Pedro Olalla sobre la crisis de la democracia

“La ciudadanía no tiene vías para expresarse”

Lecciones de la vieja Grecia para que gobernantes y gobernados vivan en armonía.

Pedro Olalla. Foto Fundación Tsakos
Foto Fundación Tsakos

Tras el triunfo de Bolsonaro en Brasil muchos se preguntan qué hará, pero pocos se interesan en las razones que lo llevaron al poder. Es decir, por qué la gente lo votó. Ahora se sabe que una parte significativa de sus votantes no comparten todos sus puntos de vista, ni sus opiniones extremas. En realidad votaron contra algo que iba más allá de él. Se manifestaron, por casi la única vía que tienen, como reacción hacia algo grande y sordo, un sistema político alejado de la gente y que suele privilegiar sus propios intereses.

Uno de los grandes problemas actuales, por lo menos en Occidente, es el descrédito de la clase política, reflejado en la mala imagen de los políticos. Gobernantes y gobernados están cada vez más alejados. El helenista Pedro Olalla, nacido en Oviedo y radicado hace dos décadas en Grecia, intuyó el problema. Sobre todo luego de la bancarrota de Grecia en 2008, crisis que trajo pobreza, tragedias y un desmantelamiento del Estado griego. Olalla vio cómo los griegos ya no tenían control sobre su destino; esas decisiones las tomaban los bancos acreedores. En términos políticos, era el fin de la democracia. Algo paradójico, pues se estaba muriendo en el mismo lugar donde había nacido hacía más de 23 siglos. En realidad doblemente paradójico: en el siglo VI antes de Cristo, cuando todavía nadie hablaba de democracia, el griego Solón impulsó la seisachtheia, por la cual la esclavitud por deudas debía ser erradicada. De hecho la abolió, dando el primer paso hacia lo que hoy conocemos como democracia, pues buscó corregir la desigualdad económica avanzando hacia la igualdad política. Solón hablaba de dignidad humana, de democracia, de ciudadanía. Algo que hoy los griegos han perdido, pues son casi esclavos de sus acreedores.

Olalla rescató la esencia de aquella vieja democracia y la trajo al presente. Con naturalidad hace hablar a Aristóteles, a Solón, a Pericles, a Clístenes, a Platón y los sitúa ante los problemas que enfrenta hoy la idea de democracia. El libro Grecia en el aire, Herencias y desafíos de la antigua democracia ateniense vistos desde la Atenas actual (Acantilado, 2015) hace eso, interpelar a los demócratas actuales con las ideas de la vieja democracia. También lo exploró en el libro Historia menor de Grecia, Una mirada humanista sobre la agitada historia de los griegos (Acantilado, 2012). Por último acaba de publicar De senectute política, Carta sin respuesta a Cicerón (Acantilado, 2018), preocupado porque el poder político actual tiende a actuar en beneficio propio si no es controlado con demandas firmes por sus ciudadanos, entre otros asuntos. Libro que presentó en Montevideo, junto al estreno del documental Grecia en el aire, basado en el libro homónimo.

La charla transcurrió en la Fundación Tsakos, que financió la realización del documental.

GRIEGOS INCONSCIENTES.

—Presentaste tu último libro en la Facultad de Arquitectura de la Udelar, un edificio que tiene en su frente, sobre una columna, un capitel corinto traído de la antigua Grecia.

—En realidad fue traído de una ciudad del norte de África, de la actual Argelia, pero representa igual al mundo grecorromano. Y adentro de ese edificio tenemos nada menos que una réplica de la Victoria de Samotracia. Esa sí que es una referencia griega.

—Una presencia bien concreta.

—Sí, pero aunque no estuviera en ese lugar sino en otro, los ecos del mundo griego los tenemos en todas partes. En realidad somos una especie de griegos inconscientes, pues tenemos toda esa velocidad adquirida de la cultura griega, la llevamos en nosotros sin saberlo, y nos vamos dando cuenta de ella de a poco y nos parece algo nuevo, cuando en realidad, cuando rascamos algo, descubrimos de dónde vienen las ideas con las cuales funcionamos. Esa es la gran diferencia de la civilización griega frente a otras civilizaciones como la china, las precolombinas, la egipcia. De forma permanente nos llegan ecos, nos interpela.

—Y es lo que plasmas en tus libros.

—El gran tema de estas tres obras es tratar de vincular lo ético, lo político y lo filosófico. Es decir, el pensamiento para ser mejores en términos éticos, y para poder transformar y hacer más justo el mundo en que vivimos. El reto fundamental para lograr eso es recuperar la ciudadanía, ser ciudadanos en el sentido de personas libres, implicadas, conscientes y portadores activos de esa esencia política que conforma a toda sociedad.

—En un mundo que cambia muy deprisa.

—Que plantea muchas interrogantes ante las cuales no tenemos respuestas. No sabemos qué pasará en muchas dimensiones de la vida, qué sucederá con los recursos, con la riqueza –que cada vez corre hacia menos manos-, con cosas que parecían inamovibles durante siglos como las instituciones sociales, el matrimonio, el sistema del trabajo, el sistema del dinero, el acceso a los bienes de primera necesidad. Son cosas que parecen sacudirse y que van a tener que engendrar paradigmas nuevos. Pero sí hay algo que podemos responder con seguridad frente a toda incertidumbre, y es que las decisiones las tomarán aquellos que tengan el poder para hacerlo. Y eso nos pone ante la situación de pensar si nos interesa o no tener ese poder. Porque está claro que quien toma las decisiones lo hace siempre en beneficio propio. Y no será lo mismo si las tomamos entre toda la sociedad, en conjunto, que si las toman una serie de particulares, o los que tienen más dinero.

—Tú afirmas en el libro Grecia en el aire que las democracias actuales en realidad son oligarquías. O sea, que las decisiones las toman unos pocos.

—Sí, las democracias parlamentarias actuales pusieron el poder en manos de una oligarquía que ha seguido perpetuándose en él, y que periódicamente, a través de mecanismos como el voto o los referéndums, se asoma al conjunto de la sociedad para investirse de soberanía. Pero que en el fondo sigue gobernando, en el mejor de los casos, como un despotismo ilustrado. Es decir, sigue gobernando desde sus posiciones y desde sus intereses, y administrando con un cierto paternalismo lo que le corresponde al resto de la sociedad. Pero el gran reto de la democracia –no es un reto sencillo, supone profundos cambios en la mentalidad y en la sociedad- es hacer eficaz lo que llamamos soberanía popular. Que la voluntad política resida en el conjunto de los ciudadanos, algo que no se ha conseguido en las democracias modernas. Aunque se haya universalizado, ampliado la base de votantes, la figura del ciudadano no tiene peso político.

—Lo que genera frustración.

—Sí, allí donde hay conciencia. Ese es el paso previo. Porque la verdadera democracia es algo muy difícil de llevar a cabo, necesita de la virtud política del ciudadano, su conciencia y su deseo de participación activa en los asuntos públicos, algo que exige mucha energía y responsabilidad. Pero mucha gente está dispuesta a abdicar de eso y dejar todo en manos de representantes en los cuales confiar, más o menos. En ese sentido siempre habrá representantes dispuestos a ejercer esa función. Pero si queremos aproximar a gobernantes y gobernados, que la gente se identifique con su propio gobierno, ser nosotros mismos dueños de nuestro destino, hay que avanzar en busca de esa virtud política.

—La situación actual ofrece muchos ejemplos de gran frustración de la gente a la hora de votar. Aparece el voto enojado, contra, y surgen los candidatos anti sistema como Trump, o como Bolsonaro, de quien se sabe muy poco.

—Y lo que se sabe no parece muy prometedor.

—Pero esta reacción de los votantes, ¿no es una toma de conciencia?

—Sí, sí, es una toma de conciencia. Es evidente. En las últimas décadas, sobre todo a partir de la crisis del 2008, las fisuras de este sistema neoliberal globalizador en el que vivimos, y que marca las directrices de gobernanza en casi todos los países del mundo con grave impacto sobre todo en las clases bajas y medias, ha generado indignación, y ha sembrado conciencia. Esa conciencia está ganando terreno. Pero también genera frustración porque no tiene vías para convertir esa conciencia en acción política.

—Ya no alcanza el voto cada cinco años…

—Faltan vías para hacer continua esa participación. No hay una acción política sólida, de ruptura, en la que una parte significativa de la población esté dispuesta a confiar. Entonces, a río revuelto, ganancia de pescadores. Allí pescan las políticas que ya han sido ensayadas en otro tiempo, autoritarias, etnocentristas, excluyentes, fascistas, xenófobas, retrógradas, y que en el fondo van a servir a los mismos intereses de antes, el del capital y las clases dominantes. Siempre hay grupos de gente vulnerable que, por ignorancia, están expuestos a ser fácilmente manipulables.

CULTIVAR LA VIRTUD POLÍTICA.

—¿Cuáles serían esas vías de participación continua que harían falta para devolver la confianza en la democracia?

—Pueden ser muchos, algunos ya conocidos, otros más novedosos y otros completamente inéditos. Por ejemplo convertir los referéndums en un ejercicio de soberanía sustancial y frecuente. O abrir cauces por los que los ciudadanos puedan introducir de forma regular iniciativas legislativas populares. También ampliar la participación de los ciudadanos en la justicia, en los jurados, sobre todo en los juicios de especial importancia para la comunidad. Implicarlos en la elaboración de los presupuestos públicos. O crear plataformas ciudadanas de denuncia y propuesta política y obligar por ley a los gobiernos a escuchar sus informes. También dotar a los parlamentos de voces libres salidas de la sociedad civil y no solo de políticos profesionales fieles a su partido, o generar ámbitos donde redactar, de forma participativa, nuevas Constituciones que no sean corsés para la democracia…. Para llevar a cabo estas reformas, en Uruguay o en cualquier otro sitio, es necesaria una cosa fundamental: cultivar de verdad la virtud política.

—Pero esas vías de participación ya existen en muchas democracias occidentales.

—Técnicamente existen. En España, por ejemplo, está la posibilidad de generar una iniciativa legislativa popular, pero tienes que reunir un millón de firmas, son mecanismos complicadísimos, y de las más de 150 que se han hecho desde que empezó, ninguna ha prosperado. Muchas veces la existencia de estas vías tiene su lado perverso porque están como para que nadie pueda decir que no existen. Pero son tan intrincadas y tan improductivas, que en el fondo no sirven a su propósito. Las reformas estructurales profundas que precisa la democracia no van a venir generosamente impulsadas desde las elites o desde las cúpulas políticas, van a tener que ser fruto de una reivindicación hecha desde las bases de la sociedad, a partir de un esfuerzo de imaginación, de organización y de reivindicación.

—¿El ciudadano actual no es tan buen ciudadano como lo era el de la Atenas clásica?

—Puede tener la tesitura moral para serlo, pero no tiene las vías ni la oportunidad para realizarse como ser político de la misma forma que la tuvo el ciudadano de la antigua democracia, sobre todo la ateniense. En aquel entonces se dio, por vez primera, única y en ese grado, la identificación entre los gobernantes y los gobernados. Nunca en la historia de la humanidad un pueblo tuvo tanta autoría sobre las decisiones y sobre las leyes con las que fue gobernado. Con toda la incertidumbre que nos plantea el futuro, lo único cierto es que las cosas se harán como quiera aquél que tenga el poder de imponerlo. Y en nosotros está el reto de repartir ese poder entre el conjunto de la sociedad, o de dejarlo en manos de unos pocos. Ese es el fundamento de mis tres últimos libros, el hilo que los vertebra.

NOTA: Los libros Grecia en el aire, Historia menor de Grecia y De senectute politica se encuentran en librerías locales, y son distribuidos por Gussi.

De senectute politica

Pedro Olalla (n. 1966) es escritor, profesor y cineasta. Entre sus libros destacan Atlas mitológico de Grecia y Arcadia feliz. El libro De senectute política se pregunta, entre otras cosas, por qué nuestras sociedades han perdido la capacidad de pensar la vejez sin asociarla a la decrepitud.

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