Caperucita desnuda

Soledad Platero

LOS CUENTOS infantiles han sido un terreno privilegiado a la hora de leer la historia cultural de los pueblos. Por su carácter formativo o ejemplar, la literatura infantil permite interpretaciones de sesgo ideológico más explícito que las realizadas sobre otras formaciones discursivas. Famosos ejemplos han sido el Psicoanálisis de los cuentos de hadas de Bruno Bettelheim o Para leer al pato Donald de Ariel Dorfman y Armand Mattelart.

El ensayo de Catherine Orenstein sigue los pasos de la tierna Caperucita desde su primera aparición escrita en 1697 hasta las actuales versiones que circulan en Internet, y propone una "lectura desde la perspectiva del género" —son incontables las lecturas feministas de los cuentos de hadas— que tiene el mérito de exponer los cambios que la historia y sus protagonistas han sufrido a lo largo de los años.

SENTIDO CORTESANO. La que se reconoce como la primera versión en libro de Caperucita Roja es la que Charles Perrault incluyó en su famoso volumen de historias publicado en 1697 como "Cuentos de Mamá Oca".

Según Orenstein, los cuentos de hadas estuvieron en un principio destinados a proporcionar distracción y esparcimiento a las damas de Versalles. Y su origen, a diferencia de lo que podría pensarse, no estaba en los relatos tradicionales de las clases populares, sino en los salones parisinos, en los que anfitrionas eruditas reunían a aristócratas y burgueses en un ambiente de recreo intelectual que competía con las frivolidades de la Corte.

Entre justas de ingenio e historias compartidas, las veladas cultas de estos salones representaban la alternativa desenfadada y en ocasiones rebelde a la rígida diversión de los aristócratas. Perrault, miembro de la Academia Francesa, consejero del Rey e intelectual connotado, solía frecuentar estos lugares de prestigio denostados por los conservadores y celebrados por los modernos. Y hay motivos para creer que las historias que atribuyó a "mamá Oca" no eran viejos relatos populares, sino versiones elaboradas que circulaban en estos ambientes educados.

En el cuento de Perrault la niña se distrae camino a casa de la abuelita, llega cuando el lobo ya se comió a la anciana, se mete, inocente y engañada, en la cama con él y es devorada sin piedad. Fin. No hay cazador oportuno, ni final feliz. La niña ingenua termina en la barriga del lobo.

Pero por si los lectores de la época no estaban muy familiarizados con la interpretación de alegorías, Perrault incluyó al final del cuento una larga moraleja en verso. Allí todo es explícito: la advertencia de la historia se dirige a las jóvenes (sobre todo a las "guapas, de buen talle y amables") que hacen mal escuchando las galanterías de "cualquier clase de gente". La breve anécdota de la niña comida por el lobo es fuertemente sexualizada en la moraleja, en la que la castidad de las jóvenes casaderas es la que debe ser protegida de los hambrientos lobos —algunos dulzones y atentos—que suelen engañar a las inocentes "hasta en las casas y en la habitación".

Para comprender la preocupación de Perrault hay que tener en cuenta que en el siglo XVII no había institución más importante que el matrimonio, aunque menos por razones civiles que por necesidades económicas. La fortuna de una familia podía cambiar drásticamente según lograra un buen o mal matrimonio para su hijo o hija. Los niños tenían un valor potencial si podía esperarse de ellos que llegaran a los doce o trece años (edad en la que estaban listos para casarse) siendo suficientemente sanos como para representar un partido interesante. Las mujeres eran consideradas menores de edad hasta su matrimonio, y con frecuencia crecían encerradas en conventos hasta que lograban salir a la hora de celebrar sus nupcias. El mariage de raison podía hacer que una familia se salvara o se hundiera en la miseria, por lo tanto la virginidad de las jóvenes era un tesoro que debía cuidarse como lo que era: la más importante inversión familiar.

Como contrapartida las mujeres casadas, especialmente en el ámbito cortesano, podían gozar de ciertas licencias a la hora de elegir a sus amantes. Los juegos galantes eran una de las actividades más intensas de los cortesanos, y aunque a través de ellos podían lograrse diversos beneficios (un marido cornudo podía ser, por ejemplo, recompensado con un cargo importante), también representaban un peligro para las incautas que, sin haber aún asegurado su futuro y el de sus padres, caían en las redes de los seductores o en las trampas de las intrigantes. Lejos de estar pensado para los niños Le petit chaperon rouge lanzaba su alerta a las jovencitas que podían perder para siempre su valor dejándose engañar por el lobo.

LA VIDA EN FAMILIA. Algo más de cien años transcurrieron entre la Caperucita de Perrault y la que los hermanos Grimm presentaron como parte de su recopilación de cuentos folclóricos. Hoy se sabe que a pesar de su manifiesta intención de rescatar el folclore de Alemania, los Grimm se dedicaron poco a recorrer los campos y más bien escucharon las versiones que circulaban en el ambiente urbano. Hay motivos para suponer que los cuentos de Perrault eran suficientemente conocidos en los ambientes educados de las ciudades de Alemania, y que hay un parentesco directo entre la Rotkppchen o "Caperucita Roja" de Jacob y Wilhelm Grimm y la versión francesa de 1697.

Pero cuando los Grimm publicaron su primera versión de cuentos, en 1812, los cambios producidos en las ciudades europeas habían hecho nacer a un habitante hasta entonces invisible y que no pararía de ganar terreno: el niño. Por primera vez entendido como un fenómeno específico, el niño del siglo XIX es el gran objetivo sobre el que cae la batería normativa y educadora que ya funciona aceitadamente fabricando ciudadanos.

La Caperucita de los "Cuentos para los niños y la familia" de los hermanos Grimm no se mete a la cama con el lobo, y aunque éste la devora la historia tiene un final feliz gracias a la oportuna intervención de un cazador que la rescata, viva, de la barriga de la bestia.

Incluso una versión posterior agrega una anécdota epilogal: un segundo lobo trata de comerse a la niña y a su abuela, pero ellas, que aprendieron la lección, lo engañan y terminan cazándolo. En el tránsito de Versalles a los hogares alemanes Caperucita dejó de ser una parábola sexual para transformarse en una fábula familiar y en un elogio de la obediencia.

CAPERUCITAS POPULARES. Aunque por su propia naturaleza menos identificables que las versiones publicadas en libro, se conocen algunos relatos populares que ponen en juego a las mismas figuras (abuela, niña y lobo) y que ofrecen variantes de promiscuidad, canibalismo y urgencias corporales de todo tipo. La Edad Media estuvo regada de historias de hombres-lobo o demonios voraces, niñas que se comen los restos de su abuela, y demás delicias que habrían encantado a Bajtin y que la civilización europea fue transformando en las versiones dulcificadas que conocemos hoy.

Es en estas versiones que se apoyó el historiador francés Robert Dardon para criticar la interpretación psicoanalítica de Erich Fromm y su enfoque universalista. En su libro La gran matanza de gatos Dardon hace notar que la Caperucita Roja usada para justificar la lectura psicoanalítica no es en absoluto un relato universal que haya permanecido inalterable a lo largo de la historia, sino que por el contrario es una construcción nacida en un contexto histórico determinado. Y que son precisamente las variaciones sufridas por un mismo "motivo" o "tema" las que hablan de las circunstancias culturales y sociales en las que se produce.

MENSAJE AMBIGUO. El ensayo de Orenstein revisa las apariciones de la figura de Caperucita Roja en el mundo de los medios masivos de comunicación probando que a pesar de los esfuerzos castos de los hermanos Grimm o de la rigurosa vigilancia que el buen gusto impuso sobre las historias populares, la niña-mujer vestida de rojo es inseparable de sus connotaciones sexuales.

Tanto la sensual Caperucita bataclana que seduce a un enloquecido lobo en los dibujos animados de Tex Avery (en los años 40) como las numerosas publicidades de cosméticos, lencería o alquiler de autos que la tienen como protagonista se apoyan en la ya inevitable ecuación sexual entre la voracidad y el bocado tentador. No es nada raro, entonces, que hayan aparecido tantas "Caperucitas vengadoras" bajo la forma del travestismo, la mujer liberada, o la mujer-lobo.

En el fondo el libro no escapa al elogio de lo ambiguo —única conclusión posible para un asunto ya tan codificado— y termina por señalar lo obvio: no hay Caperucita sin Lobo Feroz. Claro que, como ya las cuestiones de género no se agotan en simple dualidad, la figura no está completa sin la abuela, vértice imprescindible para la prolongación del juego y sin la cual la historia no tendría la menor gracia. l

CAPERUCITA AL DESNUDO de Catherine Orenstein, Barcelona, Ares y Mares, 2003, 275 págs.

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