque su historia es la de sus fábricas. Comienzan los historiadores a hablar y dicen: cuando se instaló aquí la cervecería, la fundidora de acero, la fábrica de cartón, la de hojalata, y hablan de pura industria. Los grandes hombres regiomontanos son empresarios, y no hay mucha conciencia sobre otras dimensiones del pasado.

—Eso los deja solos, incluso frente al resto de México, tan atravesado por la épica.

—Nos deja en un espacio muy marginal. En Monterrey prácticamente no hay nadie que te sepa identificar los lugares históricos. Muchas calles llevan nombres que los regiomontanos no tienen idea de quiénes fueron. Es muy diferente en Tula. Cuando escribí Estación Tula, un pueblito pequeño, todos los tultecos se mostraban como historiadores orgullosos de su lugar, y te decían: en este edificio pasó tal cosa, esto antes era el casino, había unas mujeres fascinantes, y cuando se embarcaban en Tampico las mercancías del país, primero pasaban por aquí, por eso nuestras mujeres se vestían mejor que las de la capital. Eso me causó problemas porque cuando yo llegué con mi novela, donde le inventé una estación de tren, me acusaron de mentiroso y hubo rumores de que me iban a linchar. Nada de eso podría pasar en Monterrey, donde con esfuerzo te saben decir quién la fundó. A lo más que alcanza la conciencia en Monterrey es a saber que en el Obispado se peleó contra los gringos, heroicamente y, sin embargo, perdimos. Entonces van las escuelas, y las maestras dicen: este es el Obispado, aquí peleamos; si ustedes notan en las paredes, aún se pueden ver algunos agujeros de bala. Y van los niños, meten sus deditos en los agujeros, y santo remedio, se acabó, vamos, vamos. Y ya, eso es la historia.

Pero yo digo: cómo una ciudad se dejó vencer tan rápidamente por un ejército menor. Es mucho más complicado tomar una ciudad que defenderla. El invasor no tiene sitio donde parapetarse, tiene que mostrar el pecho, jugar agresivamente, y el que la defiende, pues está esperando detrás de un muro a ver quién cruza la calle para soltarle un balazo. Y en Monterrey ni siquiera hubo sitio. Los gringos tiraron tres balazos, los otros sacaron la bandera blanca y dijeron: bienvenidos.

Los gringos se pasearon por las calles como si fueran los dueños del negocio, y seducían a las muchachas, se casaban con ellas; las mujeres les preparaban la comida y les daban de comer. Y cuando yo leía esto me decía: bueno, y en qué momento les van a llevar la comida envenenada... Y nunca. Termina la ocupación, se firman los tratados en los que México pierde la mitad de su territorio, y los regiomontanos salen a cantarles "Las golondrinas", que es una canción de despedida en México, para el amigo que se va. Cuando yo veo en los libros que los mexicanos de Monterrey se batieron heroicamente, digo: esto merece que un personaje literario lo cuestione. Y entonces tomo a mi abuelo, José Videgaray.

—¿Le diste al cadáver del torero el nombre de tu abuelo?

—Sí. Él siempre fue un anti yanqui. Y a su vez, era nieto del Capitán Andrés Videgaray, que se fue a batir en la campaña de Texas, cuando la famosa toma de El Álamo, donde sacrificaron a todos los gringos. Entonces tenemos una tradición antiyanqui y me pareció oportuno que además de torero, el personaje tuviera esta visión de la historia de Monterrey.

—Ese vacío histórico me recuerda el de las tumbas, y cómo dispararon tu imaginación.

—Y todo esto se viene a conectar con Montevideo, desde la diferencia que percibe Pruneda, comparando la toma de Monterrey con el sitio que le hicieron a esta ciudad durante nueve años. Aquí no sólo resistieron mucho más que nosotros, sino que acabaron ganando. Y nosotros, en dos días lo perdimos todo. Esto magnifica la utopía de Montevideo en la novela.

—¿Cómo fue percibida esta visión del pasado regiomontano?

—Yo estaba esperando que sucediera algo, pero no ha habido respuesta. En Monterrey hay muy pocos lectores. Creo que difícilmente algún historiador quiera contrastar esta visión de Videgaray con sus datos. No suelen darse allí este tipo de debates.

—Sin embargo, tú estás muy aferrado a esa ciudad.

—Por lo mismo, creo que hay una veta virgen para explorar y explotar, que me interesa mucho. Y cuando estás ligado emocionalmente a un lugar, estás en condiciones de descubrir cosas esenciales. Yo tengo una relación muy directa con los personajes de mi tierra. Puedo admirar mucho a Mozart, pero la cruz de mi parroquia es Pancho Villa.

—¿Qué tan acompañado te sentís por lo que se está escribiendo en México?

—Hay varias vertientes ahora. Pienso en lo que se llama "la literatura del Crack", una serie de escritores que rompieron con la tradición de México, Jorge Volpi, Ignacio Padilla, Pedro Angel Palou, entre otros, y evitan todo contacto con la vida mexicana, escribiendo historias ambientadas en contextos universales y con un lenguaje que parece nacido de una traducción del inglés al español. Los leo porque mis gustos como lector son mucho más amplios que mis criterios como escritor, que son bastante estrechos.

Estos movimientos que nacieron del DF, sienten que la veta mexicana está ya muy gastada y por eso salen a mundos que no son los propios. Muchos escritores están emigrando física, espiritual y literariamente a otros lugares, a veces con autenticidad y a veces en busca de un mercado, porque lo que tradicionalmente se conoce como literatura latinoamericana está, en términos editoriales, pasado de moda.

Entiendo la palabra modernidad, cuando se habla de computadoras, pero literariamente, mientras una tradición se siga renovando, mantiene su vigencia, y si no se renueva, siempre vamos a contar con nuestros clásicos a los que podemos recurrir. Entonces esa idea de que hay que modernizar la literatura latinoamericana para que pueda tener lectores en todo el mundo, no es para mí. Algunos creen que hay que agringar la literatura para acceder a nuevos mercados, pero cuando escritores regionales pretenden ser universales, se nota, y salen unos bodrios espantosos.

Yo no soy Borges. Soy un escritor regional y no puedo hacer otra cosa. Encuentro en mi región una veta riquísima que prácticamente nadie ha explotado, de modo que me siento muy a gusto trabajando en mi propia mina, con muchas historias por contar.

—Sin embargo, acabás de ganar una beca y te vas por un año a escribir a Berlín con todos los gastos pagos.

—Bueno, pues, la vida puede ser indigna, pero también te sabe dar sorpresas.

Convivir con la muerte

C.M.D.

LA CONVIVENCIA mexicana con la muerte, sus secretos e implacables sentencias, recorre esta novela de David Toscana en múltiples registros de la cotidianeidad. Alejadas del culto religioso, las ceremonias son las de la fantasía, la vida doméstica, la experiencia del fracaso y sus agonías en la ciudad norteña de Monterrey.

Miguel Pruneda es el veterano empleado de una empresa en la que acaba de cumplir treinta años de servicio. Coincide el asedio de un homenaje a su trayectoria con la muerte de un vecino de su edificio que ha pedido no ser enterrado, y Miguel arrastra a su mujer y a varios amigos al delirante plan de conservarlo en una bañera con formol, vestido con el traje de su sueño más amado: sus atuendos de torero.

A partir de ese insostenible desafío, la novela despliega en sucesivos raccontos y secuencias grotescas no carentes de humor negro, la vida de Pruneda en una ciudad industrial cuyo pasado, lejos de ser heroico, muestra las tensiones fronterizas con Estados Unidos. Pero sobre todo, Pruneda es un hombre obsedido por la gratuidad de la muerte y sus descarnadas, truculentas manifestaciones.

La mirada de Toscana renuncia a la transida dimensión misteriosa adjudicada al final de la vida para expresar su materialidad a la luz del día, pavorosa, ineludible y obscena. En la experiencia del fracaso y el vacío existencial del personaje, la vida y la muerte, más que señalar un tránsito dibujan un único destino frente al cual apenas el sueño y la utopía encarnan una promesa de redención.

A conciencia de la inscripción latinoamericana de su obra y por llana afinidad, Toscana convirtió a la ciudad de Montevideo en la lejana quimera de sus personajes, acaso también por su admiración de Juan Carlos Onetti, implícita en los tonos de una prosa que conversa, veladamente, con el autor de El astillero.

Novela inquietante en la profanación del sentido común y sus convenciones, Duelo por Miguel Pruneda exhibe el talento de un escritor de raza que vivifica no solo las letras mexicanas, también el empeño de las del continente. l

DUELO POR MIGUEL PRUNEDA, de David Toscana, Sudamericana, Buenos Aires, 2002. Distribuye Sudamericana Uruguaya. 219 págs.

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