Gloria Salbarrey
MARGUERITE Yourcenar (1903-1987) fue una figura enigmática. Ante todo escribió una narrativa histórica monumental (Memorias de Adriano; Opus nigrum) y sugestivos ensayos sobre objetos y personalidades culturales, a los que se agregan las traducciones que van de la antigüedad a las canciones negras norteamericanas. Su estilo persuasivo, dotado de la magia o "el poder viperino de la palabra", la hizo pasar por sabia en historia y filosofía poniendo su sello indeleble en todos los temas que trató.
Se las arregló para vivir de acuerdo a sus ideas o creyó esforzarse por ser cada día mejor. Pese a recibir más de una censura de sus congéneres, fue una pionera como mujer intelectual independiente. Se declaró apolítica, vegetariana, defensora de la ecología, de los animales y los bosques. Practicó una especie de humanismo religioso libre de dogmas y afecto a los ritos que restauran los vínculos sagrados del universo.
En vez de hablar de sexo o de "género", que es una noción más nueva, solía referirse a la "sensualidad". Sin quererlo, con el viejo eufemismo comprendía las formas de recorrer otros mundos a partir de los sentidos.
Las cuestiones "sensuales". En los tiempos de su formación, para la mujer lo importante era conquistar la igualdad en la acción y ella lo logró trabajando como una letrada tan capaz como los hombres. Quedó huérfana a pocos días de nacer y creció bajo la tutela paterna. Michel, "un señor mayor estupendo", donjuán, jugador y viajero incansable, "que era apenas un padre", la hizo independiente y autodidacta. En esa camaradería íntima y culta, la niña, que pasaba horas con los criados en la cocina, desarrolló encantos intelectuales que le permitían pasear, leer y conversar con él de igual a igual.
Durante la Primera Guerra Mundial ambos huyeron de Francia a Londres. En el libro autobiográfico escrito al final de su vida, ¿Qué? La eternidad, Yourcenar, que antes había considerado de mal gusto hablar de su vida personal, combinó las confesiones con ironías e insinuaciones llamativas. Por un lado, Yolanda, una joven con quien le tocó compartir la cama, le hacía reproches porque adoptaba la postura de las mujeres que hacen el amor entre ellas. Por su parte, las caricias del primo X, un gordito feo, le enseñaban los placeres del cuerpo. Además Fernande, la madre de Marguerite, habría tenido intimidades escabrosas con Jeanne, una compañera de internado.
Después de casarse, esta mujer -que frecuentaba a la familia de su amiga muerta- se habría convertido en el amor imposible de Michel. La escritora se enteró por él de las traiciones humillantes que Jeanne soportaba por parte de su esposo Egon, un músico homosexual. En la memoria de Marguerite esa historia era "una coartada" que ocultaba lo que ella sentía por un artista parecido.
El espaldarazo paterno. Algo más que la estrategia literaria la llevó a objetivar y enmascarar esas vivencias íntimas en la voz de un tercero. Tal como lo reconoce en el prólogo de 1963, las opciones sexuales eran cruciales para ella cuando escribió Alexis o el tratado del inútil combate, el relato epistolar donde un marido confiesa a su esposa que prefiere el amor de los hombres. En 1929 Michel, que debía recordar la tragedia de su amiga Jeanne, alcanzó a leer los originales en su lecho de muerte, anotando al margen "que no podía haber nada `más puro`".
En verdad ella quería "amoldarse" a la literatura de la época, ensayando "el relato francés, muy reservado, moderado, delimitado", alejado de las emociones. Al mismo tiempo la lengua "escueta, casi abstracta" de los moralistas, los predicadores y los exámenes de conciencia era ideal para insinuar los matices delicados del conflicto interior, del deseo y de la culpa. Le permitía ir resolviendo los problemas técnicos de la narración, desembarazándose de las fórmulas fáciles "decorosas", "medio gazmoñas y medio verdes", mientras analizaba sus propios dilemas éticos y sentimentales.
Si la novelista hubiera cedido a la tentación de contar la historia desde la perspectiva de la esposa del protagonista, como lo hizo en la autobiografía adoptando la óptica de Jeanne, habría tropezado con que no hay nada "más difícil de escribir" y "más secreto que una existencia femenina". Quizás Yourcenar relataba mediante sobreentendidos, alusiones y reticencias porque se debatía entre los dolores de la esposa y las inclinaciones del marido, sin aceptar su propia identidad.
La explosión. La escritora intentaba olvidar el amor por su editor, el escritor gay André Fraigneau, yendo de un lugar a otro por el Mediterráneo, donde podía olerse la inminencia de la Segunda Guerra Mundial. En 1936 publicó Fuegos, un libro de poesía que vuelca la pasión posesiva y frustrada en breves fragmentos de su diario íntimo y una serie de relatos míticos.
En "esas voces surgidas al diapasón de la fiebre" el yo comenzaba a ensayarse "como cuando se afina un instrumento antes de un concierto", sublimando los fantasmas personales en imágenes humanas universales. Aquiles, Patroclo, Antígona, Lena, María Magdalena, Fedón, Clitemnestra y Safo y los personajes históricos de las novelas posteriores se mueven en un mundo que "mezcla lo maravilloso con lo real", donde es más fácil enfrentar los desafíos vitales sin las trabas superfluas que obligan a elegir entre las emociones femeninas y las masculinas.
Los libros primerizos la ayudaron a deshacerse del fracaso amoroso y a renunciar a los sentimientos egoístas que ella deseaba imponer a los demás pero, sobre todo, moldearon su estilo, despojándolo de los excesos líricos y oscuros.
Una pareja de señoras. Durante la Segunda Guerra, Yourcenar se instaló con la traductora Grace Frick en la isla Mont Désert, ubicada en los confines de Estados Unidos, Canadá y el océano. Durante cuatro décadas fecundas compartieron los quehaceres, los placeres de la villa "Petite-Plaisance" y los viajes por todo el mundo. Grace colaboró en la creación literaria entregándose a las tareas de secretaria con abnegación y con los celos que se observan en el archivo de sus cartas, lo que no impidió que ambas aprendieran a aceptar en paz el pasaje de la vida y la muerte.
Después que Grace falleció, MY - como ésta la llamaba- volvió a enamorarse de un gay, Jerry Wilson, un fotógrafo que murió de sida a los treinta y seis años, luego de acompañarla en las últimas excursiones por el mundo. Solo lo menciona al pasar, mediante sus iniciales, en el libro de viajes, póstumo e inconcluso, Una vuelta por mi cárcel. Lo homenajea sin nombrarlo en una crónica entusiasta sobre la comunidad gay de San Francisco que advierte sobre los peligros que acechan detrás de las nuevas libertades y las facilidades aparentes.
Creyéndose liberada de las vanidades personales, la vieja dama sólo habla de ella misma en abstracto y en general - diríase que por elevación- , dando batalla contra los males del mundo. El amor y las opciones sexuales han pasado a ser un ítem secundario, solo que por azar los artistas para ella excepcionales, que han dejado su huella en el camino, son seres andróginos o bisexuales.
El viaje a Canadá realizado con Grace no puede igualar a la visita al Japón en compañía de Jerry. El primero recibe un comentario nostálgico, casi aristocrático: "Esa áspera tierra, colonizada demasiado tarde para que sus bosques constituyeran como en Europa, el refugio de ermitaños y el señorío de las hadas, nunca fue amada de manera tierna y apasionada". Aunque en el suelo japonés, que ella descubrió a los veinte años en las novelas de Murasaki Shikibu, se mezclen las imágenes de la cultura occidental y de su propia vida, con las réplicas falsas del turismo comercial y del consumo globalizado, siempre quedará el rastro de un peregrino con su taza de arroz y las mandarinas rituales, de un amor o de un arte que enseña la mudanza de las cosas sagradas e invisibles. Al decir de Basho, el poeta peregrino del siglo XVII: "Las hierbas del verano:/ Es todo lo que queda/ De los sueños de los guerreros muertos".
ALEXIS O EL TRATADO DEL INÚTIL COMBATE. 165 págs. FUEGOS. 133 págs. UNA VUELTA POR MI CÁRCEL. 199 págs. (En todos los casos editados por Punto de Lectura. Bs. As. 2005. Distribuye Santillana).