Mercedes Estramil
En el mismo momento que llega a Montevideo su última novela Brooklyn Follies, se puede releer a un buen Paul Auster de los comienzos, en formato diferente. Ciudad de cristal (1985, incluida en Trilogía de Nueva York en 1987) llegó en historieta ilustrada. Aquel relato largo o novela corta acerca de la soledad contemporánea, la pérdida de la identidad y la cuestión de la autoría literaria, no había sido el debut de Auster, pero trazó una línea. Desde la trilogía fue un profesional, un productor constante de literatura, no sólo por escribir libros, sino por asumir un rol. El mismo que le permitiría desmarcarse de una textualización exclusiva. En 1998 el actor Harvey Keitel lo convenció de dirigir para el cine Lulu on the Bridge, sobre su propio guión, luego de que Wim Wenders desistiera del proyecto. En 1999 su esposa, la escritora Siri Hustvedt, le dio la idea de convocar por radio a los estadounidenses para enviarle historias verídicas; llegaron cuatro mil y con algunas terminó editando Creía que mi padre era Dios, libro que en el tono general parecía suyo. En 2001 hasta su máquina de escribir, una vieja Olympia, se hizo famosa cuando un pintor amigo, Sam Messer, se enamoró de ella y la hizo objeto de un libro de aterradores dibujos (La historia de mi máquina de escribir).
Un poco antes, en 1994, Art Spiegelman lo persuadió de llevar a la historieta aquella novela corta o relato largo, Ciudad de cristal. Esa vez la idea fue buena. Spiegelman se hizo conocido internacionalmente con el cómic Maus, ganador de un Premio Pulitzer en 1992 con un tema que parecía no encajar en el género: la historia del Holocausto vivida por sus propios padres, sobrevivientes. Pero encajó; judíos con cabeza de ratón y nazis con cabeza de gato fueron el toque de atracción de un cómic reflexivo, serio. A partir de ahí la preocupación artística de Spiegelman fue sacar al cómic de las estanterías menores del arte, y se le ocurrió pedirle a escritores consagrados que escribiesen buenos guiones para dibujantes. Ninguno picó. Sólo su amigo Auster aceptó que una vieja historia suya fuera adaptada y rotulada con un término que Spiegelman desprecia pero adopta: "Novela gráfica". Los dibujantes Paul Karasik y David Mazzucchelli (que trabajó en el Batman: Year One y el Daredevil: Born Again de Frank Miller, el creador de Sin City) pusieron el trabajo.
En principio el relato de Auster era un thriller con más metafísica que acción. Giraba en torno a Daniel Quinn, escritor joven cuya esposa e hijo habían muerto, y que firmaba, con un pseudónimo robado a Poe, sus novelitas policiales. No lograba parecerse en nada a su personaje, el detective Max Work, hasta que una llamada telefónica le da la oportunidad de intentarlo, haciéndose pasar por un sabueso "real" llamado Paul Auster. Cuando el caso a resolver se complica, le pide ayuda al tal Auster, que es escritor con esposa e hijo y no detective, y que no lo ayuda mucho pero le da una clase interesante sobre el Quijote.
Ciudad de cristal, la novela-gráfica, no dejó de lado nada de ese material ultra literario, cargado de simetrías y abstracciones. La traslación hace entrar en cada viñeta información verbal suficiente pero no abrumadora, y sobre todo logra que la serie completa se sostenga, que los ojos puedan pasear por las páginas tan rápido como para seguir la trama y tan despacio como para sentir sus corrientes profundas. Hay numerosos detalles que son hallazgos: los ojitos y boca insignificantes en el diseño de Quinn; la conmovedora viñeta en la que Max Work arropa a su creador; armar el portero eléctrico de Auster personaje con nombres que son todos referencias a la historia y al Auster de carne y hueso; el detalle de su archifamosa máquina de escribir; la imaginativa serie que acompaña el quebrado parlamento de un ex niño salvaje; el modo en que la cuadrícula se desalinea cuando el derrumbe del protagonista es definitivo; y cada uno de los trazos que convierten Nueva York en un laberinto, un cerebro, una huella. El resultado más que un Auster digerido es un clon con fallas (no en el sentido de errores sino de diferencias) que rima bastante bien con el espíritu juguetón del original.
CIUDAD DE CRISTAL, de Paul Auster. Novela gráfica adaptada por Paul Karasik y David Mazzucchelli. Ed. Anagrama, Barcelona, 2005. Distribuye Gussi. 150 págs.