Como en botica

Oscar Larroca cultural, Mario Bunge, 20070622 200x275
Oscar Larroca

JUAN E. FERNÁNDEZ ROMAR

INTENTAR DEFINIR a Mario Bunge y a su obra es difícil. Especialmente porque el rigor que demostró en sus primeros trabajos fisicomatemáticos, fue luego desmentido por una contumaz liviandad crítica y una particular vehemencia a la hora de opinar, con la que se ha ganado legiones de enemigos.

Se trata de un pensador contradictorio, polémico, apasionado, arrogante, irrespetuoso, irónico, aunque muy ilustrado y desconcertante.

Sus detractores argentinos prefieren ningunearlo. Un chiste muy extendido en la Universidad de Buenos Aires cuando alguien lo menciona consiste en responder que Bunge no es más que el nombre de una avenida de Pinamar. No obstante, él parece estar acostumbrado a este tipo de actitudes desde su juventud, y se jacta de que no han obstaculizado su carrera científica y su reconocimiento internacional.

A sus casi 88 años, no sólo es uno de los científicos y filósofos más longevos en actividad de todo el planeta, sino uno de los que goza de mayor cantidad de galardones, habiendo obtenido quince doctorados honoris causa, y ejercido la docencia universitaria al más alto nivel en Argentina, México, Canadá, en cuatro universidades norteamericanas y cinco europeas.

Este último libro configura un resumen muy digerible de sus pasiones, ideas, y obsesiones.

IRONÍAS Y VANIDADES. Se trata de una colección de artículos periodísticos, en su mayoría de dos o tres carrillas de extensión, publicados en diversos medios de prensa. Ordenados alfabéticamente por sus títulos, estos textos configuran una síntesis para legos de las ideas más controversiales que ha vertido en su producción académica.

De esta manera, se mete con todo, con la ética, la filosofía de la ciencia, la historia, la universidad, la política, con Borges, con la diferencia entre "oír" y "escuchar", con el desafío de la paternidad, y hasta con el tango o el rock.

Lo más disfrutable de este libro es la ironía con la que Bunge riega su trabajo. Ironía que ya en su Diccionario de Filosofía (1999) lo llevaba a definir el Trabajo Académico como "Una obra intelectual de interés muy limitado, que probablemente sirve más para el progreso en la carrera de su autor que para el conocimiento humano".

En este libro también se permite concluir sus reflexiones con ingeniosas frases del tipo: "no cualquiera es capaz de causar desocupación masiva en un país, para esto hace falta un doctorado en Economía", o con improvisados refranes tales como "más vale diamante en bruto que granito pulido".

Pero esta faceta divertida tiene su contracara: una pedantería simplificadora y facilista propia de esos porteños de los que hablan los chistes, y del que él mismo suele reírse, cuando actualiza y reproduce por enésima vez una vieja burla: "Precio es lo que se paga y valor, lo que se recibe. La diferencia entre precio y valor fue puesta de manifiesto por quien afirmó que el mejor negocio es comprar a un argentino por lo que cuesta y venderlo por lo que dice valer". (pág. 180)

Bunge se considera con credenciales suficientes para opinar lapidariamente de lo que sea. Pero lo peor es que opina así con demasiada frecuencia.

Con cierta benevolencia el lector puede pasar por alto que Bunge desprecie el rock metálico y lo vea como una práctica meramente ruidosa, o que considere retorcidos y barrocos los tangos de Piazzolla (pág. 55) y que se incline por "El choclo" o "La cumparsita" o "Yira, yira". Al fin de cuentas, hay tantos respetables conservadores en materia musical.

Asimismo, con cierto esfuerzo, hasta es posible soslayar las obsesiones casi patológicas que evidencia en contra de Freud y de Heidegger, a quien llega a homologar elípticamente con una cucaracha (pág. 98). En realidad, causa gracia que traiga permanentemente a colación a sus dos más preciados archienemigos, incluso cuando habla de bueyes perdidos. Un hipotético lector dotado de gran paciencia puede llegar a obviar esto, pensando que en el Río de la Plata, el legado psicoanalítico del primero se defiende solo, y que Heidegger se la buscó, acumulando los más diversos detractores con su histórica vinculación con el nazismo.

FUERA DE AMBIENTE. No obstante, la elevada competencia de Bunge en campos muy específicos no lo autoriza de ninguna manera a opinar alegremente de cualquier tema como si fuese un experto (historia, deporte, moda, pedagogía, religión, literatura, etc.). Por el contrario, su saber debería volverlo más cauteloso y no incurrir en tantos ridículos.

No es admisible que trate de desacreditar de un plumazo a autores tan disímiles como Erving Goffman, Thomas Szasz y Ronald Laing, diciendo que para estos representantes de la denominada antipsiquiatría "los trastornos mentales son una invención de las autoridades para reprimir a la gente" (pág. 15), o que realice comentarios erróneos tales como que para Marx "...las ideas son producto de las clases sociales y, por lo tanto, están al servicio de las mismas. Esta es la fuente de la célebre fórmula de Michel Foucault, `otro saber, otro poder`". En cualquier lectura posible de Foucault quedan claras las diferencias de éste con las concepciones marxistas sobre ideología, modos de producción y clases sociales, así como por su particular modo de entender el poder.

Parece evidente que Bunge no leyó a muchos de los autores que menciona o comenta, o bien que está incapacitado para entender discursos teóricos diferentes al suyo y poder criticarlos dignamente. Algo extraño en un epistemólogo profesional.

Con la misma ligereza procura refutar a Popper en una carilla, y con una absoluta falta de argumentación alude a Nietzsche como "el gran adalid de la guerra, de la tiranía y del mito" (pág. 129), a Sartre como un plagiario de Heidegger (¡cuando no!), y sigue así con Kierkegaard, Unamuno y todos los demás despreciables existencialistas que pueda recordar, y ya que está, descalifica de paso a Dilthey, Husserl, Marcuse, Habermas, Kuhn, Feyerabend, Geertz, al segundo Wittgenstein, Arendt, Derrida, Foucault, o Gadamer, entre tantos otros.

Claro que reinvindica parcialmente, o por lo menos parece respetar, a Mill, Marx, Durkheim, Weber, Braudel, o Merton, aunque nunca deja en claro bien el porqué de estas elecciones.

Por más que Bunge adorne sus comentarios con demostraciones de su cultura, y que además de filosofía conoce bien la obra de escritores como el danés Peter Hoegg, el egipcio Naguib Mahfuz, la sudafricana Nadine Gordimer, el portugués José Saramago, el norteamericano Kurt Vonnegut, el albanés Ismael Kadaré, el australiano Peter Carey, el indo-canadiense Rohinton Mistry, o el nigeriano Wole Soyinka, el café del título mejor que lo tome solo.

100 IDEAS. El libro para pensar y discutir en el café, de Mario Bunge. Sudamericana. Buenos Aires, 2006. Distribuye Sudamericana. 255 págs.

Breve itinerario

BUNGE nació el 21 de setiembre de 1919 en Buenos Aires. Hijo de Augusto Bunge, médico y diputado socialista (famoso por su carácter contestatario y provocador) y de María Schreiber, inmigrante alemana, enfermera.

A los 21 años se casó con la arquitecta Julia Molina y Vedia, mucho mayor que él, con quien tuvo dos hijos: Mario (matemático) y Carlos, prestigioso físico que denunció al Pentágono por haberle pirateado con fines militares uno de sus inventos, un artefacto muy original de rayos láser, que fue incorporado al arsenal del proyecto Guerra de las Galaxias. Con la ayuda de Ernesto Sábato, Mario Bunge consiguió abandonar su país en 1952, para continuar sus estudios en física y filosofía y para iniciar un periplo docente que lo arrimó brevemente a Uruguay.

En 1966 aceptó una oferta laboral de la Universidad McGill de Canadá, radicándose desde entonces en Montreal, junto con su segunda esposa, por entonces una joven estudiante de matemáticas, Marta Cavallo, con quien tuvo otros dos hijos: Eric (arquitecto) y Silvia (neuropsicóloga).

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar