Cálido, sugestivo y letal

Elvio E. Gandolfo

EN LOS AOS NOVENTA del siglo pasado Larry White, condenado a muerte en Huntville, Texas, recibió una sorpresa final. Le negaron el tradicional cigarrillo antes de la ejecución, porque podía ser perjudicial para su salud. En su minuciosa historia del tabaco, Iain Gately califica el hecho como "tal vez el peor insulto a un fumador".

Durante siglos, incluso milenios, el mundo occidental no conoció el tabaco, aunque se había cultivado por primera vez en la zona andina entre Perú y Ecuador hace entre cinco y tres mil años. Los indios usaban la planta marrón de muy distintos modos: la masticaban, la comían, la bebían, se la untaban sobre el cuerpo, la aplicaban sobre los ojos, la usaban como enema, la aplicaban sobre el rostro, la esparcian sobre un campo antes de sembrar y sobre las mujeres antes de hacerles el amor, la ofrecían a los dioses, la aceptaban como regalo divino y la usaban como narcótico, o para meditar, incluso para alucinar. Pero sobre todo inventaron el nuevo sistema de consumo que haría furor durante el medio milenio siguiente: inhalar el humo. De ese modo los pulmones pasaban a tener dos funciones: respirar y estimular. Recorridos por una densa red de vasos capilares, con un poder de absorción hasta cincuenta veces mayor que el paladar o el colon, eso los convertía en el mejor transporte del oxígeno, el veneno "y la inspiración del corazón al cerebro".

LA EXPLOSIÓN. La avalancha vino después del así llamado Descubrimiento de América. Los primeros fumadores europeos fueron dos marineros de Cristóbal Colón: Rodrigo de Jerez (al que no hay que confundir con Rodrigo de Triana) y el intérprete Luis de Torres.

En el siglo siguiente los españoles no sólo exportaron la novedad (que fue aceptada de inmediato y con entusiasmo por Inglaterra). A la solterona y virgen reina Isabel la introdujo en el arte su favorito Raleigh, que le enseñó a inhalar. Buscando paralelismos, fumar fue considerado "beber en seco", y se desarrollaron artes nuevas como contener el humo, o ejecutar una serie de contorsiones faciales para fabricar anillos de humo cada vez más perfectos. No todo fue fácil en el reino británico. El irascible Jacobo, primero rey de Escocia y después de Inglaterra, combatió el tabaco con ardor; lo único que logró fue aumentar el creciente descontento de sus gobernados, que ya lo miraban cruzado por sus excesos despóticos.

Antes que el hoy imperial cigarrillo, estuvieron las pipas, los cigarros y el rapé, polvo de tabaco que se aspiraba por la nariz, en el mejor estilo cocaínico. Ese rapé fue un buen adelantado del tabaco que se cultivaba para quemar. Lo promovieron los franceses, y apasionó al Dr. Samuel Johnson, por ejemplo, que lo consumía a puñados. Pero les costó la vida a varios nobles franceses: restos de rapé en una nariz podían ser datos de persona noble y por tanto el mejor pasaje a la guillotina. En Oriente hubo despotas más peligrosos que Jacobo I de Inglaterra: en Constantinopla Murad el cruel recorría las calles pidiendo algo que fumar. En cuanto se lo ofrecían el gentil paseante se veía desprovisto de su cabeza; archivos de la época suman 25.000 ejecuciones en 14 años.

LA INDUSTRIA AMERICANA. Después del fervor inglés y holandés, donde las madres solían incluir en la mochila de los escolares una ración de tabaco para el recreo, después de las plantaciones cubanas o las fábricas de cigarros de España, el tabaco volvió a América, pero esta vez la del Norte.

Allí encontró uno de sus fabricantes preclaros, John Rolfe, que plantó semillas de Nicotiana tabacum, se casó con la princesa indígena Pocahontas ("la Retozona") y encontró la solución perfecta para la mano de obra: los esclavos negros. Fundó una de las primeras marcas de éxito, "Orinoco". Pasó el tiempo y el tabaco se convirtió en casi el motivo principal de descontento (por los impuestos ingleses) que condujo a la independencia de Estados Unidos. Esa relación con la historia se repitió en Italia, donde las grandes manifestaciones contra los prusianos y su tabaco terminaron por unir e independizar el país.

Pronto el "ingenio americano" buscó una máquina que multiplicara la producción y el consumo. Para eso una firma estableció un premio cuantioso para hallar una máquina eficaz, y pronto la hubo. Así comenzó el desplazamiento de las otras formas (el rapé, la pipa, y hasta el cigarro hecho a mano) por el cigarrillo, bautizado por los franceses como cigarette, y que "desnudó al tabaco de todos sus antiguos rituales y lo liberó de las cargas que habían hecho tan engorroso su consumo (...) podía disfrutarse en cualquier momento y lugar".

GUERRA, CINE Y HUMO. El cigarrillo comenzó a circular por millones, por toneladas. La publicidad fue su aliado fiel. No sólo se vendió: se exportó, se le aplicaron impuestos tremendos (en algunos países 80% del precio de la cajilla), subsidió guerras, y acompañó a los soldados al frente, cálido, engañador del hambre (por eso quienes dejan de fumar engordan), cordón umbilical con el país de origen y la civilización. Siempre hubo gente a favor y en contra. El general Montgomery no fumaba y una vez dijo: "Yo no bebo ni fumo, duermo bastantes horas. Por eso estoy en forma al ciento por ciento." Ni corto ni perezoso, Churchill, agitando su cigarro, replicó: "Yo bebo mucho, duermo poco y fumo un cigarro tras otro. Por eso estoy en forma al doscientos por ciento." En los aviones que llevaban soldados ingleses o estadounidense a guerrear en países lejanos, el cigarrillo tenía prioridad en el cargamento, un status que compartía con los remedios o los alimentos.

Desde que nació, el cine fue un aliado invalorable. "Por primera vez, los ciudadanos admiraban a personas que no eran sus reyes o dirigentes. El cine encumbró el culto a la apariencia a cotas desconocidas hasta entonces." Fumaron Humphrey Bogart, Belmondo, Edward G. Robinson o James Dean por un lado, y Bette Davis, Marlene Dietrich y Sean Young (que la "replica" en Blade Runner) por el otro. Porque la incansable industria había empezado a fabricar cigarrillos para damas (para un fumador de pipa inglés, todo consumidor de cigarrillos es un poco femenino), mentolados, con filtro de "micronita". Bebedor, mujeriego, James Bond fue sobre todo fumador: tabaco balcánico y de Virginia, aunque Chesterfield cuando trabaja con la CIA.

El humo del cigarrillo es más ligero que el aire, tiene una estructura laminar y sube en columna (porque proviene de un foco de calor pequeño) y flota, inspira, concentra. El gran Isaac Newton, Darwin, Bismarck, Einstein, Sherlock Holmes ("Creo que este es un problema de tres pipas, Watson") lo usaron con ese fin. Responsable de considerar al fumador como víctima en vez de mero consumidor, el propio Freud estuvo defensivo cuando Jung habló del papel sexual del tabaco: "A veces un cigarro no es más que un cigarro", le aclaró.

LA SALUD. Aunque su carácter adictivo se conoce desde siempre, el enfoque científico de la relación del tabaco con el cáncer comenzó recién en la Segunda Guerra Mundial. El primer estudio lo realizó un alemán por orden de Hitler, en busca de su raza pura y aria. Aún así en Alemania se fumó entonces tanto o más que siempre. Los golpes duros vinieron en los años 50: sendos estudios ingleses y estadounidenses probaron sin discusión la relación entre fumar y tener cáncer de pulmón.

Los estadounidenses encararon el asunto con el mismo fervor puritano que la Prohibición del alcohol anteriormente. El consumo de tabaco bajó realmente en su país, pero los resultados son mezclados, según Gately. Esa baja se compensa con creces por el aumento en países como China.

Por otra parte el contrabando de cigarrillos es más intenso que nunca, y las empresas ponen galpones cerca de las fronteras menos vigiladas, incluso si son gubernamentales. Con más lucidez que cinismo, Gately apunta también al ahorro enorme en pensiones, cuidados de salud y otros gastos que representan para los gobiernos de este mundo neoliberal las 120.000 muertes anuales que provoca el tabaco en Inglaterra, por ejemplo. Con o sin tabaco en una mano, la lectura de este libro bien estructurado, investigado y escrito es fascinante, reveladora de los absurdos, las pasiones y los vicios humanos. l

LA DIVA NICOTINA. HISTORIA DEL TABACO de Iain Gately. Vergara. 388 págs. Buenos Aires, 2003.

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