Mitos, próceres y polémicas

Con el historiador Felipe Pigna: "José Artigas para un gobierno de ganaderos era insoportable"

"La buena novela es un Caballo de Troya pedagógico" agrega al hablar de ésta, su primera novela histórica

por Alexis Borla
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El historiador Felipe Pigna (Buenos Aires, 1959), una de las voces más influyentes de la divulgación histórica en Argentina, repasa su debut en la narrativa de ficción con la novela Conspiración en Londres. Conocido por libros como Los mitos de la historia argentina y por su participación en proyectos de divulgación histórica por TV, Pigna ha sabido combinar rigor histórico con un estilo accesible, no exento de polémicas por su mirada desmitificadora de próceres y relatos oficiales.

Ambientada en 1815, la novela Conspiración... imagina la travesía de Manuel Belgrano y Bernardino Rivadavia a Londres, en un momento clave del proceso emancipatorio rioplatense. La ficción parte de un contexto real: las tensiones políticas internas en Buenos Aires, las traiciones a José Artigas, y la influencia de las potencias europeas en la región.

—¿Cómo viviste el paso del ensayo histórico a la ficción?
—Siempre fui amante de la literatura, en su sentido más amplio. El ensayo me limitaba a documentos y la novela me deja construir sobre el personaje. Ya había hecho una primera incursión con cuentos infantiles sobre San Martín y Belgrano, todos con base real, pero esta vez pude explorar a fondo. Cuando me metí con el género biográfico, hace más de 15 años, siempre me quedaba eso de estar en la piel del personaje, sus soliloquios, pensamientos, temores, lecturas o fantasías. Estuve más de un año jugando con una historia totalmente delirante y con un alto nivel de dramaturgia.

—Que sucede durante un viaje a Londres.
—El Londres de Lord Byron, que estuve recorriendo. También investigué cómo era Río de Janeiro, ciudad imperial portuguesa. Ese año me parece clave porque todavía no hay independencia pero ya hay traición cuando en 1813 echan a los diputados artiguistas, momento en el cual quedaron claros los traidores y los patriotas. Además, tener juntos a estos personajes en un viaje ya era muy Hollywood, en el sentido de que es una historia de dos que no se quieren pero tienen que estar juntos.

—¿Cómo sostuviste el rigor histórico?
—¡Ya es un vicio! (se ríe) No podía apartarme mucho. Lo hice con diálogos, situaciones y alguna escena puntual pero no con el rigor histórico porque era tan rica la historia que no fue necesario añadir nada. Elegí ir por ahí también siguiendo la línea que la propia historia me sugería, el barco por ejemplo es un elemento literario, y encima 50 días en él…

—Te permite construir personajes.
—Y sus lecturas, porque ahí entra un poco Shakespeare. Tanto que comienzo con una cita alucinante de Enrique V en la que dice que el hombre era igual al Rey, algo que se adelanta por varias décadas a la literatura política de mediados del siglo XVII.

—Ya que me mencionás al Rey, recuerdo una escena en la que Belgrano propone coronar a Juan Bautista Tupac Amaru como Rey. Me pareció una propuesta curiosa.
—Es una gran venganza histórica. Manuel sabía qué podía irritar a esta gente tan atildada y conservadora. Un Rey Inca, y que encima sea hermano de Tupac Amaru, obviamente provocó un escándalo que puede ser leído como su verdadero plan: que no se discuta más la monarquía, que se cambie de tema. Es tal el escándalo que se suspende la discusión sobre la forma de gobierno.

Artigas, Ponsonby.
—¿Sigue vigente la tensión entre emancipación latinoamericana e intereses externos?
—Sí, con otras formas, hoy ya no estamos planteando independencia o liberación sino que entendemos que hay una interdependencia. Lo que se sostiene es la búsqueda de soberanía y dignidad. La pregunta sería hasta dónde vamos a tolerar semejante despilfarro e injerencia. De todos modos, evité hablar del presente a través del pasado, pero creo que el lector lo hace naturalmente.

—Es interesante la figura medio fantasmática de Artigas, presente en la novela pero sin aparecer en escena.
—Los volvía locos a los realistas. No lo soportaban porque era una amenaza. Posadas le puso precio a su cabeza. Los incomodaba planteando la República, independencia inmediata, el “no” a la monarquía, una reforma agraria… para un gobierno de ganaderos era insoportable, se merece ese lugar en la historia, el de quien siempre aparece con un aire de caudillo indómito.

—Un poco lo de recién, la tensión entre centralismo y federalismo.
—Vigente hoy pero sin representantes dignos. Ya hace rato que la Constitución argentina se proclama representativa, republicana y federal, sin serlo.

—Hablando de influencias europeas está Lord Ponsonby, quien unos años más tarde sería determinante para Uruguay.
—Ponsonby heredó la línea trazada por Lord Strangford. Entre otras cosas, y sin ningún ánimo de ofensa claro, Ponsonby es quien plantea la creación de lo que hoy es Uruguay, un “estado tapón” que interfiera entre Brasil y Argentina para proteger intereses británicos, idea a la que se opuso Artigas. Es para otro libro. Inglaterra siempre jugó a eso; hoy sucede entre Pakistán e India, o el actual conflicto en Palestina, originado por la diplomacia británica. En África ni hablar, y con el agregado de que allí eran los civilizados, “la carga del hombre blanco”, como decía Kipling.

—Un Ponsonby que se dice que llegó al Río de la Plata castigado por tener un affaire con una cortesana cercana a Jorge IV.
—Es una historia real. Lo mandan acá por ese amorío y él mismo dice que lo desterraron “al peor lugar del mundo”. Todas sus impresiones de Buenos Aires, y sobre todo de Rivadavia, eran tremendas. Lo trata de Sancho Panza africano por los rasgos negroides que tenía. A ellos les convenía que Uruguay fuera un país independiente.

—¿Todo para navegar por el río?
—Montevideo era un puerto fluvial y marítimo fundamental, camino al estrecho de Magallanes, único paso interoceánico en ese momento. Hasta 1914 no se contaba con Panamá, por eso también la importancia de Malvinas.

—¿Una novela histórica acerca este pasado al gran público?
—Sin duda. Los libros de Andrés Rivera con La revolución es un sueño eterno empujan a estudiar a Juan José Castelli. Roa Bastos con Yo el supremo te lleva al Paraguay de Gaspar de Francia. Una buena novela es un caballo de Troya pedagógico. Quien leyó El nombre de la rosa de Umberto Eco quedó con ganas de saber más sobre la Edad Media.

—Mencionaste varios autores. ¿Te sirvieron de faro?
—Leí mucho Shakespeare, también soy muy borgeano, y tuve la suerte de conocerlo a Borges…
—¿Y eso?
—Porque mi papá armaba charlas… yo lo iba a buscar, lo llevaba a las charlas. Tuvimos conversaciones alucinantes durante un montón de viajes en remise. Descubrí a un Borges humilde, que nunca hablaba de sí mismo. En todo caso hablábamos de sus personajes. Eso también me influyó, porque aprendí a ver al personaje inmerso en una realidad que no eligió. Borges era una persona extraordinaria. Le dabas algo para leer y lo leía. Una vez le di un cuento rudimentario que había escrito y él me dijo que le gustó y hasta me hizo una corrección de una palabra. Me dijo “en tal lugar yo usaría esta palabra y no esa”. Era así con todos, recibía estudiantes de secundario, chicos con un fanzine o quien sea. Mi generación le era refractaria por su ideología, y casi nos lo perdemos por esa tontería de “no voy a leer a un tipo que es de derechas”, o algo así.

—¿Hay Borges en tu obra?
—Hay un homenaje a Borges en el comienzo de este libro. Cuando Belgrano hace un soliloquio que comienza con “Qué hago yo, Manuel Belgrano” y luego enumera una especie de currículum, dice algo muy parecido a lo que dice Borges en el “Poema conjetural”, cuando escribió “Yo Narciso Laprida que firmé el acta de la independencia…”. También te podría nombrar a Eduardo Galeano, alguien que hacía alquimia con las palabras para contar una historia. Agarraba algo chiquito y lo agrandaba con esa fascinación que tenía por la historia. Sus últimos libros fueron totalmente históricos. Me influyó con su forma de contar la historia desde el lugar del gesto humano. Un gran viajero, que recorrió toda América y podía describir con gran astucia la idiosincrasia de la gente sencilla, “los sentipensantes”, como él decía.

—¿Hablando de viajes, queda algo de aquel Londres de 1815?
—Algunos pubs, la British Library, alguna librería centenaria… lugares antiquísimos que me encanta encontrar. En Buenos Aires no hay nada parecido, porque fuimos perdiendo nuestro patrimonio arquitectónico espantosamente. En Londres todo el trayecto que va desde Westminster hasta los ministerios está igual.

—¿Qué tan importante es la territorialidad en un estudio histórico?
—Fundamental. Cuando escribí sobre Martín Miguel de Güemes recorrí una zona extensísima de acción que tuvo en el norte argentino. Esos conocimientos siguen hasta hoy en mis textos, cuando hablo de Titirí o de Ayohuma conozco el lugar del que hablo. Son lugares impresionantes, de una belleza increíble. Estimula la capacidad reflexiva. Es una inmensidad evocativa.

—El autor atravesado por el lugar.
—Lo necesito. Cuando hice la biografía de San Martín también hice parte del cruce de los Andes. Cuando hablás de Artigas o del Ayuí, tenés que ir ahí para imaginar el Éxodo.

—Ahí no hay biblioteca. Ese trabajo es exploración.
—Y siempre aparece alguien que te cuenta algo. Me gusta mucho escuchar a la gente, que me cuenta cosas y a partir de la conversación genera derivaciones que son necesarias para comprender del todo los temas. En esta obsesión por el protagonismo se ha perdido un poco la charla con el de al lado. Si sabés escuchar creás un tapiz de vivencias porque para la gente de Buenos Aires Belgrano es un personaje de libro, pero vas a Jujuy y es un personaje del lugar. Cuando hicimos “Algo habrán hecho”, con Mario Pergolini, convocamos lugareños para hacer la escena del Éxodo jujeño y las personas improvisaron una baguala que luego nos explicaron que era “la canción que cantó el pueblo junto al General”. La memoria popular le había conservado una melodía durante más de 200 años.

—¿Hay algún episodio de la historia que sentís que merece otra novela histórica?
—Tenemos mucha historia para novelar. Falta una novela sobre los 20 años del ostracismo artiguista. Sabemos que no estaba contento con la creación del Estado uruguayo pero no qué pasaba por la cabeza de alguien tan importante que tuvo que convivir con la derrota, la traición, la difamación y el exilio. La palabra para todo eso es desmesura, como decía Borges, “la ausencia de horizonte que tiene La Pampa permite la desmesura, todo puede ser”.

Conspiracion en Londres Pigna.jpg

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